
(o apuntes para un vocabulario tentativo)
María Mercedes Andrade
Deshilvanamos con caricias esta tarde perezosa y de repente se me viene algo a la cabeza y te digo, pero díme (sin signo de interrogación, pues se trata de una pregunta sin respuesta), por qué será que la felicidad es mucho más inasible que el sufrimiento, por qué será que siempre resulta innombrable y es más fácil en cambio hablar de amores fracasados de los cuales me queda apenas un recuerdo tenue, relatar todo un catálogo de amarguras que trato de guardar con terquedad en la memoria, recrear esos cuerpos del pasado que a estas alturas me invento, porque ya no sé bien los detalles, pero que desempolvo de vez en cuando para ponerlos en el papel, por qué será que es más fácil recurrir a esa estrategia que escribir ahora la alegría. Acaso seamos más susceptibles a la tragedia, será por la literatura, será por la historia entera de una cultura. Al fin y al cabo, llevamos en la memoria tanto texto, tanta lidia y conquista, tanto amor que es una batalla de fuerzas, y es tal vez por eso que casi nunca logro escribirte una sola palabra, a tí que perteneces al mundo de mi felicidad, a tí, cuyo olor conozco de memoria. Te has dado cuenta de que casi nunca te nombro en mis escritos, que he preferido en cambio trazar pasados difusos, escenas de melodrama por suerte pretéritas, pero al parecer más maleables a la narrativa que nuestra cotidianeidad afortunada y sé que te pongo nervioso con tanta reflexión, que preferirías en cambio que continuáramos nuestra conversación inarticulada, en lugar de tanto rizar el rizo, qué manera de arruinar el momento con esa manía de las palabras. ¿Qué puedo hacer? Qué más da si resulta que tengo que decirlo, aunque la mitad de las veces terminemos discutiendo cuando sólo queríamos charlar y a pesar de que casi siempre te pones intranquilo porque sospechas que dentro de poco la conversación adquirirá vida propia, perderás el control y cualquier cosa que digas será usada en tu contra, intuyes trampas que no te he puesto y me vigilas frío, hostil.
Tú prefieres decirme las cosas indirectamente, me has dicho, con un gesto, o incluso una caricia sorpresiva e irreverente en un lugar público, quiero decir, en un restaurante o en plena calle, para poderte dar el gusto supremo de verme sonrojar, tú, dices, crees mucho más en el lenguaje de los actos. Pero la verdad es que de vez en cuando siento un deseo irreprimible de escuchar una taxonomía habitual, quiero que te deshagas en metáforas o en citas sin comillas, quiero un amor más acorde con la narrativa de occidente, quiero que me veas desvalida y que me ruegues que te bese con los besos de mi boca, que me digas que mejor que el vino mis amores, que paloma son mis ojos, que mi melena cual rebaño de cabras, o aunque sea (y que conste que pido poco), que son mis dientes como perlas o mis ojos como estrellas o mis cabellos como oro bruñido (y ya sé que no soy rubia). Al fin y al cabo, ¿quién soy yo para estar más allá de toda convención literaria?
Te has incorporado en la cama pues te has dado por vencido y sabes que ahora ya no voy a desistir, y me oyes decir que, ya sabes lo que viene, mira, yo sí voy a tratar de decirlo, y fíjate que a mi auxilio no acude ninguna tradición poética, date cuenta de que de esto tampoco se habla y que por supuesto las metáforas no son transferibles y resultan bochornosas pues cuál es equivalente masculino (otra pregunta sin respuesta) de los ya nombrados dientes de perlas, los senos como duraznos o la piel de porcelana. Imposible. Tengo entonces que inventar un nuevo vocabulario y una nueva puntuación, pues nadie me ha enseñado a nombrarte, y habría que hablar de manera tentativa, mencionar, por ejemplo, tu olor que se me enreda tus cejas que esbozan una pregunta los lunares de tu espalda el pelo que has perdido y el que todavía tienes los idiomas que te inventas para hablarme el refugio que es tu estómago la insistencia de tu sexo la curiosidad de tus manos tu manera de buscar la ruta más larga hasta mí tu cara abandonada al placer. Ya ves, cualquiera se queda sin aliento y éste es apenas un tímido comienzo, no el nacimiento de un género literario, ni mucho menos. Te ríes, me dices que te hago gracia, pero en el fondo te asustas porque ya va a ser tu turno, y ahora, ¿qué me vas a decir? Piensas que yo quisiera oir… si supieras lo que yo quisiera oir, de buena gana me lo dirías.
Pero no importa, voy impulsada, y te comento de paso que hemos elevado la acrobática a nivel de arte, que estos años de perfeccionamiento por supuesto no se improvisan, y te ríes, no, en serio, señoras y señores, ¡qué maestría! y te pones medio tímido con el piropo (no te acostumbras a que diga tanta cosa) pero tú en cambio no me dices lo que deberías decirme, no me dices lo que quiero oir cuando te repito que nunca había llegado a querer tanto a nadie, que es que tú tampoco habías llegado a querer tanto a nadie, hasta que me desespero y te pregunto que si alguna vez habías llegado a querer tanto a alguien y me dices parco no, a nadie. Pero por supuesto que me quedo con la duda, porque te lo hice decir a la fuerza y no sé si te salió del alma, y ahora eso qué significa. Así que insisto una vez más con el tono de confesión, perdonarás ahora el tono de confesión, digo, pero es que todavía de vez en cuando me sorprendo y pienso que tengo una suerte enorme y qué dicha que me hayas salvado tú de tanto macho criollo, imagínate qué haría yo con un marido cuadriculado, predecible y seguro que hasta púdico, que quisiera hacer de mí una señora bien, con el desastre que soy como ama de casa, imagínate qué haría yo sin tu boca recorriéndome la espalda. Te ríes de nuevo, pero preferirías que lo dejara, qué manera tan terrible de enredar la pita, y preferirías más bien no gastar más las palabras y continuar la conversación sin tanto hablar, aunque ya, para ser francos, se te están quitando las ganas, y entonces te das cuenta de que me ha cambiado un poco la mirada, que te miro como esperando algo concreto, como si debieras decir algo pero no logras imaginar qué será, y alargas el tiempo y el silencio de tu lado de la cama hasta que incluso tú te pones nervioso y me dices con ese tono que conozco y que duele en el bajo vientre ¿qué te pasa?
Nada. Me levanto malhumorada. Al fin y al cabo, en occidente el amor siempre es guerra.
Publicado en Revista Hybrido, Año VIII, Vol. 8, Nueva York, mayo de 2006: 8-9.