Solitario
en su tierra uruguaya, Felisberto no responde a influencias perceptibles
y vive toda su vida como replegado sobre sí mismo, solamente atento a
interrogaciones interiores que lo arrancan a la indiferencia y al
descuido de lo cotidiano. No es casual que la abrumadora mayoría de sus
relatos haya sido escrita en primera persona (pero Las hortensias, gran
excepción, parecería volcarlo igualmente en el personaje central del
cuento en lo que toca a las pulsiones más hondas, acaso las más
inconfesables dentro del contexto de su ambiente y de su tiempo). Basta
iniciar la lectura de cualquiera de sus textos para que Felisberto esté
allí, un hombre triste y pobre que vive de conciertos de piano en círculos
de provincia, tal como él vivió siempre, tal como nos lo cuenta desde
el primer párrafo. Pero apenas lo reconocemos una vez más —buenos días,
Felisberto, ¿cómo te irá ahora, tendrás un poco más de dinero, las
piezas de tus hoteles serán menos horribles, te aplaudirán esta vez en
los teatros o los cafés, te amará esa mujer que estás mirando?—, en
ese reconocimiento que solo ha tomado unos pocos párrafos se instala ya
lo otro, el salto fulgurante a lo único que vale para él: el extrañamiento,
la indecible toma de contacto con lo inmediato, es decir con todo eso
que continuamente ignoramos o distanciamos en nombre de lo que se llama
vivir.
Ese deslizamiento a la vez natural y subrepticio que de entrada hace
pasar un relato gris y casi costumbrista a otros estratos donde está
esperando la otredad vertiginosa, sólo puede ser sentido y seguido por
lectores dispuestos a renunciar a lo lineal, a la mera rareza de una
narración donde suceden cosas insólitas. Si algo tienen los cuentos de
Felisberto es que no son insólitos, en la medida en que su infaltable
protagonista es también infaltablemente fiel a su propia visión y no
hace el menor esfuerzo por explicarla, por tender puentes de palabras
que ayuden a compartirla. La calificación de “literatura fantástica”
me ha parecido siempre falsa, incluso un poco perdonavidas (...).
Releyendo a Felisberto he llegado al punto máximo de este rechazo de la
etiqueta “fantástica”; nadie como él para disolverla en un increíble
enriquecimiento de la realidad total, que no sólo contiene lo
verificable sino que lo apuntala en el lomo del misterio como el
elefante apuntala al mundo en la cosmogonía hindú. (...).
Siempre secretamente angustiada, la crítica literaria llamada a situar
una obra como la de Felisberto tiende a sacar de su sombrero de copa el
gran conejo blanco del surrealismo; es una manera de fijar la imagen
antes de pasar a otra cosa, y además es cierto que el conejo está muy
vivo y que se pasea continuamente sobre el piano de Felisberto. Basta
leer La casa inundada o Las hortensias para que en el reverso de los párpados
asomen las pinturas de Leonora Carrington, de Remedios Varo, de Hans
Bellmer, de Paul Delvaux y de Magritte, sin hablar de queridas sombras más
remotas, Nerval o Von Arnim. Pero también aquí opera la maniobra
discriminatoria que Felisberto hubiera sido el primero en rechazar. ¿Hasta
cuándo se insistirá en situar al surrealismo en un terreno falsamente
privilegiado, lo que es una manera de marginarlo frente a una realidad
supuestamente más imperiosa e importante? ¿Hasta cuándo el absurdo
magisterio surrealista, fomentado antaño por Breton, más tarde por sus
epígonos, y siempre por una cierta crítica ávida de etiquetas
simplificadoras? Es bueno recordar que Felisberto vino una vez a París,
donde probablemente no vio a nadie; a mí me gusta pensar, con evidente
transgresión de la cronología, que si le hubiera dado la gana de
encontrarse con sus semejantes, no hubiera buscado la Iglesia del
surrealismo sino a Jarry y a Raymond Roussel. Y este último, gran
inventor de cuadros vivos, hubiera amado como nadie las muñecas de Las
hortensias y las flotantes budineras de La casa inundada, bellas como
las altas creaciones de su taumaturgo Canterel.
Para algunos de nosotros, gentes del Río de la Plata, los relatos de
Felisberto no cuentan por esas coexistencias que poco le hubieran
interesado a él, pero que me parece justo citar para aquellos que van a
leerlo por primera vez en España. Lo que amamos en Felisberto es la
llaneza, la falta total del empaque que tanto almidonó la literatura de
su tiempo. Totalmente entregado a una visión que lo desplaza de la
circunstancia ordinaria y lo hace acceder a otra ordenación de los
seres y de las cosas, a Felisberto no se le ocurre nunca reflexionar
sobre su país, sobre lo que está sucediendo en el plano histórico, y
se diría que su mirada se detiene en las paredes que le rodean, sin
esforzarse por extrapolar sus experiencias, por entrar en una estructura
de paisaje o de sociedad. Entonces, no paradójicamente aunque algunos
puedan pensarlo así, cada uno de sus relatos tiene la terrible fuerza
de instalar al lector en el Uruguay de su tiempo, y a mí me basta
releerlos para sentirme otra vez en las calles montevideanas, en los cafés
y los hoteles y los pueblos del interior donde todo se da como a
desgano, como él daría esos conciertos de piano llenos de polillas y
cuentas sin pagar y trajes alquilados. ¿Debe pedírsele más a un
narrador capaz de aliar lo cotidiano con lo excepcional al punto de
mostrar que pueden ser la misma cosa?
El drama actual del Uruguay está prefigurado en Felisberto (...).
Nuestras falencias —hablo del Uruguay y de la Argentina como de un
mismo país, porque lo son mal que les pese a los nacionalistas—,
nuestra fuerza secreta o desaforada, nuestra lenta, perezosa manera de
ser frente al destino planetario, toda la hermosura y la tristeza de un
patio de casa pobre o de un partido de naipes entre amigos, asoman en
esa especie de invencible desencanto que nace de los relatos de
Felisberto. Testigo sin ganas, espectador al sesgo, él toca sus tangos
para mujeres nostálgicas y cursis; como todos nuestros grandes
escritores, nos denuncia sin énfasis y a la vez nos alcanza una llave
para abrir las puertas del futuro y salir al aire libre. |