Iguana, de Miguel Ángel Zapata: entre la imagen y la palabra
por Françoise Roy
La narrativa, dice la teoría literaria, versa sobre personajes a quienes les suceden anécdotas (en el caso de la novela) o de anécdotas en busca de personajes a quienes ocurrírseles. La poesía, dice la teoría literaria, versa sobre el trastrueque del lenguaje para sugerir sin nombrar: sacar palabras de su contexto semántico normal para darles otro sentido, creando así imágenes y sensaciones, a la manera de un pintor impresionista que recrea un campo floreado sin dibujar pétalo o corola alguna. A eso, yo añadiría que la poesía también hace gala de personajes: un perro que tiene alma mas no memoria, una iguana que extraña las vastas arenas del desierto y vive con saudades o mal du pays su amoroso cautiverio, un canario que de ave cantora de pronto se vuelve mutista, un gorrión enjaulado que es maestro del presagio, un loro igualmente enjaulado que guarda silencio, tales son los personajes pertenecientes al reino animal que pueblan las páginas de este vibrante poemario titulado Iguana, del poema homónimo con que inician sus páginas.
El ángel de la guarda del poeta, que un día inesperado se perdió en la llanura buscando la plenitud y el reposo, tal vez constituye una especie de charnela entre ese mundo emplumado, escamado, peludo, y el humano que comparte su vida con ese zodiaco moderno (los hijos con sus mascotas, las mujeres amadas, los viajantes y paseantes). Pero al margen de las amables bestias y de los seres dotados de más elevado raciocinio (no diría de palabra, porque los animales de Miguel Ángel a veces saben hablar, ni de alma porque también la tienen), los poemas del libro igualmente narran los quehaceres de otros personajes que, siendo tales, no reciben curul en mundo alguno, ni el vegetal ni el mineral: el sol que al igual que la cabellera de fuego del ángel de la guarda es ígneo, el aire, el agua.
No obstante, si lo que queremos es ceder a afanes taxonómicos, debemos decir que el libro no empieza con animales, aunque el primer personaje en aparecer es una iguana. Antes de esos dos mundos, el estrictamente animal y el humano (parece que aquí, la única diferencia entre ambos es que el hombre puede escribir poemas), se tienden, felizmente presos en trece delicados poemas en prosa, otros seres del mundo inanimado, el que se eleva sobre el mineral porque está vivo, es decir, el vegetal: alhucemas, hierba, geranios, bosques y selvas. El lector no sólo tiene en sus manos un bestiario y un jardín botánico de hojas y tallos y pétalos y olores desmenuzados en versos cuidadosamente reflexivos, sino un conciliábulo de elementos y otros inventos inanimados de los hombres (un tren nocturno a Luxemburgo, un cuadro de Paul Klee, una ciudad donde se camina), reunidos bajo la pluma de un poeta inmensamente sugerente.
El poemario, exquisitamente ilustrado por el pintor Jorge Valdivia Carrasco, peruano al igual que el poeta, no deja de ser un objeto, antes que verbal, estético. Si los poemas de Zapata tienen una unidad formal (poemas en prosa sensiblemente líricos), todas las pinturas del libro, cada una acompañada de un texto (¿quién sabría decir si la plástica acompaña a la letra o si el verso es el que acompaña a la imagen?) protagonizan un ave, un hilo que pende, y —salvo por un personaje vestido de rojo, vagamente andrógino—, una mujer: féminas inquietantes, finamente dibujadas, vestidas a la antigua, que fungen a menudo como percheros (de corte alquímico, y si no, de menos medieval o renacentista) para pájaros de toda índole: garzas, lechuzas, colibríes, aves de buen y mal agüero.
Si los seres alados son a primera vista símbolos de libertad porque su modo de locomoción vence los avatares más inmediatos de la ley de gravedad, son asimismo signo de intermediación entre el mundo de los dioses, por su cercanía al cielo, y el de los hombres, donde duermen, se alimentan y se reproducen. Esa vertiente metafísica, clara en la plástica figurativa de Carrasco, se duplica o retoma en los poemas de Zapata, donde los animales se vuelven intensamente filosóficos: felices o infelices, llenos de remembranza o amnésicos, pero al fin, pensantes. Y qué decir del hilo que parte sutilmente los cuadros de Carrasco, el que mencionan los Upanishads de la India, símbolo por excelencia de lazo, unión o vinculación tejida entre los seres de este mundo (animal, aire, flor, tren o mujer) con el otro, el invisible, el que aparece como un daguerrotipo transparente detrás de los versos de Zapata y del pincel de Carrasco. Ese hilo, presente en cada una de las pinturas, es indudablemente el que zurce en un solo canto lírico los poemas de Zapata. ¿Cómo logra el poeta hilar una iguana nostálgica a un loro que es prestidigitador de silencio, y sabe estar callado como la poesía? Ejerciendo una convicción que él mismo tiene acerca de la poesía: la materia prima de los poemas, sostiene Miguel Ángel Zapata —una idea un tanto herética, si hay una— no son las palabras sino las emociones. Si bien los animales que pueblan los poemas de Zapata sienten, el lector intuye que las plantas que también habitan sus líneas están a punto de sentimiento, atravesadas sus almas incipientes por el soplo silente del anima mundi, el que también atraviesa los modelos femeninos y ornitológicos de Carrasco, haciéndolos a punto de movimiento.
Un feliz matrimonio, una coniuntio solilunar del gremio artístico, es el que reúne en un solo objeto la poesía y el lienzo: este libro de poemas ilustrados o de pinturas habladas, plásticamente impecable, publicado en papel cuché y coloridos vibrantes por el FCE es un vivo —tanto sonoro como visual— testimonio de ello. Con Iguana Miguel Angel Zapata se coloca como una de las voces más renovadoras de la nueva poesía peruana.