
Manuel Mujica Laínez
En la
"Hostería de la Manzana de Adán" tenían sus cuarteles unos cuantos literatos y
desocupados que solían ir a filosofar frente a su bien abastecida
chimenea.
Era un viejo mesón cuyas paredes morunas,
blanqueadas con cal, brillaban a la luz de la luna.
Allí,
entre el humo de las pipas y el chocar de los vasos, los bohemios hacían
derroche de espíritu y buen humor.
Una vez, por mera
curiosidad, visité dicho establecimiento.
El interior
constaba de una sala en la que cabrían hasta veinte
mesas.
A la luz vaga de los candelabros, advertíanse apenas
los rostros de los jubilosos escritores; pero sonoras carcajadas delataban su
presencia.
Recuerdo que llamó mi atención un hombre que,
con aristocrático desdén, no parecía querer unirse a los demás.
La luz vacilante de un cirio la daba de lleno en el
rostro, en el que ponía largas pinceladas de oro. Era alto y fino. Evocaba los
lienzos borrosos de Holbein y de los maestros flamencos.
Los lacios cabellos y la barba rubia prestábanle cierto
parecido con San Juan Evangelista. Pero lo que más me impresionó fueron sus
ojos, maravillosamente puros y azules, llenos de dulzura.
Estaba de pie, apoyado contra el dintel de una puerta, y
fumaba lentamente en una larga pipa de porcelana
alemana.
Ignoro de qué modo trabé relación con él. Como por
artes mágicas me vi sentado frente a él, ante una mesa en que brillaban dos
gruesos vasos de cerveza.
Fijéme, entonces, en su raído
traje y en la corbata romántica, anudada con despreocupación, y pensé: un poeta.
Era un pintor.
Así me lo dijo
mientras que, en el desvencijado pianillo, una mujer de grandes ojos rasgados
comenzó a tocar un nocturno de Chopin.
Apagáronse los
profanos murmullos.
Suavemente, con voz musical que
parecía seguir el ritmo doloroso del Nocturno, mi pintor
habló.
Pertenecía a la escuela de los artistas que quieren
revivir en sus telas el arte muerto de Bizancio.
Con los
ojos cerrados, acariciándose la barba, narró el fasto de las opulentas ciudades
de Teodora.
Fue un verdadero friso, un bajo relieve, el que
puso ante mis ojos deslumbrados.
Y había en él patriarcas
severos, emperadores indolentes y cortesanas suntuosas, envueltos todos en el
fulgor extraño de las joyas.
Los inmensos palacios de
mármol y mosaicos se levantaban, piedra a piedra, en mi
imaginación.
Veía el brillo de las tierras y el de los
pesados anillos en las manos imperiales. Athenais... Irene... Las cúpulas de las
basílicas se erigían como metálicos yelmos sarracenos.
Hechizado, lo escuchaba yo.
Este
hombre era un artista. Un verdadero artista. Hablaba de su arte, de sus ideales,
con religioso fervor, como puede un sacerdote hablar de su
culto.
Luego, sin transición, fija la mirada en un punto
inaccesible, el desconocido me contó su vida, azarosa y miserable.
A pesar de su profundo conocimiento de la historia antigua
t de sus notables estudios bizantinos, el triunfo no había coronado sus
esfuerzos.
Ahora, indiferente, vivía su vida interior sin
preocuparse de lo que lo rodeaba.
Tenía una gran
indulgencia para con todos y su única defensa contra las adversidades y el
hastío era encogerse de hombros.
- Ahí tiene usted a esos
pobres muchachos- me dijo, señalando un grupo de jóvenes melenudos. No hay ni
uno de ellos que valga y, sin embargo, véalos usted felices, alegres, llamándose
"maestro" mutuamente... A veces, vienen y me leen sus
versos.
En sus sienes las venas azules y bien marcadas se
hinchaban.
Yo miraba sus manos de marfil viejo que,
exhaustas, descansaban sobre la mesa.
Temblaron un poco sus
labios finos y sonrió con amargura.
En ese instante, el
San Juan Evangelista se borró por completo de mi mente. Me parecía mi
interlocutor un soberano oriental, un sátrapa persa, despreocupado y lánguido,
como esos cuyo perfil voluptuoso se esfuma suavemente en las viejas monedas de
oro del Asia Menor.
Se levantó y me dio la mano. Partía.
Díjome que se llamaba Diego Narbona y viviá allí
cerca.
Quedé solo en mi mesa.
Allá
lejos, la chimenea murmuraba su triste cantar.
El humo era
tan espeso que parecía envolvernos una densa niebla.
Del
grupo de los jóvenes melenudos uno recitaba...
"Mon âme
est une Infante en robe de parade." Yo pensaba en mi pintor.
Veíalo revistiendo el manto imperial de Justiniano, y
elevando, con las manos cargadas de anillos, una pesada diadema. Una mujer
hermosísima, hincada ante él, aguardaba el instante solemne de la coronación. Y
esa mujer era la Belleza.
Aux pieds de son fautiel allongés noblement,
deux lévriers
d'Ecosse aux yeux mélancoliques...
Alguien, con el pie, marcaba el fin de cada verso.
Detrás del mostrador, la hostelera miraba con admiración a
sus parroquianos.
A veces sonreía, mostrando un diente
negro.
Encima de una mesa descansaba un grueso Diccionario
Enciclopédico, y un muchachito pecoso lo hojeaba lentamente, leyendo por lo
bajo: "Asur... Asur... Asurbanipal..."
Despertándome
bruscamente de un sueño recién comenzado, la puerta de entrada se abrió de par
en par, y una mujer joven y bonita entró, llorando
desesperadamente.
Su brazo sangraba.
-
¿Otra vez aquí? - gruño la mesonera del malhumor.
El más
joven de los poetas se acercó a ella.
- ¿Te ha pegado de
nuevo? - dijo.
- Si... Porque dejé que se quemara la
tortilla...
Yo me aproximé. Parecíame imposible que un
hombre pudiera maltratar a una mujer tan frágil...
¡Ah! Si mi amigo el pintor
estuviera aquí, ¡cómo sabría consolarla! ¡Con qué suaves inflexiones de voz
calmaría...!
Compasivo, me acerqué más aún.
Ideas vengativas cruzaron por mi cerebro al verla tan
bella, tan débil.
- ¿Cómo se llama su marido? - rugí.
Ella se levantó hacía mí sus ojos claros y azules que me
recordaban otros dos ojos claros y azules, llenos de dulzura y pureza:
- Diego Narbona - me dijo...