
por Concha García
Decía la poeta Denise Levertov en uno de sus interesantes ensayos, que algunos poemas tienen forma orgánica y que en el movimiento métrico se encuentra la expresión directa del movimiento de la percepción. Dejó escrito que “los sonidos, actuando conjuntamente con la medida son una especie de onomatopeya extendida, es decir, no imitan los sonidos de una experiencia, sino el sentimiento de una experiencia”. Sin embargo, también asegura que existe un verso libre que no está escrito con el deseo de buscar una forma sino de evitarla, si esto fuera posible, y de expresar la emoción incipiente tan puramente como sea creíble.
En El cielo que me escribe, de Miguel Angel Zapata ambas posibilidades conviven. Forma orgánica porque expresa la emoción mediante poemas en prosa –Zapata ha escrito la mayoría de su obra bajo esa forma-, y de verso libre porque en el conjunto de la organización del poema las palabras aparecen como si aparentasen salir de un flujo interior que no cesa, pero que tiene un parentesco con la tradición del poema en prosa, como es la creación de atmósferas imaginadas, las manifestaciones no convencionales de lo sagrado, y algunas alusiones míticas. El poeta en prosa busca comunicar una emoción y para ello debe darle al lenguaje un tono subjetivo, casi confesional. Todos esos elementos conviven en esta poesía para conducirnos a una atmósfera de irrealidad que se parece en ciertas ocasiones a una pintura de Chagall.
Como bien advierte el poeta Oscar Hahn, aquí la formación del título de uno de sus más logrados poemas “La iguana de Casandra” tiene dos registros. Uno es real porque su hija se llama Casandra y la iguana es un animalito que un día el padre y poeta le regaló. Pero además – dice Hahn- la Casandra mitológica está ligada a las artes adivinatorias y la iguana es un pequeño dragón que también cuenta con un pasado mítico. Así la destinataria de sus poemas es su hija, pero en este libro también se alterna con una concepción de la poesía muy personal apoyada en la tradición.
Abundan en este poemario dos asuntos, las ventanas -lugar desde donde mira el poeta y recrea aquella ventana del poema de Baudelaire: “En ese agujero negro o luminoso vive la vida, sueña la vida, sufre la vida”- , y el acto de escribir como empuje vital a un mundo que aunque permanece en la frontera de lo irreal se alimenta precisamente de realidad. El sujeto poético se esconde en lo que podríamos llamar alter ego del poeta, un cuervo negro que sinuoso y picudo, invoca la escritura con tintes muchas veces cargados de erotismo: “Escribo en la ventana mirando la luna de mi cuervo” y desde ese hogar que sólo puede hallarse entre las nubes, “la casa de la cima”, la mirada del poeta presiente que antes de la palabra está la luz, y en esa atmósfera se abre un vuelo donde el sujeto lo quiere ver todo aunque es consciente de la inutilidad del intento. Aún así, en ese vuelo el deseo siempre está latente, sabe que no va a despeñarse ni a descansar, porque la escritura le permite ese trayecto.
Digamos que hay, para simplificar, tres niveles de realidad a la hora de escribir un poema, y ésta será reflejada en función de la mirada del sujeto poético. Imaginemos precisamente un ave que vuela muy bajo y por lo tanto sólo puede percibir fragmentos, cortes, fracciones, restos, pormenores, detalles. Si sobrevolase una ciudad podría ver los tejados desde tan cerca que no alcanzaría a captar el conjunto de edificios que forman una calle, y podría asomarse a las ventanas una a una, pero nunca podría hacerse una idea del paisaje de esa ciudad. En otra manera de volar, intermedia, podría ver el conjunto de barrios y de montañas de esa ciudad, aunque nunca se tropezaría con sus habitantes ni con sus buzones de correo. Existe otro vuelo, el más alto, que divisa no sólo la ciudad, sino los valles que la rodean y a veces, como si se estuviera en un avión sólo pueden verse nubes. Me permito esta metáfora porque es muy válida para situar el punto de vista del que parten muchos poetas a la hora de escribir sus revelaciones poéticas. Me parece interesante el juego al que nos somete Miguel Angel Zapata justamente con ese vuelo. Siempre está arriba, divisándolo todo: las nueve esferas, los ángeles, constelaciones de estrellas, y hasta el esplendor de los follajes. Pero si durante todo el viaje sólo nos permitiera que le acompañásemos por tan altas cumbres el lector acabaría desasosegado y le pediría algo más al poema. Esto no sucede. El poeta trabaja entre las esferas superiores y bajo las aguas de la cotidianidad y la escritura: “Es la hora del poema: ves la primera letra en el paisaje, abres la ventana y ahí la morada del cielo”, nos dice. De esta manera, el poeta revitaliza la tradición a través de un Fray Luis de León transfigurado, y la mejor tradición del poema en prosa cuyo centro de operaciones sería su tradición francesa.Y continúa: “Escribes el poema; cualquier lugar es morada de cielo para el canto”. Ese “cualquier lugar” es lo que hace que el lector se sienta curioso y con las afinidades necesarias como para continuar leyendo “Salgo de la estación de autobús. El cielo extrañamente gris baja con el vaho a la ciudad”.
Volvamos a lo orgánico. En el conjunto de cada uno de estos poemas en prosa, notamos que la mirada de pronto desciende hasta el fondo y nos encontramos también con el propio cuerpo del poeta, que suda y desea, que late y se emociona. Siempre late una sexualidad que no acaba de conjurarse porque las partes del todo forman un enigma que se aclara cuando leemos en voz alta todas las palabras y vemos que lo que nos dice no es otra cosa que una celebración a la vida.
Sigo con las palabras de Oscar Hahn, “en la prosa de Zapata hay una actitud de exploración y reconocimiento de las maravillas del mundo, que son también las maravillas de la escritura”. Es curioso que de experiencias tan intrascendentes por cotidianas, como pasear a su perro, jugar con su hija, viajar en tren o visitar una ciudad, siempre esté presente la trascendencia de lo que vive iluminado con la luz de la palabra. Pero eso de luz de la palabra puede ser una expresión carente de significado justamente por antitética. Lo diré con ideas de Hilde Domin, desenvolver las palabras, ese es el secreto, desnudarlas de su significación tradicional que se ha enredado en la palabra en cierto modo como una bola de nieve rodante. Esa es la luz de la que hablo, y que el poeta peruano conoce bien. Por otro lado, sus textos se proyectan afectivamente: “escribo con las patas de mi perro penetrando en la arena del árbol más grande del jardín”. Escribir para inventar y a través de la re-creación las palabras pierden su función comunicativa, ganan en espesor y claridad y se adentran en el texto con firmeza: “Esta ventana alumbrará mi soledad”. Miguel Angel Zapata, se inserta en una tradición que tiene sus orígenes en la literatura francesa de los siglos XVIII y XIX y que en Latinoamérica ha tenido excelentes creadores, como más recientemente Alejandra Pizarnik, José Antonio Ramos Sucre o Alvaro Mutis.
Miguel Angel Zapata es peruano, y su condición de viajero –ahora vive en Nueva York- no creo que le condicione una visión del mundo sino más bien la curiosidad y la conciencia de existir echando de menos –nunca con tristeza- el tiempo que pasó. Como él mismo dice, su poesía es un diario de la vida leve, levedad llena de significativas miradas que van de percepción en percepción y en cada brecha deja una ventana abierta a la curiosidad de vivir: “He estado en varios trenes pero este es el más bello”.