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viaje a la semilla

La Puerta  

Veronica Marmion

 

No puedo cerrar mis puertas
ni clausurar mis ventanas.
A mi diestra mano el sueño
mueve una iracunda espada
y echa rodando a mis pies
una rosa mutilada.

No puedo.

Sara de Ibáñez.

 

 

No recuerdo cuándo comenzó nuestra fóbica relación, lo cierto es que intentar abrir la puerta que comunicaba el pequeño apartamento con la calle, era uno de los peores momentos del día. Sin duda mi resistencia se extendía a lo que podía descubrir detrás de ella.  Decidí permanecer atrincherada en mi refugio, en conflicto hasta  conmigo, porque al poco tiempo tuve que enfrentarme también a mi propio cuerpo: una franja invisible parecía atravesarlo longitudinalmente, y las mitades resultantes tener vida propia, diferentes entre sí y, a la vez,  independientes de mí. Esto no hizo más que intensificar mi frustración de  acercamiento a la puerta. Ya no se trataba solamente de  fagocitar lo mejor de la nueva cultura, sino de imponerme a la voluntad final de  mi cuerpo autoclonizado. Así fui casi arrastrada por mis miembros hacia la puerta, brazos extendidos, piernas en zig zag,  remedando  algún baile guardado en la memoria,  un tango,  un rock , o posiblemente un mix, que me entregaba un híbrido extravagante. Tal vez el enemigo que acechaba ahí afuera se había colado por alguna hendija, y ahora se divertía haciendo corto circuitos en los hemisferios de mi chip de materia gris.

Por un momento pensé sino era yo el invasor, sino estaba en la casa equivocada, ya que todas las fachadas lucían igual perfectamente podía estar en la casa del vecino.  Desde mi llegada, un mes atrás, había observado con asombro que esas casas que recordaba haber visto tan pintorescas en las películas, ahora, se me hacían plaquetas de cartón con aberturas. Esto me hizo recordar un cuento, de cuyo autor no recuerdo el nombre, pero que Borges mencionó en una entrevista, sobre un hombre y  una mujer que vivían en la misma casa sin conocerse: en el living yacía  un cuadro colgado al lado de una ventana de igual tamaño, siendo el cuadro una copia idéntica del paisaje que se veía desde la ventana, con la única diferencia que en el primero aparecía el hombre pintado. La autora firmaba como Betka, nombre de uno de los personajes de la novela de Dalí, Rostros Ocultos.  Borges sentía una ominosa fascinación por dicho nombre, afirmando que lo mejor de dicha novela  era el nombre de ese personaje femenino.

Debía solucionar mi esquizofrenia y, definitivamente,  tenía que alejarme de la puerta.  Así fue como decidí ir a vivir al cuarto, con la imagen de  Onetti en su cama con un vaso de whiskey y la de Lezama en su sillón con un habano.

En mi alcoba, con mis recuerdos, me sentí segura, y  recordé  aquella época en que trabajaba como periodista en Montevideo, y me enviaron a unas jornadas en Madrid, que si bien no eran  nada interesantes, para mí era la posibilidad de entrevistar al autor de El Pozo, y eso fue suficiente para aceptar. Una vez en la capital española, le telefoneé y después de varios timbrazos, una amable señora respondió:

-¿Hola?, ¿Sí?, ¿Quién es?.

-Buenos días. Le habla  Sara Grey del Diario El País. Quería hablar con el escritor Onetti, tenemos una entrevista para realizarle.

-¿De El País?, preguntó como si no hubiese oído bien, o como si no estuviese convencida. Espere un momento, me dijo.

Si bien cubría el teléfono con la mano,  pude escuchar a la mujer diciendo:

-Es para vos Juan Carlos, del Diario de Madrid. Oí un murmullo, que era de Onetti, pero no pude comprender qué dijo. Después de unos segundos escuché una  voz gruesa y fuerte, que me preguntaba del otro lado:

-¿Quién es usted?

Dejándome llevar por la emoción lógica del momento, respondí:

-Onetti, soy Sara Grey de El País de Montevideo, quería verlo...pero él me interrumpió diciendo:

-Ah, no, joven! Yo ya estoy viejo, no doy más entrevistas!  Estoy muy cansado, casi no puedo hablar, no, no!

-Bueno,...le dije. Y el se despidió.

-Bueno, adiós, adiós. Y cortó.

Me quedé con el recuerdo de su voz, y sus dos adioses, pensando que si le hubiese dicho el País de Madrid, tal vez hubiese aceptado, pero nunca voy a saberlo. Y esto es lo que tengo de Onetti.

Preparo un café y ese aroma fuerte me lleva como por un tokonoma a un café montevideano, uno de esos en los que el tiempo no tiene prisa, donde hay restos de labial barato en el borde de la taza y recuerdos de humo en el aire. Donde el palimsesto ofrece versos de Julio Herrera y Delmira, con Benedetti y Marosa. A Marosa la conocí hace algunos años, conseguí su teléfono, no recuerdo muy bien cómo. En aquellos tiempos trabajaba en el  Departamento de Prensa de una distribuidora de libros española que, aún hoy, debe seguir suministrando a las  librerías montevideanas su mediocridad en formato libro.  Una tarde la llamé y combinamos una reunión en su  apartamento en pleno centro montevideano. Me presenté como estudiante de la Facultad de Humanidades, en ese entonces estaba terminando la Licenciatura en Letras.  Marosa era una mujer seria y amable, a simple vista conservadora; su casa lucía como detenida a principios del 900  por los numerosos retratos  familiares y el mobiliario. Tuvimos una breve conversación, recuerdo haberle dicho que iba a escribir sobre su vida y obra, y estuvo de acuerdo. Quedamos en que iba a recitar unos poemas en Milenio, un centro cultural donde tuve una librería: "Bangladesh, culturas nómades", la primer librería que funcionó en un contexto dance, los fines de semana en la noche. Y que provocó en la mayoría de  los  que frecuentaban el lugar, aún los más under, los más ghotic, los más freak, un gesto de asombro e incredulidad, gesto compartido por los oyentes de Marosa, mientras leyó sus poemas, una noche de invierno en la Ciudad Vieja.

También recuerdo cuando en el  aeropuerto un momento antes de embarcarme, un amigo se despidió diciendo: No es  necesario ir a rezar el Padre Nuestro a Times Square, pero ya que lo vas a hacer, que Dios te redima de la mano del Diablo.  Hoy podría  decirle que Dios y el mismo Diablo se dan la mano en esta Meca.

Continué mi estadía enclaustrada en mi pieza,  torre de babel,  torre panóptica de los panoramas.  Esquizofrénica, dislocada, el cuerpo aquí, la cabeza allá. Lo único que me pertenecía hasta el momento, lo que podía sentir como propio, eran mis recuerdos, que aparecían como una película, la cual podía pasar en cámara lenta, y  observar minuciosamente en cada detalle,  que al momento de vivirlos, tal vez no hubiese podido registrar.

Mi tiempo transcurría recordando detalles remotos, los cuales eran clasificados y almacenados en mi memoria. Podía recordar  diálogos enteros, y en algunas oportunidades corregirlos, allí donde alguien una vez había empleado determinada palabra, en ese preciso lugar yo utilizaba otra, y agregaba una pausa donde no había existido. Podría haberme presentado como Master en Taxonomía o Retro Publisher. Re-escribí mi vida y al hacerlo, por primera vez me enfrenté cara a cara con el vacío, lo escupí y seguí escribiendo. Así pasé tiempo sumergida en un ostracismo, debido entre otras cosas a mi impotencia intelectual, la cual no puede ser estimulada con una cápsula diaria. Esta mañana me desperté y pensé en las dos opciones que se presentaban ante mí, con intención de volarme el cerebro. Opté por la segunda. Terminé de escribir La puerta mientras tomaba un café. Salí, el aire frío me inmovilizó las palabras. Mientras caminaba a la estación del tren 7 escuché una vieja canción de Mano Negra “Cuando tú te vas, Cuanto tú te vas, te llevas mi sangre, corriendo detrás”... A lo lejos, el ruido del tren me hizo acelerar el paso, subí casi de a dos los peldaños de la escalera. Una vez arriba, simplemente, salté.