
Sandino Núñez: El capitalismo es el gran no dicho de la izquierda de Occidente
Pensar
los nuevos desafíos geopolíticos, resignificar términos vaciados, como
"izquierda", echar mano al psicoanálisis como hermenéutica política,
poner en discurso avatares de la construcción de nuevas subjetividades, son
algunas de las muchas tareas que ha emprendido el inquietante y lúcido
ensayista Sandino Núñez (Tacuarembó, 1961) en su más reciente libro, "Lo
sublime y lo obsceno".*
por Rafael Courtoisie
-¿Qué es "pensar" en el Uruguay de hoy?
-Simpatizo bastante con toda la problematicidad entre soberbia e ingenua que
se adhiere al concepto "pensar". Quiero entenderlo un poco convencionalmente
como una práctica crítico-reflexiva de la escritura, una práctica siempre
orientada políticamente. Si marchamos en esa dirección es imposible no hablar,
queramos o no, de los viejos mitos liberales voltaireanos de la circulación pública
de las "ideas": la escritura, la educación, el ensayo, el editorial.
Imposible no hablar (permítaseme usar una palabra pasada de moda) del
compromiso. En ese sentido, pensar es una práctica que se ha perdido o se ha
ido perdiendo. Y no me estoy refiriendo a una utopía pública sacrificada por
las catástrofes, por las grandes formas del deterioro social de los últimos 50
años o su prodigiosa aceleración en los últimos diez (pobreza crítica,
indigencia, analfabetismo, violencia, en fin...). Acá me refiero, más
trivialmente, a ciertas formas, ciertas técnicas, ciertas dinámicas de
escritura, de intercambio o de intervención, que ya no son de estilo entre las
minorías intelectuales -por distintas razones, algunas profundamente
enlazadas con estas grandes formas del deterioro social que mencioné-. El
intelectual se ha especializado, se ha vuelto profesional o académico, se
inscribe en tal o cual disciplina, milita en tal o cual forma institucional.
-¿El llamado "intelectual" se ha vuelto un artesano, un burócrata
"hacedor" de ciertos papeles?
-Papers, monografías, ponencias o tesinas sustituyen al ensayo, a la crítica,
a la interpretación, al juicio, o incluso a la opinión, y me parece que eso no
es una ganancia. Por otro lado, especie de contrapeso insurrecto o subversivo a
la rigidez de la escritura institucional, académica o conservadora (pero también
mutación provocada por el mercado editorial), emerge una multitud de escrituras
"creativas", de formas híbridas entre la poesía, la ficción o la creación
literaria, y disciplinas o corrientes académicas más o menos "serias", en
un abanico que abarca desde los consejos estoicos de la autoayuda hasta la
llamada novela histórica, la viñeta testimonial, las biografías noveladas,
los pequeños saberes, los aforismos... En el medio, entre estas dos grandes
formas, hay todo un genio de la escritura que se ha perdido o que se está
perdiendo: y ahí, en lo que se pierde, está precisamente el "pensar" de la
pregunta.
-Ese "pensar" que falta, ¿es posible hoy en un país pobre y periférico?
La pregunta está en su libro y reflexiona sobre las condicionantes críticas de
la situación uruguaya.
-Me interesó insistir con cierta escena catastrófica en la que un país de
profunda vocación política republicana, con una firme estructura institucional
de partidos políticos y hecho casi laboratorialmente en el proyecto platónico
de un Estado fuerte y civilizador, está siendo hoy profunda y vistosamente dañado
en la trama capilar de sus vínculos sociales por el famoso capitalismo global:
mercantil, liberal, especulativo, territorial, mediático, de hiperconsumo, de
adicciones, de diferencias, de dispersión, de multiplicidad. Pensar fue quizá,
por un instante real o virtual, una modalidad o una tecnología del vínculo
social, y la más importante, me atrevería a decir: práctica fundamental en el
espacio político-público. Pensar como el gran asunto de los humanismos
racionalistas modernos y como el gran asunto de la política, en suma:
conciencia, autorreflexión, responsabilidad, subjetividad, como requisitos y
como técnicas de socialización. Ahora bien. Es toda esa gran tópica, ese
concepto fundamental de lo político-público, lo que está siendo arrasado por
la violencia territorializante del capitalismo global.
-Su último planteo puede sonar "nostálgico".
-No me preocupa demasiado si todo esto suena a nostalgia por un pasado mítico
perdido, o como una invitación a luchar por la recuperación de ciertos
momentos de la política liberal a la francesa que Uruguay supuestamente tuvo.
La situación es demasiado grave, demasiado urgente. Pensar obtiene entonces un
sentido especial, en Uruguay y hoy.
Habría otras posibilidades de plantear respuestas: Uruguay como idiosincrasia,
como psicología, cansina, siestera o cómoda, y todo el folclore del país mesócrata,
pero en fin, como Bartleby, preferiría no hacerlo.
-¿Cómo le explicaría a alguien que gusta de la cumbia villera eso de
"geopolítica de la subjetividad"?
-Es una pregunta más bien extraña. El gusto por la cumbia villera, en
principio, no recorta necesariamente algo que vaya más allá de eso que
precisamente es: un gusto. De todas maneras aceptemos que ese gusto remite a
cierto "mundo de la vida" (por así decirlo), un estilo sociocultural, un
imaginario, una psicología, cierta forma de ver las cosas, de entenderlas, de
intercambiarlas, diferentes a los míos. Podría entonces plantearse el problema
de la comunicación o la negociación de mundos de la vida distintos o heterogéneos.
Usted, señor, que escribió un libro complicado, explíqueselo a esta gente que
no habla su lenguaje. En tal caso no sabría bien qué decir, excepto
generalidades como que no comparto necesariamente el mito democrático de la
escritura (todos deben ser capaces de leer todo, etcétera). Pero, si no
entiendo mal, la pregunta es mucho más puntual: habla de un caso muy específico
de intercambio comunicativo: la trasmisión o la enseñanza. Un grupo social
(representado por mí, para el caso: fofito céntrico, civilizado, libresco,
intelectualizado, universitario), por alguna razón se ve en la necesidad o en
la obligación de explicar su mundo de la vida a otro (representado por la
cumbia villera: veloces y barullentos mutantes funcionales, venganza de la
cultura popular sobre la civilización céntrica en tiempos del capitalismo mediático).
Digamos: yo publico un libro sobre la subjetividad con pretensiones teóricas
universales (por así decirlo); el villero no publica libros e ignora la
estrategia de la universalidad. Inmediatamente surge una multitud de pequeños
contrasentidos. En primer lugar: si yo explico mi imaginario es porque lo
racionalizo o lo problematizo, por lo cual la explicación o la trasmisión de
mi imaginario presupone la trasmisión de la tecnología de la racionalización,
la trasmisión de cierta trascendencia con relación a mis creencias, mis
opiniones, mi voz, mis herramientas comunicativas, mis estrategias vitales, en
fin. Es el gran punto de la educación: enseño menos contenidos que tecnologías
organizativas, conceptos, teorías, ligaduras conceptuales, criterios de
relevancia, formas de archivar. O sea, el logos, la propia racionalidad. Ahí
reside la enorme potencia de eso que algunos llaman "logocentrismo". La
necesidad de enseñar mi imaginario (una voz, un mundo de la vida) es lo que lo
promueve a la estatura de un simbólico (un saber, una razón, una
universalidad). Tengo una teoría sobre mí y por lo tanto tengo,
proyectivamente, una teoría sobre el otro, y eso habla probablemente de cierta
voluntad, cierto proyecto o cierto deseo expansionista, pero que quizás sea una
consecuencia de esa ventaja técnica llamada logos o razón.
-¿Hay un punto de intersección entre el hipotético "cumbiavillerista"
mencionado y el "profesor"?
-No hay un punto o una escena en la que el mutante funcional y el profesor del
centro negocien democráticamente sus mundos de la vida. Esa escena imposible es
la vida pública, la escena política, y esa escena está ya estructurada por
los símbolos del centro: la razón, el logos. La escena política, que es
siempre una escena educativa, está hecha en ese desequilibrio, en esa falla
estructural. Ahora bien, cierta sensibilidad multiculturalista de los últimos
tiempos sospecha que no hay intervención educativa que no sea, en cierto modo,
inmoral. Y el problema es que el miedo a esa inmoralidad solamente conduce a
formas extáticas del respeto por la diferencia, formas asimbólicas, totalmente
incapaces de crear dinámicas políticas. Qué diferentes que somos todos, qué
vértigo ese juego microscópico de ser únicos: sólo cabe responder con un
respeto casi ecológico por la multiplicidad, por lo diverso, por la vida. Y es
ahí que la territorialidad más violenta del capitalismo se termina por asociar
impensadamente con la simpatía del intelectual por la cultura popular, las
culturas "su-balternas", "menores", "alternativas", etcétera, o
mejor, con las culpas del intelectual por haberla "civilizado" o haberla
querido civilizar alguna vez. Este es uno de los aspectos más terribles e irónicos
del actual capitalismo global mediático: la realización de un ideal democrático
radical. Es una democracia sin justicia, por cierto, y también sin rebeldía,
sin pulsión emancipatoria, sin un sentimiento generalizable de injusticia, de
carencia estructural que dispare y organice una lucha.
-¿Qué significa la expresión "izquierda" hoy?
-Imposible no ligar directamente esta pregunta al paquete de temas que veníamos
mencionando. Desconsoladamente, Alain Badiou piensa a las izquierdas en el
actual contexto global como artefactos administrativos que el capital necesita
para hacer negocios que ya no son posibles con las derechas o las centroderechas
debido a su falta de apoyo popular. Imposible no pensar que no es porque sí que
el tlc con Estados Unidos no es un tema al que la sociedad civil uruguaya se
muestre dispuesta a ofrecer la misma resistencia que la ecuatoriana
(independientemente de los términos específicos de ambos tratados), o pensar
en el significativo silencio general con relación a la Unitas, y así podríamos
seguir poniendo ejemplos. Quizá esto es un poco exagerado, pero creo que tiene
la virtud de abrirse a la posibilidad misma de una profunda y necesaria revisión
del concepto mismo de "izquierda". Hoy y por estas coordenadas geográficas,
se entiende, pues no es lo mismo ser radical o terminante con la izquierda en
Francia que en Uruguay: no hipotecamos las mismas cosas ni con la misma
intensidad.
-¿Es decir?
-Quiero, entonces, plantear algo un poco más juicioso o cauteloso. Históricamente,
la izquierda se ha asociado a cierta sensibilidad práxica por cuestiones de
justicia social y económica, y a una crítica intelectual sostenida al
capitalismo y a su motor inherente: la explotación y la injusticia (por más
que estos dos temas varíen, siempre se recortan sobre el telón de fondo del
capitalismo: moderno o posmoderno, industrial o posindustrial, estatal o
autorregulado, universal o global). Ahora bien, después de las catástrofes de
los años ochenta del siglo pasado (caída del socialismo y de los muros, fin
del equilibrio del terror, capitalismo triunfante, violenta expansión de los
mercados) hubo una notoria sensibilización con relación a los temas de la
democracia, la tolerancia y el respeto, cierto terror generalizado al
despotismo, a las tiranías, a la militarización o policialización de la vida
social, que también incluía una gran desconfianza en la representación, la
universalidad, la subjetividad, lo trascendental y todo eso que podríamos
caracterizar como "la tecnología logocéntrica de la política occidental".
La praxis de izquierda comenzaba a incluir, y a incluir privilegiadamente,
cierto "fuera de escena", aspectos olvidados, negados o negligenciados por
el dogma clásico que no iban a tardar en adueñarse del centro mismo de la
escena, hasta expulsar del escenario, final y previsiblemente, a esas cuestiones
tradicionales de la izquierda marxista: explotación, injusticia, capitalismo.
Hoy, parece mentira, el capitalismo, la explotación y la injusticia son el gran
no dicho de la izquierda en Occidente. En su lugar la política parecería girar
solamente alrededor de los temas de la democracia como juego del respeto
cultural por las diferencias, la tolerancia, la multiplicidad, las denuncias a
la discriminación, en fin. Son las llamadas "nuevas izquierdas". Florecen
en el Primer Mundo, y más específicamente, en mi opinión, y por cuestiones
que exceden un poco el formato de este intercambio, en culturas de profunda
raigambre luterana, protestante. Si por izquierda entendemos un programa basado
en ese vago ideal democrático-igualitario, eso me parece hoy un error político
gravísimo en el Tercer Mundo, y particularmente en culturas políticas de
marcada tradición republicana, como la nuestra. Creo que la política hoy es el
contrapeso de la circulación asimbólica, devastadora y obscena, de capital y
mercancías. La izquierda entonces (¿quién si no?, aunque no nos vamos a
terminar peleando por la palabra "izquierda") debería calificar mejor el
problema de la vigencia misma de la política como pieza fundamental del vínculo
social. Debería pensar mejor el tema del Estado y de la sociedad civil, el tema
del gobierno y de la gobernabilidad (ciertamente), lo público, la educación,
en fin. No quizás para detener o cortar, pero sí para controlar ese flujo
global e indiscriminado de adicciones y necesidades, es decir menos para
combatir o vencer que para resistir el embate devastador y masivo del
capitalismo global.
-¿Cómo se puede aplicar el psicoanálisis al pensamiento político?
-En Lo sublime y lo obsceno sostengo que el psicoanálisis es parte de la práctica
política del Occidente moderno. Y lo es en un sentido bien preciso y orgánico.
A partir de algún momento se hizo necesario que las personas fueran menos
contadas, visibilizadas, ordenadas o disciplinadas que subjetivadas. Y esto
indica un desplazamiento desde el poder territorial militar o policíaco al
gobierno y a la política. Y el psicoanálisis es, antes que nada, una
estrategia de gobierno en el sentido de que se trata de una práctica educativa,
hermenéutica, subjetivante. Me parece claro en cierto sentido que, contra las
prácticas médicas, psiquiátricas o clínicas, vinculadas a lo
visual-territorial (vigilancia) y a las lógicas mecánicas (ortopedia,
disciplina), Freud instalaba una máquina anímica, hipnótica, literaria,
transferencial, confesional, simbólica. Se trataba de fundar la subjetividad
como un sentido profundo de regulación social, el tema de la responsabilidad
erasmiana a través de la culpa, la permanente interpretabilidad de todo. En
fin, lo cierto es que en la moderna mitología transferencial de la política
las "patologías" del alma humana no se oponen a un valor discreto o
absoluto de salud o normalidad, como en la ontología territorial militar (no se
trata en absoluto de "patología" en un sentido médico), sino que se ligan
y disparan un deseo o una curiosidad autointerpretativa a partir de la que
decanta el Yo, una subjetividad cartesiana fuerte, autorreflexiva,
trascendental, universal. En este sentido no hay que aplicar el psicoanálisis
al pensamiento político: la invención de la política es coextensiva al
psicoanálisis, si olvidamos los protocolos institucionales para definir al
psicoanálisis y lo pensamos fundamentalmente como una práctica hermenéutico-didáctica
subjetivante, y nos tomamos la libertad de incluir en ese paradigma a las
tecnologías autorreflexivas socráticas, por ejemplo.
Ahora bien, hoy me parece que el problema político es una especie de muerte de
la política misma a manos de la democracia radical y obscena de la circulación
de capital y mercancías, con su vistoso y violento carnaval de degradaciones:
el Yo cae en identidad y en pertenencia a la tribu o a la manada, lo
revolucionario o lo subversivo cae en lo espectacular o en lo escandaloso, el
deseo cae en adicción, lo popular cae en lo masivo, la clase cae en la minoría,
en la etnia o en el género. Y toda esta catástrofe, podría decirse, cuenta
con la complicidad de ciertos sectores de la intelectualidad de izquierda que
consideran que los temas del racionalismo crítico pertenecen al pasado oscuro,
dogmático y tiránico de la filosofía política. El papel del psicoanálisis
en esa lucha, en esa resistencia (digamos, para usar una palabra que viene
doblemente al caso), resulta así bastante obvio.
* Lo sublime y lo obsceno. Geopolítica de la subjetividad, de Sandino Andrés Núñez. Libros del Zorzal. Buenos Aires, 2005. 206 págs.