
Daniel Freidemberg. Prólogo. Los muslos sobre la grama (Buenos Aires: La Bohemia, 2005)
1. En el principio, hay un cuervo volando en círculos, “dándonos la bienvenida con sus alas abiertas”. No es, o no parece ser, el cuervo de Poe, anunciador de lo inexorable, ni los cuervos lúgubres de Van Gogh, ni el de Ted Hughes ni el de Vallejo (“vámonos cuervo a fecundar tu cuerva”), sino una figura muy propia de la simbología de Miguel Angel Zapata, en cuya poesía nunca se sabe bien a qué remite esa presencia oscura y móvil (“mi cuervo” suele escribir Zapata). A la vez o alternativamente testigo o protagonista, o detalle que resuelve la escena o cifra para aludir a otra cosa, el cuervo es una de las recurrencias que esta poesía acostumbra a tramar: nieve, arena, una y otra vez el cielo (“el cielo que me escribe”), y pinos, geranios, ciudades sin nombre, un río, el mar, el reparo de la lumbre, ventanas (y lo que resplandece increíble o demasiado cierto detrás de una ventana), un perro, la lluvia, muslos firmes de mujer, y también Dios, oculto detrás del paisaje o invocado. Y una mujer a caballo, y un loro y una iguana y las hijas del poeta y un libro que el poeta está leyendo, y el propio poeta, pero no como alguien que tiene algo que decir, alguien que ocupa espacio con su presencia determinante o alguien que decide: el poeta, esa insistente primera persona que nunca dice “yo”, es el ser casi azorado que contempla y se contempla contemplando; una desguarnecida necesidad de contemplar o de registrar, y de venerar lo registrado hasta irrealizarlo, como quien necesita algún tipo de prodigio (un cuervo, un perro, unos muslos sobre la grama) para que la palabra pueda actuar. “Entonces escribes el poema una y otra vez para satisfacerte, para ver un instrumento escribiéndose en la página olorosa, tu cuerpo temblando por el encuentro.”
2. El poeta como un agente de la letra, alguien a quien la letra le encargó la tarea de articularla a partir de los seres y las cosas del mundo o del ensueño, que el poema atrapa codicioso (no sin previamente transmutarlas en símbolos ambiguos) para eso precisamente, para alumbrar la letra. No el poeta en su poema como una autoridad y ni siquiera del todo como una voluntad, sino como un anhelo de recibir, aunque sea fragmentariamente, las señales del universo incomprensible, esas figuras que al concretarse en la página deseosa le permitirán ser otra cosa que indiferenciada materia plana y disponible, para ser ella también un universo, multiforme y móvil, centelleante como el cielo bajo el cual el ave indescifrable no cesa de planear: “aquí te dejo estos remiendos, decía, son los restos de mis voces atadas a estos árboles viejos, son los residuos de las ciudades que recorrí volando de negro como un vampiro. Mi corazón es un lago o un bosque por donde baja un arroyo lleno de vino.” No precisamente la realidad sino el fluir de un pensamiento hecho de imágenes, de entrevisiones y de movimientos.
3. ¿Y ENTONCES qué es lo que esta poesía organiza con todo eso? Quién sabe. ¿Y para qué todo eso? Para nada: esto es literatura nada más, ni nada menos, poesía, letra orgullosa de serlo y de transcurrir por la página. Cielos, perros, montañas, cuervos y hasta algún ángel capturados y dispuestos en el texto menos por lo que significan que por lo que son como puro golpe de imagen y lo que conforman al ser puestos en la letra, a la manera en que un pintor dispone los colores. Colores siempre intensos en este caso, nítidos, como son nítidas y rotundas las presencias del cuervo, el perro o la iguana, pese a su irrealidad o precisamente por eso, porque se trata de una pura mostración, como la de la pintura naïf. Arte de mostrar y montar, a la vez que se elude, se interrumpe, se elide, se marcan distancias; letra gozosa de ir ensamblando sus hallazgos en la página, de mostrarse y jugar su juego, que es un juego de disfraces y equívocos. Todo es sorprendentemente nítido pero nada es lo que es, o lo que es no alcanza a ser del todo, o de golpe se abre paso y empieza insolentemente a serlo, como la negrura de un cuervo sobre un paisaje nevado.
4. ¿Cómo entrar a la poesía de Miguel Angel Zapata? No hay cómo entrar, no hay entrada alguna, hay que dejarle que sea (por otra parte, ella seguirá siendo tal como es, aunque uno no le deje): hay que asistir a su despliegue inaudito y caleidoscópico, no intentar entender ni esperar arribar a algún secreto ni pedirle nada. Ella es, se va haciendo, sin progresión, sin obedecer a ninguna ley de causa y efecto –aunque también hay en ella causa y efecto, pero no los que conocemos-, es como un trazo sobre un papel en blanco, pero un trazo hecho de seres singulares, y lugares, y situaciones, e instantes. ¿Para qué? Para ser, o, mejor aun, para estar. “El cuervo permanece callado, no quiere abrir la bisagra y dejar salir su luz por la rendija de una bocacalle.” Las cosas están porque están, ni hay razón visible alguna ni la iluminación que produce el encuentro fortuito de un paraguas y una máquina de coser sobre una mesa de disección, sino una coexistencia extrañada, una visibilidad inapelable. Y, a la manera de una música de fondo, nunca del todo planteada, latente, la pregunta acerca de si habrá alguna posibilidad de sentido, o el reclamo mudo de que algún sentido se dé, un desasosiego jamás crispado que consigue a veces un remanso en lo erótico o la celebración de lo que existe sin pedir permiso. Y acaso un extasiarse ante el prodigio del propio deseo.
5. “Más allá del sueño de los cipreses está la sombra de una manzana verde, la puerta que nos lleva a la felicidad. El sonido de una nube es como una campanada de agua.” Cuadros siempre incompletos y en movimiento, historias falsas (Zapata suele dar la impresión de estar contando un relato en un tono impersonal, o, también impersonalmente, describir algo que ocurre), pero también la desmesura acechando y tentando, la intensidad irrumpiendo como una promesa. Tal vez, en el fondo, todo sea una oración disfrazada de otra cosa, y en ocasiones ni siquiera disfrazada; una plegaria, un murmullo, una invocación, un llamado: “La ventana tiene la luz natural del otro día. Mira la ventana, está nevando. El cielo ha entrado por sus bordes y te llama para cruzar al otro lado. Ha nevado toda la noche y sólo deseas escribir y escribir mientras el cielo es una tinaja gris, una puerta olvidada en plena calle.”