
Víctor Manuel Mendiola, Prólogo a La mitad del cuerpo sonríe, Antología de la poesía peruana contemporánea.
Viceversa: La
poesía peruana desde México
I En las conversaciones
menudas, siempre me sorprende oír a los poetas peruanos o chilenos de las
nuevas generaciones decir: "en América, la gran poesía moderna de nuestra
lengua ha sido escrita en Perú o en Chile. Jorge Luis Borges (1899-1986) no es
un poeta, es un gran narrador; Octavio Paz (1914-1998) tampoco es un poeta, es
un gran ensayista". Le rinden culto a los poetas de su tierra, de su círculo
mágico, para no rendirle culto a los poetas que están fuera del originario
espejo natal. Pero cada quien se mira desde su vanidad. Para los poetas
mexicanos, Octavio Paz es un gran poeta como Jorge Luis Borges. ¿Cómo ven los
mexicanos a César Vallejo (1892-1938), Pablo Neruda (1904-1973) y Vicente
Huidobro (1893-1948) o en otro contexto a José Lezama Lima (1910-1976)? Como
referencias de la poesía mexicana, es decir, los ven desde una arrogancia
acotada y glotona. II En general podríamos
decir que historia de la lírica hispanoamericana del siglo XX ya ha sido
escrita casi por completo. La obra analítica de Guillermo Sucre y Saúl
Yurkievich, o las historias literarias de José-Miguel Oviedo o de Gustav
Siebenmann o las antologías poéticas de Juan Gustavo Cobo Borda y Julio Ortega
son una muestra de este trabajo de entendimiento y memorización. Sin embargo,
si nos atreviéramos a poner en marcha una nueva suspicacia crítica, si lográramos
liberarnos de la opinión establecida por la inercia de los intereses literarios
y académicos, podríamos atrevernos a pensar que están por escribirse las
vicisitudes y el sentido y sin sentido de esta poesía. Hay
muchas cosas que han sido aceptadas sin oponer resistencia. El
papel de la crítica ha sido legalizar, sobre todo en la segunda mitad del siglo
XX, una visión dominante, descifrando y codificando un estilo aceptado; un
estilo que rompió con el modernismo, es decir, con nuestro simbolismo, y que
representaba -con o sin manifiestos y programas- un desgarramiento, un
ataque a los valores estéticos decimonónicos. De este modo, la reflexión se
ocupó -y sigue ocupándose- de reimpulsar teóricamente lo que ocurría y
ocurre en la práctica: 1)
Reafirmar el canon de la figuras fundamentales de la ruptura; 2)
Insistir en los libros centrales de la nueva estética; 3)
Redundar en lo que está bien y en lo que está mal en la operación del
discurso poético moderno; 4)
Igualar (para deshacerse de las diferencias incómodas) de autores disímbolos y
hasta contradictorios; y 5)
Consolidar el orden de las preferencias y las fobias. No se trataba de
conocer sino de reconocer. La crítica ha jugado, en un realismo
inconfeso, a la teoría del reflejo. Son muy raras las opiniones o los ensayos
donde se ponga en cuestión aspectos dudosos ya no digamos de las grandes
figuras, de "los fundadores" -como los llamó Yurkievich-, sino de sus
epígonos. Se habla de Neruda, Huidobro, Lezama y Vallejo, Paz y Borges o de sus
continuadores como si fueran figuras que hay que incensar permanentemente y como
si escribir al margen o contra ellos significara incurrir en un error.
Levantarse contra la poesía, contra esa poesía es un acto inadmisible
que parece en el mejor de casos una bravata juvenil y en el peor una vuelta al
pasado, como si reconstruir el tiempo ido de una escritura fuera posible. La
mayor parte de la crítica es una insistencia innecesaria en legitimar lo que
está muy bien legitimado; ya que el lector, especializado o no, ha asumido como
un orden de lectura los libros de los "fundadores" y los poetas
continuadores tiene como paradigma la escritura de éstos. Sin
embargo, una de las razones fundamentales del estado de postración de la poesía
hispanoamericana actual proviene del gesto petrificado, y convertido en máscara
ritual, de aquellos autores originales. Esta postración se incubo en ellos;
ellos nos hicieron ir hacia un lugar intenso y prometedor, pero ahora nos hacen
ir hacia una extensión saturada de repeticiones e innecesaria. La poesía ha
llegado, como dicen de manera rebuscada algunos críticos, a un no lugar,
a un sitio donde lectores y escritores están como perdidos y no acaban de
entender el sentido tanto de su lectura como de su escritura. En una parte de la
poesía de los fundadores podemos observar el vago estilo fantasioso
dominante. Un
estilo entre querer decir todo y no querer decir nada, entre liberar la
imaginación y soñar con un lenguaje imposible que no llega nunca, entre
escapar del sentido y destruirlo ha transformado a la poesía en un "objeto,
en un artefacto verbal" que suena hueco y que de hecho está vacío, bien vacío.
El arte de imaginación de estos autores que en realidad era un arte de negación
ha dejado de oponerse y, por tanto, ha cesado la libertad de las imágenes y de
las palabras. Es claro que ya no es suficiente iluminar el despedazamiento del
mundo o de la realidad con un discurso sobre lo fragmentado y la proliferación
a la manera de Neruda o de Lezama; tampoco parece suficiente señalar el
reblandecimiento de las formas en la modernidad con la exaltación de una
dislalia lírica en el estilo del mejor poema de Huidobro; ni es interesante
sustraer lo lógico en un ilogicismo como hizo Vallejo en la parte más radical
de su obra. Y tampoco satisface oponer "lo no poético" a "lo poético",
como de alguna forma propuso la antipoesía con Parra (1914). El
cansancio que ha invadido a la poesía y el evidente desinterés que muestra el
lector común por este género, como se puede ver en lo reducido de los tirajes
de esta clase de libros, plantea varias preguntas: ¿El poema perdió su fuente
de energía original? ¿Está en peligro de extinción la poesía? ¿La prosa o
la narrativa son el lenguaje de nuestro tiempo? ¿Para sobrevivir debe asumir la
poesía valores distintos a los que la han caracterizado? Quizá debemos dar dos
pasos hacia delante o dos pasos hacia atrás para mirar desde la negación de
nuestro presente, para mirar con simpatía lo que fobias y manías heredadas
nos hicieron rechazar. Quizá sólo baste con devolverle a la poesía lo que la
propia poesía expulso de sí misma, es decir, todo lo que volvía a un poema un
poema: el verso, las fuerzas dramáticas, el cuento que canta, la arquitectura,
la convivencia de lo lógico con lo mágico y, como dijo Darío, la música de
las ideas. En
esa perspectiva no sólo podríamos revalorar lo que una "crítica del
cambio", pero consagratoria, nos exigió desvalorar (por ejemplo, la
importancia de lo no proliferante en Neruda, el "modernismo" de
Vallejo o el clasicismo de Lezama) o ver ciertos libros y hechos literarios (Los
heraldos negros, Mi Darío o Canciones para cantar en los tranvías
o el fenómeno del grupo de Contemporáneos en México) como la
prefiguración del postmodernismo o colocar a la altura de los fundadores otros
poetas (Juarroz [1925-1995], Ulalume González de León [1934] o Sarduy
[1937-1993]) menos venerados, pero con una gran originalidad no sólo
indiscutible sino enorme. Asimismo, desde esta perspectiva tal vez podríamos
descubrir en los poetas de fin o de principio de siglo las voces que representan
la vida nueva de la poesía y una
contestación a una escritura medio muerta. Y sobre todo, tal vez podríamos de
este modo encontrarnos más que con la idea de los poetas, con los textos increíbles
que han sido escritos en los últimos años. III El culto al Poeta y
el culto a la Poética no deja ver los poemas, no permite distinguir
entre los malos poemas de poetas "distinguidos" y los buenos poemas de
poetas "no distinguidos". Todavía más: tampoco nos deja mirar con claridad
al interior de la obra de un gran autor donde se desarrolla una dialéctica
extraña entre la composiciones "discutibles" y las "indiscutibles" y
donde ocurre un efecto insólito, pero esencial: el poema dentro del poema y la poesía
en segundos. La veneración a la sombra del Gigante uniformiza la lectura de
comprensión. Todo es memorable porque es hechura del Gigante Perfecto. El
lector idolatra al autor no al poema. Asimismo, juzgar un poema por su filiación
a una especie de doctrina, esotérica o técnica, pone de manifiesto que no
importa la forma ni el significado de la escritura sino su correspondencia con
un "arquetipo". El culto a la poética es más engañoso que el culto a la
personalidad. Bajo el manto de la crítica se esconde una adoración revestida
de análisis clínico. Si la apoteosis del poeta es una conducta de lectores
ingenuos deslumbrados, la fascinación por la poética es un amaneramiento de
maestros o una estrategia de poetas que requieren de un discurso de apoyo para
legitimar su "hermetismo" o para hacer decir al poema lo que el poema no
alcanza a decir por sí solo. El poeta es un crítico, pero es un crítico en el
agua, es decir, en el poema. Cuando el gran poeta mexicano Ramón López Velarde
(1888-1921), al hablar de Leopoldo Lugones (1874-1938), dijo: "Quien sea
incapaz de tomarse el pulso a sí mismo no pasará de bosquejar prosas de
pamplina y versos de cáscara" daba por sobrentendido que el pulso del poeta y
del escritor está en sus letras, en sus sílabas, en sus líneas, en los
significados de sus poemas y de sus textos. Por eso, López Velarde había
afirmado: "El sistema poético hase convertido en sistema crítico". El
culto a la personalidad y el culto a la poética nos impiden ver lo que ocurre
fuera de la corriente, del estilo en boga y, sobre todo, de esa zona donde todo
es coincidencia y complicidad. Poner a un lado el culto a la personalidad y el
culto clínico de "la poética" nos vuelve aptos para leer el poema. IV En el caso peruano,
el canon de la modernidad, el orden de las figuras de culto, prácticamente
nadie lo pone a discusión. La estética y los autores son una referencia
inevitable. De entrada nos topamos con la acción "verbal" de Vallejo o como
dijo José María Arguedas: "en el principio era Vallejo". Mito de una nueva
época. Inmediatamente después se encuentran bajo el signo de los poderes de la
imaginación César Moro (1904-1956), Carlos Oquendo de Amat (1905-1936), Martín
Adán (1908-1985), Emilio Adolfo Westphalen (1911-2001), Jorge Eduardo Eielson
(1921), Javier Sologuren (1922), Blanca Varela (1926) y Carlos Germán Belli
(1927). Si vemos las cosas desde el punto de vista de un lector de poesía
hispanoamericana, de un lector ajeno a la vida literaria peruana, descubrimos
que a este grupo sólo se han integrado en los últimos tiempos dos autores más:
Antonio Cisneros (1942), con un lirismo llano y desmitificador, cercano a la
antipoesía, y Rodolfo Hinostroza (1941) con un lenguaje en dispersión,
contestatario y colmado de sentido. En
este canon ¿cuáles son los valores fundamentales? En primer lugar está la
idea de que el texto fundador de Vallejo es Trilce. En cambio, nos damos
cuenta que Los heraldos negros, aceptando su genio, es considerado como
un libro lleno de "reminiscencias", prometedor pero con un pie en el pasado;
en segundo lugar, encontramos la certeza de que los poemas en francés de Moro y
5 metros de poemas de Oquendo de Amat son una aportación a la vanguardia
(aquí también podría incluirse a Xavier Abril [1905-1990]); en tercer lugar,
hallamos la convicción de que en casi todos estos poetas la autonomía verbal y
la imaginación representan la mejor parte; en cuarto lugar, corroboramos el
rechazo casi programático al modernismo; y en quinto lugar, advertimos la
sensación fuerte de que la poesía peruana ocupa un lugar central en la poesía
hispanoamericana. Sumergirnos
en la devoción "analítica" de estas valoraciones nos permitiría realizar
una operación más o menos simple.
Lo que tendríamos que hacer sería bordar sobre el carácter originario de la
palabra, adherirnos a la secta de la especificidad del signo y hablar de la
libertad verbal para fetichizar de una manera más cómoda. Pero si tratamos de
eludir el servicio de este discurso literario como académico, si logramos
evitar el culto a la personalidad al que nos obliga los nombres citados y si
saltamos por encima de la retórica de la Escritura, entonces nos encontramos
con dos clases distintas de poemas. En
unos, hay un modo de proceder arbitrario y fantasioso. Por ejemplo en César
Moro podemos leer: "A
la roca de piedra del amor" O en Carlos Oquendo
de Amat: "Árboles
plantados en los lagos cuyo fruto es una estrella" O en Emilio Adolfo
Westphalen: "Bajaste
de brisa en brisa como una ola asciende los días Y
al fin eras el quedado manantial rodando las flores" O en Jorge Eduardo
Eielson: "Palomas
y níveas gradas húndense en mi memoria y,
ante mi cabeza de sangre pensando, moradas
de piedra abren sus plumas, estremecidas" Todas estas líneas
son frases o versos con una abierta visión imaginativa y por los mismo
demasiado abierta y desconcertante, hay una descuidada lejanía -como dijo
Xavier Villaurrutia (1903-1950); pero sobre todo escenifican una expansión
sensible y sentimental y, por tanto, son sensibleros. Si fuéramos más lejos,
podríamos decir que en estas líneas la imagen funciona como una decoración,
es decir, crean una apariencia que se sobrepone a la realidad o al pensamiento,
una apariencia "novedosa", ciertamente distinta de la decimonónica, pero al
fin y al cabo una apariencia. Nos cuelgan en las narices unos anteojos con
globos y serpentinas. Del
otro lado, está un grupo de versos y poemas que llaman la atención por su carácter
distinto: brusco y seco. Por ejemplo éstos de Martín Adán: "Vi
comer a un muchacho. ¡Que pena, Rubén.
mano que cuelgo y no come nada!. ¡Era
un muchacho ebrio, con su todo y su nada! Lo
vi tragar, Rubén, no era mi escena." O éstos de Jorge
Eduardo Eielson: "porque
tu cuerpo es de tierra y
mi cuerpo es de tierra de
qué sirve la tierra sin tu cuerpo de
qué sirve la tierra sin mi cuerpo de
qué sirve mi cuerpo sin tu cuerpo y
mi cuerpo y tu cuerpo de qué sirven si
tu cuerpo y mi cuerpo son de tierra tierra
con tierra nuestros hijos tierra
con redondez la tierra." O estos otros de
Blanca Varela: y
de pronto la vida en
mi plato de pobre un
magro trozo de celeste cerdo aquí
en mi plato observarme observarte o
matar una mosca sin malicia aniquilar
la luz o
hacerla hacerla
como
quien abre los ojos y elige un
cielo rebosante en
el plato vacío O finalmente éstos
otros de Carlos Germán Belli Usted
bocaza de
lobo oscura, tras
un recodo así
aguardando, aquí
no más allí
al frente, de
par en par voraz
abierta, . Usted,
cuchillo, el
más fluido de
la armería desta
república. En estas piezas hay
un cambio. En vez de hacer una poesía que se pierda entre las ramas en una
sinuosidad que podría prolongarse sin fin o sin razón, estos poemas van hacia
abajo, rascan una raíz, imaginan pero piensan, roen el hueso. Vemos una dureza
en el despliegue de su contenido. La imagen es una escena, no un amontonamiento
o un collage. La
poesía peruana ha desarrollado en sus figuras más sobresalientes una poesía
de la imaginación suelta, con sorpresas pero sinuosa y vaga, que no esconde
otra cosa que efusiones sentimentales; pero en la otra orilla ha creado una poesía
áspera, muchísimo más interesante, porque plantea un drama verdadero, pero al
mismo tiempo produce una especulación, un reflejo mental, que nos pincha cuando
leemos. V En
los años sesentas, la poesía peruana sufre un cambio: supera la inercia metafórica
en la que se complacían la generación del cuarenta y del cincuenta, pero
conserva cierto lujo verbal. El habla como documento cobra significación. Con
la obtención, en 1967, del primer premio de poesía de Casa de las Américas,
Antonio Cisneros se adelanta a sus compañeros y toma, por lo menos en el plano
internacional, la voz cantante. En él es evidente el nuevo giro. Ya no se trata
de invocar el poder de metamorfosis y abundancia del lenguaje. Cisneros se
introduce en un decir rico pero directo. Sus poemas, sin dejar de resonar con
cierto lirismo tradicional, elaboran una relación de hechos. Por eso él
procede muchas veces como un comentarista, un cronista, un testigo o la persona
común que recoge en notas su vida, no importa si se trata de acontecimientos
históricos o de hechos minúsculos. Los títulos de su obra revelan esta
dirección: Cometarios reales, "Crónica de Chapi", "Crónica de
Lima", "Testimonio de la ciencia", "Postal para Lima", Crónica del
Niño Jesús de Chilca, "El niño héroe de Holanda", "Fragmentos del
Diario de Jonanthan Harker". Sin enunciar un corte, la poesía de Cisneros es,
en la práctica, una ruptura: el humor liviano, la claridad y la presencia de
los contenidos contrastan con la poesía anterior. Por la época en la que él
comenzó a escribir o publicar, por las instituciones que le dieron valor en el status
literario y por el carácter de su escritura, la poesía de Cisneros está
salpicada de preocupaciones sociales, pero cuando leemos todos sus poemas
encontramos muchas proposiciones donde sentimos que él, a pesar de él mismo,
ha tirado el peso muerto. Podemos olvidar sus malos poemas "comprometidos".
En muchos de sus muy buenos poemas vive la verdad maliciosa del habla: Cada
uno posee su animal. La
Gorgona apunta sin jamás equivocarse, poco
ruido hace el cáncer cuando masca, y
a pesar de su gran rabo la culebra aplasta
siempre en el lugar preciso. Sobre
cada muerto los animales cantan. (pag. 132, Poesía reunida) Aunque
Rodolfo Hinostroza (1941) vivió en una Habana mitologizada por la izquierda
(fue a Cuba como otros muchos poetas peruanos) y más tarde la poética del
neobarroco intentó absorberlo, sus poemas representan una contestación tanto a
la retórica política como literaria; sus poemas son, como el mismo dice, una
"lucha contra el significado en el seno del significado". En este combate,
los poemas de Hinostroza pierden el sentido para recuperarlo de un modo más
intenso: En
Nimphenburg una tarde de lluvia
horizontes
de estatuas la
simetría es muerte
la simetría en
la naturaleza es
muerte árboles
geométricos
jardín isabelino herido por la muerte
no
carnal no cálida el
anonadamiento geométrico
but la beauté
se le asemeja y difiere Cabras
que pastan en el monte de Galahad
cervatillos que nos miran
sin miedo ojos
de lluvia
but
el hombre es un animal desnaturalizado
Vercors
dixit Los poemas de
Hinostroza pueden dar la impresión de que realizan una operación de separación,
en su entusiasmo sesentero por el amor y lo natural, pero la multiplicación que
hay en ellos, (palabras de distintas lenguas, ideogramas, fórmulas, signos de
diversa índole, grafismos) no buscan la destrucción del lenguaje; buscan su
reanimación para expresar mejor el mundo. El premio Maldoror, otorgado a Contra
natura en Barcelona en el años de 1970, convirtió a Hinostroza en uno de
los poetas más importantes de su generación. Siendo tan distintos Cisneros e
Hinostroza, por caminos diversos han privilegiado los significados, los
contenidos, las referencias y ambos comenzaron a desmontar en su país el pesado
aparato de lo imaginario como un recurso exclusivo de escritura. En ellos, el
sentido no aparece bajo la forma de una angustia metafísica o de un pensamiento
duro sino como un entusiasmo ante los instantáneo y lo común. Para
el lector no peruano de la poesía peruana, el caso de Enrique Verástegui
(1950) es contradictorio. No obstante que a finales de los sesentas y principio
de los setentas él era uno de los poetas reconocidos, fuera de su país no
alcanzó gran resonancia. Por otro lado, la postura de Verásategui ante la poesía
peruana es singular. Despierta un gran interés su rechazo de César Vallejo.
Verástegui percibió la necesidad de encontrar otro camino. En una entrevista
publicada en Caretas (num. 454, marzo 28 de abril 6), a la pregunta de César
Levano "¿Cuál es tu actitud frente Vallejo?", Verástegui respondió sin
rodeos: "Si me pusieran escoger entre Vallejo y otros poetas, me parecería más
importante Jorge Eduardo Eielson o Martín Adán.". Y más adelante, en ese
mismo coloquio, respondiendo a la defensa de Vallejo hecha por Jorge Pimentel,
Verástegui afirmó sin concesiones: ".me parece que su poesía ya no tiene
vigencia. Que ha perdido intensidad.". Verástegui vislumbra la necesidad de
escapar no sólo del culto al poeta sino el culto a una poética. Quizá por esa
razón, en el comienzo de esa misma entrevista con Levano, a la pregunta "¿Cuáles
han sido tus lecturas de poesía después de los quince años?", él señaló:
"Primero la poesía francesa; el surrealismo. Pero luego me di cuenta de que
era una especie de artificio muy frío. Me atrae más ahora la poesía
inglesa." . La poesía de Verástegui también es una reacción al denso
estilo metafórico de las generaciones anteriores. Aunque sus poemas exploran el
lenguaje a un nivel de sintaxis y léxico, son también una exploración del
sentido: En ciertos poemas no deja de sorprender la proximidad de Verástegui
con Hinostroza, como si la lectura de Pound los hiciera coincidir:
Día
22: esa luna allí en cuarto meng. flor
de plata contra la frescura de esta noche encendí
mi cigarrillo Venus
me guiña el ojo techo
pintado con estrellas &
Platón cayó bajo una flecha P.
había dicho: "Ahora ni me es posible evitar las bodas, ni
hallo ningún otro consejo que me valga" (124 del XIX). P.
había dicho: "Pero si verdaderamente éste es Ulises que
vuelve a su casa ya nos reconoceremos mejor y más; pues
hay señas para nosotros que los demás ignoran" (105 del
XIX). Pudo como no pudo ser Ulises. Pudo
como no pudo ser Aquiles. Pudo
como no pudo ser homero. ¿Era
Ulises? realmente ¿era Ulises? ¿era Homero? ¿era Aquiles? Aedo
acabó de fumar su cigarrillo, pensó
unos segundos más, la
luna giró unos 165° en el techo, la
esfera no estaba ya como había estado, aedo
caminaba en la pradera con flores frescas de su mente, ningún
lector en la Biblioteca, se
acercó a la recepcionista &
entregó su ficha: HOMERO Obras
Completas 882 h72 Junto
a los poemas de Cisneros, Hinostroza y Verástegui habría que añadir otros que
saltan inmediatamente a la vista cuando recorremos la poesía peruana de los últimos
treinta años. Uno sería "Noe delirante" de Arturo Corcuera (1935), poema
del yo donde el "sujeto", ya de regreso de las iluminaciones y del infierno
-si los hay-, ha entrado en la edad de la razón. en este Noé hay un
conformismo con el que podemos simpatizar. Otro sería la violenta y precursora
pieza de una línea de la poesía actual peruana "La caca es tan poderosa como
un pequeño complejo" de Carmén Ollé (1947). En su lenguaje deshilachado y
con martillo, Ollé tiene una voz poderosa. Otro más, en una estética del
habla pero de regreso a la proliferación, sería "11 estrofas de comentario
al síndrome de abstinencia, a un poema de Luis Hernández y a la expresión
'hacer el oso'. El poema de Hernández es su 'Homenaje a Rafael
Sanzio'" de Mirko Lauer (1947); y uno más, que articula en una especie de
cubismo con historia policiaca, podría ser "Cuento de momento y un helado de
chocolate" de Eduardo Chirinos (1960). Por otro lado, en poemas como "El
mejor de los poetas de Roma", Chirinos ha derivado en una fina poesía culta
con sentido del humor. Hay algo en él que recuerda lo que en España ha sido
llamado "culturalismo". Entre los más jóvenes destaca Lizardo Cruzado
(1975). Con un poema sostenido por la capacidad de significación -aunque sin
abandonar en ciertas frases un tono lírico-, él hace a un lado el temor a la
verdad. Tanto Ollé como Cruzado producen impresiones fuertes por medio de
expresiones altisonantes; se trata de abrir un agujero en el mentiroso lenguaje
literario. Lizardo Cruzado escribió: Decir
que Marilyn Monroe no fue mi madre no
es lo mismo que
decir que mi Madre no fue Marilyn Monroe. Fijo
que suena confuso como un sofisma; pero
viendo bien, viéndola bien,
viéndolas, ambas
tienen-aparte del esqueleto
lentísimo y el erizado pellejo celeste- unos
cuantos sueños hechos mierda, fotografías
amarillentas -cual
marchitas magnolias- olvidadas
bajo el colchón y los párpados, y
unas ardientes ganas de ser amadas mordidas
lamidas y apretadas como
maduras chirimoyas o como higos. VI La
reacción de la poesía de finales de siglo, reacción que en realidad pone en
movimiento una especie de novísima antipoesía (lucha contra lo lírico,
rechazo de la solemnidad, abandono de la hermosura intacta del lenguaje culto,
articulación de situaciones de la vida diaria), significó sobre todo una crítica
práctica, ya que los intentos cuasi teóricos de comprensión (como los
manifiestos de Hora Zero) de la poesía de la pureza y de la poesía de
la imaginación eran muy pobres. Asimismo, esta reacción privilegió cierta
clase de contenidos y ocultó la importancia de otros poemas que sin invocar un
discurso radical o de ruptura o de la vida diaria han aportado, casi de manera
silenciosa, poemas notables. En
primer lugar, está el caso extrañísimo de Jorge Pimentel (1944) que escribió,
al margen de su anacrónica ideología de juventud, un poema tan liviano como
intenso: "Balada para un caballo": Por
estas calles camino yo y todos los que humanamente caminan por
esencia me siento un completo animal, un caballo salvaje que
trota por la ciudad alocadamente sudoroso que va pensando muy
triste en ti muy dulce en ti, mis cascos dan contra el
cemento de las calles. Troto y todo el mundo trata de
cercarme, me lanzan piedras y me lanzan sogas por
el cuello, sogas por las patas, me tienden toda clase de
trampas, en un laberinto endemoniado donde los hombres arman
expediciones para darme caza armados con perros policías y
con linternas, y cuando esto sucede mis venas se hinchan y
parto a la carrera a una velocidad jamás igualada por
los hombres, vuelo en el viento y vuelo en el polvo. Visiones
maravillosas aparecen ante mis ojos. Y vuelo y
vuelo. Mis extremidades delanteras ejercen presión sobre
las traseras y paralelamente, y aun mismo ritmo antes
de asentarse en el tumbo retumban en la tierra. Relincho.
Y mi cuerpo va tomando una hermosísima elasticidad me
crecen pelos en el pecho y es un pasto rumoroso el
que se ondea y es una música y es un torbellino de
presiones que avanzan y retroceden en mi vuelo. Atrás van
quedando millares de kilómetros y sigo libre. Libre en
estos bosques dormidos que despierto con el sonido de
mis cascos. Piso la mala hierba y riego mis orines calientes,
hirviendo en una como especie de arenilla. Descanso
a mis anchas, bebo el agua de los ríos, muerdo hierba tallos,
rumio. Mis mandíbulas se ejercitan. Muevo mi larga cola espantando
a los mosquitos. Los guardacaballos vigilan desde
la copa de los árboles. En
ese poema el mecanismo de la metamorfosis, tal y como la describió Canneti en Masa
y poder, es la operación fundamental. Además hay un viaje de retorno: de
la ciudad al bosque, del hombre a animal, de la monotonía a la actividad sin límites.
En segundo lugar, se encuentra José Watanabe (1946). Él es autor de dos poemas
que podrían estar en cualquier antología de nuestra lengua, es decir, dos
poemas inolvidables: "La mantis religiosa" e "Imitación de Matsu
Basho". Cito esté último poema: Fuimos
rebeldes y audaces. Yo la convencí de la nueva moral que ni aun yo tenía, y
huimos sin ceremonia ni consentimiento. Ella trepó ágilmente a la grupa de mi
caballo y así cabalgamos hasta las primeras estribaciones de la sierra. Bordeábamos
los poblados y con ramas desgajadas íbamos cubriendo nuestras huellas. Nos
detuvimos en una aldea cuyo nombre alude a la contemplada limpidez del río que
la atraviesa. Había
clara luz de tarde cuando el posadero nos abrió la pesada puerta de palo. A
pesar de reconocer en él a un hombre sin suspicacias, le mentimos nuestros
nombres. Le encargué una buena habitación para nosotros y cuidados para
nuestro caballo. Ella, azorada y hambrienta, mordía a mi lado una manzana El
cuarto era blanco y olía a resinas de eucalipto. Aunque ofrecido con excesiva
modestia por el posadero, allí hallamos seguridad. Desde el pie de nuestra
ventana los trigales ascendían hasta las faldas riscosas donde pastaban los
animales del monte. Las cabras se perseguían. con alegre lascivia y se
emparejaban equilibrando peligrosamente sobre las agujas rocosas. Ella cerró la
ventana y yo empecé por desatar su largo cabello. Fuimos
rebeldes y audaces. Sin embargo, ahora nos perdonan nuestras familias y nos
perdonamos nosotros mismos. Nuestro hogar ha sido tardíamente consagrado. Eso
es todo. Nunca traicioné otras grandes verdades porque quizá no las tuve,
excepto el amor que me hizo edificar una casa, excepto el amor que nunca debió
edificar una casa. A
veces pienso cabalgar nuevamente hasta esa posada para colgar en su puerta estos
versos: En la cima del riscoretozan
el cabrío y su cabra. Abajo,
el abismo. En
este poema de Watanabe, la combinación de prosa y verso pone en marcha una
sincronización de géneros. Y no sólo se trata de la convivencia de prosa y
verso en una estructura que ordena en paralelo dos forma contradictorias. En
"Imitación de Matsu Basho" vemos alzarse al poema como una historia y, al
mismo tiempo, como la realización de un símbolo, que el haiku final
muestra y esconde. Poema que transforma la experiencia en estética y la estética
en una moral bellísima, radical y, simultáneamente, realista. En tercer lugar,
brillan los exactos poemas amorosos y eróticos de Rosella Di Paolo (1960), como
"Del buen cobijo" o "jaculatoria" o "La estaca": soy
yo la
que corre y suena sus rótulas la
que pela sus dientes la
que trepa asustada por tu tronco la
que pregunta y vuelve a bajar porque
no hay nadie entre el follaje no hay nadie soy
yo la nerviosa ardilla que huye a
rondar otra estaca otro afán otro
imposible follaje que responda. Es
muy interesante ver en Di Paolo cómo no teme echar mano de recursos
"trasnochados" que la modernidad ha repudiado: una simplicidad ingenua, muy
lírica (como cuando ella dice "levanto un castillo con tu cuerpo") y un
ritmo cantado que tiende al verso, pero que al mismo tiempo busca la prosa y que
se equilibra ente ambos tiempos. Sería interesante llevar este lenguaje a otros
temas, ya que la mayor parte de los poemas de Di Paolo son casi de manera
exclusiva amorosos y eróticos. El lector extraña la exploración de otros
significados. En la misma dirección, pero instalado de plano en la prosa,
Miguel Ángel Zapata (1955) salta de sus primeros poemas como hay tantos, en
"versos de cáscara", a las bellísimas canciones reflexivas de su libro El
cielo que me escribe: Yo
aquí con mi pico curvo soy hermoso: me desea la cuerva blanca que vive en la
nevada, mi negrura es divina y en la miel descansa con la blanca tinta que brota
de su cueva rumorosa. Me persiguen los pájaros de churriguera por no creer en
su río de barro y de negrura: yo paseo campante por las siete esferas con la
abeja de la flor de Liz. Aquí la superficie es curva como mi pico jovial, además,
con estas alas avanzo hacia el boscaje de tu gran labio, para que otra vez me
releas y te dilates, y vuelvas a chillar con mi voz de ave de la calle. Los poemas en prosa de Zapata crean una imagen redonda, apoyados en las aliteraciones y en las rimas. Entre el cuervo armonioso de Poe y el acerbo de Ted Hughes, Zapata escucha al cielo. Si el bestiario de Pimentel es más bien expresionista, el de Zapata es más bien simbolista. Con su "prosa", Zapata compone una música oculta, la música de las cosas que están afuera o adentro de la casa. En Lorenzo Helguero (1969) podemos ver una desinhibición y, al mismo tiempo, un rigor en pleno desarrollo. Helguero pasa, con sorpresas y con ironía, del habla a la prosa y de esta al verso bajo la forma de un soneto. Podrían disgustarnos ciertos trastrabillaos (líneas cojas y dudosas subordinaciones), pero frente a los hallazgos nos sentimos compensados y recompensados. Helguero dialogo con Vallejo y dialoga con Darío, dialogo con la vanguardia y dialoga con el modernismo. El soneto XXII es un ejemplo: Poeta, sigue los serenos sones de la palabra que en adusto origen bebiste en los simétricos pezones que con exacto número te rigen. Poeta sapientísimo, descubre -es carabélica tu lengua- y saca la palabra lechosa de la ubre de alguna gorda y rutilante vaca. Entonces continúa con la farsa; desenfunda el compás, mide y engarza una perla, otra perla, y otra perla. Y sacude sin temor a la retórica, que la palabra es valida en tu boca si gozas en sentirle y en comerla. La llaneza verbal de todos estos poemas se combina con una ligera inspiración fresquísima. Sorprende el hecho de que en todas éstas composiciones no hay culpa lírica, es decir, tanto en Pimentel y Watanabe como en Di Paolo, Zapata y Helguero no tienen miedo de crear un discurso del yo, tampoco temen utilizar una música y sus imágenes. En sus poemas observamos una acumulación, pero no bajo la forma del fragmento sino en un desarrollo entre lo lírico y lo narrativo. En Watanabe ese procedimiento alcanza una forma perfecta. En todos ellos, el lenguaje se contagia -sin temor y al mismo tiempo, sin "desvergüenza"- de una poesía donde se articulan con simpatía -superando las manías y las fobias del siglo xx- registros diversos. En
una primera reflexión podríamos pensar que en estos poetas ocurre un proceso
retorno. Sin embargo, si los vemos bien más que una
restauración de lo "viejo" y una demolición de lo "nuevo",
ellos representan la apertura de una sincronización, donde la vanguardia puede
convivir con su opuesto histórico y estético: un simbolismo y, a veces, cierto
clasicismo. La operación es novedosa, pero no tanto. La podemos encontrar en
"el primer Vallejo", pero está planteada muy claramente en ese gran poeta
venerado, pero insuficientemente comprendido por los propios poetas peruanos:
Martín Adán. Mirko Lauer ha llamado la atención sobre este gran poeta con su Martín
Adán. Antología, pero es insuficiente. Los textos de "Mi Darío" y de
"Diario de poeta" tienen un interés enorme en este comienzo de siglo. De un
modo extraño, los poemas de Adán se espejean con estas otras piezas de la
nueva poesía en un ánimo "reaccionario". Claro que no hay que olvidar que
Adán vertió, sobre todo, prosa dentro del verso y Pimentel,
Watanabe, Di Paolo y Zapata han introducido recursos del verso en la prosa.
Otra cosa muy interesante de estos poetas es que lo elemental, el habla directa,
la anotación de un hecho no deviene en discurso prosaico ni en coloquio. Moviéndose
a ras de suelo, todos ellos mantienen una respiración más amplia. Al leerlos,
nos toca una ebriedad sobria. Y en sentido contrario, podríamos muy bien decir
que ellos nos hacen mirar el mundo desde una mirada altiva, pero no altanera
como a veces miraron Cisneros, Hinostroza y Verástegui. VII
La
comparación de la poesía peruana con la poesía mexicana permite ver algunas
diferencias. En primer lugar, mientras la primera optó en general por el camino
de una modernidad más pura, radical, la segunda tomó una dirección más
controlada, "híbrida". En la poesía mexicana, la modernidad se equilibra
con la tradición. En segundo lugar, el discurso de la imaginario (bajo la forma
surrealista o incluso creacionista) dominó de una manera más pronunciada en la
poesía peruana que en la mexicana. En esta última, el registro clásico tiene
más gravedad. El efecto de sor Juana Inés de la Cruz, en particular de su
poema Primero sueño, es muy fuerte; se puede observar con toda claridad
en la poesía de José Gorostiza (1901-1973), en la de Octavio Paz y en la de
Gabriel Zaid (1934). Estos tres poetas escribieron poemas largos (Muerte sin
fin, Piedra de sol y La fábula de Narciso y Ariadna) con una
hechura compleja y con un alto grado de formalización. Por otro lado, la poesía
mexicana tuvo que esperar a que se produjera la obra de Marco Antonio Montes de
Oca (1932) para que apareciera un poeta "sin lastres", un poeta moderno,
"puro", en la vena de Westphalen o de Humberto Díaz Casanueva (1907). En
tercer lugar, en la poesía peruana disminuyó la influencia de la poesía
francesa a partir de la generación de los sesentas; en cambio, en la lírica
mexicana hasta hace poco continuaba siendo muy grande la influencia de Paul
Valery, Apollinaire,
Guillaume,
Saint-John
Perse, Andre Breton, Antonin Artaud, etc.,
no obstante que desde muy
temprano se tradujo en México The Waste land y muchos poemas de la poesía
norteamericana. Y en cuarto lugar, el peso del habla ha sido menos fuerte en México
que en Perú. Ya Xavier Villaurrutia había señalado la tendencia culterana y
formal de la poesía mexicana y su rechazo de la poesía popular. Si
la poesía peruana coincide en una medida mayor con la chilena o la argentina,
la mexicana tiene más semejanzas con la cubana, sobre todo en la línea
contenida de Eugenio Florit (1903-1999) o Gastón Baquero (1918-1997), poetas de
la revista Orígenes. La operación lírica que representa Martín Adán
es un caso de excepción en la poesía peruana (Carlos Germán Belli esta ligado
con este gesto), pero esa misma operación en la poesía mexicana no es rara, ya
que podemos encontrar a varios poetas muy importantes explorando las
posibilidades "modernas" de la tradición. Aunque La mano desasida
contrasta en la obra de Adán, no representa su lado más interesante. Es muy
probable que en los próximos años los sonetos de La rosa de la espinela,
Mi Darío y de Diario de poeta brillarán cada vez más en la poesía
hispanoamericana. En
los años sesentas, los poetas peruanos y los poetas mexicanos se emparejan.
Podemos establecer una cierta correspondencia entre los poemas de Antonio
Cisneros (1942) y los de José Emilio Pacheco (1939) y entre los de Rodolfo
Hinostroza y los exabruptos eruditos de Gerardo Deniz (1934) y los desplantes
vitales de Homero Aridjis (1940) en poemas como "La tumba de Filidor". Sin
embargo, en los años siguientes vuelven a separarse. La poesía peruana pasa
del lenguaje coloquial a un lenguaje más duro. Por el contrario, una buena
parte de los poetas mexicanos profundizan en la imagen y en una estructura vaga
y sinuosa creada a través de versículos. La nueva poesía peruana parece estar
desarrollando un discurso violento y antipoético (Carmén Ollé o Roger
Santiváñez (1956). Lizardo Cruzado son un ejemplo); la nueva poesía
mexicana, una elocuencia barroca (Gloria Gervitz [1946] o de Coral Bracho
[1951]). Sin embargo, podemos ver en una y otra poesía el surgimiento de poemas
diferentes. Poemas que lejos de la armonía tradicional y que sin olvidar las
aportaciones de la vanguardia, están creando una nueva lírica donde el verso y
la prosa, lo simultáneo y lo lineal, la forma y el contenido, la "poesía del
lenguaje" y la "poesía de la experiencia" se mezclan. Ese es el caso en
Perú, de Pimentel, Watanabe, Zapata y Di Paolo. VIII
Los
poetas mexicanos sienten una atracción hacia la poesía peruana. Hay ediciones
mexicanas de varios de los "jóvenes" y de la mayor parte de los grandes
poetas viejos del Perú (un caso notable es Martín Adán: el más hermoso
crepúsculo del mundo de Jorge Aguilar Mora [1946], publicado en el Fondo de
Cultura Económica). Asimismo, en México se han editado antologías de la nueva
lírica de ese país (El bosque de las huesos, Antología de la nueva poesía
peruana de José Antonio Mazzotti y Miguel Ángel Zapata en Ediciones El Tucán
de Virginia). Los poetas mexicanos saben que la poesía peruana guarda una
originalidad que no acaba de ser revelada. ¿Los poetas peruanos advertirán que
la poesía mexicana también esconde, como dicen los colombianos, un juguete y
un tesoro? |