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Uno de los problemas que más frecuentemente se
plantean en esta ciudad al alejarnos de casa, es la dificultad para
encontrar un cuarto de baño apropiado cuando hace falta. En lo que me
es personal, puedo citar el caso de aquella construcción amplia, de
finalidad incierta, donde me encontraba observando desde una ventana
interior un amplio espacio, una especie de patio cerrado; en el centro
del patio, de piso con baldosas alternadamente blancas y negras, estaba
parada una mujer que yo conocía, y que había desaparecido de mi vida
hacía muchos años, aunque se conservaba tan joven como en la época en
que la había conocido, o al menos tal era su apariencia, o mi percepción
de su apariencia en esas condiciones de luz tan poco adecuadas para
establecer afirmaciones rotundas. La mujer, o muchacha, se movió luego
hacia una abertura amplia que había a sus espaldas, y se asomó a lo
que imaginé un corredor. Un cartel, sobre la pared donde comenzaba ese
presunto corredor, informaba que por allí se accedía al baño de
caballeros. El dato me interesaba especialmente, ya que minutos atrás
había decidido que, mal que me pesara en un lugar de ese tipo, debería
ponerme en movimiento para buscar un baño, porque tenía una necesidad
de orinar que poco a poco se iba haciendo insistente, y pensé que no
demoraría mucho en volverse apremiante. Había un problema: el baño
había sido ocupado por un niño pequeño, hacía ya largo rato, y el niño
estaría muy probablemente relacionado con esa mujer, que ahora se
asomaba al corredor pensando, tal vez, como yo, que el niño estaba
demorando demasiado; para complicar la situación, también se había
metido por ese corredor, aunque más recientemente, un hombre; se
trataba de un hombre desagradable, de aspecto entre ruin y huidizo,
aunque no puedo dar razones objetivas para fundamentar esta impresión.
Tenía algo de esos delincuentes extranjeros que llegan huyendo de la
policía de su país, y aquí rápidamente encuentran formas de fácil
prosperidad, pero jamás abandonan del todo su condición y sus hábitos
de delincuentes. Usaba un sombrero de esos que ya no se usan, con una
banda de fieltro de color aceitunado rodeando la base de la copa. Se me
ocurrió que la presencia simultánea de un hombre de ese tipo y del niño,
suponía cierto peligro para el niño; y esa suposición aparecía
acentuada a cada momento que transcurría sin que el niño, ni el
hombre, volvieran a aparecer. Era justificada la actitud de la mujer,
que asomaba la cabeza hacia ese corredor, pero de todos modos no me
parecía conveniente que una mujer se aventurara en dominios de baños
para hombres, así que la llamé por la ventana y le dije que no se
moviera del centro del patio. Al mismo tiempo me puse en marcha para
investigar el asunto por mí mismo, aunque mi interés fundamental era,
naturalmente, usar el cuarto de baño; en realidad me di cuenta de que
yo no creía que el niño estuviera en peligro, y más bien había
estado acumulando entre rencor y fastidio por su tardanza. Lo imaginaba
entretenido en cualquier tontería que no tenía la menor relación con
motivos para preocuparse.
Salí, pues, de la habitación donde me
encontraba, que supuse una sala de espera, ya que el patio se correspondía
con lo que podría ser la recepción de un viejo hospital, o sanatorio.
En ese momento el lugar parecía desierto, salvo por la presencia de la
mujer y mi propia presencia, y estaba casi a oscuras; y en cierta forma
creaba la impresión de un edificio público abandonado, impresión que
suelen dar muchos de nuestros edificios públicos, incluso los que están
en uso, especialmente si tienen relación con la salud. Me acerqué
entonces a esa abertura que efectivamente daba acceso a un corredor; el
corredor era mucho más largo de lo que yo hubiera imaginado. Yo había
imaginado concretamente un pequeño corredor de cuatro o cinco metros de
largo, que desembocaba directamente en un par de puertas de vaivén, de
esas que por algún motivo se utilizan en los baños públicos y dejan a
la vista la parte inferior de las piernas, y los pies, de quienes se
sientan en su watercloset, o incluso una pared de azulejos blancos
recorrida por un caño perforado del que fluye agua constantemente, al
pie de la cual corre una canaleta también esmaltada y blanca, aunque
con el tiempo el color blanco se pierde y, a pesar del flujo continuo
del agua, el color y el olor de la orina van impregnando la pared de
azulejos e incluso, por lo que respecta al olor, las otras paredes y el
techo. En este caso, aunque tal vez fuera simple autosugestión, me
parecía que todo ese corredor, tan largo, tan antiguo, tan mal
iluminado y tan abandonado y solitario, estaba todo él impregnado de
una humedad que rezumaban las paredes y despedía un ligero olor
amoniacal. De cualquier manera, las cosas no eran como yo las había
imaginado, y el corredor se prolongaba mucho más allá de esos pocos
metros, y luego torcía hacia la derecha, ocultando de mi vista lo que
serían los baños propiamente dichos. Aun así, antes de llegar a ese
recodo yo confiaba en que el acceso a los baños sería ahora inmediato;
pero también en esto estaba equivocado. Después del recodo el corredor
se ampliaba, o más bien terminaba abruptamente, o se transformaba en un
gran espacio no muy bien determinado, como un galpón, o más
exactamente como los fondos de algunos edificios dedicados a la atención
del público, como pueden serlo los restaurantes o los mercados, un
lugar donde se guardan las cosas de los empleados o los feriantes, donde
están los refrigeradores, donde se deposita mercadería, dentro de
espacios limitados por tejido de alambre, como de gallinero, con cajones
cubiertos con lona verde en su interior; un lugar compartido, donde los
lugares más pequeños que lo integran se van formando y creciendo como
al azar, por imperio de necesidades cambiantes, sin un plan que
determine una estructura racional. Así, me fui abriendo paso entre esas
jaulas como gallineros, puertas cerradas con rejas o candados, rincones
vacíos, e incluso ventanitas de acceso a otras habitaciones donde había
luz eléctrica encendida y gente conversando. La gente estaba vestida de
blanco, y se vivía ese clima especial que se crea con los intercambios
apresurados de saludos e informaciones entre personas que comparten una
tarea o un lugar de trabajo, cuando temprano por la mañana se
encuentran al comenzar su jornada, de modo que me parecía muy
inconveniente asomar la cabeza por esa ventanita y preguntar por los baños.
Seguí buscando, bien a alguien a quien preguntar, bien los baños
mismos, que no podían estar ya mucho más lejos, a menos que me hubiera
perdido entre esos espacios y hubiera dejado sin registrar una parte de
ese lugar inmenso, cosa bastante probable. Así, buscando, llegué a un
lugar mucho más amplio aún, lleno de gente, y me pareció que ahora
era mucho más sencillo preguntar.
Sin embargo, aquel lugar era demasiado grande. Yo no tenía otro camino
hacia adelante que unas escaleras que parecían interminables, y tenían
una perspectiva tan curiosa que no podría decir si subían o bajaban;
en realidad, subían, pero no de un modo constante, sino que eran más
bien onduladas como médanos, lo que permitía ver a lo lejos y además
hacía que esa subida fuese menos penosa; se podía transitar por allí
como paseando. También se veía otra escalera, paralela, inmensa como
ésta pero probablemente un poco más angosta, por la que la gente
bajaba sin lugar a dudas. El lugar parecía ser una terminal de ómnibus
o ferrocarriles, y al mismo tiempo un gran mercado y al mismo tiempo
otras cosas que no podía definir. Asombrosamente, tenía techo; un
techo muy alto y oscuro. El lugar ocupaba fácilmente varias manzanas.
Yo seguí subiendo, es decir, caminando en dirección opuesta a la gente
que bajaba. Esa gente cargaba bolsos y paquetes, pero no había nadie
cerca de mí que llevara la misma dirección que yo; es decir, nadie a
quien preguntar. Pensé en los que atendían los puestos del mercado,
pero esos puestos estaban en otro sector, no accesible desde las
escaleras. Allí, en las escaleras, sólo se podía subir o bajar; no
sabía dónde irían a desembocar éstas que subían, y me imaginé que
toda esa gente que bajaba no habría de terminar, toda, en aquel
corredor con olor a amoníaco que me había traído hasta aquí pero,
realmente, no era capaz de darme cuenta, por las distancias y por la
forma de las escaleras, del lugar adonde se dirigían en realidad todas
aquellas personas. Yo ahora buscaba una forma de acceder al mercado,
porque seguramente la gente de los puestos me podría informar acerca de
los baños, y además ellos mismos deberían necesitar los baños en
todo ese tiempo que pasaban allí, de modo que, pensaba yo, los baños
no podían encontrarse muy lejos de los puestos; los baños hacia los
cuales yo me había dirigido al principio, o cualquier otro baño; me
daba lo mismo, porque no pensaba, ya, regresar forzosamente al lugar
desde el que había partido.
Llegué a una especie de puente, por llamarlo de alguna manera. Era el
acceso a una amplia explanada, más alta que el nivel del piso del
mercado, pero al parecer desde allí podría accederse fácilmente a los
puestos. En los bordes de esa explanada había cantidad de comercios
pequeños, todos con sus puertas y sus vidrieras mirando hacia adentro
del gran recinto, como en un moderno "shopping center"; sólo
que el lugar no tenía nada de moderno. Al igual que las escaleras, las
paredes y el piso eran de una pesada y antigua textura de piedra, como
si hubieran sido talladas en una montaña de roca marrón. La antigüedad
estaba sugerida por pequeñas grietas que se veía en los bordes de
algunos escalones, y en ciertos lugares de las paredes; sin embargo, el
edificio en su conjunto parecía perfectamente sólido, sin rajaduras
importantes ni grandes fallas. Tenía la majestuosidad de un templo.
Cerca de mí, cuando estaba caminando por esa especie de puente hacia la
explanada, oí una animada conversación entre dos hombres. En realidad,
el que hablaba era principalmente uno de ellos, quien con un tono de voz
más bien desagradable por la forma de martillar las palabras, le
explicaba al otro que esa zona, durante la noche, se poblaba de
prostitutas. Eso sucedía, al parecer, inmediatamente después de que
los negocios cerraban sus puertas, a eso de las siete, o siete y media
de la tarde; la hora exacta dependía un poco de la época del año,
porque las prostitutas no aparecían nunca mientras hubiera luz natural.
No alcancé a ver a los hombres, porque no seguían el mismo camino que
yo ni llevaban la misma velocidad; yo caminaba mucho más lentamente.
Alcancé a percibirlos como dos bultos oscuros que se desviaban hacia mi
izquierda, mientras yo más bien buscaba la forma de acceder a los
puestos del mercado, a la derecha. Así, buscando, de pronto me encontré
ante una pared desnuda, siempre de piedra, que formaba una especie de
nicho, o más bien unos complicados ángulos en una esquina; lo cierto
es que al tratar de encontrar en ese sitio alguna pista para acceder al
mercado, me fui dando cuenta de que había hecho todo un camino bastante
complejo que ahora no sabía como desandar; de alguna manera había
cambiado de nivel, y ya no estaba dentro de aquel recinto grande como
una montaña, sino en un espacio mucho más pequeño, similar a un balcón
grande o una pequeña terraza de una casa de apartamentos. Y también el
estilo de ese lugar era distinto; ya no podía hablarse de templo, ni
compararlo con una gran estación de ferrocarril. Era un edificio más
bien moderno, supuestamente en un piso superior del otro edificio, como
un lugar reservado para la vivienda de empleados o funcionarios de ese
otro edificio inmenso. Ese lugar era casi privado, aunque yo estaba del
lado de afuera de la parte de vivienda propiamente dicha; me encontraba
ante una puerta cerrada, con una cerradura tipo Yale, y a mi alrededor
había formas difíciles de discernir, probablemente pasamanos de
escaleras estrechas, como de caracol, o similares, unos pasamanos
retorcidos, como si fueran formando lentamente la torsión de una hélice
o de un tirabuzón; pensé en la cinta de Moebius.
Me recosté contra uno de esos pasamanos retorcidos y miré hacia
arriba; no era fácil ver el techo, por las muchas vueltas y esquinas
que presentaban las paredes, e incluso por momentos se creaba la ilusión
de que no había techo, o de que el techo era muy claro, como si tuviera
una claraboya, porque la sensación que experimentaba era más bien de
estar afuera que adentro; y sin embargo el lugar era cerrado y bastante
estrecho, y además sin formas visibles de salida. Me parecía imposible
no poder desandar el camino; yo no había hecho ningún movimiento
extraordinario como para haber accedido a ese lugar del que parecía
imposible volver atrás; sólo había caminado un poco distraídamente.
No sé desde dónde, si salió de algún apartamento cuya puerta yo no
tenía a la vista en ese momento, o si llegaba desde un lugar parecido
al que yo venía de recorrer; lo cierto es que apareció un hombre que
de inmediato se acercó a mí de una manera que podía considerarse
amistosa. Era un hombre bastante mayor, al que sin embargo no correspondía
llamar viejo, especialmente porque tenía un aspecto dinámico y jovial,
con una permanente sonrisa en los labios, aunque cabe señalar que la
sonrisa no parecía muy sincera. Este hombre se dirigió a mí sin
sorpresa, como si encontrar a alguien en mi situación fuera la cosa más
natural del mundo, y comenzó a hablar fluidamente acerca del edificio y
sus raras formas arquitectónicas, y muy especialmente acerca de la
persona que lo había ideado y había llevado adelante el proyecto de su
construcción. Al parecer, esa persona era una mujer. Pronto me di
cuenta de que este hombre era uno de esos individuos a quienes les
agrada hablar mucho, hablar constantemente, y creen que sus palabras son
muy interesantes para todo el mundo, sin detenerse a pensar en la
oportunidad de sus discursos. Lo interrumpí para preguntarle dónde
estaba la escalera.
-¿Escaleras? -preguntó a su vez, con expresión de sorpresa; de
inmediato sonrió, como haciéndose cargo de que yo había llegado allí
por alguna ruta poco legal.- No -dijo, divertido-, escaleras no hay -y
pasó a explicarme un complicado sistema mediante el cual yo podría
salir; para empezar, había que pararse encima de esa baranda retorcida,
que estaba fabricada con algo parecido a aluminio esmaltado, algo
liviano y elegante, de soporte metálico rígido pero no muy fuerte, y
que al mismo tiempo por su forma no permitía ninguna base de sustentación
confiable; después, con los brazos levantados, había que agarrarse con
la punta de los dedos de unos salientes que se veían allá arriba, como
pequeños aleros, y forzando al máximo los músculos ir elevando el
cuerpo hasta alcanzar lo que parecía ser el techo del apartamento. Moví
la cabeza negativamente, descartando con horror la idea. El hombre
continuaba sonriendo jovialmente, y al ver que yo no intentaba ninguno
de los movimientos que me había indicado retomó su discurso sin más
trámite. Hablaba de aquella mujer con la reverencia y admiración con
que se habla de los pioneros; evidentemente, el hombre era un adepto a
esa figura, y con sus anécdotas trataba de crear una especie de
leyenda. Contó que una vez ella fue capaz de importar de Escocia
sesenta litros, o cajones, o toneles de whisky; en principio entendí
que se trataba de litros, pero luego me pareció que era una cantidad
muy pequeña para que ese hombre lo señalara como un ejemplo de solución
magnánima; al parecer, el whisky había servido para llevar adelante la
construcción del edificio, no entendí bien, porque el hombre no lo
dijo, si por haber sido utilizado para sobornar a los peones, o
capataces, o responsables de la construcción material de la obra. El
discurso daba la idea de una mujer con una gran visión de futuro y un
gran empuje, capaz de llevar adelante un proyecto muy difícil, casi
imposible, y a la vez necesario y generoso, importante para el país.
Era un discurso típico de los momentos más pujantes de la era
industrial, y este hombre parecía dedicar su vida y toda su energía a
este tipo de panegíricos. Yo no veía manera de salir de allí y mi
necesidad de un cuarto de baño se iba haciendo más urgente; imaginé
que ese hombre iba a entrar en el apartamento junto a cuya puerta estábamos
conversando, y que tal vez si yo me mostraba cortés y paciente con él,
me dejaría usar su baño; pero en ese momento llegó un grupo de
personas, sin que me percatara desde dónde. Eran tres, cuatro o más
hombres de aspecto dinámico, más jóvenes que mi interlocutor, y tenían
ropas claras, que incluso podrían confundirse con túnicas blancas; por
lo menos el que encabezaba el grupo estaba vestido así, ya que a los
otros no les presté mayor atención. Este hombre era alto, usaba lentes
sin aros y tenía una cara más bien llena, aunque no redonda. El grupo
podría pasar perfectamente por un conjunto de estudiantes de medicina
haciendo la recorrida de las camas de un hospital junto a su profesor;
en ese lugar, en cambio, pensé más bien en ingenieros, o gente de algún
modo relacionada con la construcción, quizás porque era precisamente
de este tema que trataba el discurso del otro hombre. Me dirigí de
inmediato a quien encarnaba ese rol de profesor y le pregunté por dónde
habían llegado, pues yo tenía sumo interés en salir de allí y no
encontraba las escaleras.
-Ah, no hay escaleras -dijo el hombre, sonriente, mirando a sus compañeros
como si compartiera una ocurrencia. Todos, al parecer, lo festejaron-. Sí,
a veces llega aquí gente que después no encuentra la manera de salir
-y volvió a sonreír ampliamente.
A mí me resultaba de lo más perturbador haber llegado hasta ese lugar
sin saber cómo. De pronto, a uno del grupo se le ocurrió decir:
-Pero hay un ascensor.
-¡Claro! -exclamó el de lentes, muy solícito.- Casi no se usa, pero
anda perfectamente. Aquí está -agregó, señalando algo en una pared
blanca que había frente a donde él estaba parado. Me acerque y vi que,
en efecto, allí había algo muy parecido a las rejas de un ascensor
antiguo; es decir, una puerta corrediza hecha de pequeñas varillas metálicas,
pintadas de negro, trabadas de tal forma mediante remaches que al
abrirse la puerta se disponen casi verticalmente todas, ocupando muy
poco espacio; en cambio, al correrse la puerta en el sentido inverso,
tienden hacia la horizontal, y hacen que la puerta cubra toda la
abertura de la pared. Detrás de esta puerta enrejada podía verse un
recinto oscuro que, supuse, sería la caja del ascensor.
-¡Apriete el botón, apriete el botón! -me urgió una voz, como para
evitar que el ascensor fuera reclamado desde otro piso, mientras varios
ayudaban en una tarea de adecuación. Evidentemente, el ascensor no se
usaba muy a menudo. Tenía un candado, que fue abierto, y descorrieron
la puerta. En el interior había objetos de madera, como paneles
barnizados, incluso un banco de escasa altura que corría todo a lo
largo de la pared del fondo del ascensor, y algunos listones de madera,
también barnizados; creí ver además papeles de diario que cubrían
algunos sectores, como protegiéndolos del barniz que estuvieron
aplicando. Las paredes de la caja del ascensor eran también de madera
barnizada, veteada, y tenían espejos largos y angostos a los costados,
pero no en el fondo. Me recordó esos objetos antiguos, como reliquias,
que pueden encontrarse a veces en las casas de remate.
-Ya está -me dijo el hombre de lentes-. Suba nomás, que todo está
bien.
Yo mostraba cierto recelo, y se me notaba, por lo que insistió, amable
y firmemente.
-Suba, suba -decía-. No hay nada que temer. Marcha perfectamente.
Les di las gracias a todos ellos y entré a la caja del ascensor.
Alguien cerró la puerta enrejada y yo cerré unas puertas interiores,
de madera vidriada, que permitían ver hacia afuera, y sin necesidad de
apretar ningún botón el aparato se puso en marcha. Arrancó
lentamente, y en pocos instantes cobró una velocidad importante, que en
cierto momento casi llegó a ser de caída; no logré ver gran cosa a
través de los vidrios, apenas una impresión de pisos que iban quedando
atrás, o arriba, en parte por la velocidad pero sobre todo porque la
iluminación de esos pisos era demasiado pobre, o difusa, como para
permitirme individualizar imágenes o al menos hacerme una idea de cómo
eran esos ámbitos; y cuando empezaba a temer que el viaje se prolongara
mucho más, y siempre a velocidad creciente, se sintió el accionar de
unos frenos, suaves pero efectivos, que fueron reduciendo gradualmente
la velocidad hasta que el aparato se detuvo. Había llegado sin ningún
problema a la planta baja, o donde quiera que fuera que me habían
enviado. Salí del ascensor, pensando cómo debía dejarlo, si con las
puertas abiertas o cerradas, y vi que en el suelo de la planta baja había
más papeles de diario y más objetos de madera barnizados o en trámite
de serlo; había además un tacho con barniz y un pincel. Miré
alrededor pero no vi a nadie a quien preguntar qué hacer con el
ascensor, y resolví cerrar las puertas, aunque me parecía que antes
debía acomodar en su interior esos listones de madera que estaban
sueltos sobre el piso. Finalmente me desentendí de estas cavilaciones,
dejé el ascensor cerrado y salí de ese pequeño espacio, pensando que
por una puerta que veía, bastante amplia, con marco de metal, accedería
a aquel mercado y a sus cuartos de baño, pero me encontré en un
espacio al aire libre, más amplio pero también reducido, que parecía
corresponderse con los fondos de una casita. Se trataba de un jardín,
con dos o tres árboles no muy frondosos, piso de tierra, y un cerco
todo alrededor que me aislaba nuevamente de la calle; ante mí estaba la
pared del fondo de la casita. Ahora no había duda posible: no tenía
otra manera de salir de allí que entrando a la casa, por una puerta que
veía en esa pared; la puerta tenía una cerradura tipo Yale. También
se veía un par de ventanas, con los visillos echados. Mi necesidad de
ir al baño ya era insoslayable; el mecanismo de entretener al que
duerme para que no se despierte comenzó a dar muestras de estar
perdiendo el dominio de la situación, ya que volvió a echar mano de
aquel hombre insoportable que hacía discursos allá arriba. Apareció,
sin que supiera desde dónde, y trató nuevamente de darme conversación,
siempre con su aire muy amable y sonriente; pero yo ya estaba alerta, me
dije que las cosas habían llegado a punto insostenible, y logré
despertarme.
Publicado originalmente en Posdata, Montevideo, números
145 y 146,
27 de junio y 4 de julio de 1997)
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El espanto en el silencio de la madrugada.
Tangenciales, se mueven cerca, imposible mirarlas de frente, dan
vueltas, evolucionan, desaparecen, nunca estuvieron. Difícil poder
diferenciarlas de intuiciones o emociones o impulsos propios, aunque
hace tiempo que no puedo conformarme con esto de propio o ajeno cuando
se trata de fenómenos psíquicos; todo es una zona confusa, y mi mente
está confusa, y estoy tratando de aclarar mi mente, pero mi mente no es
mi mente, nunca fue mi mente, nunca nada fue mío y "mi" y
"mío" sólo son palabras provisorias, como "yo".
Sudo, tengo los brazos rígidos. Hace tiempo, mucho tiempo que no
escribo, que no quiero escribir porque sé que lo que quiero decir no se
puede decir, y quizás no sé si quiero decirlo o decir algo; lo que
quiero, concretamente, es poder ponerle un punto al pensamiento, hacer
una pausa, respirar, mirar a mi alrededor, levantando la vista desde la
punta de mis zapatos, levantar la vista y mirar alrededor, mirar hacia
arriba, respirar, volver a mirar, y retomar un pensamiento acotado, útil,
distinto, un pensamiento que pueda servirme para algo, en lugar de este
telón enfermo que sólo quiere velar un trasfondo enfermo CORTE: aquí
aparece el nítido recuerdo de aquella noche extranjera cuando elegí
esto. Ella estaba dormida, enferma y dormida, yo como siempre solo a
solas con mis pensamientos, sin prestar atención casi a esos
pensamientos que llamo míos pero que, hoy lo sé, no puede saberse
exactamente de quién son, de quiénes son, si es que son de alguien;
los pensamientos parecen formularse solos, tener vida propia, como
vegetales o medusas que flotan en un internet invisible en torno de
nuestras cabezas. Un internet casi imposible de navegar, al menos para mí.
Ese internet invisible me sugiere o me lleva de esto a lo otro pero algún
pensamiento debe tener su origen en mi ser, creo yo, y otra vez este
"mi" impertinente. ¿Qué es mi ser, sino un fragmento del
Ser? Costumbre de pensar desde el yo, esa formación convencional y
reciente, y olvidarse de lo inmenso que es el resto, y desperdiciarlo,
como quien comiera un trozo de la cáscara y arrojara el resto de la
ciruela a la basura.
En aquella noche extranjera me surgió una imagen que después utilicé
en un libro de cuentos; dos muchachas muy jóvenes masticando un solo
chicle, unidas por un hilo de chicle, y van acercando las caras, mascan
el chicle, sonrientes, como pretexto para acercar las caras, y los
labios se tocan y se detienen en un beso, y luego se alejan, y al
alejarse, en aquella noche extranjera, al separarse los labios y
alejarse las cabezas, se descorrió el telón de mi mente, con los
pensamientos dibujados eso se llama satori, supe después, mucho
después, como impresos, detenidos: los pensamientos se detuvieron y
quedaron dibujados, eran dibujos aceptables, como caligráficos, eran
como palabras escritas con fiorituras, quietas por fin, y el telón con
las palabras impresas comenzó a abrirse y a mostrar el fondo, un fondo
vacío, una nada perfecta, una sensación de descanso total, y entonces
algo me impulsó, me obligó a elegir.
Tenía la mente clara, demasiado clara. El universo parecía suspendido,
esperando mi decisión. "¿Qué debo hacer? ¿Qué debo
hacer?", pensaba, pero no pensaba; era algo que estaba dado, no un
pensamiento; era una voluntad o un sentimiento, algo que estaba fuera
del telón con pensamientos. No podía pensar, hasta que elegí pensar.
Elegí esto. Empecé a pensar de vuelta, y hasta ahora seguí pensando,
o dejándome pensar por ESO que piensa a mi alrededor y me atraviesa.
Elegí esto porque creí que lo otro, aquel vacío que me permitía
descansar, era la locura. Tal vez lo fuese. Tal vez haya elegido bien,
pero después pensé que había elegido mal. Era, quizás, la locura,
pero esto ¿qué es? Estos años... más de veinte, veinticinco, veintiséis
años cargando con todo esto. Elegí por temor, lo conocido; porque,
pensé, no tengo derecho a cargar con un loco a esta mujer enferma que
ahora duerme a mi lado -pensé, en la noche extranjera. Habría sido
feliz, tal vez, pero qué vida más extraña. O quizás no. Quizás ni
siquiera elegí, aunque estoy seguro de que algo me obligó a elegir.
Después volví muchas veces a buscar aquel vacío, pero no encontré la
forma de llegar. El telón siguió corrido siempre, sin nada escrito,
quieto, sin nada impreso; las palabras siguieron pasando invisibles, con
el nombre de pensamientos. Palabras que forman dibujos, un trazado errático,
con idas y vueltas, infinito, inútil. La mente. El espanto en el
silencio de la madrugada.
Publicado originalmente en INSOMNIA Nº 118,
suplemento de POSDATA Nº 289,
14 de abril de 2000.
[ilustró: Saurio]
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