
Entrevista a Edda Fabri
por Veronica Marmion
Edda Fabbri (Uruguay) integró el Movimiento de Liberación Nacional Tupamaros en los años 70 siendo apresada en 1971; se escapa poco después junto a otras 38 compañeras en la fuga que se conoció como La Estrella. En 1972 volvió a ser encarcelada hasta 1985. Desde entonces se ha desempeñado, entre otras actividades, como correctora de textos, escribiendo esporádicamente para el semanario Brecha.
En 1998 prologó el libro Aber wir haben immer auf da leben gesetzt de las periodistas alemanas Irene Rosekötter y Monika Berberich (ex integrante de la guerrilla Baader-Meihoff). En 2003 publicó el relato “Del lado de las luces” en el tercer volumen de la colección Memoria para armar.
En 2006 obtuvo el Primer Premio Casa de las Américas, Categoría Testimonio, por su libro Oblivion.
P. : ¿En que momento de tu vida decidiste ser escritora, y por qué?
R.: No sé cuándo decidí eso, no sé si alguna vez lo decidí. O tal vez lo decidí sin saberlo, debe ser algo muy antiguo, creo. No sé cuándo uno toma las decisiones.
P. : ¿Qué impacto tuvo tu experiencia como estudiante de Letras en la Facultad de Humanidades, a nivel de tu escritura, lectura, y decodificación de tu contexto en general?
R.: Hace ya tiempo que pasé por la Facultad de Humanidades. Sé que disfruté mucho allí. Descubrí autores y maneras de leer para mí desconocidos. Leí muchísimo. Eso fue lo mejor.
P. : ¿Qué escritores constituyen tu referente literario?
R. Los referentes cambian. Uno lee y se fascina con unos u otros según qué anda buscando. En mi caso los que quedan siempre son los poetas: Quevedo, Garcilaso, Borges, las mujeres mínimas, secretas, Dante. El inglés me detiene, hasta ahí llego.
P. : ¿Qué papel ocupa el escritor, y el crítico literario, en la sociedad uruguaya actual?
R. No sé qué papel ocupan el escritor ni el crítico. Supongo que cada uno ocupará el lugar, la función que quiera y pueda ocupar. Yo no me pregunto eso. Escribí Oblivion porque necesitaba escribir, y necesitaba hacerlo sobre esos temas en particular. Nunca pensé en ningún papel que no fueran los cansados papeles míos, ese trabajo.
P. : ¿Por qué te parece que hay tan pocas escritoras de novelas, en Uruguay?
R. : Esto tampoco lo sé contestar. ¿Será que no nos interesa escribir novelas a la mayoría de las mujeres uruguayas que escribimos? ¿Será que sabemos que es tan difícil publicar acá? No lo sé. Yo nunca pensé en escribir una novela porque no tengo ni idea de cómo hacerlo.
6 P. : ¿Qué cosas reivindicás, y qué cosas te separan de Edda, en los años 70?
R. : Qué linda pregunta, y difícil. Me separa el tiempo, que es no decir nada. Me separa la historia, ese monstruo. Me une mi intimidad con ella, esa muchacha que fui, la que me ayudó a escribir, la que soplaba palabras para mí. Reivindico su inocencia, su confianza, su entrega. Es bastante.
P. : El premio que recibiste, marca un antes y un después, en tu trayectoria como escritora. ¿Qué cosas han cambiado?
R. : Hay un antes y un después pero eso lo marca el libro. Cuando recibí el premio, Oblivion era inédito, y antes no había publicado nada. Porque existe el libro me dicen ahora escritora.
P. : ¿Por qué Oblivion?
R. : Me gusta que la respuesta la dé el libro, no yo. Yo puedo decir: Oblivion es el nombre de un tango de Astor Piazzolla. Puedo decir que aprendí esa palabra del inglés leyendo “El inmortal”, de Jorge Luis Borges. El inglés es difícil, uno sabe poco.
OBLIVION : “El recreo”
Para salir al recreo había que bajar. Primero la escalera que unía el piso de arriba con el del medio. En éste estaba la puerta para el recreo, que se abría hacia una escalera que estaba afuera, al aire libre. Esta escalera era ancha y no muy larga. Antes de los escalones (o después, si uno venía de abajo) tenía un descanso. Yo no sé si ese edificio lo habían construido sobre un terreno de relleno, la cosa es que el patio de recreo estaba como hundido. Digamos por lo claro que era horrible. Y ahora sé que no era horrible él, en sí, aunque también lo era. Creo que lo más desagradable para mí era la sensación en el momento de salir. Estar parada ahí y desear, siempre, que por alguna razón la fila se detuviera. Poder quedarme ahí, no tener que seguir para abajo otra vez. Abajo caminábamos en vueltas, a veces había pelota y podíamos jugar, y también lavábamos la ropa, que eso sí nos gustaba. Meter las manos y los brazos en el agua, lavábamos en unas palanganas muy grandes, al principio no había piletas, y de la canilla salía un chorro muy fuerte de agua bien fría. En el recreo el agua parecía más limpia, más transparente, sería por el sol, ahora pienso.
Pero yo quería detenerme en el descanso porque desde allí se podía ver la distancia. Era el único lugar desde donde se podía ver así, con todo el ancho de la vista, con el aire y los colores naturales. Sólo en ese lugar se veía así y sólo en ese momento, el que demorábamos en recorrer el descanso, dos pasos. Así, el espacio del descanso era también el tiempo de recordar, de saberse ahí. Porque uno no siempre lo recordaba. El descanso unía, al tiempo que recordaba su distancia, dos mundos diferentes, adentro y afuera. Eran dos mundos bastante independientes, aunque a nosotras nos gustara pensar que no lo eran tanto.
Y no quiero decir que estuviéramos totalmente desconectadas de lo que pasaba afuera. Los familiares nos unían a la vida normal. La vida pasaba por ellos. Ellos sí se casaban o envejecían, se enfermaban, se embarazaban. Ellos pagaban alquiler, quedaban sin trabajo, sus cuerpos cambiaban. No teníamos fotos, muy pocas. Pero cada visita era una foto, la rosa imaginada. La vida verdadera estaba lejos.
Después del descanso empezaban enseguida los escalones, y allá abajo no se veía más que unas tablas verticales terminadas arriba en punta que habían puesto por fuera del alambrado y que les decíamos el fuerte. La fealdad del recreo venía de que estaba mayoritariamente a la sombra del edificio y de que estaba rodeado por ese alambrado y las maderas del fuerte que no dejaban ver nada.
La amplitud de la mirada, quiero decir la extensión del espacio observado, cambiaba el orden de los pensamientos. Digo el orden y pienso en su estructuración, sus jerarquías, algo así. Eso lo descubrí bastante al final, me llevó tiempo. Fue cuando me llevaron a una visita de niños. La visita de niños fue siempre sólo para las madres con hijos menores de 13, y era en un lugar distinto, no en el locutorio con sus vidrios y teléfonos. Visita directa, le decían ellos, nosotras le decíamos cuerpo a cuerpo. Muy al final también nos dieron visita de niños a todas, prácticamente, porque podían entrar sobrinos, nietos, todo tipo de niños. Yo fui a ver a mi sobrino. Para llegar al lugar tuve que caminar por un lugar sin vallas. Se veía a lo lejos. Gonzalo había nacido cuando yo ya estaba presa, así que sólo lo conocía por fotos. Era entonces casi adolescente. Recuerdo ahora sus ojos. Él me cantaba canciones de Queca Gada y se reía; la luz se quedaba toda entre sus párpados. Yo había mirado la distancia y ahora me metía en sus ojos de niño. El mundo todo cambiaba y yo cambiaba en frente de él.
En la cárcel estábamos siempre hablando del mundo de afuera, analizando ese mundo del que nos privaban y era nuestro. Sé que siempre desconfié de esos análisis. Es fácil decirlo ahora. No era fácil vivirlo. Querer a aquel mundo exterior y saberlo mío, pero sólo como eran míos el cielo o la distancia, nada más. Saberlo lejano, inasible de verdad, pensar que aquel mundo vivía por sí, gobernado por leyes o azares que yo desconocía, leyes y azares que me implicaban por cierto también a mí y que decidirían mi futuro sin preguntarme nada. Desconfiaba de esos análisis nuestros y sentí siempre que no tenía respuestas, no porque no las hubiera, sino porque yo en verdad no podía saberlas. Y pensaba que así como estábamos, tan lejos del mundo, sólo me quedaba vivir esa vida. Ella, así como era, era la mía. Desprovista de niños y cuentas y trabajo, no era, sin embargo, un paréntesis. Era vida de verdad, y los años que pasaban eran mis años, los únicos. No podía apostar al futuro. No podía pensar después voy a hacer esto o lo otro. No, la vida era esa, ahora puedo hacer esto o esto otro. Ahora es. La vida de afuera me pertenecía tanto como nos pertenece el deseo. La vida de afuera era la orilla de un sueño, una playa intocada.
Al subir pasábamos de nuevo por el lugar del recuerdo. A veces pasaba distraída, otras veces miraba rápido para atrás. El giro de la cabeza venía casi inmediatamente seguido de un grito. Qué mira, fulana (en lugar de fulana va un número de tres cifras). No mirar y recordarlo, no oír el grito. O mirar y conservarlo, el paisaje sabido y cambiante, mudo. A veces pasábamos por allí casi en la noche. Era cuando íbamos a recoger la ropa tendida abajo, o para colgarla, temprano, en las mañanas de invierno. Entre los árboles que parecían azules de tan oscuros, de tan lejos, a veces se veían las luces de los autos que pasaban por camino Maldonado.
Especial agradecimiento a Edda. V.M.