
LA MUDANZA
Tomás de Mattos
Aunque casi ninguna cosa estuviera en su lugar, el tiempo siguió corriendo
como si nada imprevisto y terrible hubiera pasado, por lo que ninguno de los
tres, ni mi abuela, ni mi padre, ni yo no dimos cuenta de que acababa de
cerrarse toda una etapa y comenzaba otra, de signo radicalmente distinto.
Yo no había cumplido los siete años. Mis padres, sin consultarme, habían
decretado mudarse. Recién en esos días me había enterado de que la casa en
donde vivíamos no era nuestra. Como también íbamos a alquilar la nueva, yo
no entendía mucho las razones del cambio. Reconocía que la otra tenía más
piezas, dos pisos y un patio inmenso en el que, mientras mamá no jorobara
con muchos canteros, podríamos jugar flor de partidos. Dejaría de tener a
mis primos en la casa de al lado, pero no nos íbamos lejos; apenas a una
cuadra y media.
Lo que lamentaba era que mamá, a la que nunca le importó el fútbol por más
que dijera que era de Peñarol, se le hubiera antojado hacer la mudanza en el
primer Mundial que Uruguay iba a ganar pudiendo yo seguirlo partido por
partido. En el de Maracaná, dicen que molesté todo el tiempo y que la única
que me bancó fue mi madre, que ya no sabía qué hacer para que dejara a la
abuela y a mi padre oír tranquilos la final. De algo me acuerdo: papá
entrando al living, gritando como loco, con los brazos extendidos, los puños
cerrados, la corbata aflojada y la camisa fuera de lugar. No sé si fue
cuando mister Reader terminó el partido o cuando Ghiggia hizo el segundo
gol. Ahora, conociendo al viejo, sospecho que fue al final del partido. Yo
entré al cuarto y vi a la abuela, sentada en la cama de mis padres,
lloriqueando y sonriendo, sin piernas para levantarse, y me llamó con ellas,
y me abrazó y me dijo:
-¡Uruguaaaay, Mattitos! ¡Uruguaaay! ¡Uruguaaay!
Y mamá en el living empezó a gritar lo mismo, junto a papá Y los tres sólo
decían:
-¡Uruguaaay! ¡Uruguaaay!
Y yo no sabía si se quejaban o festejaban. No entendía nada.
Ahora, en cambio, entendía todo. Sabía todos los nombres. Y sabía que,
aunque después quedara otro partido, si le ganábamos a Hungría ya éramos
campeones, porque Alemania era un cuadro que no nos daba ni por los
tobillos, Brasil ya había sido eliminado por Hungría y nosotros habíamos
liquidado a Inglaterra. Quedaban sólo los húngaros.
El día antes del partido, los muebles estaban todavía en casa. Papá y mi
abuela, que era su suegra, tenían como un pacto de no hablar de fútbol para
evitar problemas. Porque él era de Nacional y ella de Peñarol. Papá, en el
fondo tan fanático como la vieja, se las daba de tranquilo, pero mi abuela
dividía sin más a toda la gente en buena o en mala, en manya o bolso. Fuera
porque ella insistió más o fuese porque los del 50 eran, en efecto, casi
todos de Peñarol y, entre ellos, estaban sobre todo Obdulio y Míguez, yo me
hice manya y es una de las cosas que más le agradeceré a doña Pepa; pero me
costó la decisión, porque mis primos eran bolsos como casi todos los Mattos.
Para la abuela ya estaban peladas las chauchas. La vieja, con la celeste,
jamás había perdido en ningún mundial.
-¡Pero, Secundino -decía-, si le ganamos a Brasil en Maracaná cómo no le
vamos a ganar a esos húngaros que nunca fueron nada!
Papá estaba cauto. Pero siempre fue así: en toda parada grande, le gusta
jugar de punto. Esa noche yo lo escuchaba y pensaba que se había vuelto tan
prudente porque era de Nacional y no nos tenía confianza y no estaba tan
acostumbrado a ganar como nosotros. Si yo le hubiera dicho lo que pensaba se
habría agarrado la tal calentura. Mamá decía que íbamos a ganar pero no
tenía la convicción de la abuela, no sabía como la vieja y tenía más interés
en ajustar con mi padre detalles de la mudanza.
Yo jamás había vivido semejante alboroto. Por supuesto, tampoco sabía lo que
era un allanamiento o un embargo. Pero es muy parecido. Gente que uno nunca
conoció invade la casa y se apodera de nuestras cosas y se las lleva afuera
y las pone en camiones. Y se va y vuelve para llevarse otras. Por más que a
uno le han explicado, lo invade una sensación de despojo. Es horrible ver
cómo van quedando las piezas vacías y cómo aparecen inmensas manchas de
humedad detrás de los roperos. Papá se había ido al hospital, mamá
capitaneaba todo y la empleada la ayudaba. La abuela estaba en la casa
nueva, pero no quise ir con ella. Me fui al lado, a la casa de mis primos.
Ellos eran mayores que yo. Leandro y Daniel y hasta Enrique, aunque yo al
gordo no le creía, se acordaban bastante de Maracaná. Estaban tan seguros
como yo de que ganaríamos. No me gustó que el Bambo, mi tío, que sabía
montones de fútbol porque era comentarista en Radio Zorrilla, tuviera una
prudencia muy similar a la de mi padre. Nos dijo que había escuchado que
habría más cambios de los pensados y que Máspoli lo obligarían a jugar con
guantes. Insistió en que Hungría era un gran equipo, "tal vez insuperable".
No le quise oír razones. Al final, apliqué la receta de mi abuela y no le di
bolilla: el Bambo también era de Nacional.
Cuando volví a casa no podía creer lo que había hecho mamá. La casa estaba
totalmente vacía. Sólo quedaban, en el comedor, la radio, la mesita que la
sostenía, la mecedora de la abuela y dos sillas. Hasta la heladera y la
cocina se habían llevado; escucharíamos el partido a pico seco, sin Coca
Cola, sin nada caliente (porque hacía frío), ni habría tortas o bizcochos
hechos por la abuela. Recuerdo que almorzamos afuera, en "La Gran Despensa",
y que papá comió muy poco, contra lo que era costumbre. Mamá consumió lo de
siempre y la abuela y yo le dimos con todo, como si ya estuviéramos
festejando.
Creo que el partido empezó casi enseguida que regresamos. Papá y la abuela
siempre coincidieron en que el mejor relator era Solé. Le tenían una
confianza bárbara. Solé estaba embroncado contra la FIFA y nuestros
dirigentes y dijo cosas que yo no entendí, pero hubo otras en las que
coincidía con el Bambo. No le gustaba que Máspoli atajara con guantes y que
no jugaran Abadie ni Miguez. Cuando oí que no sólo no jugaba Obdulio, sino
que también habían sacado a Miguez me entré a preocupar. Pero papá, con la
mano, me exigió que me callara. No se oía bien: había descargas y Solé
parecía hablar desde muy lejos.
Al primer gol húngaro, tanto abuela como papá lo asimilaron mejor que el
propio Solé, quien ya había anunciado que en cualquier momento "se nos
caería la noche". La abuela sólo suspiró y dijo:
-Nos va a costar bastante más de lo que yo pensaba.
Mi padre cumpliendo sus obligaciones de yerno, creyó necesario darle un dato
más tranquilizador.
-Nadie que haga el primer gol, ha ganado la final del Campeonato del Mundo.
-Pero esta no es la final -objeté.
Mi padre me miró como si yo fuera un secante.
-Es -decretó.
El segundo gol, sacó a mi padre definitivamente de su silla. No se sentó
más. Como si siguiera una pelota, comenzó a ir y volver a su antojo por el
comedor vacío. A cada instante, consultaba su reloj.
Que yo recuerde, ni la abuela ni papá festejaron demasiado el primer gol de
Hohberg. Tampoco Solé, que lo gritó de golpe, como si la jugada lo hubiese
sorprendido.
Como a los tres minutos, cuando casi hacemos otro gol, mi padre gritó como
cuatro años atrás:
-¡Uruguaaay! ¡Uruguaaay! ¡Los tenemos!
La abuela empezó a mecerse, hacía rato que se había quedado quietita.
Cuando se venía el segundo gol, había algo en la voz de Solé que ya lo
festejaba aunque el grito se demoró: o porque Hohberg todavía no había
pateado o porque le faltaba el aire para lanzar el grito. Papá tuvo tiempo
de acercarse a la radio y oír el interminable festejo de don Carlos, a quien
se le entrecortaba la voz y hasta gemía, y acompañarlo con su propio grito,
agachado sobre la radio, como si se lo estuviera gritando en la cara, con
toda la rabia juntada, al propio golero húngaro.
Recién cuando lo húngaros ya habían movido y atacaban y tiraron desviado, se
acordó de nosotros que seguíamos abrazados con la abuela y nos palmeó la
cabeza.
Recuerdo que dijo:
-¡Lo que nos han hecho sufrir estos húngaros!
Esa frase y la creciente emoción de Sole me hicieron pensar que lo peor
había pasado. No sufrí demasiado cuando Schiaffino punteó la pelota y esta
se detuvo en la línea, por el barro. No lo viví como un pésimo agüero. Al
contrario, creí que anunciaba que el gol de la victoria estaba al caer.
A papá le afloró el bolso:
-¡Siempre el mismo! ¡Tenía que haberla reventado!
La abuela no se inmutó; pareció darle la razón, pero en realidad le estaba
replicando:
-Como Hohberg.
Cuando terminó el segundo tiempo y se venían los alargues, recuerdo que se
metió en la trasmisión un cura que andaba por Suiza. En casa escuchaban a
dos, como si fuera palabra santa: a Freire y a Barreto, a pesar de que este
último solamente hablaba de vinos, uvas y esas cosas. En la memoria se me
han entreverado los nombres, pero uno de esos dos. Estoy casi seguro que era
Freire. Lo cierto es que el cura estaba emocionado y entusiasmado y
descontaba que los alargues se jugarían del mismo modo en que había
terminado el partido y habló de una nueva hazaña del fútbol uruguayo. Tuvo
palabras de encomio para Hungría, a la que trató de "colosal rival", pero
hablaba como si ya la hubiéramos derrotado. Yo, que quería aferrarme a
cualquier cosa, supuse que el cura no podía equivocarse y que el hecho de
que hubiese llegado hasta el micrófono de Solé era un signo de que Dios
estaba con nosotros. (Cuando esa misma tarde lo consulté al Padre Mario, que
no andaba de muy buen humor, me contestó: ¡Claro que nos equivocamos! ¡Y
Freire mucho más que yo! Si no, no diría tantas gansadas por radio".) El
tercer gol nos heló a todos. Creo que fue un cabezazo. Pero ni la abuela ni
papá quisieron rendirse. Yo noté que la voz de Solé había cambiado y pensé
que él estaba viendo el partido, no sólo oyéndolo como nosotros. Poco a poco
empecé a hacerme la idea de que, a lo mejor, los húngaros nos ganaban. Pero
me callé la boca.
Suerte; porque en el momento que estuve por decir algo parecido para que la
abuela o mi padre me lo sacaran de la cabeza, llegó el cuarto gol. Yo no
estaba preparado para semejante desgracia. Me fui corriendo para mi cuarto,
pero ya no tenía cama donde tirarme. Me senté en un rincón, tratando de no
escuchar el partido. Recuerdo que tuve la esperanza de que Uruguay hubiera
hecho un tercer gol y que ni papá ni la abuela lo hubieran festejado. A lo
mejor, nos falta sólo uno para empatar. Recién entonces mi di cuenta de que
no sabía que pasaba si terminaba el segundo alargue empatado; no había
supuesto que los húngaros pudieran mantener el empate hasta los alargues.
Pero, de pronto, hubo un inmenso silencio en la casa y en toda la ciudad. En
el comedor la radio se había apagado aunque no había habido corte de luz
porque la lamparilla de mi cuarto se mantenía encendida. Enseguida sentí los
pasos de mi padre en el living, anunciando que se iba para el hospital, con
tono de tipo que en realidad se va al peor lugar del mundo. Y, luego del
aviso, puteó despacito. Era claro que lo hacía así para que la suegra no lo
oyera: pero no sé contra quien puteaba, a lo mejor era contra la propia
abuela que bien podía haberle dicho algo que no le gustara. Golpeó la puerta
cancel, pero volvió sobre sus pasos. Se había acordado de mí. Entró al
cuarto, me golpeó el hombro y me dijo:
-¿Vio, amigo? ¡Así es la vida! Se gana y se pierde.
Y se fue. Al hospital.
Ni él ni yo sabíamos que desde ese día la tortilla se había dado vuelta y
que, más que ganar alguna vez, nos íbamos a pasar perdiendo.
La abuela apareció en mi cuarto ya vestida con el sacón y los zapatos. Sus
zapatillas, con las que siempre andaba porque le dolían mucho los juanetes,
las había puesto en una bolsita que sostenía en una mano junto a su inmensa
cartera. En la otra, tenía las llaves de la casa vieja. No traspasó el
umbral. Apagó la luz y me dijo:
-Bueno, Mattitos, vamos con su madre que yo le voy a hacer un buen café con
leche.
No me dio ninguna opción. Tuve que irme con ella para esa maldita casa
nueva. El cielo estaba tormentoso y hacía mucho frío. No había nadie en la
calle y seguía ese enorme e interminable silencio que nunca olvidaré.
Junio de 1998.