
por Andrea Cabel
Esta última entrega del poeta Miguel Ángel Zapata, consta de cinco partes y un ritual. El ritual, es la manera como la voz poética contempla el mundo a través de los versos. Sin embargo, el ritual también es el acto de escribir -luego de la poesía-, respuestas a un lector atento. Son pocos los poemarios que concluyen con un diálogo directo entre poeta y lector. Este diálogo, por un lado, descubre al autor de la obra y por otro lado, funciona también a modo de juego interpretativo, puesto que aún las respuestas del autor –sujeto desdoblado de la voz poética-, nunca son definitivas.
La lluvia, las mujeres, una ventana y el amor son los paisajes que se aíslan y configuran a la voz poética que llega desde las ciudades hasta los bosques, el mar e incluso, hasta localidades con nombre propio como Island Trees. Estamos pues, ante un escape y ante un reencuentro -como el autor mismo reclama a las ventanas- uno, sobretodo, hacia el hogar del que se partió, hacia la madre y hacia las calles y barrios urbanos por los que el poeta transita. Sin embargo, este escape pretende abordar las distintas realidades e incluirlas en un mismo espacio. Por ello, la reconciliación espacial es importante para la poética del libro; Lima, Island Trees, Buenos Aires, Central Park, no están en distintos lugares, el poeta los une con el mar y con los brazos. Pretende lograr entre ellos un puente por el cual el deseo y la soledad puedan caminar sin prisa y al ritmo mismo de la vida o de las rosas.
Para lograr esta armonía entre los espacios, el poeta permite que aparezcan los recuerdos y algunos personajes de éstos: un loro que cantaba –“mi loro era un pedazo de cielo en este mundo de miedo”-, un can – “…No había nadie. Regresé a casa y monté en mi bicicleta para salir a buscarlo. En ese momento pensé en las ventanas del mundo y quise abrazarlas a todas…” - las rosas, la madre (descrita como si fuera en vez de una madre humana, como la madre naturaleza), los gansos y las bicicletas en los paisajes. La sensibilidad del autor logra traducirse desde ellos y los logra converger en un punto esperanzador, un punto en el que la fusión de éstos celebra al mundo, dice al respecto “…ahora estamos aquí mirando el crisantemo, el lirio que no llora ni se lamenta…”.
La tercera parte, “Mis preseas”, es el acápite dedicado, sobretodo, a las ventanas. Ellas son un momento especial para la voz poética -“…la puerta nos dice algo en secreto, su cerradura se abre ante nuestra mirada, y las ventanas esperan ser abiertas para dejar salir la sombra.”- “Mi antigua ventana”, las “Ventanas”, y la “Variedad de ventanas” demuestran las maneras de mirar y ser mirado, por el otro y por uno mismo. Desde ellas libera al cielo –“…los edificios sin ventanas son una cárcel cerca del cielo…”- y humaniza a la ciudad cargada de muros y límites, “…comenzaron a levantar un muro en la frontera para suplir el hondo vacío de las torres…” Desde ellas también abraza los bordes y atrapa las palabras, la humedad de los aguaceros; como él mismo diría: “la ventana es el lugar donde sucede lo imposible”. Además, es desde ellas, desde donde el poeta nos deja ver su cotidianidad, el espacio en el que se desenvuelve su poesía, sus recuerdos, y sobretodo, su presente. “Mi cuadra”, es un poema en el que se describe el otoño desde un paseo: “Miren mi cuadra: está llena de árboles enormes, patios…” En “Mis preseas” la poesía nace de los árboles, como un fruto, el lenguaje y la naturaleza fundidos, permiten el sosiego de la nostalgia. Dice en “Un poema”, “un poema sale de un árbol en una ciudad adormecida/…Un poema sale de otro poema…/el poema está aquí en el árbol de tu casa…”
Un pino me habla de la lluvia es un intento de volver a los recuerdos, al presente que es fugaz y es un intento, también, por llenar los espacios de ventanas y romper con ellas las barreras de tiempo y lugar. Las ciudades se hacen canciones y mujeres, ritos de soledad y celebración. El poeta nos sitúa en el momento en el que la certeza desplaza a la duda y la noche no teme la mañana.