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viaje a la semilla

 

Marosa di Giorgio Médici

HISTORIAL DE LAS VIOLETAS 

I

Me acuerdo del atardecer y de tu alcoba abierta
ya, por donde ya penetraban los vecinos y los
ángeles, Y las nubes -de las tardes de noviem-
bre- que giraban por el suelo, que rodaban. Los
arbolitos cargados de jazmines, de palomas y
gotas de agua. Aquel repiqueteo, aquel gorjeo,
en el atardecer. 
Y la mañana siguiente, con angelillas muertas
por todos lados, parecidas a pájaros de papel,
a bellísimas cascaras de huevo. 

Tu deslumbrador fallecimiento. 


II

Cuando miro hacia el pasado, sólo veo cosas des-
concertantes: azúcar, diamelas, vino blanco, vi-
no negro, la escuela misteriosa a la que concu-
rrí durante cuatro años, asesinatos, casamientos
en los azahares, relaciones incestuosas.
Aquella vieja altísima, que pasó una noche por
los naranjales, con su gran batón y su rodete.
Las mariposas que, por seguirla, nos abando-
naban. 

III

Por el jardín las flores, las cebollitas tornasola-
das. Es la tarde de María Auxiliadora. Y la
Virgen está allá en el cielo pintada con sus pim-
pollitos, su alhelí, dulcemente a la acuarela, con
su niño y sus estrellas. Y un ángel -pequeño-
se hace evidente cerca de su sien, resplandece
por un instante, desaparece, vuelve a aparecer.
De pronto, se lanza hacia la tierra, cruza el bos-
quecillo, entra en la casa, se asoma a los paste-
les de manzana, me mira a mí que lo miro fija-
mente y empiezo a llorar, se va volando, volan-
do, de nuevo, hasta la Virgen.

IV

Es la noche de las azucenas de diciembre. A 
eso de las diez, las flores se mecen un poco. Pa- 
san las mariposas nocturnas con piedrecitas bri-
llantes en el ala y hacen besarse a las flores,
enmaridarse. Y aquello ocurre con sólo querer-
lo. Basta que se lo desee para que ya sea. Aca-
so sólo abandonar las manos y las trenzas. Y
así me abro a otro paisaje y a otros seres. Dios
está allí en el centro con su batón negro, sus
grandes alas y los antiguos parientes, los abue-
los. Todos devoran la enorme paz como una ce-
na. Yo ocupo un pequeño lugar y participo tam-
bién en el quieto regocijo.
Pero, una vez mamá llegó de pronto, me tocó
los hombros y fueron tales mi miedo, mi ver-
güenza, que no me atrevía a levantarme, a re-
sucitar. 

V

Anoche realicé el retorno; todo sucedió como lo
preví. El plantío de hortensias. La Virgen -
paloma de la noche- vuela que vuela, vigila
que vigila. Pero, los plantadores de hortensias,
los recolectores, dormían lejos, en sus chozas so-
litarias. Y mi jardín está abandonado. Las pa-
pas han crecido tanto que ya asoman como ca-
bezas desde abajo de la tierra y los zapallos, de
tan maduros, estiran unos cuernos largos, dul-
ces, sin sentido; hay demasiada carga en los ni-
dales, huevos grandes, huevos pequeñitos; la
magnolia parece una esclava negra sosteniendo
criaturas inmóviles, nacaradas.
Toqué apenas la puerta; adentro, me recibieron
el césped, la soledad. En el aire de las habitacio-
nes, del jardín, hasta han surgido ya, unos pla-
netas diminutos, giran casi al alcance de la ma-
no, sus rápidos colores.
Y el abuelo está allí todavía ¿sabes? como un
gran hongo, una gran seta, suave, blanca, fija.
No me conoció.

VI

Aquel verano la uva era azul -los granos gran-
des, lisos, sin facetas-, era una uva anormal,
fabulosa, de terribles resplandores azules. An-
dando por las veredas entre las vides se oía de
continuo crecer los granos en un rumor inaudito.
Y en el aire había siempre perfume a violetas.
Hasta las plantas que no eran de vid daban ,
uvas. Llegaron mariposas desde todos los rum-
bos, las más absurdas, las más extrañas; desde
los cuatro rumbos, llegaron los gallos del bos-
que con sus anchas alas, sus cabezas de oro pu-
ro. (Mi padre se atrevió a dar muerte a unos
cuantos y se hizo rico).
Pero, salía uva desde todos los lados. Hasta del
ropero -antigua madera- surgió un racimo
grande, áspero, azul, que duró por siempre, co-
mo un poeta.


VII

Yo no sé, pero, veo a la langosta, en su plato de
plata, roja, delicadísima, castaña; bajo sus cos-
tillas de arroz, viven el amor, la champaña, las
bodas futuras, los crímenes extraños, el agua
todo vive bajo su sacón de pimpollitos rojos.


VIII

A veces en el verano, llueve, sólo un poco, de-
bajo de los árboles. Entonces, aparecen los gran-
des caracoles que avanzan siempre como si es-
tuvieran inmóviles; pero, avanzan siempre, es-
tiran el cuello, todo lo miran y escudriñan. A
veces, se retraen tanto, se vuelven tanto sobre
sí mismos, que ya parecen yo-yós de nácar, to-
mates de cristal.
Ese ejército espumoso me da miedo y alegría.
Y mamá allí, que inmóvil vigila con sus largas
alas, sus "aigrettes".


IX

Anoche, vi otra vez, la cómoda, la más antigua
o la de las bodas de mi abuela y la juventud de
mi madre y de sus hermanas, la de mi niño
allí estaba con su alto espejo, sus canastas de
rosas de papel.
Y vino la periquilla blanca-casi una paloma
- desde los árboles, a comer arroz en mis ma-
nos. La sentí tan bien que iba a besarla.
Pero, entonces, todo llameó y se fue.
Dios tiene sus cosas bien guardadas.


X

A esta hora las chacras se quedan solitarias; pe-
ro, de vez en vez, sobresalen de entre las hojas,
las cabezas negras de los ladrones.
Andando por algún camino, surgen de pronto,
los gallos salvajes y se están allí, de pie en el
aire -la uña en corva, la negra cresta llamean-
te-, están allí de pie, escudriñando, escuchan-
do.
Y antiguas voces, clamores increíbles, vuelven
a contar, a anunciar sucesos ya remotos, viejas
bodas, viejos funerales.
Y la luna, quieta, traicionera, en su cueva de
membrillos.



Marosa di Giorgio Medicis
Historial de las violetas
Aquí poesía, Montevideo, 1965