
Introducción a los vasos órficos de JOSE LEZAMA LIMA (Barral Editores,1971)
LAS IMÁGENES POSIBLES
I
Apesadumbrado fantasma de nadas conjeturales, el nacido dentro de la poesía siente el peso de su irreal, su otra realidad, continuo. Su testimonio del no ser, su testigo del acto inocente de nacer, va saltando de la barca a una concepción del mundo como imagen. La imagen como un absoluto, la imagen que se sabe imagen , la imagen como la última de las historias posibles. El hecho mismo de su aproximación indisoluble, en los textos, de imagen y semejanza, marca su poder díscolo y cómo quedara siempre como la pregunta del inicio y de la despedida; pues cuanto más nos acerquemos a un objeto o a los recursos intocables del aire, derivaremos con más grotesca precisión que es un imposible, una ruptura sin nimósine de lo anterior. Ni es posible que un orgullo desacordado al enarcar la red de la imagen pueda prescindir de la constitución de los cuerpos de donde partió. La semejanza de una imagen y la imagen de una semejanza, unen a la semejanza con la imagen, como el fuego y la franja de sus colores. En realidad, cuando más elaborada y exacta es una semejanza a una Forma, la imagen es el diseño de su progresión. Y es cierto que una imagen ondula y se desvanece sino se dirige, o al menos logra reconstruir un cuerpo o un ente. Ninguna aventura, ningún deseo donde el hombre ha intentado vencer una resistencia, ha dejado de partir de una semejanza y de una imagen; él siempre se ha sentido como un cuerpo que se sabe imagen, pues el cuerpo a l tomarse a sí mismo como un cuerpo, verifica tomar posesión de una imagen. Y la imagen al verse y reconstruirse como imagen crea una sustancia poética, como una huella o una estela que se cierran con la dureza de un material extremadamente cohesivo. Pues solamente de la traición a una imagen es de lo que se nos puede pedir cuenta y rendimiento. Todo lo que el hombre testifica lo hace en cuanto imagen y el mismo testimonio corporal se ve obligado a irse al pozo donde la imagen despereza soltando sus larvas. Y la escisión de semejanza e imagen presupondría un cuerpo bordeado como un ejercicio en sus límites imposibles. Límite que sería un ejercicio, no la inocencia ni el don órfico del canto. Y como la semejanza a una forma esencial es infinita, paradojalmente, es la imagen el único testimonio de esa semejanza que así justifica su voracidad de forma, su penetración, la única posible, en el reverso que se fija.
De ese mismo testimonio, el desdoblamiento del cuerpo y ser se sitúa en esa
interposición de la imagen. Cómo concurre el nacimiento de ese ser dentro del
cuerpo, sus sobrantes, las libres exploraciones que cumple antes de regresar a
su morada. Cómo ese ser puede contemplar el cuerpo formando la imagen o el
mismo ser reocupando el cuerpo para formar un objeto. Pero tanto el nacimiento
de ese ser dentro del cuerpo como sus vicisitudes, o en ocasiones su oscuro
desenvolvimiento, sólo puede ser testificado por la imagen; pues si el ser
tomase proporcionada posesión del cuerpo o si el cuerpo fuese su justa y
absoluta morada, la imagen desaparecería o habitaría una planicie sin cogitación
posible. Ya que el viaje de incógnito de ese ser hasta posarse en nosotros y su
posterior definitiva despedida, forma un ente, el cuerpo de la imagen, ¿nadie
podrá volver a pasar por allí? Las interpretaciones entre lo sucesivo; las
pavorosas distancias entre una y otra ventana y la tropa en que cada guerrero
estrena un distinto uniforme, y que forman las espumantes, indetenibles
metamorfosis. Cada objeto hierve y entrega su sucesión. La jarra suda su agua
estancada, y de esa podredumbre estática, donde se sientan los insectos a
esperar, la flor conduce su testa en la frialdad aconsejable para su frente. A
la maravilla de que entre esos saltos se establecen interposiciones, imágenes,
queda esa distancia vacía evidenciada en la metáfora. Las vicisitudes de un
hombre que se desplaza y las vivencias de ese desplazamiento llegan a nosotros
como un todo que ni exhala ni absorbe, pues la red de las imágenes forma la
imagen, y aquel desfile de guerreros de distinto uniforme se convierte ahora en
el primero que llega a la puerta o en el que se aleja desmesuradamente. Tanto la
brutal cercanía como el más progresivo alejamiento, forman un inmediato capaz
de endurecer y resistir la imagen, y a pesar de esa distancia será siempre lo
primero que llega. De cada metamorfosis, de cada no respuesta, de cada súbita
unidad de ruptura y de interposición, se crea esa imagen que no se desvanece, y
las palabras que vamos saltando, despreciando su primera imantación asociativa;
la otra cohesión que exige de la palabra la metáfora ofrece en su contrapunto,
la formación de ese otro cuerpo integrado por la sustancia poética que ha
logrado el ente de creación, el germen sucesivo; ya que lo primero que llega es
el siempre que se va quedando.
En el período mítico helenístico, siglo VII a. C., el concepto de revelación
encarnada se verifica con una ingenua desenvoltura. La casualidad se borra y lo
primero que llega toma agudeza y precisión. El arte en el período mítico, en
aparente paradoja, aparece gobernado y como una entrega que se ha hecho a
totalidad. Encontramos la misma destreza, y como la eterna ocupación de algo
que le fue entregado al hombre. La misma sensación de posesión, y no de tierra
desconocida, encontramos en el periodo esquiliano que en la física jónica.
Mientras se revuelve en las rocas del Cáucaso, no obstante la incomodidad de su
postura y de su hígado, nos entrega la noticia de que algo le fue regalado y
que el hombre puede alcanzar por el conocimiento poética un conocimiento
absoluto: " Enseñé asimismo la lisura de las entrañas y el color de
ellas que agrada a los demonios, y la cualidad favorable de la bilis y el hígado,
y los muslos cubiertos de grasa. Quemando luengos lomos, enseñé a los hombres
el arte difícil de prever. Les he revelado los presagios del Fuego, que, tiempo
atrás, eran oscuros. Tales son las cosas. ¿ Y quién puede decir que ha
encontrado antes de mí todas las riquezas ocultas para los hombres debajo de la
tierra: el bronce, el hierro, la plata, el oro? Cierto estoy, a menos que quiera
gloriarse en vano. Escucha, en fin, una sola palabra en compendio: todas las
artes, Prometeo, se las he revelado a los Vivientes." Es decir, en pleno
periodo mítico, el arte no es un misterio, siempre alcanza la proporción del
hombre, pues el griego estuvo convencido que al poner las cosa en la luz, en su
develamiento, adquirían un logos por la palabra. Los dioses portaban la
claridad hasta el hombre y el teatro para la aparición no era el misterio. En
los pensadores del período jónico, en Empedocles, por ejemplo, encontramos la
misma formulación: "enseñaron los dioses al mortal todas las cosas ya
desde el principio", nos dice. Las contradicciones de la Moira devuelven a
Orfeo, Proserpina o Polidoro. El hijo del rey Príamo, ejecutado por Polimnéstor,
abandona las cavernas y después de haber reconocido "al alma soberbia de
Aquiles, gravemente suspirando por su hermana Polixena", se aposenta en el
aire venturoso para contemplar los despojos de Troya. Hay un escamoteo o
sustitución, en vez de cumplir un destino espantoso, surge la mentira primera
la mentira primera es la unidad primera?, ¿es la mentira primera el símbolo
primero de que hablaba Nietzsche?, ¿hay en la raíz de esa mentira primera una
sustitución o contradicción? La maldición de la raza de la Atridas que llevo
Orestes al asesinato de su madre, en lo que Nietzsche llama "la primera
teogonía tiránica del espanto", y el hecho de que la familia de los
Atridas, los mejoras, tienen que soportar un espantoso destino, son las
revelaciones recibidas de Prometeo Piróforo, el que porta el fuego. Ya en ese
período mítico, el hijo después que la madre ha envenenado al padre, y al
tener que destruir la matria, desea una sustitución, una mentira primera, un
destino revelado. Un destino espantoso, el horror, tiene que engendrarse en el
pedir cuentas a las traiciones de la matria, y ante eso se busca una adecuación
tan miserable como la adecuación celular, pero el hombre chilla y huye como un
grotesco medioeval ante esa realización, ante el asco de la criatura frente al
creador, y aunque en algunas de sus frases el griego introdujese el compás
quedaba siempre rondado de un signo. Así vemos al griego en el período de los
mitos, tratando las artes dentro de la revelación interpretada, pero el griego
volvía a angustiarse en el período socrático o dialéctico al enfrentarse con
el nacimiento del ser. La era mítica lo había enarcado hasta su destino, su
espanto valía tanto como la sustitución que él hacia. La metáfora impulsando
al hombre hasta su destino lo fortalecía. Ahora las metamorfosis del ser en su
cuerpo al desconcertarlo lo debilitaban, preocupándose no ya de la unidad
primordial, sino, en el período parmenídeo de la definición de la unidad por
exclusión.
Rodeado de los mitos contemplamos la entrega, y después en el período perícleo
la indecisión comienza a doblar las rodillas y a enarcar la semejanza. Pero
siempre en la imitación o semejanza habrá la raíz de una progresión
imposible, pues en la semejanza se sabe que ni siquiera podemos parejar dos
objetos analogados. Y que su ansia de seguir, de penetrar y destruir el objeto,
marcha sólo acompañada de la horrible vanidad de reproducir. Aquella posesión
de secretos, la seguridad de la tierra revelada, cuando el mito es reemplazado
por el ser, se torna en la semejanza, objeto de vacilaciones y esperas. Había
recibido de los dioses y gozaba de un mundo interpretado. La semejanza en Aristóteles,
va siendo ya para nosotros un concepto tan enigmático como el de imagen. ¿ Qué
es lo que imita el bailarín? Que la imitación ha de verse en el tiempo, lo
prueba que su acompañamiento es de flautas y de cítaras. La imitación cobra
su inapresable en relación con el aristotélico concepto de interrupción. La
imitación cuyo concepto se precisaba en las épocas que subrayaban la
importancia de toda convención, dándole total importancia a la imitación
espacial de objetos y modelos. Un modelo era un objeto realizado en el espacio y
liberado de las corrosiones del devenir. Se congelaban las obras maestras que
destilaban unos residuos fijos y unas cualidades igualmente espaciales que se
asemejaban al coro. En el período mítico, el coro ondulaba y seguía al
entonador, que marcaba una medida, indicaba y era el individuo, el actor. El
coro vislumbraba al entonador, no al objeto. En la época períclea, los
dialogantes son sucesivamente objetos, oyen como estatuas y al hablar trazan un
modelo, no una entonación. Nos estaba revelando esa entonación, la medida para
el hombre de cada una de las progresiones de la metáfora, al mismo tiempo que
una penetración en la imagen, pues el que entona busca en las analogías de la
conversación, los diálogos de las metáfora.
Va la metáfora hacia la imagen con una decisión de epístola; va como la carta
de Ifigenia o Orestes, que hace nacer en éste virtudes de reconocimiento. Lleva
la metáfora su carta oscura, desconocedora de los secretos del mensajero,
reconocible tan solo en su antifaz por la bujía momentánea de la imagen. Y
aunque la metáfora ofrece su penetración, como toda metamorfosis en la
reminiscencia de su claridad y cuerpo primordiales, y desconociendo al mensajero
y desconociendo en la imagen, es la llegada primera de la imagen la que le
presta a esa penetración, su penetración de conocimiento. Cada vez que Orestes
reconoce a Ifigenia se ve obligado a subrayar cada una de sus metamorfosis
encarnándolas en metáfora. Pues en la penetración o conocimiento de metáfora
no se verifica una ocupación o saciada inundación, ya que en esas provincias,
conocimiento y desconocimiento, se convierten en imagen y semejanza.
En toda metáfora hay como la suprema intención de lograr una analogía, de
tender una red para las semejanzas, para precisar cada uno de sus instantes con
un parecido...La lucha fratricida de Atreo y Tiestes, representada por Ifigenia
en telas tejidas. Los retrocesos del sol representados en ese paños con hilacha
fina en el primor. La cabellera situada en el sepulcro en lugar del cuerpo de
Ifigenia. La lanza de Pélope colocada en el aposento de Ifigenia, mientras
mantenía su virginidad, son momentos donde el conocimiento poético logran su
reconocimiento. Y mientras se cumplen las progresiones del conocimiento, cada
una de las metáforas ocupa su fragmento y espera el robo de la estatua que se
despliega como imagen. Lleva la metáfora su epístola sin respuesta y en la
espera se preludia el rapto. ¿Cómo es que el rey orando en el templo desconoce
el misterio del traslado de la estatua? La estatua había contemplado las
esquiveces de Ifigenia y fraguaba los castigos de Orestes en la aventura del
robo de la imagen aumentada por la decisión final de Palas Atenea. Y el
conocimiento por cada una de las metáforas que son como develamientos de las
posibles coincidencias de las metamorfosis de Ifigenia, terminado su reencuentro
en el robo de la estatua, como la imagen que prepara su nuevo desconocimiento
para recorrer la ciudad.
Entre la carta oscura entregada por la metáfora, precisa sobre sí y misteriosa
en sus decisiones asociativas y el reconocimiento de la imagen, se cumple la
vivencia oblicua. El momento de la metáfora se puede cumplir en un símbolo que
encarne la misma persona: la relación entre el monarca y la imagen de la suerte
de su poder llegaba a ser de tipo metafórico. Luis XI vivía frente al pueblo
como una metáfora, y la imagen, favorable a los reyes medioevales, formaba la
sustancia donde el pueblo veía su jerarquía interpretada. La metáfora y la
imagen permanecen fuertes en el desciframiento directo y las pausas, las
suspensiones, que entreabre tienen tal fuerza de desarrollo no causal que
constituyen el reino de la absoluta libertad y donde la persona encarna la metáfora.
El hombre y los pueblos pueden alcanzar su vivir de metáfora y la imagen,
mantenida por la vivencia oblicua, puede trazar el encantamiento que reviste la
unanimidad. El bosque y las ciudades no son el infinito paredón donde la
interpretación otorga la cerrazón o el encantamiento, sino la penúltima, la
suspensión, de donde brota la nueva cabalgata, el interminable ejercito de
diversos uniformes.
Así en las pellizcadas relaciones que se establecen en los egipcios entre el
campesino y el intendente, se abren aquellos templos y empezamos a caminar con
luz granizada las salas hipóstilas. Dehuti-Necht se dirige lentísimo y
majestuoso a una rama de tamarindo y va a azotarle todos los miembros al
agricultor. Qué luz de topacio de esas puertas al abrirse en otras puertas y
engendrar en las últimas sucesiones un gran navío. Asomémonos y veamos
detenido con gracejo ese grupo escultórico que se esboza. El campesino está ya
curvado pues en cualquier momento pueden descender los azotes. Supongamos que
prolonga su espera curvado: como la relación no es inmediata, aquí los golpes
no nacen de la cólera sino de un estilo lentísimo, entre el doliente y el
intendente; el campesino se mantiene tieso mientras el intendente erra por el
bosque buscando sin apresurarse el ramo de tamarindo para golpear todos aquellos
miembros que esperan. Al adquirir esa imagen las puertas van cayendo sobre las
puertas, como en nuestras resurrecciones, donde un centurión va cayendo dormido
sobre otro centurión, viéndose a hora adecuada para el milagro como la siesta
cae intempestivo sobre un gran ejército. Si adquirimos que esa imagen puede
hacerse precisa como una cronología leída en un papiro por Champollion,
podemos ver aún las más contrapuntísticas y sutiles asociaciones que puede
ofrecer la lenta dificultad egipcia. Cortamos así ese estado de evaporización,
acercándonos a toda esa posibilidad de cristalización. No nos asombra así que
en sus relaciones contractuales usasen las monedas más eficaces y poéticas. Un
velo , por ejemplo, podía ser adquirido por una medida de incienso y cien
manojos de ajos. Pero ¿cómo el incienso podía ser medido, podía ser
convertido en una moneda? Cuando el monarca otorga su benévola confianza a un súbdito
le asigna como pensión "mil panes, cien jarros de cerveza, un buey y cien
manojos de ajos". Así el egipcio en el esplendor del periodo Dypilon llegó
a mezclar sus propia imagen con el limo y el tejido de su complicadísima
historia era fácilmente descifrado por el intendente o el labrador. Llegó a
creer que todos los ríos del reino confluían en la boca del monarca. Y el
poeta no tenía que ejercitarse, pues lo mismo el mozo de cuerdas que el
traficante en maderas para la barca de Amon-Re, cuando moría el monarca todos
lo anunciaban con igual plañido: se hundió, decían en la línea del
horizonte. La tumba natural de un rey era la línea del horizonte. Heracles
desaparece también en una puesta de sol; recibe la túnica fatal y en fuego
asciende de la tierra a las nubes, de las nubes al asiento de los dioses. Cuando
su amante es Yola, como en un ballet, se truecan las nubes del amanecer, coloreándose
de tintas violetas. Ese deleite subsiste aún para los filósofos. ¿Si pudiéramos
ver siquiera cómo se ha trocado la aurora en laurel, pregunta Curtiss? La
aurora es la ardiente; el laurel, de madera combustible, es también el
ardiente.
En el período Fou Hi, según el decir de un historiador, el feudalismo chino se
convirtió en un sueño. En el período Topsó, en el ceremonial del 15 de
agosto llamado La luna de antes, sentados en la terraza, exigiéndose para la
verificación la compañía de dos incurables viciosos en los placeres de la
conversación y de un poeta especializado en el verso de treinta y una sílabas;
penetra la luna hasta las ofrendas, la bandeja y la mesa, y se espera en las
terrazas el hilo que la luna debe alcanzar para el comienzo de las danzas. Y en
las conversaciones entre el rey Shan y el Marqués de Khi se trazan los
principios invariables del método celestial, que comprende desde el uso
armonioso de los cinco divisores del tiempo hasta el tratamiento adecuado para
el pago de las deudas. Así aquel pueblo extendía, como el inmenso desfile de
las chirimías de sus bandas, su sabiduría como la sierpe de sus murallas. Llegó
a habitar el humo y el sueño, el rostro ante el estanque y la luna fría, que
iguala al estanque con el desierto. "Lo que moja y desciende se convierte
en sal; lo que arde y asciende se convierte en amargo; lo que se curva y se
endereza se convierte en agrio; lo que se ablanda y cambia se convierte e acre,
y de la siembra y la cosecha procede la dulzura." Eran suaves consejos
adquiridos con una porfiada amargura. Khwan, rey , tiene que luchar con las
inundaciones, represándolas. Khwan sufre prisión hasta su muerte, y al
ascender su hijo Yu, el cielo le entrega el Gran Plan y los principios
invariables del método celestial. Rodeado de sus inmensas colecciones de
proverbios, el chino se recuesta en el sueño, pero sin adquirir la imagen. Los
dioses reemplazados por los proverbios, depositan los sentidos en el reverso del
no ser.
De la soberbia escayolada de los romanos, si la cronología se interrumpe o
falsea su juego, por entre las columnas truncas, se pueden obtener las más plásticas
distribuciones de elementos de composición y fondos. Podemos levantar falsas
antorchas en la celebración, en casa del pretor, de la fiesta de la bona dea, a
la que solo es lícito la asistencia de mujeres. La prefectura romana ha tenido
la confidencia de que algunos jóvenes libertinos se proponen asistir
disfrazados. Y los centuriones enmascarados con túnicas como si fuesen
ciudadanos, registran cuidadosamente a los asistentes al festival. De pronto, el
asombro de uno de los prefectos, se encuentra delante de Julio César que ha
asistido disfrazado de mujer. Cicerón que está disfrutando de un ocio en su
finca de Tesalonia, recibe de su partido la orden de su partido de acusar a
Julio César ante el Senado romano. Pero César le envía con un liberto una
esquela interesándose para su salud, y aconsejándole, día señalado para la
acusación, que deberá continuar en su finca para su total restablecimiento. Y
Cicerón decide quedarse un día más en su finca de la Tesalonia, meditando
acerca de la compra de otra finca en Dyrrhachium. Ese relato absolutamente falso
me hace propietario de esa mentira. El asistente disfrazado de mujer no fue César,
sino Clodio; éste no mandó ningún billete irónicamente amenazador como César,
sino gimió, compro a los jueces y consiguió el apoyo de Hortensio, florido
enemigo de Cicerón. Las asociaciones posibles han creado una mentira que es la
poética verdad realizada y aprovecha un potencial verificable que se libera de
la verificación. Y no se falsean esas posibilidades que engendran otras
asociaciones, que en nada destruyen las que se pueden crear después, pues
Clodio era amigo de Julio César, fue nombrado tribuno por él, hizo que se
aprobaran las leyes para desterrar a Cicerón. Cuando César pactó con Pompeyo,
antes de sus desavenencias posteriores, le envió un billete, enérgico, no irónico,
ante imprudentes pronunciamientos de Cicerón que venían a recluirlo de nuevo
en su granja.
La gravedad de las termas o del foro, fabrican de lo romano el rostro cejijunto,
sobre el que se posa el moscardón. Para quedarse con el nombre de las
fundaciones, Rómulo va al Monte Aventina y Remo al Monte Palatino. Que sobre la
cabeza de Remo trazasen seis buitres y sobre la de Rómulo circulizasen doce
buitres, nos dejaría mansos al conjuro, sino sirviese para quemar en forma
segunda la verdad segunda. Están, seis y doce, los buitres sobre la cabeza de
los fundadores, ya Rómulo queda con su nombre, y ahora empieza a librarse otra
batalla que hace que los mismos signos espaciales concurran a otro escamoteo.
Nos permitimos, impulsados por esos conjuros que nuestro tablero dé las señales
para el comienzo de la gran batalla de Lutzen. Separados por eso campos de
Breughel el viejo, una llanura de trigo o un río que podemos impulsar con las
manos, Gustavo Adolfo y Richelieu, en filas contrarias, meditan y oran. Sobre un
cojín gualda, como la sortija rojo y azul de los adolescentes pintados por
Rafael, Gustavo Adolfo ve el paso de los cirros, pero la presencia de una nube
bermeja se precisa hasta parecer un capelo cardenalicio, y como una muestra en
su vitrina de una talla de alta dignidad, hace que lo habite su enemigo de más
peligro, es decir, el otro que también está rezando antes de la batalla,
separado por un río o por una llanura de trigo. Al despertar, después de un
desayuno con los ángeles, " de otro es el mundo", exclama, tiene el
convencimiento que la suerte de la batalla le será desfavorable. Pero mientras
que un guerrero con un conjuro desventurado, encontraría su fuga justificable,
Gustavo decide batallar como los mártires, donde cualquier posibilidad de
triunfo es una falta de atribuciones, una desconfianza en el otorgamiento de los
poderes. Pero aunque en realidad Richelieu no asistió a esa batalla y el único
implorante fue Gustavo Adolfo, ni el conjuro llegó a atemorizarlo en una forma
tan vehemente como para disfrazarlo de San Mauricio del protestantismo. Las
colecciones de buitres recibidas en la infancia seguían agitándose como para
dividir en los ejércitos que aguardan la misma necesidad de importación.
En la contienda de Eumono y Aristón, al quebrar una de las cuerdas del
instrumento de Eumono, vino una cigarra a reemplazar el volado traste,
comenzando a cantar. Es el mismo conjuro cuando la causalidad sea demasiado
exigente, lo semejante destruye lo advertido. Qué fatigoso el sueño de Sócrates,
cuando ve el polluelo de cisne sobre sus rodillas, y al día siguiente al
recibir a Platón, lo reconoce como el cisne que se despereza dentro de su sueño.
Sea otras veces una sequedad que tiene el rebrillo segundo como el pulimento de
metal. Es tanto el halo, el polvillo refractado en el contorno que en lo que no
le allegamos, ejercita una comunicación en ese cauce tinto donde no le
alcanzamos. De la longitud del número, de la superficie plana entre las
extremidades, de las inagotables labores de tafileteros y tapiceros, aventuras
en Pérgamos, fábulas milesias, salto de la empalizada, despiertan el rumor del
orden de la colocación, enfilan detrás de eso paredones unas secuencias de
monodias, decir, un paréntesis de semejanzas capaz de formar las cantidades que
pueden abarcar esa rúbricas, Bien por una precisión de movimientos de trucha,
o bien - el salto de la empalizada -, por un gobierno de imprecisiones domeñables
que se muestra como el cuerno de la abundancia, el cuerno de caza, el de ayuda o
convocatoria del rebaño. Un tumulto de sonidos que siguen su aventura por
valles y collados, que siguen ondulaciones y espejos, hasta que saltando las
ajenas ciudades amuralladas llega su final que se ve despertado por esa
penetración de ecos carnales que fruncen la piel del caballo o provocan la
irritación muscular del felino.
Otras veces era el ejemplo, el fatídico ejemplo, el que volvía para
destrozarnos las más suntuosas tesis. Para mi mal, al reconocer la cartesiana
sustancia que piensa, saltaba el personaje para trabar conmigo un dialogo banal,
pero suficiente para destruirme un desarrollo acostumbrado, una acomodación en
el pensamiento sustantivizado. Para provocarme esos ruidos o rocíos, venía una
sustancia extensa y divisible como el alma de un caballo, o inextensa e
indivisible como el espíritu de Sócrates. Su galope, precedido y perseguido
por un alma, hacía del caballo el habitante de una inmensa sustancia que
rodeaba al caballo; pero si niego este cuerpo, este caballo, quedaba esa extensión
que era un alma, que era como un inmenso caballo, como si en cada sitio regido
por nuestra visión fuese inminente la aparición de un caballo. Un inmenso
cuchillo, después de ese inmenso caballo, venía a pronunciarse, a reclamar
sobre esa extensión. Caballos de cerámica griega, regidos por un concepto
euclidiano de la divisibilidad, venían a encarnarse en un alma que se
despertaba de esa primera y embrutecedora extensión. Venía el caballo sobre su
alma, la reclamaba también, y después se diferenciaba bruscamente del espíritu,
del espíritu de Sócrates. Si de acuerdo con Cartesio esa alma indivisible era
"un aire delicado que está difundido", el caballo participaba y se
incluía al propio tiempo en un aire que era su alma, pero que extenso e
indivisible lo dividía al ser impulsado por las progresiones de su velocidad al
fuego soplado de su nariz. Pero mientras esa alma extensa del caballo se iba
convirtiendo en toda la tierra y el caballo se tornaba en un gran cuchillo que
cortaba las rebanadas delicadas de ese aire difundido, era necesario retornar a
la cartesiana sustancia que piensa. No nos encontramos al regreso con ninguna
brusquedad excesiva, sino con una tercera palabra: lo que prueba demasiado, no
prueba nada. Luego la poesía y su creación, necesitaban desde su inicio la
prueba hiperbólica, y nos encontramos con que esa mentira toma peso y se
justifica en esa prueba hiperbólica. Si se ha encontrado una sustitución,
marcha opuesta al conocimiento que va hasta el ser, donde el hombre habita una
embriaguez que se hace evidente por la revelación, la presencia de la prueba
hiperbólica es la única que puede trazar un continuo en aquel mundo que surgió
como la discontinuidad mayor. En el Baghad Ghita, tocamos esas pruebas hiperbólicas.
En la multiplicación del sonido de los caracoles de guerra, en la instalación
de los carros para el gran torneo verbal, rodeado de la muerte y de la incesante
flecha, los dos príncipes situados armoniosamente en sus carros trazan los círculos
del ser, de los mentirosos sentidos y la verdad del vencimiento. Rodeado de
trompas, de dardos, de las invisibles y hormigueantes estrategias de los
pandavas y los curus, se va trazando la corriente mayor, la prueba hiperbólica,
que es la plomada de la mentira primera. Rodeado de una gran movilidad, de
guerreros que pasan y que desaparecen, de remolinos, de la gran rueda que
siempre pasa por un punto y que ofrece un punto. De eso se rodea, pero su
centro, el poema, es estático, de carro a carro las palabras van trazando el
mismo poema. Estrechado por un gran combate, las palabras cruzadas entre los dos
príncipes, cobran una exquisita lentitud, la necesaria para trazar el diseño
de la sabiduría. ¿Cómo es posible la confluencia de las sentencias y los
caracoles de guerra, y que mientras la primera se afina, la segunda, se hace
ronca y desacordada? Traza el compás la primera frase, hinchada, roto el compás,
la sucesiva palabra , cae.
En medio de los remolinos, ocurre el desvanecimiento del príncipe Arjuna. El círculo
permanece felino, pero al centro, en el juego de los accidentes, ocurren los
torneos verbales y los desvanecimientos. Arjuna se niega, no quiere ser el
instrumento de muerte de los nobles y reverendos varones que fueron sus
maestros. Pero a sus desmayos , contesta el príncipe Krishna con sus teorías
de las apariencias y de lo Absoluto. Y es en ese mismo combate , decisivo para
las principales familias indias, donde se hace el elogio de la tortuga, el
retiramiento de las facultades sensoriales y lo esencial que cubre su
despreciado peto. De esa manera, con el gran combate que renueva la periferia
del poema, mantiene el centro como la casa central. Hay una tregua, prueba
hiperbólica, donde parece que se remansa lo que es en su centro la propia
prolongación del poema. He ahí la segunda transmutación. Del combate,
descompuesto en un eco descompuesto en un eco y un remolino, queda como el gran
zumbido que representa lo temporal, el tiempo no encarnado, el tiempo que no
hace historia sobre la tierra. Tiempo Poemático, forma sutil de resistir sin
hacer historia. Y el espacio donde conversan el aprendiz y la sabiduría
perecederamente encarnada, que cobra una lejanía más allá de ese zumbido, de
esas alabanzas lejanas, semejante a ese cuadro de un supuesto primitivo
deliciosamente artificial que situase en el primero y en el último de los
planos, el mismo motivo. Un motivo caminando hacia nosotros. Y otro precisado
por la perspectiva, pero que se fuese desvaneciendo como si también desease
sumergirse huyendo del anzuelo de la visión.
Ese momento en que
la situación de dos coincidencias o la oportunidad que puede ofrecer de quedar
en vibración con el mismo poderío que la escritura ¿ por qué ese momento en
que todo parece prolongarse porque ha convertido al hombre en un molusco de
incesante y visible segregación? Entre nosotros, esa situación es de real
valor para completar una frustración poética, un destino que fue decapitado.
Le oí relatar a un emigrado una noche de festival en que se esperaba a Martí.
De pronto atravesó la sala el hombrecito, arrastraba un enorme abrigo.
Inmediatamente esa pieza, ese gigantesca abrigo, comenzó a hervir, a
prolongarse, a reclamar, inorgánico vivo, el mismo espacio que uno de aquellos
poemas. ¿Qué amigo se lo había prestado? ¿Y quién había lanzado ese pez
tan carnoso en la reminiscencia? Así como el haz de nerviecillos parecía
manifestarse en la mano de Martí; esas radiaciones se descargaban o descansaban
en el círculo verde frío de los ojos de Casal ¿Qué gran nube homérica, qué
trabajo de los héroes impedía que Martí y Casal ni se hablasen ni se
conociesen? ¿Y cómo Del Monte tenía siempre a Casal e aquel cuarto sobrante
de su periódico, donde se empeñaba en que Casal leyese a poetas italianos
menores? Cuando Casal lanza su bocanada de sangre en los manteles, está fumando
un cigarrillo. Su traje es el de la invitación a la casa de brocateles y
risitas galas; cuando él suelta esa risotada, que así subiendo por los cañutos
de la sangre parece como si viese una gran frase que alguien fuera de la sala ha
lanzado y que sólo él ha oído y tiene que reírla. Es llevado a un sofá
donde se le extiende con cuidado; cuando vuelven, Casal ya se ha ido con la otra
frase de la otra pieza, pero en sus manos sigue ardiendo el mismo cigarrillo ¿
cómo pudo resistir, tan imperturbable, ese cigarrillo a la muerte? ¿llegó a
quemarle la piel? ¿se apagó en las manos exánimes o alguien lo apagó y
coleccionó? Ahora ese cigarrillo se agita y con la punta de su fuego y parece
volver, esconderse y lanzarse de nuevo a posarse en una mano como si fuese una
divinidad egipcia.
Ahora Paul Verlaine está en Londres con barras clownescas de brea y de hollín.
Y Rimbaud está con él y ha sido la disculpa unas clases de francés que
remediarán la pobreza. Detrás de ellos como antiestrofa o coro, las madres. La
de Rimbaud que ve siempre que su hijo se le escapa desde que tenía diez años.
Y la de Verlaine, que es la madre muy vieja del cuarentón largo, que ve que su
hijo, más allá de la esposa y del hijo, la busca siempre, le pertenece. Ambas,
como corcho tallado, se aprestan a seguir los designios de sus sucesiones.
Piojoso, vociferante desigual, rueda de una a otra parte, como el plomo de una
banda a otra del barco achicado como un tapón. Y la de Rimbaud, que recordaba
el día que su hijo le pidió un piano y ante su consideración le descerrajó
la mesa y luego le dio forma y registro de piano. Y la promesa de convertir
todas las piezas de la casa en un piano si no llegaba el piano. Y la asombrada
madre de Rimbaud que ve que después del piano su hijo quiere ahora a Verlaine,
que de noche camina hasta su casa gritando, sucio de hollín y de siniestros
peldaños de buena canción; como si fuese entrada y salida de personajes
previamente diseñados, cuando RImbaud se escapaba de Londres, llegaba de
inmediato la madre de Verlaine. De nuevo están juntos en Bruselas, ya con la
madre de Verlaine. De regreso la madre de Rimbaud le hace el sueño en un
segundo piso, el granero, con breves borronaduras de cal. Le depara sí en su
rica sencillez, la misma provocación imaginativa que cuando después de píldoras
de opio ve sólo lunas blancas y lunas negras.
Entre Verlaine y Rimbaud y las dos madres, su hermana Isabelle que tiene el
rostro semejante a esas místicas polacas que un día durmiendo en los trigales,
sintieron una rudeza, una conmoción, ostentando después la hinchazón de su
vientre o un gran manto azul con espesas estrellas. Isabelle cuyo rostro es
semejante al de Rimbaud si hubiese llegado a viejo. "Sin haberlo jamás leído,
nos dice, conocía sus obras. Las había pensado. Pero yo, ínfima, no había
podido resumirlas en su verbo mágico. Admiraba y comprendía, eso es
todo." Y sus deseos cumplidos de morir de la enfermedad de su hermano, que
devoraba los huesos y paralizaba los músculos y las intenciones. No estaba
llamada a ejercitar o cumplir sus dones, pero había estado despierta, vigilaba
y cuidaba. Su labor era el testimonio en estado puro, no alteraba, no irrumpía,
sin ninguna exigencia o reclamación de un fragmento de aquel destino. Ni
siquiera podía ejercer un llamado directo, pues estaba la madre que irrumpía y
que recibía los cuidados primero que ella y que servía como una imposibilidad
de niebla para impedir que ella se extendiese y pudiese asirlo. Se realiza así
una perenne coordenada de irradiación. No solamente la extensión poética que
habían cumplido Verlaine y Rimbaud, sino sus vicisitudes, sus torres de
vigilancia, sus familiares, iban a participar de la otra modulación del otro
poema, pues toda verificación en la distancia, toda arribada en la ausencia,
todo cuerpo que ha logrado integrarse sin una fusión de su sustancia participa
y es la misma poesía. Desde el punto de vista de al modulación emitida, de súbita
modulación de los instantes, de la manera que tienen las cosas de penetrar como
un a túnica en nosotros (la piedra que está en el río está también en tu
alma), encontramos la misma escritura en El Barco ebrio o en Lo que le han dicho
las flores, que en una escapada de Rimbaud de Charleville, perseguido por su
madre, mientras Isabelle se ha quedado guardando la casa. Nos damos cuenta que
esa situación se ha convertido en sustancia, que goza de una impulsión
temporal y de una penetración espacial, y que podrá reincorporarse a nosotros
como un poema extinguido en la lectura pero exigente y reaparecido después;
como igualmente se reincorporan a nosotros esas situaciones o modulaciones
desprendidas, no en el sentido de que toda acción es un símbolo, que han
logrado avivar un sentido con estricta referencia para la creación; tomado aquí
sentido como una progresión, que en su desfile o procesional desliza y recobra
un cuerpo, donde la forma se adquiere o se extingue en el momento en que esa
progresión se detiene. Progresión del poema que podemos asemejar a la del pez
dentro de la masa líquida y que queda ya diferenciada de la impulsión al
depender ésta de su punto de partida. Y la progresión de un número que
podemos distribuir con un compás de los pies o del canto. Pues en realidad esa
progresión es la prueba del fuego de que la impulsión está actuando sobre un
cuerpo y no sobre lo indistinto homogéneo o sobre una sequedad que no puede
ofrecer la metamorfosis de la semilla.
Se acercan con nebulosos cabeceos, palabras sin reclamación ni exigencia de la
parte contraria; mármol, cristal, clara de huevo, claroscuro. Ni todas, a cada
una de esas palabras, voluntariamente, le rebanamos los ecos y les borramos toda
adherencia. Cada palabra rinde sus reflejos al secuestrarla de la coordenada de
irradiaciones. Las cuatro van a ser atravesadas por el venablo de un sentido que
es sus sucesión. De pronto, descubrimos que su sentido está en su sucesión y
que es precisamente la sucesión la que les presta su marcha y su creación. Su
sucesión habitual las hacia antipoéticas, y si ahora percibimos que exhalan
otra sucesión, que pueden ser atravesadas de nuevo, cobrando otra modulación,
como con un sentido impracticable pero rigurosamente preciso, pudiéramos ir
enhebrándolas con tacto ciego, pero donde otro sentido destella. Mármol,
sentimos la carencia de ondas en un mar prehistórico. Si la heráldica china
consideraba el cetro de jade como el rayo de luna cristalizado, en el mármol
toda radiación está impedida. Todavía no se le han colocado puertas al
cristal, y podemos salir o retroceder gustosamente. Cuando la puerta se cierra,
es decir, ya en el espejo, la imagen está fijada y quedamos como la incrustación
de monstruos en las paredes marinas, percibimos que nuestro cuerpo penetra en la
puerta y que allí se fija primero, y que se incrusta en la secularidad. Nos
dolemos que el cristal fuese una abstracción gelée y no materia orgánica y la
clara de huevo viene a ocupar el recinto de la suspensión para el embrión que
no puede soportar la aridez del contorno ni tampoco una heridora tangencia. Su
descendencia del cristal, que era cristal espeso y orgánico, lo revela en la
capilla de aislamiento y brillo que los primitivos usaban. Que los debates entre
la clara de huevo y el barniz permanecen eficaces, lo tenemos en la luminosidad
de los fresquistas de Siena, y la oscuridad consiguiente, la del barniz. Si la
clara de huevo tenia fuerza para conservar, el barniz no lo tenía para
destruir, y el óleo que resiste treinta años puede asegurarse que no será
devorado por el tamaño de ninguna mancha negra. Cuando saltan los cristales de
la clara de huevo, y sobreviene su descomposición, el claroscuro, en su
asegurada lejanía, trae el cuerpo en sus invisibles tubas de infinita sucesión.
Pues si el cuerpo está en primer término, y después de muchos también
sucesivos elementos de composición, aparece en el cielo Orión, habrá que
trazar la clara de huevo que incluya y alimente el cuerpo de primer término y
la lejanía de la estrella, provocando que esa distancia que las separa no sea
yerta e irrelacionable.
La emisión poética de una palabra puede igualar sus ingredientes o elementos
actuando sobre nosotros. Entre los somníferos, las hojas de gordolobo y el ungüento
popúleo, igualan en su virtud constitutiva, la espesura de sus sílabas con su
imagen letal. En los últimos, cuando olvidamos del tiempo apenas podemos
precisar nuestro pie ideal pisando esas arenas negras y esa mancha que nos va ciñendo
hasta lograr nuestra total destrucción. Gordolobo es palabra adecuada para
entregarnos la primer pequeña mancha que atrae la otra grande y total. Todos
podemos tocar un lobo muy gordo, pero su paso ligero es intocable. Los
movimientos lentos de un lobo gordo, su arrastramiento, su inofensivo
acercamiento a nosotros, y darnos en esa penetración, la gran mancha, el sueño
indistinto, homogéneo e indefinidamente extenso. Ungüento popúleo nos produce
también ese oleaje gordo de sílabas espesas, que nos va otorgando sílaba por
ola, hasta dejarnos en la playa de donde vamos a ser extraídos con las danzas
del alba. La poesía no se ordena y realiza sólo dentro de esos regustos de la
excepción, es una relación o enlace que sorprendemos dentro de un círculo
para los ojos, que cabe justamente dentro de una sucesiva cantidad de
vibraciones para el oído. Alguien toca la puerta sin excepcionarse como
aparecido o forastero. La figura que atraviesa el patio parece arrastrada por
los tres golpes en la puerta. Cuando regresa, el ladeo sorprendido de nuestro
rostro lanza su ¿quién toca? La figura que atravesó el patio, dice: - Uno.
Mientras vuelve la atravesadora de patios, no a su rueca escocesa, sino a su
surcado de innobles tapices, su Uno ha comenzado a reclamar y a hervir, a saltar
a otra naturaleza. ¿La respuesta se refiere a un numeral o a un indefinido? ¿Quería
decirnos que solamente había sido un yo diferente y cordial el que había sido
un yo diferente y cordial el que había anudado tres veces su llamada? ¿O ese
Uno quería decirnos que era Uno de tal tribu, Uno de aquellos que yo esperaba?
De esa manera , a la cantidad de monstruos que el hombre ha podido crear, la
orquesta, la cacería, la poesía, aparece el más cambiante instrumento de
aprehensión, el que puede estar más cerca del torbellino y el que puede, al
derivar de ese germen una sustancia, tener un cuerpo de la más permanente
resistencia, ¿luego es posible el aislacionismo de un monstruo elaborado por el
hombre donde puede aprisionarse el germen y su desarrollo, la constitución de
un ente germinal? ¿Luego existe el germen capaz de constituirse en ente de poesía
y no en ser o en existencia? Es posible entonces la poesía en el poema; es
posible que la visita en el tiempo pueda reconstruirse, permanecer, repetirse.
Puede situarse la iglesia debajo del Órgano, o como afirman algunos teólogos
protestantes, la única fe diferente en cada individuo puede desgajar el
espanto, y en el espanto construirse la torre. En la visión última ¿es la
torre o el poema? Mientras el vislumbramiento de la torre en la última visión
es incomunicable, la seguridad de la existencia del poema es continua o
inmediata, pues en el poema la imagen mantiene el fuego de proporciones, y en la
poesía, la metáfora, no en el sentido griego de verdad como develamiento, sino
en lo poético de oscuridad audible, adquiere su sentido de metamorfosis que
justifica sus fragmentos. ( Tal vez las asociaciones, los ritmos que Rimbaud
llamaba nadas, y que elaboraban en tal forma su silencio que salía de ellos
diciendo, deme papas, deme vinos. O al final, cuando le era casi imposible
escribir a Mallarmé y nos decía: he perdido la razón y el sentido de las
palabras más familiares.)
La poesía que es instante y discontinuidad ha podido ser conducida al poema que
es un estado y un continuo. Pues hay siempre una comparación en cada poema
mediante la cual fijamos un elemento de suyo fugaz e irreproducible. Si decimos
tal vez que un cristal es agua dura o fija brisa, no es que intentamos detener
el eco sino que intentamos una dualidad imposible como un águila y un toro que
tirasen de una homérica carreta. Esa dualidad imposible, comparativa, hecha
para un sentido hiperbólico, es la que mantiene la liaison de poesía y poema.
Mientras el invitado es esperado, sus rasgos ante la ventanilla se convierten en
un poliedro aleteante. Y las mismas brisas y cristales que él tiene que romper
para acercarse, tenemos nosotros que perseguirlas también para hundir y
perseguir su revés en el tiempo. Al pasar por una casa, vemos que penetra,
después en infinitas sucesivas casas, hasta que penetra en nosotros. Ese
poliedro aleteante que se va acercando a nosotros prolifera sus huellas en el
tiempo. Las casas en las que ha ido penetrando sucesivamente o las múltiples
adherencias que ha logrado su desenvolvimiento, al mismo tiempo que se han ido
desgajando, refractándose en chispas ocultas detrás de la corriente mayor,
como un bailarín cuyos pies fuesen incesantemente secuestrados por navajas de
ópalo.
Si es posible que el hombre haya podido elaborar una criatura donde puedan
coincidir la imagen y la metáfora, viene a resolver no la sustantividad en lo
temporal, sino una sustancia que se sabe y reconoce como tiempo. No una
sustancia resistente al tiempo, que concentra una energía para le tiempo, sino
el mismo tiempo que se sabe que es una sustancia, el mismo tiempo que es capaz
de sustantivarse en un cuerpo... Después que la poesía y el poema han formado
un cuerpo o un ente, y armado de la metáfora y la imagen, y formado la imagen,
el símbolo y el mito - y la metáfora que puede reproducir en figura sus
fragmentos o metamorfosis -, nos damos cuenta que se ha integrado una de las más
poderosas redes que el hombre posee para atrapar lo fugaz y para el animismo
inerte. Aprovechando el nacimiento del ser, por su posible prolongación y
sucesión del germen, puede captar en la metáfora, que es en sí las
metamorfosis de ese ser, sus vicisitudes hasta alcanzar el esplendor formae. Al
mismo tiempo que por la imagen puede trazar las proporciones, ocupaciones y
desigualdades del ser en el ente. Las imágenes como interposiciones naciendo de
la distancia entre las cosas. La distancia entre las personas y las cosas crea
otra dimensión, una especie de ente del no ser, la imagen, que logra la visión
o unidad de esas interposiciones. Pues es innegable que entre la jarra y la
varilla de marfil, existe una red de imágenes, participadas por el poeta cuando
las concibe dentro de una coordenada de irradiaciones. Y nos damos cuenta que si
dentro del poema subsiste la sustancia poética, donde coincide el tiempo como
imagen de la eternidad y el tiempo como duración, y un espacio comparativo
ocupado por objetos. Y las viejas pugnas entre generación y movimiento,
resueltas en el germen sucesivo, en el germen poesía coincidente con el poema
movimiento. De esa manera en una indiferencia y desolación totales, donde
apenas puede vislumbrarse la torre, nos sorprende la existencia de un flujo
(todo hacia uno) que va hacia la sustancia poética, hacia un ente del no ser
(opuesto a la distancia, esa ausencia de las cosas, no es propio no ser) que
puede ser participado y mantenido en imágenes. Así esa distancia, esa ausencia
de las cosas, no es su enemistad, sino una llaneza de inmediato, donde
deslizamos el espejo que suda rocío de enigmas y la lenta transpiración o
vapor de las imágenes.
La derivación en imagen tiene el poderío de entregarnos hechos analogados, en
el entrevisto reconocimiento de uno solo de estos hechos, creándolos en unidad
a pesar de la distancia devoradora que parecía alejarlos. Puede también esa
imagen reducir hasta sumergirse y reaparecer con un cuerpo opuesto,
irreconocible, sobre su lomo. Queremos hacer sacrificios y rendiremos lo primero
que llegue, que ahora no es la imagen: a lo primero que llegue, y tenemos que
sacrificar a Toro, hasta que se pierda en las aguas oscuras, y a Minotauro en
artificial persecución laberíntica. Cuando Minos fue a la guerra, el Toro
ascendió de secretario a gobernador y Pasifae se enamoró del nuevo gobernador.
La fille de Minos et Pasifae, pasaba de Racine al Abate Bremond y se perdía
después en el aquarium sibarita de los simbolistas. Júpiter, naturaleza sin
memoria, obtuvo las conveniencias de Taurus, y éste que siempre ha sido débil
con la blancura, con la abstracción de Europa, consentía en dejarse poner
flores de almendro en el testuz. Adivinaba el toro que las torres de florea en
la balanza de sus cuernos engendraría la risa de los coperos y de Calipso que
duerme en las grutas, guardándolas. Pero el toro que también tiene su risotada
baritonal comenzó a caminar hacia el mar, luego hacia el mar con noche. Europa
arrastraba su cuerpo hacia el lomo sin agua, aunque pudiera caerse. Y Europa
comenzó a gritar. El Toro, antigua amante de su blancura, de su abstracción,
siguió hacia el mar con noche, y Europa fue lanzada sobre los arenales,
hinchada con un tatuaje en su lomo sin tacha: tened cuidado, he hecho la
cultura. De los gritos que recordamos: el Dios Pan ha muerto, el nietzcheano he
matado a Dios, y las ediciones vespertinas que voceaban: el asesinato de Europa,
en el bolsón de su faltriquera se ha encontrado la cultura. Cien guineas de oro
en el fondo de un calcetín. Qué tiempos decían Tribulat Bonhomet o Papesmo
Frisemorun, cuando Europa era robada por el toro o por Júpiter disfrazado de
toro. Ahora nos olvidamos del espacio asimilado, de una experiencia, es decir,
de la verificada intuición para hacer otro poema; se ha cruzado una larga
planicie para ir hasta Yasnaia Poliana. Nos aburre ese dialogo, interrumpido por
el malestar de la condesa, deseamos la colección de marionetas rusas. Ese
cuarentón que todavía tienen miedo, implora, y cochero alcohólico, no le
llega la vía unitiva, no tiene con quien abrazarse. El agua que cae del balde
en el suelo forma la cara del diablo. El agua de coco hervida empolla la
lechuza. Todos esos idolillos que salen en el sabat de la casa muerta, del agua
triste. La casa muerta os permite estudiar " las distintas modas del papel
pintado, los grifos del Imperio, las colgaduras con alzapaños del Directorio y
las balaustradas de Luis XVI ". Europa creó la cultura, una segregación
suya, con personajes que claman la dialéctica griega, la coral bachiana, la
metafísica idealista alemana, Dostoyewsky, la novela francesa del siglo XIX.
Los hemos convertido en Dramatis personae; a través de la imagen que los ha
destruido, danzan, con solo un nombre, no hay un río, se dice un río, o el mar
y se descorre una cortina y aparece el mar. El individua, la máscara, la
mascarilla, ya están en otra dimensión. Ratalaine nos parece simplote y
charlatán. Había sido: Cocinero en madagascar, pasajero en Sumatra, general en
Honolulú, periodista religioso en las islas Galápagos, poeta en Oomrawutte,
francmasón en Haití. Y, además, León López Halcón, llamado también El
Venado, bananero en Barranquilla, muerto en gang en Connecticut, frente al
Chase. Fauna tediosa que juega al tertulión innocuo y al Royal Reserch
incesante y profético. Europa con su blancura y su abstracción está sola en
la playa. No hay la novela de afganistán ni la metafísica americana. Europa
hizo la cultura. Y aquel verso: tenemos que fingir hambre cuando robemos los
frutos. ¿Hambre fingida? ¿Es eso lo que nos queda a los americanos? Aunque no
estemos ni en armonía ni en ensueño, ni embriaguez o preludio: el toro ha
entrado en el mar, se ha sacudido la blancura y la abstracción, y se puede oír
su acompasada risotada baritonal, recibe otras flores en la orilla, mientras la
uña de su cuerpo raspa la corteza de una nueva amistad.
1948