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viaje a la semilla

ALVARO MUTIS

MAQROLL INEDITO

El 25 de julio de 1196. AlvarO MutiS , al volver a su casa de San Jerónimo, hallo en el fondo del zaguán una carta, fechada en Madrid, por la que supo que le había sido concedido el premio Principe de Asturias. La carta, firmada por un tal Juan Carlos, lo sorprendió a él, espiritu monárquico, pero a su tacto no pudo reprimir un ataque de ira. Su primera impresión fue de malestar en el vientre y en las rodillas, luego de ciega culpa, de irrealidad, de frío, de temor: ¿a quién carajos le habrían otorgado el premio? ¿A él mismo o a Maqroll el gaviero?. Luego quiso ya estar en el día siguiente. La venganza estaba planeada.

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Nunca -esto que digo enfurece a los franceses- me he sentado en esta máquina de escribir pensando "soy un novelista, ya no soy poeta". Porque no hay que engañarse, si alguien toma mi poesía completa después de leer mis novelas va a descubrir que ahí estaba todo: los paisajes, las situaciones, las dudas de Maqroll, su posición de no creer en el azar o en las coincidencias, los dos polos que lo mueven en la vida: la aceptación o la resignación y también la indulgencia. Sí, evidentemente, hay una congruencia.
Este personaje aparece recién en el tercer poema que yo escribí, pensando ya en publicar, «La oración de Maqroll, el gaviero», que está en «Los elementos del desastre». Y aparece por una razón extraña, mezcla de esperanza y escepticismo, que es el desencanto por la descomposición de ciertos paisajes del trópico.

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Por otro lado siempre me ha interesado el mar, toda la vida. Pasé mi niñez en Bélgica, mi padre estaba en el servicio diplomático. Y los viajes en barco me agradaban entonces y me agradan aún, porque son un tiempo que te regalan, son las auténticas vacaciones ya que en un barco no puedes hacer mayor actividad. Conversas con los marineros, bajas a las máquinas, estás con el timonel, ves el barco. Esos viajes me producían a mí una fiebre maravillosa. Después cuando trabajé en la Standard Oil viajé varias veces en los buques tanques sólo por el placer de viajar. Me llamaban de la empresa y me decían «oye Alvaro, te necesitamos urgentemente en Aruba, toma un avión». Pero yo necesitaba el barco, así que iba en barco.
Y Maqroll corporiza esa fiebre también... claro. Lo gracioso es que él se la pasa en tierra, en muy pocas ocasiones lo pongo a navegar, pero la presencia del mar es muy fuerte en su vida, como en todas mis novelas.

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Cuando tuve al personaje, de pronto, me di cuenta que un tipo de 18 años no puede escribir o hablar en ese tono y supuse entonces, que tenía que ser alguien que hubiera pasado por ciertas experiencias dramáticas, radicales, que le permitían ver el mundo así, en esa descomposición del paisaje.
Y escogí, además a un gaviero, sin darme cuenta de que es una imagen muy bella. Porque el Gaviero que está allí arriba puede tener el papel del poeta. El poeta anuncia cosas, es un visionario y el gaviero ilumina a la tripulación del barco viendo lo que hay más allá. Pensé en el gaviero de «mOBy dICk». Me quedaba el nombre.
A éste lo pensé intentando evitar toda connotación nacional, lo que resultó ser un poco ingenuo porque muy bien puede considerarse Mc Qroll y entonces el apellido tendría un origen, por ejemplo, escocés. Lo único que sé es que desde ese momento me dí cuenta que estaba en presencia de alguien muy vivo, tanto que hasta yo mismo ahora, hablo como Maqroll, mejor dicho, digo cosas totalmente maqrollianas. Y como van las cosas a esta altura Maqroll tiene muchos más amigos que yo.

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Tan vivo está que en la primera novela no comienza con principio y fin. En «La nieve del almirante», yo tengo un trazo muy duro y grueso del destino de Maqroll y me siento a trabajar. Ya estaba hecho, aunque algo cambiara. Es decir, no tiene final y cuando estoy escribiendo una novela me pasan cosas muy curiosas.
Con «Abdul Basher, soñador del adiós», me pasó que me desperté cierta noche y encontré que Maqroll me estaba hablando, y me decía «Oiga yo no hablo así». A la mañana siguiente releí lo que había escrito y tuve que volver a escribir todo eso porque no era el tono ni el vocabulario, ni el acento del personaje. Cosas bien importantes.
En «Amirbar», que es la historia de unas minas de oro, no en el Perú como dicen los norteamericanos sino en Colombia, aunque el lugar nunca es mencionado para evitar volverla una novela colombiana más sobre la violencia, quería sacar de los socavones a Maqroll, que había sido un marino y encerrado ahí sufría enormemente. Yo creí que iba a mandar todo a la mierda, pero me decidí a seguir escribiendo una invocación que él hace a los dioses del mar y escucho que me dice «sácame de aquí». Cuando acabé esa noche (yo escribo en las mañanas y corrijo en las noches) me dije «bueno pero esto es un poema, en versículos; pero es un poema de cuatro páginas, ¿ahora qué hago?, pues, se queda». Y ahí está. Por eso digo que nunca siento que he dejado la poesía para hacer narrativa, ni digo o pienso «regreso a la poesía». Yo sé que como todos los que escribimos tengo mis obsesiones, mis ideas recurrentes, mis paisajes de infancia que fijan toda la imaginación y me mueven muchísimo por dentro, y de ahí salen tanto novelas como poemas.

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Claro que no me engaño, y cuando estoy escribiendo un poema sé que estoy sujeto a una serie de reglas. Ese rigor supuesto me cuesta mucho más trabajo en la novela porque, como nunca escribí novelas de joven, desconozco los trucos y a veces me veo metido en unos nudos terribles. En mi novela «La última escala del Tramp Steamer», yo quería contar mis encuentros con un barco y que no apareciera Maqroll en ese relato. Eso lo logré pero me pregunté "¿quién va en ese barco?" de esa pregunta formulada a destiempo sale toda la historia. Me vi obligado a realizar una serie de flash backs y a narrar cosas que habían pasado antes, que terminé sudando petróleo. «Esto que hacen Fuentes y los americanos con tanta facilidad cómo diablos se hace», fue mi reflexión. Sin embargo, así quedó. Y después a esa novela la han elogiado mucho en Francia y Holanda por esos cortes de tiempo que me trajeron tantos dolores de cabeza.
Me cuesta trabajo escribir narrativa, porque yo escribo en una forma un poco sonambúlica, que no es tan problemática para los poemas porque éstos tienen una medida que uno siempre conoce. Te puedes equivocar en 10 renglones, se borran 10 o 15 renglones. PauL ValèrY decía una cosa muy bella, que es que un poema nunca se termina sino que se interrumpe. En la poesía, pues, es más fácil tener las riendas de lo que se escribe que en la novela.

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Tengo que confesar que Maqroll es inaguantable, que sigue hablando. Jode como nada. Ahora estoy en un período de meditación y descanso porque escribí siete novelas en ocho años y creo que tengo derecho a descansar. Pero él está empeñado en meterse en un barco cargado de materiales explosivos en Marruecos donde son muy utilizados los fertilizantes a base de fostatos que con el calor se pueden convertir en un explosivo brutal. Y ahí va a ver qué le pasa esta vez. Por ahora no me voy a sentar a escribir. Lo que veo muy difícil es matarlo. Ya me dijo GonzalO RojaS, que si llego a matarlo, me meten preso. Y un amigo francés me dijo «mira AlvarO, es inútil que te planteés ese problema. Maqroll va a morir cuando te mueras tú». Qué perspectiva, tener que aguantar a este tipo.

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De todas formas, yo nunca me propongo algo, los temas me empiezan a trabajar en la imaginación y los dejo; los trabajo y no los trabajo pero llega un momento en que sé que tengo que sentarme a escribir porque si lo pienso mucho, todo desaparece. Por eso quemé dos novelas, yo no puedo guardar nada. Una vez escrito, se va de mi casa para un libro, si no se convierte en un cáncer. En el fondo, lo que pasa es que todo se resume en una verdad muy simple, un escritor es sus dudas. Esa verdad es fundamental en la forma en que escribo mis novelas, que así las llama mi editor para poder venderlas. Para mí son simplemente narraciones en las que el miedo pasa por intensidad.