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Entrevista a Noé Jitrik
La literatura, los escritores y los lectores una
relación triangular.
P.: Siempre dijo que consideraba imposible escribir una
historia de la literatura. Sin embargo, pronto va a editarse el
sexto volumen de la colección que usted dirige, Historia
crítica de la literatura argentina . ¿Sigue pensando lo
mismo?
R.: Sí. El tipo de que yo critico es el de la historia
cronológica literaria; pienso que sigue ciertos modelos, impuestos
por paradigmas exteriores a la literatura, períodos políticos o
situaciones canónicas. Creo que eso no sirve para nada, ni siquiera
para informarse porque en la actualidad cualquier mortal puede
enterarse de todo lo que quiera, que por ejemplo Lugones era
fascista aunque fuera un gran poeta. Lo que se busca desde
Historia Crítica... es acontecimientos que marquen,
decisivamente, un camino para el proceso literario, pero no desde un
punto de vista valorativo propio de los colaboradores, sino desde
una instancia que llamo "significación" y que provendría de un
conjunto de operaciones verbales, no sólo de los textos considerados
sobresalientes. Por ejemplo, la presencia casi clandestina del
teatro anarquista, a principios del siglo XX, es una marca muy
violencia de la transición del siglo XIX al XX. Puede ser que los
textos sean malos si se busca en ellos lo que está en otros,
canónicos o consagrados, pero la significación que se puede ver en
ese fenómeno reside en la irrupción de ese teatro en una atmósfera
"normalizada". Pero la misma mirada se puede dirigir al modernismo,
aunque esta manifestación esté en las antípodas de la otra:
cualquier historia que circula en el ámbito cultural vincula el
modernismo -lo que de todos modos es cierto- con la visita de Rubén
Darío a Buenos Aires, donde el poeta actuó casi en forma de esos
héroes que dejan una estela a su paso: vino, escribió y se fue a
abrir caminos en otros lugares. Nosotros tratamos de enriquecer esos
datos. Es en consecuencia función de la crítica entramarse con la
historia desde la significación que objetivamente se desprende de
los hechos y no desde juicios de valor, inevitablemente personales,
sesgados e ideológicos.
P.: Siempre remarca la necesidad de escribir cosas nuevas, de
escapar a lo ya dicho o hecho. ¿Cómo se hace para escribir una
historia de la literatura argentina sin caer en la trampa de
idealizar a referentes como Borges o Cortázar?
R.: Como lo insinué, o se desprende de lo que dije antes, la
crítica no puede reducirse, aun si es inevitable, a considerar si
los textos con los que se encuentra son buenos o malos. Más allá de
ello, se trata de considerar ese plano que designamos como
"escritura" -que no es el simple hecho de llenar una superficie lisa
con trazos que son palabras o números o signos- buscando en sus
pliegues y repliegues el revés de la trama, lo que está oculto, lo
que subyace y que no es sólo el tema real debajo del tema aparente
sino el sentido que tiene la acción de escribir. Es bastante
corriente creer que juicio crítico equivale a un pronunciamiento, a
favor o en contra de un escritor determinado o de un texto. No es
cuestión, para ser críticos, de negar la importancia de Borges,
Cortázar, Macedonio o Saer; lo esencial es encontrar, en cada uno,
lo que le sería propios, o sea su orden de producción de
significación que es, por otra parte, sólo una búsqueda, no un
hallazgo. Existe, por cierto, una permanente necesidad social de
tener ídolos pero eso no acaba la posibilidad de un "hacer" con los
textos que emanan de ellos: ése es un objetivo de la crítica. Por
esa razón, si nos acusan por preferir dedicar en la Historia
crítica... un volumen a Macedonio Fernández en lugar de
homenajear otra vez más a Borges, a causa de la anchura de su
consagración, no tendremos en cuenta la objeción porque el lugar que
le conferimos al primero, cuya trascendencia es innegable en el
senstido de lo que produjo su obra de ruptura: se opuso al
modernismo con una propuesta renovadora, que no era ni sencillista
ni vanguardista, sino que se expresaba con un lenguaje propio, con
una poética nueva. Y Borges nació de su costilla, como natural
heredero de ese fundador. Otro caso patente es el de Sarmiento al
que también se le dedica un volumen en dicha Historia . Con
su obra se cerró todo un período, el colonial, y se abrió otro, el
republicano: fue bisagra entre dos tiempos no cronológicos sino
culturales, no sólo en términos políticos, sino también en lo que
hace a las ideas y el pensamiento. Tanto Macedonio como Sarmiento
constituyen fenómenos que cierran y abren perspectivas. Eso es lo
que se trata de buscar y de entender.
P.: A la hora de elegir los personajes o los textos a
estudiar, ¿cuánto pesa el gusto personal?
R.: No lo llamaría gusto. Sí diría que existen poéticas. Puede
haber cosas que no me gusten pero que tengan una poética coincidente
con lo que yo pienso acerca de la poesía. Y eso no puede quedar
afuera. El criterio de selección para un crítico no puede
corresponderse con la predilección valorativa sino con un acuerdo
entre el texto y lo que el crítico entiende como poético.
P.: A la hora de escribir, ¿piensa en el posible lector de
sus obras?
R.: Creo que es inevitable figurarse mentalmente el tipo de
público que puede llegar a tener lo que uno escribe. En mi caso,
sería un público que podría denominarse culto.
Entre la gente que va a ver ballet, música de cámara, festivales
de cine, que compra libros, se conforma un público minoritario que
es capaz de llegar al texto y comprenderlo. Nos dirigimos a ese
público. También nos dirigimos a especialistas, universitarios y
estudiantes del colegio secundario. Pretendemos generar interés a
partir de puntos de vista acerca de fenómenos literarios que pueden
llegar a ser excitantes. No creo que haya que bajar el nivel de
complejidad. No comparto esa postura, y nunca escribiría pensando en
eso.
P.: ¿Cómo aparece el gusto o la decisión de volcarse hacia la
crítica de textos?
R.: En mi caso, desde joven se me hizo evidente el hecho de que
había textos que me interesaban mucho, que me generaban en mi
interior sentimientos que iban más allá de la simple y placentera
lectura superficial del texto. Mi primer artículo fue en una revista
de los estudiantes de filosofía y letras. Hice algo sencillo, pero
nada menos que sobre Moby Dick. Por supuesto que el texto
me sobrepasaba p ero si lo pude hacer posible fue porque había algo
en el texto de Melville que me suscitó, que me impulsó a dar un paso
más, dejando de lado los riesgos que implicaba.
P.: ¿Qué diferencia hay entre ese proceso y la escritura de
un texto narrativo?
R.: Me arriesgaría a decir que ninguna. En la dimensión crítica
se crea un texto propio a partir de otro. En uno narrativo, lo
construyo a partir ya sea de una vivencia, o de una anécdota, o de
alguna experiencia que dejó alguna marca en mí. Pero es lo mismo.
Hasta podría decir, inclusive, que ambos procesos, crítico y
narrativo confluyen. En otras palabras cuando me pongo a escribir
narración se hace presente el discurso del crítico, que no
interfiere sino que aconseja y aun nutre las formas que va adoptando
la narración: el discurso critico penetra el narrativo y viceversa,
el discurso narrativo impregna el modo del crítico. Me es imposible
dividirme, como lo hizo el Dr. Jekyll que desaparecía para que Mr.
Hyde hiciera de las suyas. Creo que nadie, si las tiene, puede
escapar de lo que piden las dos personalidades. En algo que estoy
escribiendo ahora, convencionalmente una narración, el narrador es
abstracto pero tiene una voz propia que lo lleva a emplear una
primera persona del plural -sería muy diferente si fuera del
singular- y eso le permite opinar sobre el alcance que pueden tener
ciertos hechos que destaca: en una escena de Citas de un día
, por ejemplo, el narrador se entromete y declara: "Y en este
momento los personajes podrían tener algún tipo de relación sexual,
pero como eso ya ha sido muy dicho en la literatura, pasaremos a
otro tema". Eso quiere decir que al tiempo que se narra, se pone en
movimiento un mecanismo que viene de la crítica.
P.: Cortázar fue amigo suyo. ¿Qué le dejó esa experiencia?
R.: Julio era un hombre muy agradable, muy cordial y sencillo.
Nos conocimos en Cuba, en 1966 y dos años después caminábamos juntos
por las calles de París mientras ocurrían los sucesos de Mayo del
68. Cortázar se caracterizaba por una envidiable capacidad de
abandonar lo seguro y aceptar el riesgo de la innovación. La
ecuación "maestría verbal/experimentación" explica la trascendencia
de su obra, aunque hay que señalar que lo más perdurable de ella son
sus cuentos, de todas las épocas. En cambio, las novelas, como
Rayuela o Los premios o El libro de Manuel
, si bien fueron escritas siguiendo el mismo paradigma, no
tienen a mi juicio el mismo alcance; fueron pensadas, creo, con una
mentalidad "moderna", o sea para lectores a quienes se les quería
decir algo propio de esas épocas. Las lecturas que puedan hacerse
hoy de esas novelas son radicalmente diferentes para quienes tienen
veinte o veinticinco años que para los que tenían esa misma edad en
la década del sesenta. Las discusiones filosóficas de hoy no son las
mismas y las condiciones objetivas tampoco. En ese momento estaban
en boga el existencialismo, el marxismo, el psicoanálisis. Hoy todo
ha cambiado y eso determina inevitablemente las lecturas.
P.: Actualmente, una discusión profunda tiene que ver con el
arancelamiento de la universidad pública, la imposición de un
cupo... ¿Cómo ve al ámbito universitario de hoy?
R.: Un problema serio es el de la explosión demográfica en la
Universidad. En Letras, por ejemplo, hay más de cinco mil
estudiantes; se supone que todos quieren terminar la carrera. En
Comunicación debe haber cuatro veces más. Es demasiada gente para
tan escasa infraestructura. Obviamente, la solución no es cerrar la
universidad o establecer un cupo, sino invertir más dinero en ella,
mucho ciertamente. Pero el Estado no parece tener esta preocupación
o encarar una salida de este tipo. Los edificios de las
universidades privadas son gigantescos y en algunos casos hasta
disfrutan de un merecido lujo. Por contraste la UBA es la pobreza
pero aun así, milagrosamente quizás, todavía sigue siendo la mejor
del país. Poner atención en ella y destinar más que el magro
porcentaje presupuestario actual implica un cambio de mentalidad,
que no sería difícil asumir si las condiciones sociales y políticas
ayudaran.
P.: ¿Existe un paradigma que pueda mencionar como propio de
la literatura del momento?
R.: Diría que, felizmente, no lo hay. Las diferencias son muchas,
tantas como las opciones y alternativas de escritura que se ofrecen.
El escritor actual aprovecha, o debería aprovechar, sus lecturas, en
un sentido amplio, para imprimirles en lo que toma de ellas y
escribe un sesgo o un tono propio. Me parece que esto es básico
porque, creo, no tiene sentido escribir lo que ya ha sido escrito.
Dicho de otro modo, cualquier escritor debe, por un lado, ser capaz
de apropiarse de lo que ha leído y, por el otro, de dejar de lado el
enamoramiento que estalla en la lectura de determinados textos para
poder luego crear algo que los roce pero que no se deje tragar. Lo
inventivo consiste en querer escribir pensando que lo que está por
hacer o hace nunca antes había sido escrito, aunque tenga conciencia
de que eso es casi imposible. Como decía Macedonio Fernández, a
propósito de la ilusión de originalidad, "cuando Dios se puso a
crear el mundo oyó que le decían 'ya está todo hecho', y sin
embargo, se puso a trabajar". Ese es el desafío: ponerse a
trabajar.
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