
Eduardo González Viaña
-Mi nombre es Gabriela, pero me llaman Gabi- proclamó por megáfono la
guía y añadió: -El verdadero tour comienza en la Plaza de Mayo.
Se me cerraban los ojos. Antes de llegar a
Buenos Aires, casi no había dormido en el largo vuelo nocturno desde San
Francisco. Cuando lograba conciliar el sueño, me despertaba un griterío de
niños desde los últimos asientos del avión. Avanzaban en puntillas hasta la
cabina del capitán y desde allí se lanzaban corriendo por toda la nave. Pasaban
junto a mí zureando y aleteando como una bandada de palomas. Al fondo, de
nuevo, no terminaban de llamar a gritos a sus padres y a sus abuelas.
Lo hicieron varias veces. Al menos, eso es lo que creí, pero talvez me
equivocaba. Cuando ya volábamos sobre el mapa argentino, la camarera pasó a
ofrecerme una bebida caliente y me preguntó por qué no dormía. Le agradecí por
la gentileza y le respondí que los niños del fondo no me habían dejado dormir.
-¿Niños? ¡Qué curioso! En este vuelo no hay niños.
Me levanté del asiento para mostrárselos, pero allá al fondo sólo se
veían las tonsuras de unos veinte sacerdotes.
-Más bien, diríamos que todo un seminario está volando con nosotros.
Ante mis dudas, añadió:
-Y como usted bien sabe, éste es un vuelo directo. No hay paradas.
Por todo eso, me dormía cuando la guía repitió que llegábamos a la Plaza
de Mayo. Luego nos invitó a que bajáramos a tomar fotos de la Catedral y de la
Casa Rosada.
Usaba un megáfono. Talvez lo
hacía para despertarme y también para eso me obsequió un alfajor y repitió a
todo volumen que los alfajores argentinos eran los mejores del mundo.
Bajé a regañadientes. Escogí una banca cerca de la Casa Rosada y me
senté allí. El calor veraniego y el sueño se refundían con recuerdos tristes.
Por mis ojos entrecerrados, una y otra vez pasaban las madres y abuelas que en
ese lugar demandaron al gobierno militar durante muchos años el paradero de sus
seres queridos. Un pañuelo blanco sobre la cabeza las identificaba.
El sol de enero se posó rojo sobre mis pupilas. Sin embargo, todo lo que
yo veía con los ojos cerrados ocurría en la noche. En mis sueños, una pandilla
de hombres feroces saltó de una
furgoneta militar y abrió a golpes la puerta de una casa. Sacaron a empujones
al padre de familia. Se llevaron también a una de sus hijas que tendría diez
años. A la madre la golpearon y le dijeron que volverían por ella. En
Argentina, los militares asaltaron el poder en 1976, y buscaban a los
opositores para apresarlos o asesinarlos, día tras día, y año tras año, sin
cansancio.
Alguien me tomó de los hombros y me sacudió.
-¡Despierte! Ya pasó la hora. Lo estaba buscando.
Era la guía. Me puse de pie. En la banca de enfrente, una anciana me
observaba con fijeza. Me pareció que quería preguntarme algo. A lo mejor, sus
nietos se le habían extraviado jugando en el parque. Quise acercarme a ella,
pero la implacable Gabi me conducía por el brazo al microbús y se quejaba de
que yo ni siquiera le había dado un mordisco al alfajor.
El bus dio dos vueltas en torno del Obelisco. Nos detuvimos en varios
lugares de la ciudad para tomar fotos y en las Galerías Alcorta para hacer
compras. Por fin, fuimos al multicolor barrio de La Boca, y la guía nos
advirtió que sólo teníamos una hora para pasear por allí.
-Eso sí, los tours no son para dormir - gritó.
Entré en la Casa del Inmigrante y compré un pañuelo de recuerdo. Un
cartón mostraba el retrato en tamaño real de una pareja bailando el tango.
Donde debían ir los rostros, había agujeros. Un gringo altísimo me entregó su
cámara digital. Me rogó que tomara una foto de él y de su robusta esposa con
las cabezas dentro del cartel de los tanguistas.
Mientras apuntaba, el lente de la cámara me dejó ver -además de los
pretendidos bailarines- el rostro de una anciana que se había detenido a
observar la escena. Quise pedirle que se retirara, pero reparé en que era la
misma mujer a quien había visto en la Plaza de Mayo. Pensé que talvez ella
estaba con nosotros en el grupo de turistas, pero de vuelta en el microbús, no
la encontré.
-El tour de día ha terminado. Por la noche, pasaremos para llevarlos a
un festival de tango en Palermo. Ustedes también podrán bailar o recibir clases
de tango.
Había perdido el pañuelo comprado en el museo y lo estaba buscando
cuando la
guía me
dirigió la palabra:
-No se preocupe. Usted puede quedarse. Todavía no se ha recuperado del
vuelo. Duerma bien porque mañana vamos a caminar duro.
Le obedecí. Apenas llegué al hotel, subí a mi habitación y prendí el
televisor que estaba dando las noticias del día. La más comentada era el
triunfo de la socialista Michele Bachelet en las elecciones presidenciales de
Chile. Un periodista relataba que,
durante la dictadura, Michele estuvo presa al lado de su madre. En la celda,
recibió la noticia de que su padre había muerto a consecuencia de las torturas.
Los militares tomaron el poder en diversos países del continente durante
los años setenta. Adujeron que lo hacían para proteger a sus países contra el
comunismo. Con ese objeto formaron una alianza criminal llamada el Plan Cóndor.
Si un ciudadano escapaba de un país del Cono Sur, lo capturaban en el otro y
era devuelto a sus perseguidores. No tenían escapatoria alguna. Me pregunté si
podían escapar y llegar hasta Lima.
Por coincidencia, en ese momento,
la televisión mostró imágenes del Perú. Según la voz en off, el Perú no
era solamente Cusco y Macchu Picchu.
"También hay una pujante vida urbana, y calles donde usted podrá comprar
lo mismo que en la Quinta Avenida de Nueva York. No tenemos nada que envidiar a
otras ciudades del continente como Santiago de Chile o Buenos Aires"
La cámara se enamoró enseguida de varios edificios ultramodernos e hizo
un barrido por la calle Larco de
Miraflores.
"Aquí puede usted caminar con tranquilidad. Aquí ya no hay terroristas.
Tampoco hay pobres ni mendigos. Una
eficiente patrulla municipal se encarga de ellos."-remarcó con sorna el
locutor.
"Aunque muchos en el extranjero
no lo sepan, los peruanos no somos gente de color." La cámara persiguió a una familia de rasgos
europeos. El padre sonreía a la cámara. Los niños alzaban los brazos. La abuela se puso muy nerviosa.
Después, los camarógrafos apuntaron hacia una hilera de carros del año y
se posaron sobre un vehículo de lunas oscuras. De allí salieron tres hombres
rubios y altos. Uno de ellos se acercó a la cámara y guiñó el ojo a los
espectadores.
-¡Bingo!- gritó.
Entonces los tres rubios se lanzaron contra el grupo familiar. La mujer
que parecía la abuela arrancó en dirección opuesta.
Para mí, y para cualquier espectador del comercial, esa era una broma.
Supuse que en algún momento la anciana se acercaría a la cámara acompañada de
los rubios para promocionar alguna marca de cerveza o pisco de exportación. No fue así; más bien el
rostro asustado de la anciana llenó la pantalla y quiso decir algo que no fue
grabado. Era muy parecida a la dama que yo había visto en varios lugares de
Buenos Aires.
Quizás entonces me quedé dormido, y sólo desperté al día siguiente
cuando el teléfono de mi habitación resonó, y Gabi me anunció que eran las ocho
de la mañana y que me alistara porque ella llegaría dentro de cuarenta y cinco
minutos.
Cumplió su palabra. Estuvo a las 8 y 45, y no me dejó apurar una bebida
caliente.
-No se preocupe. Tomaremos el desayuno en un café de Corrientes.
El carro nos dejó otra vez cerca de la Plaza de Mayo, y desde allí
comenzamos a recorrer la famosa avenida. Mis compañeros de tour se habían
disfrazado de argentinos. Casi todos habían comprado sombreros de cuero. Los
pantalones del gringo lo convertían en gaucho hasta la cintura; su sombrero
pertenecía a Gardel. La falda negra de su esposa era abierta y mostraba al
mundo sus convexas e interminables carnes.
Nos detuvimos a conocer los
teatros San Martín y Lola Membrives. Entramos en el Gran Rex, y comenzamos a
observar los retratos de la entrada. Otro grupo se acercó hasta nosotros. Los
pensé turistas, pero no tenían cámaras fotográficas. Parecían argentinos. Daban
la impresión de que habían sido sacados de su casa a medianoche. Se deslizaban
sin hacer ruido. Parecían difuntos. Al final de ellos, se encontraba la anciana
que yo veía en todas partes. Cuando se borraron de mi vista, ya había olvidado
el desayuno.
Por la tarde, Gabi nos llevó al Cementerio de la Recoleta. Ante la puerta de altas columnas griegas nos
hizo prometer no dispersarnos. Avanzamos hacia la bóveda de Eva Perón. Nos
detuvimos, después, junto al mausoleo
del almirante Guillermo Brown.
Leímos decenas de
nombres ilustres que iban acompañados de batallas, universidades, foros,
ministerios y obispados. Tropezamos con una pirámide que guarda los restos del
gobernador de Buenos Aires, Manuel
Dorrego. Más allá estaba la bóveda de José C. Paz, fundador de
"La Prensa".Es un pedestal cúbico de granito negro en donde se
posan dos ángeles. Uno de ellos señala el infinito mientras que el otro se
postra ante una mujer desfalleciente.
En ese momento
quise salir del cementerio. Me abrumaba la seguridad de que iba a encontrarme
otra vez con la anciana, pero estaba equivocado. Los enterrados en la Recoleta
era verdaderos difuntos. La dama y las personas que la acompañaban en el teatro
tenían rostros de difuntos que no lo son del todo.
Más tarde,
decliné la invitación para las lecciones de tango e hice lo mismo que la noche
anterior. Caí rendido en el lecho de mi habitación y cuando prendí la tevé,
escuché un espacio noticioso. El locutor informó que el nuevo Museo de la
Memoria recordaría a los argentinos desparecidos durante la dictadura militar.
Se alzaría en la Escuela de Mecánica de la Armada donde eran conducidos los
prisioneros políticos para ser torturados.
La mayor parte de
los miles de niños desaparecidos nacieron en el hospital de esa institución.
Allí se trasladaba a las presas embarazadas para que dieran a luz. Apenas nacidos,
los hijos eran arrebatados y luego se dejaba a la madre sufriendo hasta que llegara la muerte. Los torturadores
declararon después que ese era único tratamiento que se puede dar a una mujer
terrorista.
El noticiero fue
interrumpido, como la noche anterior, por la propaganda turística del Perú. La
cámara, que volaba sobre las líneas de Nazca, se detuvo en el descomunal diseño de la araña. Desde allí
apareció la imagen superpuesta de las calles elegantes de Miraflores. El
locutor repitió su discurso:
"Aquí puede usted
caminar con tranquilidad. Aquí ya no hay terroristas. Tampoco hay pobres ni mendigos."
Como la noche
anterior, hubo un zoom-in sobre el rostro del hombre rubio que gritaba
"!Bingo!" y por fin sobre la anciana que huía. Entonces me di cuenta que yo
conocía a esa mujer. Era la misma que me perseguía en Buenos Aires, y la que yo
había visto en muchos periódicos y revistas del Perú.
Era Esther Gianotti de Molfino, a quien los
servicios de seguridad argentina secuestraron en Miraflores el 14 de junio de
1980. Ese mismo día, habían detenido a María Inés Raverta, Julio César Ramírez
y Federico Frías, todos argentinos residentes en Lima.
La señora Molfino era viuda
y madre de seis hijos, todos opositores a la tiranía. Su hijo mayor, Alejandro,
estaba preso. Una de sus hijas acababa de desaparecer con su esposo y sus dos niños. Comenzó a buscarlos. Atándose
a la cabeza el pañuelo blanco de las madres de Mayo, daba vueltas por esa plaza
protestando y suplicando que le devolvieran a sus seres queridos.
Los funcionarios del
gobierno se reían en su cara. Sus vecinos y parientes se alejaban de ella y la
consideraban terrorista, madre y abuela de terroristas. En el sector de los
políticos opositores al régimen, sólo encontraba prudentes disculpas o sinceras
declaraciones de cobardía.
Viajó al Perú para
solicitar solidaridad. Buscaba apoyo para que aparecieran su hija, su yerno y
sus dos nietos.
Los agentes militares
argentinos entraron al Perú con el permiso del régimen del General Morales
Bermúdez y, de la misma forma, salieron llevándose a sus víctimas. En la
Escuela de Mecánica, los interrogaron hasta la muerte. A Esther Molfino no le
ocurrió eso. Para dar un escarmiento a las Madres de Mayo y hacer ver que no
exceptuaban de la crueldad a las mujeres ancianas, le reservaron otra suerte.
La llevaron hasta Madrid, tomaron habitación en un hotel para ella y allí la
dejaron.
Después, alguien llamó por
teléfono a la administración, y pidió que entraran en ese cuarto. Cuando los
hoteleros irrumpieron, la anciana estaba sentada sobre una silla con su cabeza
apoyada en la ventana. Parecía observar el mundo desde allí, pero estaba
muerta.
El teléfono de mi habitación sonó
con estridencia. Gabi me preguntó si al día siguiente iba a acompañar al grupo
hasta Puerto Madero. Me excusé.
-¿Le ocurre algo?... No quiere
divertirse. No parece usted un turista. Ni siquiera ha usado la Tarjeta de descuentos para el Shopping Alto Palermo o Patio
Bullrich.
-A lo mejor, no lo soy. Tal vez soy
un peregrino.
- En todo caso, tengo un encargo
para usted. Me lo dejaron en la oficina.
Mañana, temprano, cuando vaya por el hotel se lo entregaré. Hmm.parece
que usted hizo amistades.
No le pregunté cuál era el encargo. Sólo me lancé hacia la laptop para escribir estos recuerdos. En 1980, como todos los peruanos, supe lo que hicieron con los cuatro secuestrados. Durante varios días nos enteramos que se hallaban en una playa de esparcimiento de la Marina de Guerra para ser interrogados. Sin embargo, poco o nada dijimos, y Esther de Molfino no halló las voces amigas que buscaba. Años después, lo mismo que a ella, les ha ocurrido a miles de peruanos, y a veces se nos prohíbe recordarlos. Después, me dirigí a la Plaza de Mayo. Era una tarde silenciosa sin turistas ni paseantes, pero escuché un griterío de niños. No los había en todo el lugar. Entonces, pensé que a lo mejor, tenía el poder de escuchar a los espíritus y de reconocerlos por sus voces.
-¡Ey… chicos, ¿están ustedes allí?-
grité frente a las ramas de un ombú enmarañado de donde salían las voces.
Apenas lo dije, centenares de
palomas emergieron de entre los árboles y ascendieron por el cielo escarlata de
Buenos Aires. Me dirigí al hotel.
-La guía de turistas le dejó este
encargo –me informó el hombre del lobby.
No necesité desenvolverlo. Sabía que era un pañuelo. Me dirigí al patio del hotel y me senté allí a pensar cómo terminaría lo que estaba escribiendo. A lo mejor, la abuela encontró entre las palomas a los niños que buscaba. A lo mejor, el relato no tiene fin. La luna emergió del Río de la Plata y, al llegar al cenit, se convirtió en una inmensa rosa blanca.