Perdido
Haroldo Conti
El tren salía a las ocho o tal vez a las ocho y media. Recién diez
minutos antes enganchaban la locomotora pero de cualquier forma el tío se
ponía nervioso una hora antes. Todos los del pueblo eran así. Apenas
llegaban y ya estaban pensando en la vuelta. Su padre había hecho lo
mismo. La mitad del tiempo pensaba en las gallinas, que comían a su hora,
o en el perro, que había dejado en lo del vecino. Para el Buenos Aires era
la Torre de los Ingleses, Alem, la avenida de Mayo y, por excepción, el
monumento a Garibaldi, en Plaza Italia, porque la primera vez que vino,
con la vieja, se extraviaron y fueron a parar allí. Se sacaron una foto y
el tipo de la máquina los puso en un tranvía que los llevó a Retiro. De
cualquier forma llegaron una hora antes y con todo estaban tan excitados
que casi se meten en otro tren. Mientras cruzaba la Plaza
Británica con aquella torre que de alguna manera presidia su vida, vista o
entrevista a cualquier hora del día en que pisó Buenos Aires, y luego los
años y toda la perra vida, y ahora esa vieja tristeza que le nacía de
adentro, bueno, y la torre siempre alli como el primer día. mientras
cruzaba la plaza, pues, vió al tío por anticipado en un rincón del hall
del Pacífico (ellos todavía decían Pacífico) encogido dentro del sobretodo
que olía a tabaco, con la valija de cartón imitación cuero a un lado y un
montón de paquetes sobre las rodillas, manoseando el boleto de segunda
dentro del bolsillo para asegurarse de que todavía seguia allí.
Lo había llamado dos o tres veces desde el hotel Universo pero él estaba
fuera y la muchacha entendió las cosas a medias. Después trato de llegar
hasta la casa, a pie, por supuesto, pues los troles y los colectivos lo
espantaban. Se había extraviado en algún punto de Leandro Alem y antes de
perder de vista la Plaza Britanica prefirió volver a Retiro y esperar el
tren. Hacía un par de años que Oreste no veía al tío pero estaba seguro
de encontrarlo igual. La misma cara blanca y esponjosa salpicada de
barritos y de pelos con aquellos ojos deslumbrados que se empequeñecían
cuando miraba algo fijo, el moñito a lunares marchito y grasiento, el
mismo sobretodo negro con el cuello de terciopelo, el chambergo alto y
aludo que se calzaba con las dos manos y el par de botines con
elásticos. La estación Pacífico se había empequeñecido con los
años. Eso parecía, al menos. En realidad era un mísero galpón con un par
de andenes mal iluminados. En otro tiempo, sin embargo, veóa todo aquello
coloreado por una luz misteriosa. La propia gente estaba impregnada de esa
luz. Era espléndida, leve y gentil, como si no fuera a cambiar ni a morir
nunca y la estación lucía como un circo. Pero la gente había cambiado de
cualquier forma y la vieja estación Pacífico lucía ahora como lo que era,
un misero galpón de chapas lleno de ruidos y olor a frito. Vió
al tío en un banco, debajo del horario de trenes. Parecía muy pequeño e
insignificante. Tenía las manos metidas en los bolsillos, las piernas bien
juntas, un paraguas sobre las rodillas y la mirada perdida en el
aire. Miraba en su dirección pero no lo veía. No veía
nada. Reaccionó cuando lo tuvo delante. -!Oreste! Se
abrazaron y se besaron, de acuerdo a la vieja costumbre. Oreste dejó que
el tío lo palmeara un buen rato. Tenía ese olor familiar, un olor
masculino que evocaba a aquellos hombres reservados de su infancia que le
sonreían, con breve indulgencia, como el tío Ernesto, grande como un
ropero y delante del cual tragaba saliva invariablemente, o el gran tío
Agustín, la única vez que lo vió el día que vino de Bragado en aquel Ford
A con cadenas que echaba una nube de vapor por el gollete del radiador, o
al propio tío Bautista cuando era el mismo por entero y no apenas esta
sombra. Se apartaron y el tío pregunto sin soltarle los
brazos: -¿Cómo va? -Bien, bien. Se miraron y sonrieron
un rato y después se volvieron a abrazar. - -¿Y usted, que tal?
-Bien, bien. -¿La tía? -Y, bien..... Le puso
una mano sobre un hombro y lo miró largamente. Oreste sonrió despacio.
Estaba acostumbrado a aquel estilo. -¿A qué hora sale el tren?
-A las ocho y media. -Son las siete y cuarto. Vamos a tomar
algo. -No... mejor nos quedamos aquí. ?A dónde vamos a ir? Entre
que arriman el tren,y enganchan la. locomotora se va el tiempo.
Sí, pero nosotros no tenemos nada que ver en todo eso. Vamos.
-?Y a dónde? No hagas cumplidos conmigo, hijo. Estuvieron
forcejeando un rato hasta que por fin lo convenció y se metieron en el bar
de la estación. Consiguiercn un lugar desde el cual, a través de una
perspectiva complicada, veían un pedazo del andén número 4.
Oreste pidió hesperidina y el tío, a fuerza de insistir, un Cinzano con
bíter. -¿Cómo se largo hasta aquí? -¡Eh!... hacia
tiempo que lo tenía pensado. El tío miró el reloj del bar y puso
cara de espanto. -Esta parado -dijo Oreste sujetándolo por un
brazo. No parecía convencido. Saco y examinó el viejo Tissot con
agujas orientales. -¿Que te decía?... ¡Ah, si! Vine a ver a mi
primo, Vicente. Hacía seis años que no lo veía. Somos del mismo pueblo,
Baigorrita. Le estaba prometiendo siempre. Que hoy, que mañana. Sorbió un
traguito de Cinzano. -Esta viejo. Casi no lo
conozco. Permaneció un rato en silencio con el mismo gesto abstraído
que tenía cuando esperaba en el hall. -¿Que tal? ¿Como va
eso?-volvió a preguntar con desgano. -Bien, bien. -¿Se
progresa? -Se progresa. Se miraron con afecto,
sonrieron y callaron. El tío había sido siempre así. El tío y
todos ellos. -Traje una punta de encargues. La tía me pidió unas
latas de "Sal de Hunt". Hace mas de un año que anda detrás de eso. Fui a
buscarlas a Junín hace dos meses. No... en noviembre. Hace cuatro
meses. -¿Para qué sirve? , -Para el estómago. Es una
gran cosa. La gente toma ahora toda clase de porquerías, pero ésto es
realmente bueno. Silbó una locomotora y el tío se
alarmó. -Falta todavía. Volvió a mirar el reloj y
sorbió otro poco de Cinzano. -Bueno, fui a la Franco-Inglesa y
conseguí todo lo que quise. Le mostré el tarrito al tipo y me dijo:
"¿Cuantos quiere?". Apenas lo miró. ¿Te das cuenta? Dentro de un
rato iba a desaparecer en la ventanilla de un vagón de segunda y no lo
vería hasta dentro de cuatro o cinco años. Había otros cinco antes de
ahora. Su viejo desapareció así un día y no lo vió más. -¿Qué
tal todo aquello? -preguntó Oreste después de un rato. Todo
aquello. Era un roce lastimero, un crepitar de años envejecidos, una
pregunta hecha a si mismo, a un negro hoyo de sombras.
-Igual. -¿Los muchachos? -Siempre igual.
Callaron otra vez. El tío hizo girar la copa y sorbió el último
trago. -¿Qué hora es? -Las ocho menos
cuarto. El tío saco el reloj y lo observó inquieto.
-Casi menos diez. ¿Vamos? Oreste dudó un rato.
Vamos. Estaban enganchando la locomotora. El tío recogió los
paquetes y la valijas y comenzó a caminar apresuradamente hacia el andén
número 4. Parecía haberlo olvidado. Oreste trató de tomarle la
valija y el tío lo miró con extrañeza. -Está bien, muchacho. No
te molestes. -Déle saludos a la tía. A todos.
-Gracias, querido. Gracias. Corrieron a lo largo del tren
tropezando con los tipos de segunda que corrían a su vez como si la
estación se les fuera a caer encima y metían por las ventanillas los
chicos o las valijas para conseguir asiento. El tío trepó a uno de los
vagones cerca de la locomotora y al rato sacó la cabeza por una
ventanilla. -¿Cuándo vas a ir por allá -preguntó mirando mas
bien a la gente que se apiñaba sobre el andén. -Apenas
pueda. -Tenés que ir, eso es. ¿Cuándo dijiste? -Cuando
pueda. El tío se apartó un momento para acomodar la valija.
Después se sentó en la punta del banco y permaneció en silencio.
Se miraron una vez y el tío sonrió y dijo: -¡Oreste! . .
. Él sonrió también, desde muy lejos, al borde del
andén. Sonó la campana y el tío asomó apresuradamente medio
cuerpo por la ventanilla. -¡Chau, querido, chau! -dijo y lo besó
en la mejilla como pudo. Trató de besarlo a su vez pero ya se
había sentado. El tren se sacudió de punta a punta. El tío agitó
una mano y . sonrió seguro. Oreste corrió un trecho a la par del
tren. Corría y miraba al tío que sonreía satisfecho, como aquellos hombres
de la infancia. Luego el tren se embaló y Oreste levantó una
mano que no encontró respuesta.
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