
por Raúl Zurita
La literatura es posiblemente el único Juicio Final al
que tenemos acceso. Más que por un futuro se escribe por lo irremediable del
mundo y de las cosas que sólo en la obra literaria pueden encontrar la
compasión y el humor del que los hechos en sí carecen. Es lo que, en dos
palabras, nos muestra Tierra de nadie, un libro al cual resulta
imposible imponerle un género porque su apuesta también tiene que ver con la
anulación de las filiaciones literarias. En este nivel, la escritura
de Isaac Goldemberg evidencia de inmediato la falsedad o al menos, lo
antojadizo de encasillarlo en categorías. Reconocido como uno de los narradores
y poetas importantes de la literatura peruana y latinoamericana, en Tierra
de nadie, Goldemberg alcanza una
dimensión nueva, un tono (es decir; un despojamiento, una distancia, una
ironía) que hacen que este libro represente uno de los logros más
cuestionadores y brillantes de la escritura de hoy.
A partir de la nostalgia por lo imposible; la de un
lugar que no ha sido, Tierra de nadie despliega una suerte de ruta de la
pérdida dentro de este reino de la necesidad, como el nuestro, donde los
acontecimientos, uno tras otro, hacen que el mundo sea sobre todo el intento de
recuperar aquello de lo cual no se tiene otro antecedente que el de la
constatación de su ausencia. Sin embargo, con un lenguaje que cumple con la
exigencia de ser directo y al mismo
tiempo de significaciones múltiples, estos textos no traen consigo únicamente una
atmósfera de añoranza, sino que también y es lo que fascina, plantean una
crítica extrema a ese aparato metafísico premoderno al que se le ha puesto
curiosamente el título de postmodernidad y en el cual el ser humano es fiel
reflejo de la confusión y el caos, como en este maravilloso retrato:
Se lo vio incoordenado y difuso. Se lo vio
intentando hacer desaparecer ese rostro humano que lo perseguía, a ese modesto
ser que acabaría asesinando. Se vio al humano esperando un acontecimiento
vinculado con una historia real o imaginaria. Y es que en él todo era
confusión, desgarro, imposibilidad de ser. Se lo vio pretendiendo encontrar el
centro absoluto, sin poder llegar a ser otra cosa que una nada rodeada de todo.
Se lo vio pretendiendo arrancarse los párpados. Abriéndolos y cerrándolos en el
drama de la desaparición..
Estos textos de Isaac Goldemberg nos entregan una versión tan brillante como
desolada de ese derrumbe generalizado que ha venido a ser el presente,
asumiendo el riesgo de que ese reconocimiento pueda no ser otra cosa que el
reconocimiento de la nada, título, precisamente de uno de los textos de este
libro:
Entonces, aquí uno, allá otro, el humano eligió lo que carecía de
sentido, prefirió el instinto y la nada en la propia persona: ser pensante
constituyó un enigma. Todo el universo le fue problemático, pero también
aprendió el modo de dar respuesta al enigma y colocó firmemente su pie sobre el
abismo.
De ese modo la
sucesión de las 50 unidades que conforman Tierra de nadie van construyendo
una cosmogonía; un tratado general y descripción del estado del mundo, que en
su propia puesta en escena despliega, por así decirlo, una doble alma: por una
parte está la diafanidad de los textos, su desatado y a menudo desollante
humor, su arrasadora agudeza que, como ya lo ha expresado la crítica, nos
reconfirma que se está frente a uno de los más brillantes y originales
escritores hispanoamericanos de hoy y, por otra parte, la sensación opuesta de
que esa claridad no es sino la máscara de un hecho conmocionante que los
grandes poetas de hoy no pueden sino trasmitir; esto es que a lo humano o a lo
que todavía podamos entender bajo esa acepción, se le ha despojado del poder
sobre la escritura. Es aquí donde la imagen que levanta Isaac Goldemberg se
sitúa dentro de lo más acuciante y develador de la literatura de nuestro
tiempo: lo que su autor nos dice es que, tomemos los puntos de vista que
tomemos, no será el juicio de la escritura sobre las cosas sino que serán las
cosas mismas las que conquistarán por asalto el protagonismo que el yo, ese yo
que con el capitalismo se define ontológicamente como dueño, como acumulador,
como propietario, le había quitado.
Con el tiempo la
escritura descubrió en el camino que no estaba hecha para escribir, aun cuando
escribía bien. Tal vez no era su vocación o no era el medio en el que quería
expresarse.
Tierra de nadie es efectivamente
un lugar de nadie porque se ha provocado el efecto óptico de invertir el mundo.
Son las construcciones humanas y no los hombres quienes dan cuenta de ese
descalabro monstruoso, cómico, irreparable, que pareciera señalarnos que,
paradójicamente, la principal víctima del lenguaje es precisamente quien se
creyó con el poder de ejercerlo y de ejercerlo además, a este que es "el más peligroso
de los bienes" (Hölderlin), sin costos. En una lectura que no me cabe duda es
reductora y parcial, me ha parecido que la propiedad del lenguaje es el tema
principal que recorre estos textos.
Entonces la escritura se preguntó cómo
reconstruir el relato. Se matriculó en un taller de narración. Las tareas
debían ser preparadas consistentemente y leídas en la clase. El resumen debía
ser esquemático, enfocado en la idea principal y tenía que venir preparada para
hacer un resumen oral del capítulo asignado. La escritura comentó: -Escribo
porque me gusta elaborar mis pensamientos.
Lo asombroso es
que al desplazar el hablante y asumir que es la lengua la que se habla a sí
misma efectivamente se da cuenta del mundo. La inversión de Isaac Goldemberg
desplaza al yo al mimo tiempo que lo parodia. El efecto de extrañeza que estos
relatos van provocando (más cercana a la patafísica de Jean Tardieu o Raymond
Queneau que a la solemnidad del ensayismo) interroga al habla, sus
convencionalismos y acuerdos, sus estructuras, para mostrarnos sobretodo esa
"Ley del retorno" en la cual "fue propuesta la creación de una ruta de la
lengua para recuperar el camino que recorrieron los expulsados". La obra de
Isaac Goldemberg nos muestra y de una manera crucial, es que esos expulsados
somos nosotros. Tierra de nadie nos narra esa expulsión, para lo cual a
menudo se sitúa en un futuro representado bajo las formas de los
hisperespacios, y donde palabras como "red", "galaxia" o "blog", cumplen con el
papel de recordarnos que el porvenir es siempre una deformación barroca del
presente. La gran lección de estas minificciones como las llama su autor es
haber sido capaz de construir la más seria de las obras, una de las más agudas
y abarcadoras que nos pueda mostrar hoy la literatura latinoamericana, pero
haberlo hecho bajo la premisa desencantada y exaltante de la autoironía, de la
autoparodia, del autoenmascaramiento. Se trata de una fábula. Pero el lector de
hoy eso puede entenderlo; obras devastadoras y enjuiciantes como los cuentos de
los hermanos Grimm, el Apocalípsis de Juan, la Tierra desolada de
Eliot, también lo son.
por Maurizio Medo
Si bien Isaac Goldemberg es uno de los narradores
imprescindibles en el ámbito hispanoamericano y una presencia vital de la
poesía peruana, esta vez nos sorprende. Despojado
de todo atavío atraviesa la ruta de
la lengua para recuperar el camino a la Oikoumene inmemorial. Es decir a
aquella geografía en la que el hombre y el lenguaje, el hombre y el símbolo
convivían apaciblemente.
Tierra de nadie, un libro inusual en la literatura peruana, da cuenta
del fin de esa armonía, es la bitácora de un extravío, el cual parecemos haber
olvidado en tiempos como éstos, donde
los acontecimientos, uno tras otro, convierten el orbe en un reino con la
necesidad de recuperar aquello perdido, aunque ignorado, para que el hombre
obre el reencuentro con lo humano: su velada esencialidad.
Lo curioso de estos textos goldembrinos es que
valiéndose de la evocación, falsa o
verdadera, el narrador urde una secreta invención, casi fabulesca, a través de
la cual, como un viejo bardo, nos narra a la luz de una fogata espiritual los
acontecimientos y avatares de ese "había una vez", el cual ni él ni nosotros
conocimos pero que todos imaginamos. Pero este evocare no trae consigo
únicamente una atmósfera de añoranza sino que también, y eso es lo fascinante,
plantea una crítica transparente a esa entidad metafísica denominada
postmodernidad.
Nos cuenta el autor:
Entonces un día la
escritura se hartó de su blog y decidió darle muerte. No le tembló la mano para
borrarlo todo, hasta los archivos, por si alguna vez se le ocurría levantarlos
de nuevo. La vida era blanco y negro
otra vez: la gente, las cosas de siempre, los papeles en blanco.
Pero
la crítica de Isaac Goldemberg no tiene como fin establecerse de acuerdo a los
decálogos de la sociología sino que parte de una verdad, surgida desde una
serie de intuiciones primordiales que se eslabonan explicándonos nuestra propia manera de ser. En tal sentido
me aventuraría a denominar la "ruta" de Tierra de nadie como la
de una búsqueda de nuestra génesis, entendida como el espejo en el cual estamos
obligados a mirar a fin de reconocernos. En un texto que apunta a un futuro
convertido en pasado, el autor nos dice:
Para los
humanos de la diáspora intergaláctica, la adhesión espiritual al Planeta Madre
constituyó un factor de identidad humana más definitorio que la religión. En
otras épocas, algo semejante hubiera sido impensable. Pero el mundo cambió y
los humanismos cambiaron en la era de la globalización intergaláctica.
En este otro, describe de esta manera al humano:
Todo el universo le fue problemático, pero también
aprendió el modo de dar respuesta al enigma y colocó firmemente su pie sobre el
abismo.
Eso que
el narrador denomina como "enigma" es lo
que nos va revelando volviéndolo
nuevamente a nosotros, dando un puntapié contra el muro que separaba al humano del humano hasta derrumbarlo, permitiéndonos reencontrarnos. La crítica ha discutido mucho
sobre la existencia de una "prosa poética" o la de una "poesía prosada". El
lenguaje que cultiva Isaac Goldemberg no se inclina con el riesgo de caer en
uno de estos extremos. Es equilibrado, prístino, claro (casi escrito a
contrapluma de la narrativa efectista y de la poesía abigarrada), todo fluye
con tal diafanidad que el lector tiene la sensación de estar abriendo aquellas
cajas chinas, encofradas una dentro de la otra, hasta que finalmente, al
destapar la última él mismo desencierra el gran secreto: su propia humanidad y, más
importante aún, más sombrío e inevitable, el secreto de la pérdida de esa
humanidad.