
Maurizio Medo apareció en la escena literaria
limeña a mediados de la década sangrienta de 1980, cuando los ánimos de los
entonces imberbes poetas se veían cada día asaltados por la incertidumbre de
las desapariciones, las torturas, los apagones, los coches bomba; la
indiferencia, en fin, de un buen sector de la franja intelectual. En pocas
palabras, apareció cuando el ambiente era de los menos propicios para cultivar
el hábito sagrado de la poesía. Y, sin embargo, como la retama (cuya flor posee
múltiples virtudes), Maurizio Medo insistió en quedarse y en abrirse paso,
alimentando su verbo con la clara convicción de quien se sabe poeta. Por esos
mismos años, uno de nuestros antiguos gurús, el polifacético Rodolfo
Hinostroza, declaró en una entrevista que "en poesía, el que se sale es
porque nunca estuvo". Nada más cierto para describir a Maurizio Medo, un
poeta que nunca "se salió" y que no siempre ha sido (re)conocido por
la crítica local de rotativa (afecta como pocas a la confitería). Mucho menos
"se saldría" por la aún más grave situación de tener que alimentar su
vocación en un medio tan económica y culturalmente adverso como el Perú. Fue
esa certeza, irradiada desde su metro noventa de estatura y su italiano dolce
stil nuovo adaptado al fin de siglo peruviano, la que convenció al autor de
estas líneas y a Róger Santiváñez de presentar con todos los augurios del caso
el primer libro de Maurizio, Travesía en la calle del silencio, en los
primeros meses de 1988 en un bar -ya innombrable- de Barranco.
Ahora confirmo que no nos equivocamos. Han
pasado suficientes lustros y libros, y el hábito del poeta se ha fortalecido al
compás de la amistad. Llega a mis manos El hábito elemental, primero en
edición arequipeña bajo el sello glorioso de ASALTOALCIELO/editores, y luego en
versión ligeramente ampliada que facilita la generosidad y aguda visión de
Isaac Goldemberg, poeta como todos los antes nombrados. El hábito elemental
desarrolla algunas de las líneas de trabajo planteadas en los libros previos,
pero a la vez si aggiorna con las últimas
tendencias de la poesía contemporánea y con la maduración del propio poeta, que
ha crecido en y con sus versos. Se trata, pues, de un libro pleno, en más de un
sentido.
Me explico. El hábito elemental plantea
desde su mismo título un enigma sencillo: ¿comer? ¿dormir?
¿defecar? ¿hablar? ¿O quizá
todos los hábitos juntos articulados por ese código específico que es el
lenguaje poético? Más aún: hay un recorrido autobiográfico a lo largo del
poemario, que empieza con la reconstrucción de la infancia, las fiestas
italianas de la familia junto con el entrañable nonno (el sabio Onorio
Ferrero), el padre "colosal", la hermana encantadora, la madre paciente
y constante. Ese niño que habla en los poemas es parte de una dispersión más
amplia, pues sólo aparece en una serie de recuerdos fragmentados cuyo común y
único denominador es la página escrita. "En soledad rememoro a la
familia", dice uno de los versos. ¿El hábito será entonces echar mano del
recuerdo? Pero eso, como bien sabemos, no garantiza por sí mismo poesía. Hay
algo más profundo que subyace a todas las funciones corporales y mentales del
poeta: la reconstitución de la comunidad perdida mediante la prueba de fuego de
la palabra debidamente articulada. Viejo tópico que ronda a casi todos los
poetas cuando se encuentran cara a cara con los desasosiegos de la modernidad,
mantis lacerante y especializada en el aislamiento insalvable de los seres humanos.
Y sin embargo, pese a ese esfuerzo
reconstructivo, el mundo se manifiesta una y otra vez demasiado vertiginoso.
Una sola conciencia no basta para recoger tantos fragmentos, pues los recuerdos
nunca son sólo personales. Uno quisiera recoger también las miradas de los
parientes y, más adelante, como en el poema "San Tiváñez" (homenaje
al ya casi legendario Kapitán Kloaka), de los antiguos compañeros de ruta, los
camaradas de armas literarias, aquellos con los que el aprendizaje de la poesía
no se limitaba a la discusión de lecturas infinitas, sino que llegaba hasta la
solidaridad en el dolor y el compartir las menudas alegrías cotidianas. En el
poema que lleva el numeral romano "II" por título, se encuentra una
de las claves del conjunto: "Soy mi diáspora. Mi yo, plural y
límbico". El poeta, así, no busca solamente el retorno al paraíso
perdido de la infancia, sino que explaya sus exploraciones por las numerosas
conciencias de la confusa contemporaneidad.
¿Pero cómo conquistar tamaña empresa? Raúl
Zurita, el gran poeta chileno que escribe el prólogo, da en el clavo de la
propuesta central del libro: "salvo el amor", todo es
"precariedad de nuestros cuerpos en su apuesta reiterada y en la angustia
de su desmembramiento". En efecto, "salvo el amor", todo
es ilusión, parece decirnos Maurizio Medo, parodiando un conocido lema. "Salvo
[por] el amor", añadiríamos, la poesía no se sostendría. "Salvo
[en] el amor", el poeta deja de ser poeta para convertirse en precario
animal que come, duerme, defeca y habla como tantos otros. Y "salvo
[hacia] el amor", esas febles existencias no buscarían la luz que la
flor de la retama requiere para sobrevivir. La Lu(z)
de los poemas es a la vez la musa carnal e ideal del poeta y la re-presentación
de la mítica Lu apollinairiana, que se revivifica en estos versos de un poeta
profundamente sincero y de lenguaje altamente efectivo. Esa
Lu es el amor, pero es el amor del poeta el que la rescata en sus versos y la
convierte en La Lu que todo poeta (y todo ser humano) en el fondo añora. Por
ella el poeta encuentra sentido a su existencia y por ella trasciende.
Siento
un orgullo inmenso de poder presentar a este poeta nuevamente y de merecer,
tras el tamiz de las más altas exigencias, su inagotable amistad.
Una sobre el "Hábito Elemental"
He recordado, Lu,
que
todo es
recuerdo. Salvo
el Amor
Es el final de "El hábito
elemental". Hay otro final posible, pero es una paradoja. Esta en A la
misteriosa de Robert Desnos:
Al final esa hoja
que cae y esa rueda que gira
te dirá que
nada perdura en la tierra
salvo el amor
Y de eso quisiera
convencerme (...)
Maurizio Medo escribe un libro que
muestra el itinerario de ese convencimiento como si toda poesía, toda escritura
finalmente, no fuese sino el intento por llegar ese "salvo el amor", a esa
excepción deslumbrante que dibuja tras ella la precariedad de nuestros cuerpos
en su apuesta reiterada y en la angustia de su desmembramiento. Los poemas de "El
hábito elemental" muestran así el deseo de no estar allí para ser
efectivamente el cuerpo que se nombra, no su representación, no su fonema, sino
esa Lu que se nombra. Los versos de Medo se rompen así
abruptamente, se tarjan de golpe para amarrase asfixiándose al que sigue porque
la experiencia humana (aquella que nos fue otorgada en esta tierra, en este
mundo, en estos Perú) no admite al parecer sino una sintaxis rota, un
encabalgamiento que surge cuando ya todo parece perdido. Como en Trilce, la
extraordinaria concretud de la poesía de Maurizio Medo nos hace ver que las
palabras son los paliativos más dramáticos y tal vez esplendorosos de la carne,
pero que son únicamente paliativos. Las palabras jamás son el dolor, pero no nos
privan del dolor. "El hábito elemental" consiste entonces en tartamudear
las sílabas de una frase cifrada que no es decible porque quisiera no ser una
frase sino la experiencia misma que lleva a pronunciarla. Pocas veces una
poesía nos muestra esa lucha sin cuartel que las palabras entablan con la
concreción inpronunciable de la vida. Eso es lo que
un ser humano real mira, ve. Estos poemas parecieran así no soportar la tensión
entre la experiencia (eso que está allí atascado, irreductible, como una piedra)
y las palabras que sólo podrán decirnos que lo invisible es el amor, que lo
único que debiera ser visible para todos, en este instante, en todos los
instantes del mundo, es refractario a la palabra amor. Que decir amor es
siempre decir un cuerpo invisible.
Cuando los tres,
contritos, nos confesábamos prescindiendo de palabras,
nos alucinaron
deshablando al borde de la desesperación. Nadie
notó cómo Lucía
la Hermosa sonreía
invisible
en el amor.
No puedo sino ver entonces este libro sino como un poema
que recoge la tradición del poema de amor y que es al mismo tiempo la prueba de
algo que jamás puede cumplirse en las palabras que lo nombran. Creo que en eso
consiste también la gran poesía peruana; la poesía de la ruptura de las
palabras como si fueran músculos que se desgarran porque ellas deben
necesariamente pagarles un tributo a la dureza de la tierra, a las piedras de
esa tierra, a esa terquedad y mudez omnipresente donde la letra, como vio
Vallejo, es un origen -quizás el único que cuenta- pero únicamente porque es el
origen de la pena.
"El hábito
elemental" habla así desde una tartamudez y una afonía que se muestra en cada uno
de sus giros, en las roturas de las líneas, en los encabalgamientos, en la
sintaxis quebrada que de tanto en tanto toma la forma de la prosa como si allí:
en esos cursiles marasmos del poema se
preparara la última frase, aquella que nos dirá que el amor es el único
presente en un universo en que todo es recuerdo, en que se recuerda que todo es
recuerdo mostrándonos de paso que la poesía es también parte de lo
invariablemente pasado, de lo que para siempre no alcanzó a decirse, de lo que
nunca podrá decirse... salvo, salvo, salvo.
Salvo el amor.
Y uno quisiera que este extraordinario
poema de uno de los más notables poetas peruanos de este tiempo, fuese el
mundo.