Borges: ficción e intertextualidad
Margo Glantz
Si se constata que la primera obra que
escribió Jorge Luis Borges en 1905, a la edad de seis años, y con el
permiso expreso de su padre, haya sido un resumen en lengua inglesa de la
mitología griega, tendremos la justificación del título de este trabajo.
Habiendo aprendido a
leer primero en inglés, gracias al influjo que sobre él tuvo Fanny Haslan,
su abuela paterna, Borges ejercita su vacilante pluma en un texto
flagrantemente intertextual. Es más, si su producción ya largamente
extendida por el siglo se coloca en dos extremos y si se revisa el tipo de
libros que escribió cuando empezaba y ahora que termina, constatamos dos
libros, uno del principio de su carrera, Historia universal de la
infamia, fechado en 1935, y Libro de sueños, aparecido en
1976, por tanto del final. Ambos son presentados en sus prólogos como
«ambiguos ejercicios» sobre los cuales no se tiene mayor derecho que el
que podría tener un traductor o un lector. Es decir, su actividad
escrituraria es concebida como un ejercicio que permite luego pasar a una
«trabajosa composición» de ficciones.
Ficción e
intertextualidad, pues. Borges escribe ficciones que se inscriben en el
universal ámbito de lo intertextual y su filiación es ampliamente
declarada y su participación como escritor denigrada y soslayada. En
efecto, en el mismo prólogo que antecede la impresión de sus historias
infames, Borges añade las siguientes palabras:
«(Estas
historias) son el irresponsable juego de un tímido que no se animó a
escribir cuentos y que se distrajo en falsear y
tergiversar (sin justificación estética alguna vez) ajenas
historias. De estos ambiguos ejercicios pasó a la trabajosa composición de
un cuento directo -"Hombre de la esquina rosada"- que firmó con el nombre
de un abuelo de sus abuelos, Francisco Bustos, y que ha logrado un éxito
singular y un poco misterioso». Enmascarado y defendido por «uno de esos
abuelos» que combatieron en las luchas de independencia de la Argentina y
que Borges tanto admira, este joven tímido e irresponsable se lanza a la
tarea de «falsear y tergiversar» ajenas historias. Es decir que tanto en
el nombre como en la acción que le da sentido al nombre, Borges se esconde
detrás de alguien o de algo. Este esconderse que se traduce por falsearse
determina, a pesar de la ambigüedad aparente de los términos empleados, un
nuevo concepto explícito de la escritura. Una confesión expresa de la
intertextualidad, una relación con lo escrito antes, una negación de la
individualidad del escritor, una corroboración de la escritura como saber
colectivo. Si a esta constatación añadimos el título que ostentan los
libros mencionados la corroboración se magnificará: Historia universal
de la infamia testifica en su capacidad abarcadora el mundo,
expresado en su universalidad, y el intento de compilar el saber o
registrar los hechos humanos que connota la palabra historia. Si a este
título agregamos el de Historia de la eternidad, libro que
continúa cronológicamente el de la infamia, esta constatación se vuelve en
sí misma una hipérbole. La intención de intertextualidad es delirante y
así se nos declara en la vociferación implícita del título que llevan los
libros y los cuentos mismos, en los prólogos con que empieza cualquiera de
sus impresiones -y que ahora ha publicado con ese título,
Prólogos- en las alusiones falsas de sus textos, en el aparato
crítico falaz y sin embargo académico que los sustenta, en la minuciosa
pero a la vez rápida incursión por las erudiciones, en su continuo
tránsito por las enciclopedias que inician sus relatos y que encarnan su
andamiaje, en su pertinaz relación con autores del pasado, en su obsesiva
visita a las filosofías. Es más, la intertextualidad es el cuerpo de la
ficción.
Si entendemos por
intertextualidad el hecho de que «todo texto es absorción y
transformación de una multiplicidad de otros textos» (Kristeva, Todorov,
Barthes) cualquier obra analizada estará «trabajada» por la
intertextualidad. Pero la obra de Borges explícita esta relación, ya lo he
dicho, la utiliza como fundamento de la ficción y sobre ella se construye.
Analicemos el origen de la infamia:
En 1933, el periódico de
Buenos Aires, Crítica, lanza un suplemento sabatino impreso en
colores y ofrece a sus lectores tiras cómicas, crucigramas, cuentos,
reseñas de cine, y libros, etc.
Borges es uno de sus directores y en el primer número publica bajo el
rubro Historia universal de la infamia, la biografía ficticia de
«El espantoso redentor Lázaro Morell». A partir de esta fecha hasta el 23
de junio de 1934, irán apareciendo, algunos sábados, las ficciones
contenidas en ese libro de ejercicios ambiguos. Estas ficciones han sido
construidas a partir de múltiples datos extraídos de muy diversas fuentes:
Un libro de Mark Twain, la Enciclopedia Británica, una historia
de la piratería, otra sobre los gangsters de New York, textos de
Swedenborg, Las Mil y una noches, El Libro del Conde Lucanor,
etc.
Estas dispares fuentes
se unifican en un procedimiento, el empleado por Marcel Schwob para
construir sus vidas imaginarias: «Inventó biografías de
hombres reales de los cuales poco o nada quedaba registrado, dice Borges.
En cambio yo leí a cerca de personas conocidas y deliberadamente varié y
distorsioné los datos a mi capricho». La erudición alimenta una
construcción que, aunque apoyada en datos fidedignos, los distorsiona y en
los intersticios de la distorsión se fundamenta la invención. Pero no para
allí el procedimiento. El suplemento semanal que insertó las historias
infames se nutre de literatura popular que sirve para entretener y los
relatos de Borges se entregan como un producto de subliteratura. La
construcción empieza a volverse laberíntica.
La característica
principal del laberinto, marca esencial de la ficción borgiana, es su
complejidad, pero también su aparente sencillez. Y esa sencillez se inicia
en el título «que aturde con su infamia» al colocar en la
historia universal un dato contradictorio que la pone al revés: una
heroicidad de signo contrario, como también lo ha sido el hecho de
plantear una imitación de Schwob pero utilizando su mismo procedimiento a
la inversa.
Al reconocimiento de un
saber universal que determina una ficción se agrega un contexto popular
que la vuelve cotidiana a pesar de todas las referencias librescas. Los
«ejercicios ambiguos» empiezan a adquirir un relieve muy especial. Son
ejercicios de erudición y de concentración histórica que revelan un saber
enciclopédico y por ello total. Pero su totalidad se apoya no sólo en el
intento por reducir lo universal a unas cuantas vidas infames, sino por
acercarlas a un público que las contemple como productos de literatura
popular. El laberinto que es la ficción misma empieza a construirse:
literatura popular más literatura universal, más conocimientos
enciclopédicos, más invención. Pero, ¿cómo concentrar en unas cuantas
páginas la historia universal? Usando a la vez la concentración y la
proliferación. Borges mismo lo declara: «Estos
ejercicios... abusan de algunos procedimientos: las enumeraciones
dispares, la brusca solución de continuidad, la reducción de la vida
entera de un hombre a dos o tres escenas». Los datos eruditos que se
manejan como intertextualidad se disuelven en ficción: las imágenes
fundamentales determinan la concentración.
Un movimiento específico
acompaña al personaje y lo deja instalado como imagen: Billy the Kid marca
en su revólver las muertes que lo han vuelto legendario, sin contar entre
ellas a los mexicanos, y Monk Eastman «por cada pendenciero
que serenaba hacía una marca en el brutal garrote». Este acto repetitivo
fija al personaje y lo graba en el relato de la acción, cumpliendo así
literalmente la repetición.
La repetición se da en
este nivel pero se reitera mediante la enumeración. El conocimiento es
múltiple, abarcador, enciclopédico, y ocupa sólo el espacio abreviado de
la reiteración, otra de las piezas para la construcción del laberinto.
La palabra enciclopedia
convoca la idea de monumentalidad, sin embargo las enciclopedias
concentran en apartados, pulcramente separados por un orden alfabético,
vastas cantidades de conocimiento. Borges procede de la misma manera,
pero, además de concentrarlo, lo representa y la historia se reduce al
comentario resumido de unas cuantas vidas infames que descuellan por su
turbulencia, pero sobre todo por ciertos actos narrados que destacan como
imágenes: «Los hilos de un relato se entrelazan de vez en
cuando y forman una imagen en la trama; de vez en cuando los personajes
adoptan una actitud, entre ellos o hacia la naturaleza, que deja grabado
el relato como una ilustración. Crusoe retrocediendo ante la huella de un
pie, Aquiles clamando contra los troyanos, Ulises doblando el gran arco,
Christian que corre con los dedos en los oídos: cada uno de éstos es un
momento culminante de la leyenda, y todos ellos han quedado impresos para
siempre en el ojo de la mente» (Stevenson citado por Borges). Así la
historia se desdobla, es, por una parte, como dice la Real Academia, «Narración y exposición verdadera de los acontecimientos
pasados y cosas memorables» pero también fábula, cuento. Y como cuento que
descansa en imágenes «impresas en el ojo de la mente» se
acerca al cine.
La invención se vuelve
plástica en su representación y reitera imágenes y al concentrar en un
acto su signo determinante acude a otro tipo de intertextualidad que ya no
es el texto escrito. Recordemos que el periódico que publica los cuentos
infames publica también tiras cómicas y reseñas cinematográficas y en
honor de la verdad éstas están mucho más cercanas al cine que aquéllos.
Su colorido y su
movimiento sucesivo es un sustituto del cine épico que a Borges le gusta
reseñar en artículos también sucesivos. Esos tan reiterados «ambiguos
ejercicios» han sido inspirados como lo confiesa Borges «en
sus relecturas de Stevenson y de Chesterton y aún de los primeros films de
von Stenberg...»
La realidad que la
historia quiere que se capte no es vaga «pero si nuestra
percepción general de la realidad»; para contrarrestar esa débil
percepción se manejan imágenes tajantes que nos la devuelven clarificada y
sintetizada, de ahí el peligro de justificar demasiado los actos o de
inventar muchos detalles. Hasta aquí la concentración que permite realizar
el paso de la Historia como narración verídica, de los hechos a la
historia como fábula o como cuento. El arte individualiza lo que la
Historia generaliza y procede por imágenes discontinuas como el
cine.
Lo escénico otra vez,
otra vez el gusto de contemplar la imagen. En esa inclinación Borges
parece acercarse a una intertextualidad que la lleva a lo popular: Tira
cómica, historias truculentas y antiheroicas, cine épico, western, novela
policiaca, contrastan con la erudición, con lo que el saber concentrado es
realmente enciclopédico; pero si uno de los niveles de la lectura de este
autor es esencialmente popular porque engloba todos esos aspectos
asimilándolos gracias al procedimiento de la concentración y la
proliferación, éste también nos conduce a otro significado de la imagen,
su significado metafísico. «Los doctores del Gran Vehículo,
advierte Borges al finalizar el prólogo que antecede la reimpresión de sus
historias infames en 1953, enseñan que lo esencial del universo es la
vacuidad. Tienen plena razón en lo referente a esa mínima parte del
universo que es este libro. Patíbulos y piratas lo pueblan y la palabra
infamia aturde en el título, pero bajo los tumultos no hay nada. No es
otra cosa que apariencia, que una superficie de imágenes...»
Y el cine es también
sólo superficie de imágenes, cuando la proyección cesa la pantalla no
refleja nada, es como un espejo que carece de fondo y cuya realidad es el
vacío. También la palabra escrita evoca imágenes que impresas simulan una
percepción visual, «ocular». Su realidad es tan falsa como el rostro del
profeta velado, cuento con el que termina el ejercicio ambiguo y se inicia
la composición de un «verdadero relato» en esta compilación de historias
infames. El tintorero enmascarado Hakim de Merv es el más imaginario de
sus infames, es el invento más total de esta galería de imágenes
discontinuas que venimos trabajando. Su intertextualidad aparente es
menor, más diluida y su más cercano antecedente es El rey de la
máscara de oro de Marcel Schowb y ciertos elementos históricos
obtenidos en la descripción topográfica e histórica de Boukhara escrita
por Abu-Bak Mohammad ibn Dja' far Narshakhi.
Borges mismo cita cuatro
fuentes pero muchos de los elementos principales han sido inventados por
él. Lo importante es advertir que Borges ha incluido, en la cita antes
leída, a su libro como parte del universo y su profeta velado invoca, para
validar su superchería, una herejía gnóstica; además el profeta tiene
relaciones con la alquimia: es tintorero, combina ácidos, conoce los
metales y su cara se ha trasmutado por la lepra.
Esta trasmutación de lo
narrado en invención enfrenta una cosmogonía herética a una realidad
desfigurada. El profeta es invulnerable y su rostro ciega a quien lo mira;
la máscara, el velo son usados como intermediarios de una invulnerabilidad
que causa la ceguera a quien la enfrenta, pero el verdadero rostro es el
espejo descarnado del leproso, mirarlo es como experimentar el vitriolo,
ácido que el tintorero emplea en sus experimentos.
El Dios que postula la
cosmogonía de Hakim es un Dios espectral: «Esa divinidad
carece majestuosamente de origen, así como de nombre y de cara. Es un dios
inmutable, pero su imagen proyectó nueve sombras que, condescendiendo a la
acción, dotaron y presidieron un primer cielo. De esa primera corona
demiúrgica procedió una segunda, también con ángeles, potestades y tronos,
y éstos fundaron otro cielo más abajo, que era el duplicado simétrico del
inicial. Ese segundo cónclave se vio reproducido en uno terciario y ése en
otro inferior, y así hasta 999. El señor del cielo del fondo es el que
rige -sombra de sombras de otras sombras- y su fracción de divinidad
tiende a cero.»
La famosa frase que
convoca a Tlön aparece ya aquí, la subrayo: «La tierra que
habitamos es un error, una incompetente parodia. Los espejos y la
paternidad son abominables, porque la multiplican y afirman.» La
cosmogonía gnóstica así enunciada se guarda en el relato. El velado rostro
del profeta huye de los espejos y de su reflejo; su invulnerabilidad es
una parodia que enmascara, oculta, y sus artes mágicas derivan de la
alquimia. La intertextualidad se amplía y se dirige a una zona esotérica,
patrimonio iniciático pero también popular. Todo el saber se conjunta
agregándose concentrado y repetitivo en páginas breves. Y al conjuntarlo y
hacer de su libro una parte del universo entramos en la máxima
sintetización mediante otra combinación alquímica.
Borges intertextualiza
su creación y sus ensayos prefiguran sus ficciones. El ejercicio ambiguo
que desemboca en la composición se inicia en la metafísica que para Borges
es una rama de la literatura fantástica. Imaginar a Dios y hacerlo
protagonista de diversos relatos míticos que se consignan en las
cosmogonías es la máxima ficción, concebida como invención y, como
construcción Borges reseña las cosmogonías, las relata traduciéndolas a su
lenguaje y luego las incorpora a su ficción, pero al incorporarlas se
inserta dentro del relató mítico. El profeta velado se contamina de la
herejía de Basílides, analizada en Discusión, libro anterior al
de la infamia. Y en el título de su ensayo aparece como imagen
predominante la figura enmascarada: «Una vindicación del
falso Basílides».
Esta proliferación de la
intertextualidad se asemeja a la cópula y a los espejos y se aproxima a la
contaminación del libro. El libro sin embargo parece trasmutarse y
desaparecer como un sueño al tiempo que se le concibe simultáneamente como
un libro total, como una posibilidad de lectura cifrada de lo cósmico.
El libro de sueños aparecido en 1976 es una antología textual de
sueños donde se insertan algunos textos firmados por Borges. El puro hecho
de seleccionar el material se convierte en una autoría y todos los textos
se asimilan a un solo autor polivalente, el propio Borges. Así se aniquila
su individualidad al tiempo que se resalta. La intertextualidad se
agiganta pero también se desvanece dentro del contexto de lo soñado, que
equivale de nuevo a un reflejo en el espejo: lo soñado nos vincula con un
rostro que se esfuma en cuanto la vigilia amenaza la noche.
La ambigüedad evocada en
el «ejercicio» de una ficción preparatoria invade la composición total. A
la precisión de ciertas imágenes tajantes responde la imprecisión de lo
soñado. Pero la composición, la ficción, que se fundamenta en la
intertextualidad y que se encarna en ella, nos conduce a un concepto que
abarca todo lo anterior. La intertextualidad es el Libro, pero el libro es
concebido como una escritura cifrada del universo, como un espacio donde
se conjunta la palabra y la escritura y por tanto como un espacio sagrado.
Julia Kristeva dice en Texto de la novela: «La
escritura es concebida como una red de marcas para cuya sustancia
escritural y valor fonético de MATERIA es tan importante como el contenido
expresado». El reflejo vacío del espejo, la irrealidad del universo se
conjuran en la escritura y en la palabra revelada, en el verbo encarnado,
en la escritura y en ese espacio donde convergen palabra como sonido y
palabra como grafía, se recupera el universo, es más, se concentra el
universo.
El libro, combinación de
letras y de números, es concebido como revelación, como otra forma de la
herejía gnóstica, la cabalística: Esa ciencia oculta que mediante
combinaciones puede crear hombres imperfectos como el Golem o sueños
perfectos como el tigre asiático. La composición combinatoria de palabras
que preside a la ficción ordena el mundo y lo enfrenta así ordenado,
dentro del espacio que la grafía condensa, «al desorden
asiático de la realidad».
La intertextualidad
borgiana abre el camino a la lectura plural, a la reescritura de lo leído.
En Borges converge el autor universal y desaparece el escritor que el
individualismo romántico nos ofrece como estereotipo. Firmar un texto o
antologarlo viene a ser lo mismo y en su escritura Borges convoca a la vez
el problema mismo de la escritura y de su teoría, o mejor, de la
composición del relato.
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