Espero
un largo rato, leyendo el final de una novela que habla de
relaciones familiares complicadas, espesas y viscosas, cuya única
solución parece ser la muerte y el incesto. Entre tanto entran y
salen enfermos, mujeres jóvenes acompañando viejos, mujeres jóvenes
acompañando niños, mujeres de edad mediana, hombres de edad mediana,
todos esperamos sentados vagamente, unos mirando, otros leyendo,
todos con el mismo aspecto uniforme de desaliño y temor: ciertos
pacientes con un color amarillento que asusta. Pasan enfermeras con
sus uniformes, con zapatos de tacón altísimo algunas, ¿cómo pueden
ocuparse de tantos enfermos, llamarlos por su nombre en voz alta y
cortés, conducirlos luego por los largos pasillos, abrir una puerta,
decirles que se desvistan, que se pongan una bata desechable, que
vuelvan a esperar sentados, pero casi desnudos, sin ropa interior,
sin ropa exterior, sin aretes, sin reloj, sin collares, sin
equipaje, sólo con el cuerpo que va a ser examinado y ellas con
zapatos de tacón tan alto? Le doy vueltas y vueltas a ese enorme
problema en mi mente hasta que decido seguir leyendo mi novela,
trata de dos hermanas muy unidas que, como suele suceder en la vida
real, se aman y se odian y hasta en ocasiones sienten que tienen un
solo cuerpo, o mejor, no reconocen ningún límite entre sus dos
cuerpos, ni entre sus dos vidas; pero una de ellas tiene un niño y,
¡claro!, eso cambia la relación, para empezar, la que ha dado a luz
ha sufrido dos operaciones, una cesárea y una histerectomía -aunque
se las hayan hecho al mismo tiempo- y en el vientre ya plano tiene
profundos moretones, una cicatriz púrpura y rojiza con marcas que
parecen dentelladas, por encima y por debajo, le han afeitado el
vello púbico y sin embargo podrá usar bikini. La trama me apasiona y
me hace perder contacto con la realidad, con esas otras personas que
esperan y olvido que tengo que hacerme una mastografía o mejor una
mamografía.
De
pronto oigo un murmullo y me parece oír mi nombre, sigo leyendo sin
prestar demasiada atención, quisiera saber en qué termina la novela,
estoy en un pasaje muy interesante y en la contraportada comparan a
la novelista con Graham Greene. ¿Será cierto, me pregunto? Tengo que
terminar el libro, pienso y me enfrasco en la lectura, de repente se
oye gritar al bebé, es un grito, no muy débil y la madre se pone
tensa, y de inmediato por sus dos pechos suben dos anillos "como
pececillos saltarines", obviamente uno en cada pezón, pero justo en
el momento que leo esas palabras oigo nítidamente mi nombre, vuelven
a gritarlo más fuerte y me levanto desganada, echo la novela en mi
bolsa, me pongo los anteojos negros que disimulan un poco los
efectos que creo reversibles de un corte de cabello mediocre, banal
y caro y me dejo conducir rumbo a un largo pasillo con muchas
puertas y pequeños compartimentos; sigo a la enfermera, lleva tenis
blancos, ¡vaya, pienso, por fin alguien que hace bien su trabajo! Me
hace entrar en un cuarto pequeño, especie de clóset con una banca
forrada de plástico, unas perchas y una bata de papel color azul
ascético. Cuando la enfermera me dice desnúdese de la cintura para
arriba y pón-gase la bata, me dan ganas de hacer pipí; sigue dándome
instrucciones con un tono muy gentil, levemente derogatorio, como si
se dirigiera a un débil mental o simplemente a un cuerpo que será
despojado de sus vestimentas y quedará a su merced, aunque no
totalmente porque sólo tendrá en sus manos medio cuerpo, de la
cintura para arriba; en realidad nunca pondrá las manos sobre mí, me
dará instrucciones con voz suave, amable, lejana, falsamente
cariñosa, protocolaria, haciendo el simulacro de considerarme
humana, como si de verdad creyera que lo soy en ese momento en que
debo empezar a desnudarme. Interrumpo su perorata, porque, como
decía, me han dado ganas de ir al baño, le pregunto dónde queda y
salgo corriendo.
Hago
pipí, me cuesta trabajo, como si la vejiga estuviera llena pero
cerrada avaramente para no dejar salir el líquido que duele en su
posible desbordamiento, como ahorita cuando escribo estas líneas y
tengo que levantarme a orinar. Lo hago y regreso al compartimento,
me desvisto de la cintura para arriba, dejo mi ropa y mis joyas y me
encamino al cuarto de rayos X, es medio complicado, muchos pasillos
iguales, miles de puertas también iguales, enfermeras no tan
iguales, pero al fin lo encuentro; mi enfermera ya no está, aparece
otra, muy pintada, abriendo cajones y sacando batas y toallas, le
pregunto dónde está la mía, la que es joven, delgada, rubia teñida,
mona, formal, eficiente, demasiado eficiente. Voy a buscarla, dice
la otra, y de inmediato la mía, mi enfermera, regresa y me ordena
acérquese al aparato de rayos X y póngase de pie frente a las
placas, me acerco a la plancha especial con su plataforma móvil
donde deben colocarse cada uno de los pechos antes de que sean
oprimidos por una plancha en cuyo interior está la placa para la
radiografía.
-Mire mi
hijita, dice, así, sáquese la manga derecha porque vamos a empezar
del lado derecho, sí, así, sí mi vida, le va a doler un poquito,
corazón, le voy a apretar y le va a doler un poco, pero yo me
detengo en cuanto usted me diga que le pare, chulita, así, bien,
pero agárrese bien el seno derecho y colóquelo sobre la plancha,
así, muy bien, corazón, ahora voy a empezar a apretar, y usted debe
dejar de respirar y decirme cuando ya no aguante, ¿así, así?, ¿ya
no?, ¿le duele, linda?, ¿puedo apretar más?, usted me dice, corazón,
¿más?, ¿más?, ¿así ya?, bueno, ahora sí, m'hijita, ya no respire,
aguántese un ratito, no respire, bien, así, así mi vida, así, así mi
corazón, muy bien, perfecto.
El tono
de la enfermera es amable, oficial, pegajoso y dulzón como si uno
estuviera en sus manos literalmente, una más entre muchas otras
enfermas. ¿Y si después de tantas palabras, no sobrevive la palabra?
Cuando pongo con cuidado mi pecho derecho sobre la plancha fría, me
estremezco, se me pone la carne de gallina, y cuando ella le da
vuelta a una manivela para prensarme el pecho, me siento atrapada y
grito levemente, si apenas comienzo, me dice, cuando ya mi pecho se
ha estirado y perdido su forma y parece una lonja de carne aplanada
como las que aplanan en las carnicerías; tiene que esforzarse un
poco, madre, me dice, voy a apretar un poquito más la plancha, mi
vida, y aprieta como si mi pecho fuera un trozo de materia prima,
vuelve a apretar y mi pecho derecho desaparece prensado entre dos
planchas de acero, una de las cuales tiene, como ella dice, una
placa fotográfica, me duele mucho, siento como si me fueran a cortar
el pecho, ¿será un castigo por tenerlos?
-Ahora
vamos a hacerlo de perfil, póngase muy derecha y coloque su pecho de
nuevo sobre la plancha, ¿está muy fría?; bueno, ahorita se mejora,
sujétese el pecho y levante la carita, mi vida, para que yo pueda
empujar la plancha, así, muy bien, así me gusta, m'hijita, así, así,
chulita, corazón mío, pero no respire, le digo que no respire y que
no se mueva, va a ver que sólo le va a doler un poquito, así es
esto, hay que empujar el aparato para que el pecho se apriete, sólo
así se puede ver si hay algo malo, este es el problema de las
mamografías, así, así, ¿ya no aguanta más?, bueno, ahora sí,
m'hijita, no respire porque si respira no sale bien la placa, así,
ya mero acabamos, ¿le duele mucho?, bueno, pasa pronto; le digo, le
estoy diciendo que no respire porque si respira la placa sale mal y
tendremos que volver a empezar y le va a volver a doler, que no
respire, le digo, ¡caramba!, ni que fuera usted de porcelana,
corazón, le aseguro que no se va a romper.
-Bueno,
ni modo, ya no salió la placa, tendremos que hacerla otra vez,
¡caramba!, bueno, en fin, no importa, mi vida, ahora descanse y
tranquilícese, madre, parece que va a llorar, ¿a poco duele tanto?,
si es sólo una apachurradita y para su bien, m'hijita. ¿Ya está
mejor?, tómese su tiempo, pero recuerde, corazón, que me falta sacar
dos placas más, ahora lo tenemos que hacer de perfil, se necesitan
varias tomas desde diversos ángulos, así es esto, si no el doctor no
puede leer bien las placas y le podemos dar un mal diagnóstico. ¿Ya
está lista? Vuélvase a sacar la manguita del lado derecho, así, así
muy bien, ahora agarre su pecho derecho y póngalo sobre la plancha,
así, m'hijita, así mi corazón, tranquilícese y no ponga la cara
sobre el marco porque salen sombras en la mamografía. ¿Ya? ¿Puedo
empezar? Usted me dice m'hijita cuando ya no aguante, ahora empiezo
a apretar, ¿le aprieto más, corazón? Así está bien, permítame bajar
la plancha un poquitito más, ¿ya?, no respire, ¡caramba!, ¡quédese
tranquila, le digo!, m'hijita, no respire, aguante el aire, yaaa,
perfecto. Descanse un poco, pero, ¿por qué llora? ¿No me diga que no
aguanta, madre?, ¿a poco es tan doloroso?, es sólo un apretoncito,
una pellizcadita y luego ya está, me llevo las placas, se las leen y
vemos qué tiene, aunque de verdad, debe usted tranquilizarse, no
creo que tenga usted nada, ¿siente como un bultito en uno de los
pechos? Luego la examino y vemos, no se preocupe, no pasa nada, así,
así, así, ahora sosténgase el pecho izquierdo, no me levante la
cabeza, corazón, póngame su seno bien colocado sobre la placa,
reinita, ya le había advertido que estaba fría, pero apenas ahorita
empieza a molestarle, ¿verdad ? No me dijo nada la primera vez.
Bueno, sea por Dios, vamos a ver, voy a apretar, le repito que no
duele demasiado, mi vida, pero tiene que aguantarse un poquito, allí
va, ¿le duele?, ¿puede aguantar un poquito más? Así, bien, bueno,
m'hijita, no se altere, ya no llore, que no es el fin del mundo, es
un ratito, madre, una pellizcadita, pero le digo, !caray¡, que no me
respire, estése quieta, un momentito más, no se me mueva, ya casi
terminamos, aguáaantese, le digo, ¡ni que fuera de vidrio!
La
enfermera repite sus órdenes y yo furiosa. No sé qué me pone más
furiosa, si que me diga m'hijita o que todo lo ponga en diminutivo,
los pechitos, las manitas, la manguita, la plaquita, la
respiracioncita, esa degradación de las palabras que se vacían de su
contenido agregándoles simplemente una terminación. La odio cuando
me llama madre, como si esa palabra se volviera anónima cuando la
dice la enfermera, con su voz también anónima, burocrática, salida
de una boca ordinaria que bautiza a su presa. Me indigna entrar en
la categoría de madre si la palabra es dicha con una entonación
melodramática, una palabra dicha con tono respetuoso y cursi que
generaliza y me clasifica como biología, me degrada como si fuera
vaca y mis senos ubres. ¿Cómo sería un aparato que hiciera
mamografías de las ubres de las vacas?, ¿cómo se las ingeniarían
para apretarles cada una de sus innumerables tetas, esas tetas
ordeñadas hoy con aparatos modernos que extraen hasta la última gota
de leche? (¡Más valdría, en verdad, que se lo coman todo y
acabemos!)
Esa idea
me tranquiliza un poco y trato de pensar en la novela que estoy
leyendo y en los "pececillos saltarines" o hilitos de leche que
asoman en cada uno de los pezones de la parturienta y la mirada
perpleja de su hermana. Pero es imposible, la paz dura muy poco,
allí está de nuevo la enfermera con sus moditos suaves y su lenguaje
impío.
No puedo
contenerme y mientras me aprieta el pechito izquierdo medio
amoratado por el frío y la presión, una piel de gallina literal que
quizá disimule nódulos cancerosos, me suelto a llorar con grandes
sollozos entrecortados, mientras el seno se me queda prensado
eternamente entre las dos placas que me dejan sin aliento porque
duele y porque me han pedido que aguante la respiración, ¿cómo puedo
aguantarla si estoy sollozando? ¿Cómo la aguantarían las vacas? La
enfermera se interrumpe, libera mi pecho izquierdo y con un tono
amable que no logra encubrir su exasperación explica hay que volver
a empezar de nuevo otra vez, tome usted este kleenex, madrecita,
suénese por favor la nariz, sí, así, bien, muy bien, así, así, muy
bien, mi vida, descanse, tranquilícese, m'hijita y cuando se sienta
mejor, volvemos a empezar, no se preocupe, reinita, duele un
poquito, poquitito, pero, corazoncito mío, tiene usted que tener más
ánimo y aguantarse, contenerse, las mujeres estamos hechas para
sufrir, tenemos que aguantarnos, ponga su pecho izquierdo aquí, voy
a apretar un poquito, así, súbame la carita, madre, para que no
interfiera con la placa, no trate de mirar, aguánteme la
respiración, no, que no respire, caray, le estoy diciendo m'hijita
que no me respire, párese derecha, mi vida, no se me doble y no
respire, de otra forma las placas saldrán mal y tendríamos que
volver a empezar y le dolerá de nuevo, tenga paciencia y calma y
terminaremos pronto, madrecita, ya sólo falta este pechito.
Me calmo
y me entra una rabia de puta madre o de la chingada madre (con la
consabida indignación de la computadora, que también se indigna
cuando escribo las palabras mamografía, mastectomía y cuando pongo
en diminutivo los sustantivos con que me bombardea la enfermera) y
quiero darle de bofetadas y entonces le digo, ya déjeme en paz, que
no soy su madre y tampoco su hijita, deje de tratarme como imbécil,
¿por qué no me dice simplemente señora que es lo que soy, una señora
que tiene que hacerse una mastografía para evitar que le hagan una
mastectomía?
-Ya, ya,
no se ofenda ahora sí ya acabamos, puede usted sentarse, no se me
vista, mi vida, porque tengo que ver si el radiólogo aprueba las
placas, si no habrá que volver a hacerlas, pero no se preocupe, ya
ve que no duele tanto, se trata sólo de apachurrar un poquito y de
no respirar, verdad m'hijita, ya esta bien?, bueno, ya vengo, no se
preocupe. Y, ¿ahora, de nuevo?, ¿por qué llora?, ¿a poco le duele
tanto ?, ya acabamos, bájese las mangas, y cúbrase los pechos,
¿tiene frío?, ya sé que la plancha está helada y que casi no tiene
ropa, pero ya no llore, m'hijita, ya terminamos, !que no llore, le
digo, m'hijita¡, !queee ya terminamos, m'hijita¡, ¿que por qué le
digo m'hijita?, ¿le choca?, lo hago para que se sienta cómoda, ¿se
siente peor?, así hablamos aquí, es la manera que tenemos de tratar
a los pacientes, no se enoje, ya casi acabamos, no se enoje , ¿y
ahora, por qué llora de nuevo, madrecita? Ni que la hubiera
torturado, duele un poquito, pero no tanto y es la única manera de
saber qué pasa. Es un simple chequeo, como el papanicolau, pero si
no se hace, puede ser peligroso. Se pone usted como si la fuese a
quebrar
-¿.....
?
-No, no
se preocupe, estos apretones no le causan daño, tampoco las
radiaciones, son muy ligeras, muy rápidas, ya acabamos, pero
espéreme, no se vista, déjeme consultar con el radiólogo, no váyamos
a tener que repetir las placas. Mientras regreso, mi corazón, llene
ese formulario. Su edad, antecedentes cancerosos en la familia, ¿no
le duele nada?, ¿no ha notado cosas extrañas en sus pechos?, ¿le
duele cuando se los toca?, ¿cuál más, el derecho o el izquierdo?,
¿alguna mujer de su familia ha tenido problemas en los senos?, ¿su
mamá?, ¿sus tías?, ¿sus hermanas?, ¿alguna abuela que usted
recuerde? Bueno, llene bien el formulario y espéreme un ratito, mi
vida, voy a ver al radiólogo a ver si las placas están bien, porque
si no, hay que volver a empezar. No se asuste, no, no, no se me
vista todavía, reinita, tápese bien con la bata y siéntese en el
cuarto de junto.
Espero,
todavía lagrimeando, con el sentimiento de algo oscuro, infantil,
viscoso, algo que se mete dentro, en el estómago, algo que da
náuseas, el sentimiento de invalidez y la violencia de que lo traten
a uno como si fuera tarado, una gente cualquiera, alguien que puede
tener algo anónimo y enfermo, esa enfermedad que puede detectarse si
uno se toca los pechos y siente en ellos algo anormal, algo que
interrumpa el color, la lisura, la consistencia esférica uniforme,
algo que se esconde dentro, en la más remota célula, algo que puede
transformarse en un tumor, y luego en una operación que mutila el
cuerpo, antes de someterlo a la violencia química.
¿Me
tendrán que hacer una biopsia?, ¿tendrán que remover un poco de
tejido del seno para saber si ese nódulo, esa protuberancia, ese
cuerpo extraño que tengo dentro del pecho izquierdo es maligno? La
biopsia consiste, me contó una amiga, en introducir una aguja
delgada en el nódulo, y en el peor de los casos hay que hacer una
pequeña operación quirúrgica; me asusto, me dan náuseas, vuelvo a
lagrimear, ¿y si me tienen que hacer una mastectomía? Se me vuelve a
poner la carne de gallina. ¿Me extirparán el pecho entero?, el
nódulo es muy pequeño, me digo para tranquilizarme, a lo mejor no es
nada, a lo mejor sólo me hacen una pequeña incisión y extirpan la
pequeña protuberancia incómoda. Si se detecta a tiempo, no es
necesario quitar todo el seno ni los ganglios, es terrible, duele
mucho, ni siquiera puedes levantar los brazos si te los quitan, dice
mi amiga, y además te queda una horrible cicatriz; recuerdo a otra
amiga a la que le encontraron un tumor en un seno y la sometieron a
un tratamiento de radio y mi único comentario fue "no te lo tomes
tan a pecho". Me lo merezco, pero no quiero tener miedo, es apenas
una bolita de grasa y en caso de que fuera otra cosa la he detectado
a tiempo y pueden hacerme una mastectomía parcial, quitarme sólo un
pedacito de pecho (ya estoy pensando como habla la enfermera) y sólo
quedará una pequeña herida convertida muy pronto en cicatriz, una
cicatriz que interrumpirá la lisura de la piel y ahuyentará las
caricias, bueno, hay cosas peores, me digo, esas operaciones de
rutina de hace muchos años en las que la ablación del seno se hacía
sin anestesia, apenas un vaso de vino o una copa de aguardiente o
unas pastillas de opio para mitigar el dolor, ¿no lo cuenta así
Fanny Burney, operada en París en 1811 de un tumor en el seno
derecho?
Dice, si
no recuerdo mal, que se encaminó al salón de su casa y vio cómo la
mesa estaba repleta de objetos, más bien de ese tipo de instrumentos
que los médicos usan para efectuar una operación. También dice que
retrocedió espantada, luego, haciendo fuerza de voluntad, entró de
nuevo al salón, pues, ¿qué sentido tenía ocultarse a sí misma lo que
muy pronto iba a saber y a experimentar? Pero al mirar la gran
cantidad de vendas, compresas, esponjas, se sintió desfallecer, dio
vueltas como enajenada y entró gradualmente en un estado de torpeza,
de inconsciencia y estupidez hasta que oyó sonar las tres en el gran
reloj, momento en que regresó a su alcoba. Trató de controlarse para
recobrar sus fuerzas, pidió una pluma y empezó a escribir unas
palabras a su esposo y a su hijo (en esos momentos, para mayor
desgracia, ausentes), en caso de que el resultado fuera fatal. Y
como en las películas de suspenso a la Hitchcock, el doctor Moreau,
que así se llamaba su médico -o más bien su carnicero-, entró en su
habitación para prepararla, ¡¡le dio una copa de vino!!, y regresó
al salón. Asustadísima y queriendo protegerse o estar siquiera
rodeada de gente conocida, llamó a su sirvienta y a sus enfermeras.
Su cuarto fue invadido de pronto por siete hombres vestidos de negro
que entraron sin llamar a la puerta y la ayudaron a salir de su
estupor provocándole una gran indignación. ¿Por qué ha entrado tanta
gente en mi habitación y sin pedirme permiso?, dijo. Luego llegaron
las sirvientas y los médicos las echaron; ella exigió que se
quedaran; pero apenas iniciada la operación las criadas huyeron
despavoridas.
"¿Quién
me sostiene este seno?", dijo fríamente el cirujano blandiendo el
terrible instrumento de acero que brillaba ante los ojos de la
escritora, y ante los de los otros médicos, enfermeros y mirones que
habían venido a presenciar la operación, con gran violencia de su
parte. Y Fanny Burney quien sobrevivió treinta años a esta
sangrienta operación efectuada sin anestesia y sin asepsia alguna,
en el momento mismo en que el temible acero fue introducido en su
pecho, abriéndose paso entre las venas, las arterias, la carne, los
nervios, empezó a gritar sin pudor, lanzando un solo grito
prolongado que duró intermi-nablemente mientras el médico hacía la
incisión y separaba el pecho de su cuerpo. Muchos años después Fanny
confesaba el asombro que le provocaba advertir que ese sonido no
hubiese permanecido para siempre en sus oídos, tan intensa había
sido la agonía. Y cuando terminaron de hacerle la incisión y el
instrumento y su pecho fueron retirados de su cuerpo sintió que el
dolor disminuía, pero apenas el aire penetró en esas partes
delicadas sintió como si un alud de diminutos y aguzados puñales
desgarraran los bordes de su herida. Recuerdo el verso de Sor Juana
: "¡Mas ay de la infeliz y desdichada/ que a su Pí-ramo dar no puede
el pecho/ni aun por los duros filos de una espada!"
Pero a
Fanny Burney no le extirparon los ganglios axilares, pienso, y sin
anestesia y sin asepsia sobrevivió treinta años, y si algo me pasa a
mí por lo menos tengo el consuelo de la anestesia y de la asepsia.
No puedo apartar mi pensamiento de ese relato y de sólo pensar que
me puedan hacer una ablación de seno o de mama como se dice
técnicamente -también para mi horror e indignación- me estremezco y
siento escalofríos debajo de mi bata aséptica y lloriqueo y me
empiezan unas náuseas espantosas y vomito una larga bilis amarga y
verde. Me lavo la boca, tomo agua y vuelvo a sentarme, un poco más
tranquila, a esperar a que regrese la enfermera, trato de
concentrarme en la novela que he estado leyendo, pienso en las
hermanas incestuosas, en lo que hará después la que acaba de dar a
luz, la que utiliza sus pechos para amamantar a su hijo, sus pechos
abultados, surcados de venas azulosas, con el pezón erecto y la
areola rugosa y ennegrecida. Y me palpo el pecho, siento de nuevo el
nódulo, esa invasión probable de células malignas que avanzan y
destruyen la forma armónica de mi pecho, mis senos, dos crías
mellizas de gacela pastando entre azucenas, tus senos un huerto de
granados con frutos exquisitos, lirios con nardos, azafrán, caña y
canela, árboles de incienso, mirra, áloe y los más extraños y
mejores aromas, como canta La Biblia, pero en mi pecho, no muy lejos
del pezón erguido, hay una cosa extraña que me invade, que me parte
el corazón en mil pedazos.
No
tengo, digo para tranquilizarme, ni ardor ni comezón (como sentía
esa amiga mía a la que le tuvieron que cortar el pecho), y el nódulo
está al borde del hueso y no se ha producido ninguna decoloración,
mi pecho no ha empezado a contraerse ni el tumor ha aumentado de
tamaño, y sin embargo, es un nódulo y un nódulo como este que tengo
en el seno izquierdo es parecido al que laceró el pecho a mi amiga y
la mató: células duras y fibrosas, crecen y proliferan, causan pena,
atraen a la muerte o esperan la ablación. ¿Ablación de mama?,
pronuncio en voz alta las palabras, me queman los labios, resplandor
y puñal, ¿tendré que sufrir una mutilación?, pues es eso, una
mutilación, espejo y resplandor, ¿no significa eso la palabra
ablación?, separación o extirpación de cualquier parte del cuerpo,
en este caso la mama, y me dan ganas de reír y de conjugar al
infinito de nuevo la palabra mama, glándula alveolar compuesta, cuya
secreción en las hembras y en los mamíferos sirve para la nutrición
de sus recién nacidos, las mamas, sí, la ablación de las mamas, una
herida oscura y luminosa, un dolor mitigado por la anestesia: deja
una cicatriz, un corte irregular practicado en una esfera de carne
globulosa, de paredes gruesas, surcada de venas y de arterias, una
esfera sensible, hermosa, deseable, erotizada, erotizable. Y pienso
cómo se verá mi pecho después de quince días, un mes después de la
intervención, con una sombra de piel que se le estirará encima, tan
delgada que nadie se atreverá a detener mucho tiempo sus ojos en
ella. Para alejar ese pensamiento, introduzco mi mano debajo de la
bata y toco la piel de mis senos, paso los dedos sobre el pezón y
sobre la areola y siento cómo se distienden, se ponen eréctiles y
sigo acariciando con deleite, pero de repente toco el nódulo en el
pecho izquierdo y caigo de nuevo en mis sombrías cavilaciones. Más
adelante cuando la piel se cicatrice, después de la ablación, esa
mutilación, las arrugas comenzarán a insinuarse, se formarán y se
alterarán y si alguien decidiera espiarme de noche, como hace un
protagonista de Onetti en una novela memorable, si hace mucho calor
y yo duermo sin cobijas, desnuda de tal manera que pudiera verse que
tengo un solo pecho y que mi piel se adhiere al hueso y que esa
cicatriz que ahora alguien observa a sus anchas, a escondidas, se ha
llenado de rugosidades como la cáscara de una fruta ¿un melón?
(¿Tendrá mayor semejanza con la forma que antes tenía mi pecho?)
¿Qué sentirá el mirón ? ¿Asco, horror, deseo? Quizá descubra figuras
levemente dibujadas por los bordes de la cicatriz, porque yo
cicatrizo mal, me quedan cordones gruesos sobre la piel, cicatrices
queloides que dibujan otra geografía corporal, otro tipo de
protuberancias cuyo tono es apenas más sonrosado o blanquecino que
la piel y también pueden producirse algunas manchas violáceas.
Puedo, eso sí, hacerme una prótesis, ponerme unos implantes, ¿no se
lo hacen las artistas de cine para tener un mejor cuerpo?, ¿no se lo
hacen las mujeres que quieren ser más sexy ?, ¿por qué no podría
hacérmelo yo, pues no quiero quedar desfigurada? Le tengo miedo a
los hematomas, a la hinchazón, a la hipersensibilidad durante varias
semanas, como esa otra amiga mía a quien le hicieron una mastectomía
y luego se puso una prótesis que no la dejaba dormir, ni siquiera
toleraba el peso de las sábanas de tenue holanda, como se diría en
un romance. ¿Tendré de nuevo sensibilidad en el pezón? ¿No me pasará
lo que a millares de mujeres a quienes la silicona les ha producido
enfermedades "autoinmunes"? Y, ¿si me colocan mal el pezón? Y, ¿si
se produce una compresión de la prótesis y tengo una infección
incurable?
Para
contrarrestar mis pensamientos, vuelvo a abrir la bata y coloco mi
mano derecha sobre mi pecho izquierdo, lo recorro, siento su peso,
la suavidad de la piel, la rugosidad del pezón, bajo un poco la
mano, vuelvo a acariciarme y en ese momento, casi al lado del hueso,
cuando la redondez del seno termina, vuelvo a sentir la pequeña
protuberancia que tanto me ha alarmado. Salgo de mi ensoñación, ¿por
qué ha crecido tanto?, ¿no habrá aumentado de tamaño desde que entré
en el laboratorio para hacerme la mastografía, digo, la mamografía?
Apenas
puedo dominar mi desconcierto, pienso en la muerte, es una muerte
nocturna, oscura, sigilosa, disfrazada. La inquietud vuelve a
apoderarse de mí con fuerzas renovadas, las emociones acumuladas en
ese breve intervalo, el de mi llegada al laboratorio, la lectura
intermitente de la novela, la cursilería y eficacia de la enfermera,
la toma de las placas. De pronto la angustia se mitiga si puedo
expresarla con palabras, aunque sean putas, aunque chillen, mejor
que chillen. Me calmo, reflexiono, conjugo la palabra. ¿Qué es un
pecho? Un órgano anatómico en sí mismo o una idea que existe sobre
todo dentro de la mente. El pecho, dicen los psicoanalistas es
objeto de deseos orales, impulsos, fantasías y ansiedades. La
palabra pecho atrae de inmediato la imagen de la madre, el seno
materno abarca el vientre entero y la región del cuerpo llamada
pecho es una imagen anatómica, biológica, también simbólica, ¿no
decía Freud o alguno de sus acólitos que el niño divide la imagen
del pecho en dos y en sus fantasías uno es el pecho bueno, perfecto,
amable, satisfactorio; el otro es el mal pecho, odioso y
rechazante?, ¿como este pecho que ya nada tiene que ver con la
maternidad?, ¿un mal pecho, vulnerable a la enfermedad, privado de
erotismo y de vitalidad?, ¿un pecho preñado solamente de
muerte?
El
pecho, simple estructura anatómica que produce leche en las mujeres,
siguiendo los mismos procesos fisiológicos de todos los mamíferos
con glándulas mamarias. Los pechos se desarrollan más en los
humanos, aunque funcionan de la misma manera en cualquier especie de
mamífero; la glándula mamaria es rudimentaria y no funciona, como
regla general, entre los machos, aunque excepcionalmente pueda darse
el caso de que algunos pechos masculinos hayan cumplido las mismas
funciones que los pechos femeninos. ¿Podrán dar de mamar los
travestis operados? Respiro hondo, trato de rechazar esta idea
insaciable que da vuelta sobre sí misma y se alimenta de imáge-nes
morbosas. En los humanos -más bien en las humanas- los dos pechos
están colocados en la parte delantera del cuerpo, esa parte que va
de la cintura para arriba, o al revés, esa parte del cuerpo que se
extiende desde el cuello hasta el vientre, donde además de los
pechos, situados en clara prominencia si se trata de una hembra, se
alojan también, allá dentro, el corazón y los pulmones. Las vacas y
las perras tienen las glándulas mamarias en el vientre, entre las
patas; la ubre de las vacas está provista de tetillas y las perras
tienen dos hileras de pezones. A veces a algunas mujeres -y hasta a
algunos hombres- les pueden ¿brotar?, ¿salir?, ¿crecer?, glándulas
mamarias suplementarias. Me imagino de inmediato con el pecho
cubierto de teti-llas, como una esfinge de piedra, de esas que se
colocan en hileras en algunos de los parques o las escalinatas de
los palacios. ¿No sería mejor que de los pechos brotase agua y no
leche como en las estatuas femeninas de las fuentes? Con todo, es
obvio que es mejor amamantar a los recién nacidos, ¿no se asegura
que los niños a quienes sus madres destetan muy temprano tienen,
además de problemas físicos, problemas psicológicos?
Las
palabras restallan, silban, chillan, me ahogan, quedan atoradas en
la garganta. Me operarán y extirparán el tumor y quizá también el
pecho, entonces seré anormal, un monstruo, una hembra diferente,
parecida a Polifemo con un solo ojo en medio de la frente: mi torso
exhibirá su triste pecho, solitario, asimétrico... La enfermera
reaparece con el uniforme bien almidonado, los cabellos en su lugar,
el mismo gesto cortés, frío y eficiente, mis desvaríos se detienen
en seco.
-Ya
puede usted vestirse, chulita. El doctor piensa que no hay que
volverla a molestar, las placas salieron bien, sólo falta
analizarlas y mañana por la mañana puede usted venir a recogerlas. O
si prefiere, mi vida, podemos mandárselas a su médico directamente y
usted le llama por teléfono para que él le explique lo que tiene.
Siento
como un latigazo la burla anticipada que sus palabras descargan
sobre mí, entro al compartimento donde había dejado mi ropa, empiezo
a vestirme lentamente, la blusa, los collares, los aretes, me miro
en el espejo, paso el bilé sobre mis labios, observo mis ojeras y la
expresión ansiosa de mis ojos. Tomo mi bolsa, saco de ella los
anteojos que velarán mi mirada y el reflejo del sol que cae a plomo.
Salgo, por fin, apresurada, del laboratorio. Queda la rabia.
Las
palabras chillan, atoradas en mi garganta, no alcanzo a pronunciar
sonido. Trato de darles vuelta, las azoto, les doy azúcar en la
boca, las llamo putas, las cojo del rabo, las seco, las capo, las
piso, las tuerzo, desplumo, destripo, arrastro, trago. Anda, putilla
del rubor helado, anda, ven, vámonos al diablo.
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Fragmento de una novela escrita bajo los auspicios de la
Fundación Guggenheim.
margo_glantz@hotmail.com
Margo Glantz, "Palabras para una
fábula", Fractal
n°12, enero-abril, 1999, año 3,
volumen IV, pp. 37-55.