La Ciudad Letrada onet

 

 

 

Alfredo Zitarrosa

Onetti y el tango


Hay una mitología preparada para sostenerlo. Vive en un apartamento
de la calle Gonzalo Ramírez, donde toma cerveza, ciñéndose los
pantalones por debajo del abdomen. Su impermeabilidad mítica, su
"aspereza", si no bastaran la fama y el malentendido para dotarla de
significados que se renuevan, a despecho o a favor de la realidad,
viéndolo a él y hablándole, parecen sólo unos signos y unos gestos
más, manejados a conciencia, una parte significativa de su lenguaje
(¿medios o fines del arte?), que apenas alcanzan a encubrir el poco
enigmático estrabismo, la ternura y la hombría dulce de este hombre
con lentes que es Onetti. En fin, hay que averiguárselas para
presentarlo en términos que justifiquen un reportaje más, con un
preámbulo completo que lo ponga al alcance de la mano, porque está
vivito y coleando, hay que decirlo. ¿Y quién no le teme a Onetti,
quién le conversa de algo a este triste apasionado, aunque se trate
de conversar sobre Gardel?

Menuda tarea le tocó: ir a ver a Onetti, escribir sobre tamaña cosa.
Cuando le encargaron la nota primero no contestó, la cabeza le
trabajó de varias maneras y, después que compuso unos razonamiento
adecuados, aceptó. Pensó en 1a fuerza de realidad que tienen los
pensamientos de los que piensan poco, sobre todo cuando no
divagan..." (El pozo, Onetti, Montevideo, 1939, p. 40).
Después quiso recurrir al mismísimo Gardel, pero no pudo evocar
ningún tango apropiado para esas circunstancias. Llamó un taxi,
mientras se autosugería otras frases reveladoras, éstas de su propio
ingenio, tales como "ahora sí que estás frito", y con aquella
disposición de espíritu indicó la dirección dudosa que le habían
dado. Tuvo suerte porque se equivocó y se bajó mal. Estaba oscuro
como se debe, prendió un fósforo y tocó el timbre de la primera
portería del primer edificio grande que vio, preguntando si ahí
vivía Onetti. Cosa sorprendente, vivía ahí. Entonces, subió al sexto
piso. Verdaderamente, dice que sucedió de esta manera:

Cuando después de varios minutos se abrió la puerta, apareció un
individuo alto, idéntico al retrato de Sábat, ése donde parece un
pez-martillo. Me miró como a un germen con leve fastidio y con
curiosidad implícita.

-¿El señor Juan Carlos Onetti?

Tal vez para emplear una frase amenazadora, hizo una pausa y me
contestó:

-Onetti.

Yo hice otra pausa, tragué saliva y empecé a explicarle que venía a
molestarlo para hacerle unas preguntas sobre Gardel. Creo que seguí
hablando sobre la molestia, aunque él ya me había hecho entrar -a
veces me paso de sensibilidad-, pero estoy seguro de haberme
referido también al honor que representaba para mí. Lo cierto y sin
embargo es que, cuando quise acordar, estaba solo y él se había ido
para la cocina. En la pared había pegados numerosos recortes, fotos
y una cédula de identidad que me llamó la atención: pinchada encima
de una descripción tipométrica del rostro, con la interpretación
científica de la descripción, escrita a máquina, era una cédula de
Onetti.
Cuando escuché que volvía aquel silencio ya era insoportable. Tal
vez me imaginaba, y queda ahuyentarlas, unas dificultades enormes
para hablar; o tal vez estuve atribuyéndoselas a él, por esos
movimientos lentos que hace, ceremoniales, o por aquel ritmo
reflexivo, de sus frases cortas, las pocas que había dicho. Le
pregunté sin preámbulos por qué era tan famoso; sin alcanzar a ver
lo indecoroso de aquella cuestión vi que se sentaba y dijo:

-Porque la fama es puro cuento, botija.

Sobrevino el silencio otra vez. Irremediablemente yo habría quedado
bajo los efectos de mi torpeza, si no hubiera sido porque él
consiguió lápiz y papel, abrió una botella, me invitó a sentarme y
me explicó lentamente, para empezar, qué difícil nos iba a ser
hablar sobre Gardel.

"Lo conocí en el teatro 18, cantando. Después lo vi varias veces, de
mesa a mesa, en aquel café donde se comían unas milanesas redondas,
al lado del Tipí Viejo. Hoyos de Monterrey; vos no lo conociste. Era
en aquella época de la zarzuela -(no puede afirmarse que haya dicho
exactamente eso; probablemente se refirió a la compañía de zarzuela
en la que actuó Gardel, año 30), "un desastre de compañía, y la
gente llegaba al final, para oírlo cantar; a esa hora había un
repunte bestial en la venta de las entradas. La temporada iba mal;
Gardel entraba como fin de fiesta". A una pregunta sobre si Gardel a
su juicio, era un hombre triste: "Tenía esa clase de tristeza que
sale de adentro, que surge de un problema interior, aunque el
problema interior no se sabe nunca de dónde viene. Nunca hablé con
él, solamente lo veía, de vez en cuando -Onetti tenía unos veinte
años- en ese café que te digo, de madrugada. Hablaba poco, era
cortés y retraído y daba la impresión de ser tímido. Tenía una gran
cordialidad; yo lo veía escuchando a todo el mundo con verdadera
atención y siempre sonreía".

Sobre las mujeres de Gardel: "Nunca lo vi con ninguna mujer y se
sabe que no era hombre de hacer alardes". Juanita Larrauri: "Hubo
sí, una tal Juanita Larrauri, que fue diputada peronista y que
publicó una serie de notas en uno de esos pasquines, diciendo que
Gardel estaba loco por ella. Pero era vanidad femenina, y para peor
póstuma". Se conversó un poco de ese tema, queriendo vincularlo con
algún parecer personal de Onetti sobre lo legendario en general,
sobre el olvido o sobre Artigas. "Yo vinculo el protectorado de
Artigas con las semejanzas espirituales notorias entre el hombre de
las Misiones, de Corrientes y Entre Ríos con nuestro hombre. Aunque
ahora, el montevideano, en particular, venga a ser, en lo referente
a esa espiritualidad y comparado con el hombre del campo, algo así
como el porteño para nosotros. Artigas forma parte de una genealogía
que se dan los pueblos, obligatoriamente, como se la dan las
familias pobres, y en la que son necesarios tanto el héroe nacional
como el poeta y el novelista nacionales y como el cantor nacional.
Si ustedes tienen a Napoleón, nosotros tenemos a Artigas; si ustedes
tienen a Baudelaire, nosotros tenemos a Zorrilla. Gardel es parte
inseparable de la genealogía de los pueblos del Plata."

Sobre la verdadera nacionalidad de Gardel: "Para mí era francés".

¿Cuál tango de Gardel le gusta más?: "¿Te das, cuenta de que siempre
se dice los tangos de Gardel? Y sin embargo no hay ningún tango de
él. ¿Te das cuenta que Gardel es el tango? A mí me gustan todos. No
sé, podría indicarte que me gusta Mano a mano". ¿Cuáles serían los
tangos que él cantaba con más "sentimiento?: "Él sentía más ese tipo
de tango melancólico y cínico: Por qué me das dique, señora de
grupo. Y aquel otro, Tortazos: "Qué hacés, tres veces qué hacés...
No te rompo de un tortazo por no pegarte en la calle. La mejor
postura que tenía era la del fiaca postergado, la que le cuadraba
mejor; para mí el Gardel más auténtico es ése".

-Se puede comparar a Gardel con otros cantores?: "¿Vos estás loco?
Yo tengo una radio piojosa y escucho solamente Sodre y Gardel". Con
guitarra o con orquesta: "Me gustan más los tangos con guitarra".

¿Era buen actor? ¿Qué opina de sus películas?: "Horrorosas. ¿Cuál es
una en la que engancha a una mujer con el lazo? Era cantor,
¿entendés? Hasta cuando hablaba cantaba; no hay más que escuchar las
grabaciones de algunas películas: Margarita.
La charla sobre Gardel, que iba a ser difícil", a medida que
transcurría se hacía más fluida
y personal. Onetti cantaba o recitaba las letras todo lo que quería,
a veces eludiendo las preguntas. A menudo dijo cosas que habría sido
necesario transcribir exactamente, pero acaso lo más importante
fuese consignar el 11 como" -cerraba los ojos y cantaba- y el
"porqué" -para quien tenía que escucharlo forzosamente, admiración y
curiosidad mediantes- de aquella fluidez repentina que cobró la
conversación.

-Onetti, ¿alguna vez le dio por cantar a usted?
-Sí me dio y me dieron.

Había dos estuches de violín cerca de la mesa.
-¿Usted toca el violín?

-Sí, toco. Lo que más me gusta tocar es Amurado.

Por supuesto, nunca tocó el violín.

-¿Y que habría opinado Gardel si hubiera leído El pozo?

-Yo no sé si sabía leer.

Transición y agarra el tono otra vez: "Como se pianta la Vidaaaa..."

etcétera.

-¿Le habría gustado que Gardel cantara alguna cosa que no cantó?

-Sí. La Berceuse bleu de Julio Herrera.

-¿ Gardel era inteligente, Onetti?

Volvió a cerrar los ojos, pensó un poco, los abrió, me miró con la
misma mirada aquélla, remitiéndome al portaobjeto, y dijo:
-¡Sí!... ¡Y chau!

Yo ya me iba. No sabía cómo hacer para despedirme, para abrirme
camino y salir de aquel apartamento, con Gardel muerto hace treinta
años sobre mis propias espaldas, con Onetti cantando y observándome
cada pelo a ver cómo hacía para saludar. Se ve que notó todo,
incluidas mi tribulación y mis dudas sobre el éxito del reportaje, y
me ofreció una respuesta más, sin pregunta previa, cosa de darme
ánimo:

-Decí que lo más importante que ha sucedido en el Uruguay en materia
artística, se llama Carlos Gardel.

 

Esta nota fue publicada en periódico uruguayo Marcha el 25 de junio de 1965 (año XXVII, número

1.260).