
Arturo Corcuera*: Antonio Cisneros y los indómitos del 60 |
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Antonio Corcuera le rinde homenaje -a través de Antonio Cisneros- a una generación que marcó para siempre la poesía peruana: la del 60.
Mi amistad con Antonio Cisneros es anterior a la publicación de Destierro. Es decir, desde antes que naciera oficialmente poeta, ya éramos amigos. Ha cumplido con generosidad más de cuarenta años.Me es difícil precisar cuándo lo conocí, tengo como la vaga certidumbre de haberlo conocido siempre. Aparece su figura , alta y esmirriada, cada vez que evoco los tiempos dorados de los años 60. No hay un solo recuerdo en mi memoria del que no surja Toño: en la plaza Francia, en el Patio de Letras, con Emilio Choy en los chifas, en los cine clubes, en Punta Negra; en Platero, mi viejo Ford del 32; en el Juanito; con doña Ana María, en mi casa de Manuel Gómez, y con doña América, en la suya del jirón Chiclayo; en la Casa de la Poesía, en la Bajada de Baños, paraje barranquino de nuestra juventud romántica, donde se consumaron tantas aventuras y tantos amores. Lo veo a Toño, como una espada en el aire, enfundado en su blue jeans. Sólo a partir de él fue posible ver a un poeta en jeans. Ni los más recalcitrantes rebeldes del 50 se permitieron esta licencia de usar los pantalones vaqueros. Ni a Rose, ni a Valcárcel, ni a Romualdo, ni a Bendezú, se les vio lucir la prenda azul que más tarde conquistaría a artistas de cine, a reyes y vagabundos. Tampoco los narradores se atrevieron a ponerse los pantalones. Sólo Julio Ramón Ribeyro, montando bicicleta, se dio ese aire informal y juvenil al final de su vida. Para Toño, el jeans era su distintivo generacional como lo fue el bastón para Calvo, los abrigos de invierno europeo, gastados por la lluvia y la noche, para Naranjo y Heraud, y la boina vasca (alternando con la gorrita Jorge Chávez), en los últimos años, para Marco Martos. Él registra, en una nota sobre la generación del 60, la capa que yo usaba y que adquirí en Madrid en mis años universitarios. En El Wantan, esa fonda ubicada en los portales de la plaza Francia, fue donde Toño me mostró los originales de Destierro. Quedé sorprendido de su temprano talento poético, de su propósito de forjarse, desde un principio, una manera personal de decir las cosas; me entusiasmó su verso limpio y estricto, fluido y murmurante como los tumbos de la brisa del mar, virtudes que me hubiera gustado poseer a esa edad, cuando irrumpí en la literatura. Aunque Toño lo confiesa, no se dejan entrever tan marcados los modelos de Alberti o de García Lorca, sus lecturas moceriles, lo que demuestra que no se dejó devorar por esas dos grandes plantas carnívoras que lo seducían. "Crearse su propio idioma -me dijo alguna vez Toño- responde a un acto de antropofagia. Lees porque vas a comer, a deglutir lo que lees, y lo vas a asimilar. Pero si no lo sabes hacer, sencillamente sucede al revés: el carnívoro se convierte en manjar, termina devorado. La fruta deliciosa se hace bocado venenoso". Destierro significa su confinamiento en la ciudad, abandona la contemplación del mar, lejos de la libertad y del ocio; significa la atadura al colegio, a las obligaciones, a la disciplina familiar. Ser exiliado de la arena al asfalto, del sol del verano a la neblina limeña. Después vendría David, páginas en las que ya empieza a perfilarse su personalidad, a definir una poesía narrativa que imprimiría un sello a su obra y que tiene su magisterio primigenio en la Biblia. Por aquella época, en San Marcos, hacíamos un poco de ruido, congregando una gran audiencia en el Salón General de La Casona, un conocido grupo de poetas decididos a cambiar el mundo. El grupo troncal lo conformábamos Mario Razetto, César Calvo, Reynaldo Naranjo y yo. Ocasionalmente también participaban Federico García y Pedro Morote, que siguieron después otros caminos, el cine y la novela. Algo huraños, por el Patio de Letras, perfilaban sus rostros amicales Rodolfo Hinostroza, Pedro Gory, Carlos Henderson, Carmen Luz Bejarano. Después llegaría Juan Ojeda. Javier Heraud, a quien habíamos visto a menudo en primera fila en nuestros recitales, se unió al grupo, y más tarde nos contaría que se escapaba de las clases de La Católica para ir a San Marcos a oírnos recitar. Llegó a ser el más entusiasta en nuestro intento de sacar la poesía a las calles y "acabar con la poesía del libro". Manuel Pantigoso, Germán Carnero Roqué, Winston Orrillo, por esos años incursionaban en el teatro, la crítica, la docencia, el periodismo, nombres que han sido incorporados en la antología Como una espada en el aire, de Óscar Araujo, libro que reúne material valioso -poemas, comentarios, testimonios, fotografías, diversos documentos- y que, como a toda antología mortal, puede reconocérsele aciertos y extravíos. Empezábamos a ir a La Pontificia, a encontrarnos principalmente con Javier, Toño, Lucho Hernández, Livio Gómez, Luis Enrique Tord, que crecían aceleradamente y con quienes ya teníamos una estrecha amistad, consolidada definitivamente, cuando nos confundimos los dos grupos en las borbollantes tertulias de la Casa de la Poesía. Las noches lunares junto al mar, con muchachas y poemas, no me dejarán mentir. La silueta de Marco Martos aún no aparecía en el horizonte con Casa nuestra, casa que no ha derruido el tiempo. Empezaba a gravitar en La Católica Mirko Lauer, que desde muy niño escribía poesía y a quien siempre le interesaron los asuntos del arte y el análisis político. La presencia de Hildebrando Pérez en las aulas sanmarquinas vendría a sumarse con Aguardiente, libro de tono andino y con un alto grado de calorías. Fueron muy provechosos los lazos de una vida común con los poetas de La Católica; un acercamiento casi diario fue alimentándonos recíprocamente. Ellos tenían como lecturas inmediatas -lo reconoce Toño- a Martín Adán, Wesphalen, Eielson, Sologuren; nosotros, a Romualdo, Rose, Valcárcel, Manuel Scorza. A Washington Delgado lo compartíamos mita y mita para vivir mañana; Vallejo y Neruda eran nuestros padres tutelares; ellos tenían a Eguren y a César Moro como suyos. Nosotros estábamos más cerca de los clásicos españoles y de la generación del 27, mientras ellos empezaban a mirar el entorno con los ojos de la poesía anglosajona. De los poetas de lengua extranjera sus favoritos eran Eliot, Lowell, Ginsberg; los nuestros eran Eluard, Brecht, Nazin Hitmet. Nos inclinábamos por la "poesía del pómulo morado", para decirlo con voz de Vallejo. No puedo dejar de rendir homenaje a la generosidad de Javier Sologuren, que nos acogió a todos en el regazo de La Rama Florida y que el tiempo ha sabido reconocer conservándola lozana. Sologuren, quizás sin proponérselo, dio el hálito que fecundó los aires de la generación. En los últimos 40 años, Toño no sólo ha creado una hermosa y anchurosa obra poética, sino que ha dejado también huella de su talento en el periodismo, la radio, la televisión, la labor docente, clases magistrales y conferencias que da aquí y fuera del país. Yo puedo dar fe de la acogida que tiene en el exterior y del entusiasmo que inspira su presencia . Cuando se viaja con él, diría que se sufre, pero se goza. Su chispeante humor acorta las distancias. Me ocurre con él lo que me sucedía cuando viajaba con Calvo o con Scorza: todo el recorrido era una fiesta. En Roma perdimos el avión no sé si por culpa de Toño o culpa mía; en New York no conocí las Torres Gemelas porque nos pasamos buscando un restaurante árabe que él había frecuentado cuando vivió una temporada en la ciudad de los rascacielos; en Sofia, la capital búlgara, nos robamos los aplausos al leer al alimón un discurso en un Congreso Mundial de Poetas; nuestros nombres están grabados en una enorme campana que adorna el parque principal de la ciudad. En uno de esos tantos viajes a Chile, el diario El Mercurio, después de echarnos flores, nos calificó de poeta parsimonioso y poeta histriónico. Yo, en descargo, le dije a Toño que cualquier ser normal a su lado resulta parsimonioso, pero él terminó convenciéndome de que es al revés: cualquier poeta al lado de un parsimonioso aparece histriónico. Quiero evocar especialmente nuestra estancia en París, en casa de ese noble y buen amigo que fue y que ya no estará nunca más entre nosotros: Roberto Armijo, excelente poeta salvadoreño, profesor de La Sorbona que, además de invitarnos a ser sus huéspedes, después nos envió de regalo a Lima dos poemas de homenaje. Transcribiré el dedicado a Toño para que Roberto, donde quiera que esté, en la tierra o en el aire, se sienta feliz de acompañarnos en esta evocación nostalgiosa: A Toño Cisneros/ hablo de Toño/ De Toño a secas/ El Oso Hormiguero/ Y otros animalitos/ Como la ballena/ El gorgojo/ La araña viuda/ Hablo del Lazarillo de Garcilaso/ El que tradujo un poema sobre el mar/ Que dice el mar tiene testículos de oro/ Cuando Toño dice Agua que no has de beber/ y otros cantos/ miente/ Lo conozco/ En voz baja murmura/ En mi jardín/ Corren fuentes de melodiosos cristales/ Si yo pudiera esta noche ir a Lima/ A cabalgar una llama/ Frente a su puerta/ Rezaría una oración/ Al santo niño Jesús de Chilca.
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