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viaje a la semilla

Entre el hábito de la poesía y la disolución de la diáspora

por José Antonio Mazzotti

 

 

Maurizio Medo apareció en la escena literaria limeña a mediados de la década sangrienta de 1980, cuando los ánimos de los entonces imberbes poetas se veían cada día asaltados por la incertidumbre de las desapariciones, las torturas, los apagones, los coches bomba; la indiferencia, en fin, de un buen sector de la franja intelectual. En pocas palabras, apareció cuando el ambiente era de los menos propicios para cultivar el hábito sagrado de la poesía. Y, sin embargo, como la retama (cuya flor posee múltiples virtudes), Maurizio Medo insistió en quedarse y en abrirse paso, alimentando su verbo con la clara convicción de quien se sabe poeta. Por esos mismos años, uno de nuestros antiguos gurús, el polifacético Rodolfo Hinostroza, declaró en una entrevista que "en poesía, el que se sale es porque nunca estuvo". Nada más cierto para describir a Maurizio Medo, un poeta que nunca "se salió" y que no siempre ha sido (re)conocido por la crítica local de rotativa (afecta como pocas a la confitería). Mucho menos "se saldría" por la aún más grave situación de tener que alimentar su vocación en un medio tan económica y culturalmente adverso como el Perú. Fue esa certeza, irradiada desde su metro noventa de estatura y su italiano dolce stil nuovo adaptado al fin de siglo peruviano, la que convenció al autor de estas líneas y a Róger Santiváñez de presentar con todos los augurios del caso el primer libro de Maurizio, Travesía en la calle del silencio, en los primeros meses de 1988 en un bar -ya innombrable- de Barranco.

Ahora confirmo que no nos equivocamos. Han pasado suficientes lustros y libros, y el hábito del poeta se ha fortalecido al compás de la amistad. Llega a mis manos El hábito elemental, primero en edición arequipeña bajo el sello glorioso de ASALTOALCIELO/editores, y luego en versión ligeramente ampliada que facilita la generosidad y aguda visión de Isaac Goldemberg, poeta como todos los antes nombrados. El hábito elemental desarrolla algunas de las líneas de trabajo planteadas en los libros previos, pero a la vez si aggiorna con las últimas tendencias de la poesía contemporánea y con la maduración del propio poeta, que ha crecido en y con sus versos. Se trata, pues, de un libro pleno, en más de un sentido.

Me explico. El hábito elemental plantea desde su mismo título un enigma sencillo: ¿comer? ¿dormir? ¿defecar? ¿hablar? ¿O quizá todos los hábitos juntos articulados por ese código específico que es el lenguaje poético? Más aún: hay un recorrido autobiográfico a lo largo del poemario, que empieza con la reconstrucción de la infancia, las fiestas italianas de la familia junto con el entrañable nonno (el sabio Onorio Ferrero), el padre "colosal", la hermana encantadora, la madre paciente y constante. Ese niño que habla en los poemas es parte de una dispersión más amplia, pues sólo aparece en una serie de recuerdos fragmentados cuyo común y único denominador es la página escrita. "En soledad rememoro a la familia", dice uno de los versos. ¿El hábito será entonces echar mano del recuerdo? Pero eso, como bien sabemos, no garantiza por sí mismo poesía. Hay algo más profundo que subyace a todas las funciones corporales y mentales del poeta: la reconstitución de la comunidad perdida mediante la prueba de fuego de la palabra debidamente articulada. Viejo tópico que ronda a casi todos los poetas cuando se encuentran cara a cara con los desasosiegos de la modernidad, mantis lacerante y especializada en el aislamiento insalvable de los seres humanos.

Y sin embargo, pese a ese esfuerzo reconstructivo, el mundo se manifiesta una y otra vez demasiado vertiginoso. Una sola conciencia no basta para recoger tantos fragmentos, pues los recuerdos nunca son sólo personales. Uno quisiera recoger también las miradas de los parientes y, más adelante, como en el poema "San Tiváñez" (homenaje al ya casi legendario Kapitán Kloaka), de los antiguos compañeros de ruta, los camaradas de armas literarias, aquellos con los que el aprendizaje de la poesía no se limitaba a la discusión de lecturas infinitas, sino que llegaba hasta la solidaridad en el dolor y el compartir las menudas alegrías cotidianas. En el poema que lleva el numeral romano "II" por título, se encuentra una de las claves del conjunto: "Soy mi diáspora. Mi yo, plural y límbico". El poeta, así, no busca solamente el retorno al paraíso perdido de la infancia, sino que explaya sus exploraciones por las numerosas conciencias de la confusa contemporaneidad.

¿Pero cómo conquistar tamaña empresa? Raúl Zurita, el gran poeta chileno que escribe el prólogo, da en el clavo de la propuesta central del libro: "salvo el amor", todo es "precariedad de nuestros cuerpos en su apuesta reiterada y en la angustia de su desmembramiento". En efecto, "salvo el amor", todo es ilusión, parece decirnos Maurizio Medo, parodiando un conocido lema. "Salvo [por] el amor", añadiríamos, la poesía no se sostendría. "Salvo [en] el amor", el poeta deja de ser poeta para convertirse en precario animal que come, duerme, defeca y habla como tantos otros. Y "salvo [hacia] el amor", esas febles existencias no buscarían la luz que la flor de la retama requiere para sobrevivir. La Lu(z) de los poemas es a la vez la musa carnal e ideal del poeta y la re-presentación de la mítica Lu apollinairiana, que se revivifica en estos versos de un poeta profundamente sincero y de lenguaje altamente efectivo. Esa Lu es el amor, pero es el amor del poeta el que la rescata en sus versos y la convierte en La Lu que todo poeta (y todo ser humano) en el fondo añora. Por ella el poeta encuentra sentido a su existencia y por ella trasciende.

 

      Siento un orgullo inmenso de poder presentar a este poeta nuevamente y de merecer, tras el tamiz de las más altas exigencias, su inagotable amistad.

 

                       

 

 Una sobre el "Hábito Elemental"

  Raúl Zurita

 

He recordado, Lu, que

todo es recuerdo. Salvo

el Amor

 

Es el final de "El hábito elemental". Hay otro final posible, pero es una paradoja. Esta en A la misteriosa de Robert Desnos:

 

Al final esa hoja que cae y esa rueda que gira

te dirá que nada perdura en la tierra

salvo el amor

Y de eso quisiera convencerme (...)

 

Maurizio Medo escribe un libro que muestra el itinerario de ese convencimiento como si toda poesía, toda escritura finalmente, no fuese sino el intento por llegar ese "salvo el amor", a esa excepción deslumbrante que dibuja tras ella la precariedad de nuestros cuerpos en su apuesta reiterada y en la angustia de su desmembramiento. Los poemas de "El hábito elemental" muestran así el deseo de no estar allí para ser efectivamente el cuerpo que se nombra, no su representación, no su fonema, sino esa Lu que se nombra. Los versos de Medo se rompen así abruptamente, se tarjan de golpe para amarrase asfixiándose al que sigue porque la experiencia humana (aquella que nos fue otorgada en esta tierra, en este mundo, en estos Perú) no admite al parecer sino una sintaxis rota, un encabalgamiento que surge cuando ya todo parece perdido. Como en Trilce, la extraordinaria concretud de la poesía de Maurizio Medo nos hace ver que las palabras son los paliativos más dramáticos y tal vez esplendorosos de la carne, pero que son únicamente paliativos. Las palabras jamás son el dolor, pero no nos privan del dolor. "El hábito elemental" consiste entonces en tartamudear las sílabas de una frase cifrada que no es decible porque quisiera no ser una frase sino la experiencia misma que lleva a pronunciarla. Pocas veces una poesía nos muestra esa lucha sin cuartel que las palabras entablan con la concreción inpronunciable de la vida. Eso es lo que un ser humano real mira, ve. Estos poemas parecieran así no soportar la tensión entre la experiencia (eso que está allí atascado, irreductible, como una piedra) y las palabras que sólo podrán decirnos que lo invisible es el amor, que lo único que debiera ser visible para todos, en este instante, en todos los instantes del mundo, es refractario a la palabra amor. Que decir amor es siempre decir un cuerpo invisible.

 

Cuando los tres, contritos, nos confesábamos prescindiendo de palabras,

nos alucinaron deshablando al borde de la desesperación. Nadie

notó cómo Lucía la Hermosa sonreía

invisible

en el amor.

 

No puedo sino ver entonces este libro sino como un poema que recoge la tradición del poema de amor y que es al mismo tiempo la prueba de algo que jamás puede cumplirse en las palabras que lo nombran. Creo que en eso consiste también la gran poesía peruana; la poesía de la ruptura de las palabras como si fueran músculos que se desgarran porque ellas deben necesariamente pagarles un tributo a la dureza de la tierra, a las piedras de esa tierra, a esa terquedad y mudez omnipresente donde la letra, como vio Vallejo, es un origen -quizás el único que cuenta- pero únicamente porque es el origen de la pena.

"El hábito elemental" habla así desde una tartamudez y una afonía que se muestra en cada uno de sus giros, en las roturas de las líneas, en los encabalgamientos, en la sintaxis quebrada que de tanto en tanto toma la forma de la prosa como si allí: en esos cursiles marasmos del poema se preparara la última frase, aquella que nos dirá que el amor es el único presente en un universo en que todo es recuerdo, en que se recuerda que todo es recuerdo mostrándonos de paso que la poesía es también parte de lo invariablemente pasado, de lo que para siempre no alcanzó a decirse, de lo que nunca podrá decirse... salvo, salvo, salvo.

 

Salvo el amor.

 

Y uno quisiera que este extraordinario poema de uno de los más notables poetas peruanos de este tiempo, fuese el mundo.