ACÉPHALE
Tres
artículos de la
legendaria revista fundada por Georges Bataille
Textos de Pierre
Klossowski y Roger Caillois
-
Creación del mundo,
por Pierre Klossowski
-
Don
Juan y Kierkeggard,
por Pierre Klossowski
-
Las
virtudes dionisíacas, por
Roger Caillois
Presentación
Georges
Bataille pensó en el hilo de oscuridad del logos. Mediante
la "noción de gasto", en La parte maldita, dedujo
una nueva filosofía de la historia, donde el exceso, la desmesura,
lo erótico (analizado en El erotismo), y la ruptura
transgresora de todo principio de contención, constituyen
expresiones vitales del ser. La trasgresión es fulguración
ontológica y brilló de una infinitud en movimiento. El sacrificio,
el éxtasis místico, el erotismo, lo heterogéneo, son saltos
hacia la entraña de lo real. En Bataille, el pensamiento de
la otredad absorbe coloraciones de lo nietzscheano, lo arcaico
y mítico, lo nocturno romántico y la ética del placer de Sade.
En esta atmósfera, en la década del 30`, Bataille encabezó
la iniciativa fundadora de la revista Acéphale. El
ya legendario evento aconteció en 1936 bajo el subtítulo de
"publicación de sociología, filosofía y religión".
El primer número motivó la conferencia Maison de la Mutualité que, promocionada por Bataille, y dedicada a Nietzsche, tuvo
las intervenciones de Roger Caillois y Jules Munnerot. La
revista generó cinco números. El último fue editado en junio
de 1939. Los numerosos artículos que albergó surgieron de
las obsesivas plumas indagadoras de lo heterogéneo como el
ya mencionado Roger Caillois, y Pierre Klossowski, André Masson,
Jules Monnerot, Jean Rollin y Jean Wahl. El nombre de acéphale surgió azarozamente cuando Bataille, en su condición de
empleado del Departamento de Medallas de la Biblioteca Nacional
de Francia, se topó con una imagen gnóstica del siglo III,
o IV ajc. La imagen representaba a un dios acéfalo, de procedencia
egipcia. En el primer número, en el artículo "La conjuración
sagrada", Bataille convirtió al hombre-dios acéfalo en
expresión simbólica de la liberación de la pulsión creadora
y trascendental del hombre. Allí, anuncia: "La vida humana
está excedida por servir de cabeza y de razón al universo".
En
el año 2005, la nueva editorial Caja negra edita, por primera
vez en lengua castellana, una traducción completa de la totalidad
de los artículos de los cinco números de Acéphale.
Se consuma así una recuperación de numerosos textos olvidados
donde, en una efervescencia estética y pensante común, bullen
la filosofía, la literatura, la historia de las religiones
y la mitología. La traducción y el prólogo de esta importante
edición pertenecen a Margarita Martínez.
Aquí incluimos tres textos de Acéphale, en versiones de la
edición recién mencionada, de Pierre Klossowski y Roger Caillois.
En "Creación del mundo", Klossowski cuestiona la vigencia
de la idea de un Dios abroquelada en la seguridad de un solo y
eterno fundamento metafísico. Tras esta demolición, la alternativa
es el hombre como producto de una naturaleza creadora. En "Don
Juan y Kierkegaard", Klossowski descubre una red de lazos
subterráneos entre Nietzsche y el gran pensador danés de Temor
y temblor; en el trasfondo de ese vínculo cimbra la música de
Dioniso y Mozart. Caillois, el autor de la esencial obra El
hombre y lo sagrado, en el texto "Las virtudes
dionisíacas", ausculta, bajo la continua antorcha
nietzscheana, los poderes de elevación ritual del individuo en el
culto dionisíaco.
El espíritu de Acéphale regresa así, para impeler el ala
del pensamiento que intuye que la verdad huye, dentro de delgadas
grietas oscuras.
Esteban
Ierardo
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La
Caja Negra Editora ha editado recientemente,
además de la comentada Acéphale,
Antonin Artaud, El arte y la muerte y
otros escritos (traducción Víctor Goldstein,
prólogo Esteban Ierardo), y de Martínez
Ezequiel Estrada, Nietzsche, filosofo
dionisíaco (prólogo Christian Ferrer).
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CREACIÓN DEL MUNDO
Por Pierre
Klossowski
Ser un gran señor que lleva espada; voltearse muchachas, señoras y
señoritas; dar limosna a los pobres a condición de que renieguen
de Dios, despojar a la viuda y al huérfano, desatender rentas y
deudas; mantener poetas a condición de que canten el delirio de los
sentidos, pintores capaces de retener los movimientos de la
voluptuosidad, ingenieros por los placeres de un temblor de tierra
por encargo; químicos para que ensayen venenos lentos y
fulminantes; fundar algunas casas de estudios para reclutar allí un
serrallo de odaliscas e icoglanes*, cazar al efebo, a pie o a
caballo; ofrecer banquetes al populacho sobre un tablado provisto de
trampas que se lo traguen a la hora de los postres; pero si todo
esto no es posible, hacer representar espectáculos extraños, hacer
celebrar la misa para profanar la hostia con el objeto de convocar
al diablo, y si todo esto es muy engorroso a la larga, si uno se
asombra de que ninguna advertencia clara y visible llegue para
detenerlo, intentar darse miedo por otro medio, hacerse moler a
golpes por los propios vasallos. Pero si el mundo asombrado le
pregunta las razones de todo esto, afirmar que Dios no existe, pero
que por el contrario Tiberio y Nerón sí existieron, que uno hizo
crucificar al Hijo de Dios, que el otro arrojó a los leones a sus
discípulos, y que al ser la inmortalidad del alma un señuelo, se
trata de inmortalizarse en el mundo por medio de crímenes más que
por medio de buenas acciones, puesto que el reconocimiento es
pasajero y el resentimiento eterno. En síntesis, aceptar sonriendo
pasar por un cerdo de Epicúreo o del ser; rodearse de una corte de
sabios y de poetas, de artistas y de actores, de verdugos y de súbditos
dispuestos a todos los caprichos del momento. Porque el momento está
colmado de exigencias, porque el momento es insuperable.
Ser ese
gran señor es una cosa. Otra bien distinta es ser ese gran señor
en un calabozo, no tener más que las intenciones de un gran señor,
y saber que precisamente por haber tenido esas intenciones uno se
encuentra entre cuatro paredes. En efecto, todo quedó en la intención:
¿acaso soñaba uno con realizarlas? Apenas intentamos un quinto de
ese programa admirable. Pero por sí mismas esas intenciones eran de
un peso aplastante, y he aquí que entre estos muros libran su
insoportable secreto. En libertad, habíamos juzgado espiritual
denominarnos "taimados": y sin embargo los verdugos rompían
los huesos a los Damiens, a los Mandrin, a los Cartouche. En la
celda, incluso, nobleza obliga: si nosotros, que pertenecemos a la
raza de los fuertes, hemos transgredido las reglas para la protección
del débil, ¿no fue acaso volviendo nuestra propia fuerza contra
nosotros mismos para hacer de ello la última experiencia como
fracasamos? Al fuego de nuestras pasiones, que sublevaron contra
nosotros la voluntad general, encendamos la llama de la filosofía,
delectémonos en incendiar el mundo: ¿no somos nosotros mismos algo
más que una brasa ardiente? Detrás de estos muros brama una
revolución: los hambrientos de ayer serán los amos de hoy, porque
es preciso que a cada cual llegue su turno: ¿pero conocen ellos el
hambre que nos devora en nuestra saciedad, nosotros, que somos los
satisfechos del ayer? En verdad, ¡tendremos que padecer nuevas
saciedades, nosotros, que somos hambrientos de un nuevo tipo!
Libres, nos considerábamos como una fuerza de la Naturaleza, como
el agente de sus intenciones, aceptábamos todas las ventajas que
ofrece al fuerte a expensas del débil, listos para restituírsela
desde el momento en que la reclame. Entre las cuatro paredes de
nuestra celda, privados de nuestros alquimistas y de nuestros
artistas, de nuestros sabios y de nuestros poetas, de nuestros
comediantes y de nuestras víctimas, seremos nosotros mismos
alquimistas y poetas, artistas y sabios, verdugos y comediantes,
comediantes y víctimas. Una vez puestos en libertad no tendremos más
amo que los gustos y las maneras, no tendremos más amo que la
conciencia maliciosa, porque seremos sólo conciencia, y seremos la
conciencia misma.
A pesar
de todo, con esta conciencia es menos
posible disfrutar de una existencia aparentemente impune que vivir,
a título de castigo que da derecho a intenciones inconfesables,
confundido en la muchedumbre de esos contemporáneos conservadores o
democráticos -todos igualmente preocupados por acumular riquezas
mientras pretenden organizar el progreso social, la unidad nacional
y el Imperio-, que vivir entre ellos no teniendo para distinguirse más
que esta noble mala conciencia que hemos heredado, el único bien
que hemos heredado, si es que es cierto que filosofar es obedecer a
las leyes de un atavismo de orden superior. Esta noble conciencia
maliciosa alimenta la constatación escandalosa que hemos hecho: el
mundo moderno se envilece como consecuencia de la ausencia de
esclavos. Constatación que cuesta cara al único en soportar las
consecuencias que sólo él puede extraer de su constatación.
Aceptar
en esas condiciones una cátedra de filología en la universidad de
Basilea es tomar el más prudente incógnito, porque el ejercicio de
una actividad intelectual o científica no puede sino tender a
satisfacer antes que nada la curiosidad propia del individuo que
somos, a satisfacerla a expensas incluso del medio social al cual
debemos nuestros medios de conocimiento. Y es así que nos gustaría
"conducir al adolescente hacia la Naturaleza, y mostrarle en
todas partes el reino de sus leyes: luego las leyes de la sociedad
burguesa. Entonces la pregunta no dejaría de hacerse escuchar: ¿era
necesario que fuera así? Y poco a poco el adolescente tendrá
necesidad de historia para aprender cómo se llegó al presente
estado. Pero aprendiendo así la historia, aprenderá también cómo
él mismo puede transformarse en otro. ¿Cuál es el poder del
hombre sobre las cosas? Tal debería ser la pregunta inicial en toda
educación. Y entonces, para mostrar cómo todo podría ser de otro
modo en este mundo, evocaríamos el ejemplo de los griegos, después
el de los romanos, para mostrar cómo se llegó aquí donde
estamos."
Pero
quien pretende así, desde lo alto de una cátedra de filología,
aniquilar la autoridad de dos mil años, ve pronto a los más
simpatizantes entre sus colegas apartarse a su paso, ve su grupo de
alumnos dispersarse, se arriesga a dilapidar lo mejor de sí mismo
en el esfuerzo vano de marcar a la joven generación con su propio
destino.
Es
soportar un destino imposible de cambiar --y más hubiera valido,
quizás, no haber nacido--, sentir un día que el Creador no ha
creado ese día como los días precedentes; que uno ya no ha nacido
de sus manos al despertar; que uno no es más que la espuma de la
nada soñadora; y que el mundo ahora declina bajo la mirada, ahora
que las venas divinas se han secado: todo lo que miramos y todo lo
que nos rodea parece el cadáver del Creador; o bien, golpeados por
la torpeza, experimentamos los límites de un gusano nacido sobre
ese cadáver; con él el mundo exánime se descompone, y encontramos
la felicidad de un gusano en la descomposición eterna del infinito
cadáver de Dios; o bien, atormentados por una piedad clarividente,
tenemos la fuerza de reconocernos en la inconmensurable carroña, y
de decir: ¡soy yo! ¡Soy yo! ¡Soy yo que sufro las injurias de los
gusanos!
Tal es
la desvergüenza de los que asistieron al Creador en sus últimos
instantes. Tal es, también, su único remedio. ¿Qué les queda del
mundo, sustraído a sus impulsivas investigaciones, sustraído a su
insaciable amor, qué les queda del mundo que descomponen por medio
del trabajo, raza de laboriosos impotentes, enfermos de no poder
poseer el mundo a la medida del mundo? Les queda todavía la
Naturaleza, su propia naturaleza. La Naturaleza, decimos, es objeto
de la investigación científica. El hombre que se considera como un
producto de la Naturaleza se comprenderá entonces, en tanto que
Sabio, en esta búsqueda: será la Naturaleza estudiada a través de
la naturaleza, y en él la serpiente que se muerde la cola encontrará
su satisfacción. Pero he aquí lo que precisamente inquieta a la
Sociedad a la que no le gustan los hombres-serpiente: en el
transcurso de su frecuentación de la Naturaleza, el investigador
descubre en cada reino modos de existencia y modos de disfrute,
modos de poder y modos de adoración que son otras tantas
sugerencias e inspiraciones; la Sociedad confía en el investigador
para estar prevenida: ¿estas sugerencias son apropiadas para
mantener la vida de la comunidad, o pueden estorbar el mantenimiento
del orden? Para poder cultivar las ciencias sin peligro, la Sociedad
exige del Sabio que no tenga secretos con la Naturaleza. Le exige
que se considere como la Naturaleza estudiada por la naturaleza, que
quiera respetar de buen grado la línea de demarcación que separa
la Naturaleza del Sabio.
Pero aquél
que asistió al Creador en sus últimos momentos, que vio los
miembros divinos ser presa de los gusanos, que se sintió como el
sufrimiento póstumo de Dios, y que al amortajar a Dios perdió el
mundo, no debe rendir cuentas a la Sociedad, no conoce ya línea de
demarcación entre la Naturaleza y él mismo. Franquea esta línea
y, desesperándose por crear alguna vez, se metamorfosea de Sabio
que era en Naturaleza sabia; y si mantiene los afueras afables,
graves y apacibles de un profesor, no es más que un último
vestigio de pudor y de modestia verdaderamente exagerada, no es más
que una consideración excesiva para su madre, su hermana y sus
contemporáneos.
*
(N. de la T.) Icoglans en el original. El término, de origen
turco (itch-oghlân), significa "niño del interior del
serrallo". Muchas veces se trataba de niños de origen
cristiano que constituían la guardia personal del sultán. Se los
educaba, precisamente, en casas.
e Klossowski,
"Creación del mundo", en Acéphale. Religión,
sociología, filosofía, 1936-39, Caja Negra
Editora, Ciudad de Buenos Aires, 2005, pp.76-82.
DON
JUAN SEGÚN KIERKEGAARD
Por
Pierre Klossowski
Kierkegaard y Nietzsche tienen sus orígenes en la música,
primera materia universal, forma necesaria de la destinación.
En uno
como en otro el sentimiento musical es el sentimiento mismo de la
vida, indecible, irreductible e inaprehensible; en ambos, es el
erotismo puro y ciego, la experiencia vivida que la reflexión todavía
no ha abierto, pero que abrirá infaliblemente.
Nietzsche,
que describió cómo en la sensibilidad musical y trágica de la
Grecia presocrática la autoridad imperativa de lo inmediato se ve
progresivamente minada por la explicación justificativa del sofisma
dialéctico, observa que es imposible para el lenguaje "símbolo
de las apariencias, manifestar alguna vez exteriormente la esencia
íntima de la música que simboliza el antagonismo y el dolor
originarios en el corazón de un Uno primordial". Esta definición
de Nietzsche, todavía muy schopenaueriana, no deja de contener el
conflicto íntimo de su filosofía, que enfrenta el lenguaje
generador de la moral y negador de la vida y de la música, forma
exaltante y aprobadora del sufrimiento. Antes que él, Kierkegaard,
para quien la música no expresa más que lo inmediato en su
inmediatez, observa que el lenguaje tomó en sí mismo la reflexión:
"por eso no puede expresar lo inmediato. La reflexión mata lo
inmediato, y por eso es imposible expresar lo musical en el
lenguaje". Esta similitud de reacciones de Kierkegaard y
Nietzsche en su respectivo recorrido inicial
permite considerar bajo las categorías del segundo la experiencia
del primero.
De
entrada Kierkegaard parece tomar la actitud contemplativa apolínea
frente al espectáculo dionisíaco que le hace ver en Don Juan la
encarnación del fenómeno dionisíaco de lo inmediato erótico.
Esta actitud de la conciencia que contempla la danza de su propio
sufrimiento que Nietzsche había descubierto más acá del
Cristianismo en la tragedia griega, Kierkegaard la encuentra más
allá del Cristianismo, en un mito alumbrado por la conciencia
cristiana.
"El
Cristianismo introdujo en el mundo la sensualidad: como la
sensualidad es aquello que debe ser negado, en tanto que realidad
positiva es puesta en evidencia particularmente a través de la
oposición del contrario que la excluye. Ahora bien, en tanto que
principio, fuerza, sistema en sí, la sensualidad no fue planteada más
que por el Cristianismo. Es en este sentido que el Cristianismo
introdujo la sensualidad en el mundo. Para comprender exactamente
esta tesis, es preciso tomarla del mismo modo que a su antítesis:
el Cristianismo excluyó y expulsó del mundo la sensualidad. En
tanto que principio, fuerza, sistema en sí, la sensualidad fue
planteada la primera vez por el Cristianismo; podría incluso
agregar una definición adecuada para aclarar lo que adelanto: es
solamente a través del Cristianismo que la sensualidad se convirtió
en correlato del espíritu. Esto es completamente natural porque el
Cristianismo es espíritu, el espíritu positivo que introdujo la
sensualidad en el mundo. Pero si se considera la sensualidad bajo la
determinación del espíritu, su importancia reside evidentemente en
el hecho de encontrarse excluida, de estar determinada en tanto que
principio, en tanto que poder: porque es necesario que lo que el espíritu
debe excluir (siendo él mismo un principio) sea un elemento que se
afirme en tanto que principio, incluso en el momento mismo de su
exclusión..."
Antes
del Cristianismo, la sensualidad no estaba determinada
espiritualmente. ¿Cómo entonces? "La sensualidad, determinada
psíquicamente, encontró su expresión más perfecta entre los
griegos. Ahora bien, determinada de esta manera, la sensualidad no
es antítesis, exclusión, sino unidad y armonía...". Los
griegos no conocieron la sensualidad en tanto que principio. La
sensualidad se confundía entonces en la bella individualidad, y el
alma, que constituía la bella individualidad, era inconcebible sin
la sensualidad. En consecuencia, lo erótico dependía
del alma y no podía formar un principio. El amor no se
producía en el individuo más que de una manera momentánea. Se
podría objetar a esto que Eros era por cierto este principio: pero
Eros figuraba el amor psíquico. Además, Eros, dios del amor, no
era él mismo un dios amoroso. Dispensaba el amor a los mortales
como a otras divinidades, y si ocurría que sentía amor, lo que era
raro, hay que ver en ello la sumisión a una potencia que habría
estado excluida del universo si Eros mismo la hubiera rechazado.
Eros, dispensador del amor, no posee él mismo la potencia que
simboliza porque la transmite al universo entero, mientras que los
mortales que están animados por ella la vuelven a conducir a él.
Sin embargo, el Cristianismo introdujo en el mundo la idea de
encarnación o de representación: una figura individual que
representa o que encarna un principio concentra allí la fuerza en
la que cada uno participa cuando contempla esta figura. Desde
entonces, la conciencia cristiana pudo igualmente concebir figuras
que encarnaban los principios y las fuerzas que excluye. Así es
como en la época del Renacimiento alumbró las figuras de la
genialidad sensual y de la genialidad intelectual excluidas del
mundo. Kierkegaard no podía, en su época, conocer la significación
de los misterios dionisíacos. Con mayor razón debía verse
llevado, por su naturaleza, a buscar el elemento dionisíaco en el
mundo de la sensibilidad cristiana, a presentirlo y a encontrarlo en
este caso en la obra exaltante de Mozart.
Como el
conflicto de la individuación determinaba la experiencia dionisíaca
de la sensibilidad antigua, pudo motivar una tensión dionisíaca de
la sensibilidad cristiana. Pero mientras el alma antigua se
representaba a Dioniso en la tragedia bajo la máscara de un héroe
que combatía, "maniatado en las redes de la voluntad
particular", "sufriendo los dolores de la individuación",
y no veía la liberación más que en la muerte del héroe
ocasionada por su "voluntad de ser él mismo la única esencia
del universo", la conciencia cristiana, al plantear lo
inmediato como el principio que ella misma excluye, se plantea a sí
misma como la individuación irreversible del alma inmortal. Es
entonces la espectadora de la forma de existencia no individuada que
se esfuerza en negar interiormente para combatir la peor de todas
las tentaciones. Pero para negar lo inmediato (lo no individuado),
para trascender el deseo sacrílego de ser en sí misma la única
esencia del universo, debe darse constantemente el espectáculo de
los héroes legendarios que encarnan la negación criminal de
individuarse frente a Dios. La conciencia
cristiana realiza de este modo ese milagro de hacer presente a
Dioniso bajo su forma inhumana, monstruosa y divina. Lo que el alma
antigua no había hecho más que presentir, lo que no había visto más
que como máscara, la conciencia cristiana lo ve al desnudo gracias
a la encarnación: Dioniso no debía revelarse supremamente más que
frente al Crucificado.
En el
momento en que Dios muere, Nietzsche experimenta la resurrección de
Dioniso, dios de la desindividuación. La muerte del Dios de la
individuación exigirá el nacimiento del superhombre, porque si
Dios muere, el yo individual no pierde solamente su Juez, pierde su
Redentor y su eterno Testigo: aunque si pierde su eterno Testigo,
pierde también su identidad eterna. El yo muere con Dios. Y el vértigo
del eterno retorno se apodera de Nietzsche: producto irreductible y
fortuito del universo ciego, cuando su voluntad individual desposa
el movimiento necesario del universo, entrevé, presiente y recuerda
las identidades innumerables llevadas como otras tantas máscaras
del monstruo Dioniso. Pero cuando haya usado toda la serie, será
preciso necesariamente que un rostro vuelva a aparecer al desnudo:
el del "asesino de Dios". En tanto que faz del
"asesino de Dios", no puede ser más que un rostro de
carne y hueso, formado muy poco tiempo atrás por el Creador
asesinado; el de Friedrich Nietzsche, rostro paradójico de una
voluntad que, en el seno de la irresponsabilidad consciente, tendía
a establecer la responsabilidad en relación con la necesidad.
Si él
predijo el retorno de una edad trágica en sentido dionisíaco, su
predicción no fue menos hecha, por ello, desde el fondo de su
experiencia íntima de la muerte de Dios, es decir, desde el fondo
de una experiencia cristiana. Es entonces legítimo confrontar con
su interpretación de lo trágico antiguo (ruptura de la individuación),
la interpretación que Kierkegaard ofreció de lo trágico moderno
(la individuación inevitable) en relación con la antigua. En el
mundo antiguo, observa Kierkegaard, el individuo estaba integrado en
las determinaciones sustanciales, tales como el Estado, la Familia,
el Destino. Esas determinaciones sustanciales constituyen el
elemento fatídico de la tragedia griega, la hacen ser lo que es. La
suerte del héroe no es solamente una consecuencia de sus actos; es
también padecimiento, mientras que en la tragedia moderna no es
tanto el padecimiento como la acción individual del héroe. La
tragedia moderna nos muestra cómo el héroe, subjetivamente
reflejado, hace de su vida su acción a través de una decisión
individual. La tragedia moderna, basada en el carácter y la situación,
agota en la réplica todo lo inmediato y, en consecuencia, no tiene
ni el primer plano ni el fondo épicos de la tragedia griega. En ésta,
la culpabilidad constituye un elemento intermediario entre el actuar
y el sufrir, y en esto reside la colisión trágica. Los tiempos
modernos (es decir, cristianos), parecen haber elaborado una
concepción errónea de lo trágico; todo el elemento fatídico,
todas las determinaciones sustanciales fueron traducidas en
subjetividad consciente y en individualidad responsable. Desde
entonces --porque nuestras categorías son cristianas--, el héroe
trágico conscientemente culpable se convierte en un ser malo, y el
mal se convierte en el contenido esencial de la tragedia. Antes el
individuo era considerado en función de su pasado ancestral, de su
familia, de la comunidad; participaba del destino de la raza. Hoy
asistimos al aislamiento del individuo; del mismo modo que lo cómico
--característico del mundo cristiano moderno-- expresa el
aislamiento en el seno de este mundo, así lo hace el mal por el
mal, así lo hace el pecado.
Kierkegaard
y Nietzsche constituyen la cabeza de Jano de la conciencia moderna:
Nietzsche busca identificar la extrema conciencia con la necesidad
extrema, con el fatum; Kierkegaard no conoce más que la
nostalgia del fatum en tanto que nostalgia de lo inmediato.
Para él, no existe ya existencia sometida a las determinaciones
sustanciales: no hay más que una existencia en el seno del pecado,
en la ignorancia o en la plena conciencia del pecado. Es la posición
inevitable, ineluctable, la posición frente a Dios.
Pero la
existencia en el seno del pecado es el nacimiento del yo individual
--con sus horrores, con sus alegrías y dolores--, el nacimiento del
yo bajo la mirada inquisidora, terrible y amante de Dios.
El yo
"síntesis de lo finito y lo infinito, se plantea de entrada;
luego, para devenir, se proyecta sobre la pantalla de la imaginación,
y sobre lo que le revela lo infinito de lo posible. El yo contiene
tanto de posible como de necesidad, porque es él mismo, pero debe
todo el tiempo devenir sí mismo. Es necesidad, puesto que es él
mismo, y posibilidad, porque debe convertirse en sí mismo.
Si lo
posible demuele la necesidad, y si de este modo el yo se lanza y se
pierde en lo posible, sin lazo que lo vuelva a convocar a la
necesidad, tenemos entonces la desesperación de lo posible. Ese yo
se convierte entonces en un abstracto en lo posible, se agota al
debatirse allí sin cambiar sin embargo de lugar, porque su
verdadero lugar es la necesidad: convertirse en uno mismo, en
efecto, es un movimiento en el lugar. Devenir es una partida, pero
convertirse en uno mismo es un movimiento en el lugar".
Así
aparece el problema en Kierkegaard en el momento en que, aspirando a
salir de una vida intelectualmente disoluta en donde había
experimentado con fuerza la atracción del proteísmo de los románticos
alemanes, le parece que su proyectada unión con Regina Olsen no es
más que una salida falsa. Comienza entonces su examen de
conciencia: es el instante de la Alternativa cuyos primeros
pasos toman su impulso
en lo inmediato erótico y lo erótico musical.
Existe una afinidad profunda entre la nostalgia de lo inmediato en
Kierkegaard y la esencia de la música, por una parte, y entre Don
Juan, encarnación de lo inmediato erótico, y la música, su medio
de expresión más adecuado, por la otra.
"La
genialidad sensual es por completo fuerza, tempestad, impaciencia,
pasión; es algo esencialmente lírico: sin embargo, no consiste en
un momento sino en una sucesión de momentos... de allí su carácter
épico; es demasiado desbordante para que pueda expresarse por medio
de la palabra; se mueve constantemente en lo inmediato... La unidad
acabada de esta idea y de su forma adecuada se puede encontrar en el
Don Juan de Mozart, y precisamente porque la idea de genialidad es
tan infinitamente abstracta, porque el medium es tan abstracto, no
es probable en lo más mínimo que Mozart pueda tener alguna vez
competidores a futuro... Esta idea de Don Juan es tanto más musical
en tanto que la música no se expresa en ella como acompañamiento,
sino como la revelación de su esencia más íntima. Ésta es la razón
por la cual Mozart, a través de su Don Juan, se elevó por sobre
todos los inmortales".
El
estado inicial del alma de Kierkegaard es por naturaleza un estado
musical que su conciencia cristiana objetivará progresivamente; ésta
aprehende allí la pérdida de la inocencia, de ese estado en el que
el alma está en unión inmediata con su naturaleza y cuyo profundo
misterio es que es al mismo tiempo angustia. Ahora bien, si el yo
kierkegaardiano conoció esta angustia generadora del pecado a través
de sus diferentes fases, desde la angustia frente a la nada y frente
a la posibilidad de poder, hasta la angustia frente al mal y frente
al bien, todas ellas formas de la angustia refleja, pudo contemplar
la figura del Don Juan mozartiano como la personificación milagrosa
de la angustia sustancial.
"(...)
Como el ojo presiente el incendio desde el primer resplandor, del
mismo modo el oído presiente el ardor apasionado frente a los
sonidos agonizantes de los violines - dice
acerca de la Obertura de Don Juan. Existe
algo de angustia en este relámpago: algo que será engendrado en la
angustia, en el seno de las más profundas tinieblas; tal es la vida
de Don Juan. No es una angustia que se refleje subjetivamente en él,
es una angustia sustancial. La Obertura no expresa para nada la
desesperación, como se dice habitualmente sin saber lo que se dice:
la vida de Don Juan tampoco está hecha de desesperación, sino de
toda la potencia de la sensualidad engendrada en la angustia; Don
Juan mismo es esa angustia, y esa angustia es precisamente su alegría
demoníaca de vivir. Después de haberlo hecho nacer así, Mozart
desarrolla su vida en los sones danzantes de los violines en los que
él se alza por sobre el abismo, ligero y furtivo. Como una piedra
que uno lanza sobre el agua de modo tal que no haga más que rozar
la superficie, a veces con rebotes ligeros, pero que desaparece bajo
la onda tan pronto como deja de rebotar, así baila por sobre el
abismo y goza durante el breve respiro que se le ha acordado".
El yo
kierkegaardiano, enfrentado con su propia necesidad frente al
infinito de lo posible, conoce en un estado extático la encarnación
de sus posibilidades infinitas: Don Juan, la visión infernal y
soberbia, el sueño insensato de la conciencia que busca eludir su
necesidad, el desafío a Dios en la desesperación de no poder
escapar a la condición de su individualidad inmortal. Hasta en sus
observaciones estéticas en cuanto al error de ciertas
interpretaciones de Don Juan que individualizaron al héroe, le
dieron una realidad biográfica y lo sometieron a contingencias,
Kierkegaard exalta la naturaleza esencialmente musical y por lo
tanto pre-individual de Don Juan.
No es
"por esencia ni idea (es decir fuerza, vida), ni individuo:
ondea entre ambos. Ahora bien, este ondear es la vida misma de la música.
Cuando el mar está embravecido, las olas espumosas forman toda
clase de figuras semejantes a seres animados; parece entonces que
fueran esos seres los que elevan las olas, mientras que es el
movimiento de las olas el que los produce. Del mismo modo Don Juan
es una forma que se convierte en aparente sin condensarse nunca en
una figura definida, individuo que no deja de formarse sin
terminarse jamás, y de cuya historia no percibimos otra cosa que lo
que nos cuenta el rumor de las olas".
El Don
Juan mozartiano pertenece a los estadios anteriores a toda toma de
conciencia, y de ahí su temible poder
de fascinación: Don Juan es la forma suprema de las metamorfosis de
lo inmediato erótico tal como Mozart se las reveló a Kierkegaard.
"En
el primer estadio, la apetencia (Querubín) no encuentra su objeto:
lo posee sin haberlo deseado con avidez, y en consecuencia no llega
a ejercerse en tanto que apetencia. En el segundo estado
(representado por Papageno), el objeto aparece en tanto que múltiple,
pero al buscar su objeto como múltiple, la apetencia no tiene
objeto en sentido profundo: no está todavía determinada en tanto
que apetencia. En el tercer estado es cuando la apetencia se muestra
en Don Juan absolutamente determinada en tanto que apetencia: es,
intensiva y extensivamente, la unión inmediata de los dos estados
precedentes. El primer estadio deseaba idealmente el Uno; el segundo
lo particular bajo la categoría de lo múltiple; el tercero los
confunde. La apetencia encontró en lo particular su objeto
absoluto, lo desea absolutamente... Ahora bien, no hay que olvidar,
sobre todo, que no se trata de la apetencia de un individuo, sino de
la apetencia en tanto que principio...".
No se
trata del seductor reflexivo de la categoría de lo interesante (Don
Juan de Molière, Lovelace, Valmont, Johannes de Kierkegaard), que,
para ser seductores consumados, no buscan necesariamente variar o
aumentar la lista de sus víctimas sino que se muestran más
curiosos acerca de la personalidad de aquélla que se proponen
seducir. Hacer entrar a Don Juan en esta categoría que es la de lo
interesante es no comprender su naturaleza mítica. Si uno lo coloca
en la escuela de la astucia y la estratagema, se le presta "la
reflexión, y ésta echa una luz tan cruda sobre su persona que sale
pronto de la oscuridad en donde no era perceptible más que
musicalmente". Su goce es entonces completamente intelectual,
encuentra sus satisfacciones en el plano ético; no disfruta más
que con su astucia, de la que obtiene goce inmediato, y los cantos
se callan. Ahora bien, el Don Juan mozartiano es un seductor en la
medida en que su sensualidad y nada más que su sensualidad es el
objeto de su deseo. Don Juan desea y su deseo tiene como efecto
seducir. Disfruta en satisfacer su deseo, y si engaña al buscar un
nuevo objeto después de haber gozado, no es porque haya premeditado
la impostura: no tiene tiempo de jugar el rol del seductor, y es más
bien por su propia sensualidad que sus víctimas fueron engañadas.
"Pero deseando en cada mujer toda la femineidad, ejerce este
poder sensualmente idealizante por medio del cual embellece, madura
y vence a su presa". La infidelidad del Don Juan mozartiano, en
consecuencia, no se sigue de la estrategia de los seductores
morales: es inherente al deseo, y mientras el amor psíquico
sometido a la reflexión dialéctica de la duda y de la inquietud es
supervivencia en el tiempo, el amor sensual, infiel por esencia, se
desvanece en el tiempo, muere y renace en una sucesión de momentos
para encontrar así en la música su revelación más esencial.
"Como
el relámpago brota de la nube sombría, surge fuera de la seriedad
insondable de la vida, más rápido que el rayo, en zigzags más
salvajes, pero mucho más seguro de alcanzar su objetivo: escúcheselo
precipitarse en el eterno flujo cambiante de los fenómenos, tomar
por asalto las sólidas murallas de la
vida: los sonidos ligeros de los violines, la risa perlada de la
alegría, los goces del placer, las bienaventuradas fiestas del
disfrute: se sobrepasa él mismo, siempre más salvaje, siempre más
huidizo; escúchese la pasión en la rabia de la voluptuosidad
desencadenada, el rumor amoroso, el murmullo tentador, el torbellino
seductor, el silencio del instante...".
¿Dioniso
no era para Nietzsche la polimorfía originaria del yo llamado a
renacer en el mundo? Y así, Don Juan para Kierkegaard, ¿no celebró
acaso en el héroe mozartiano la lucha de la polimorfía de su alma
con la conciencia hostil cuyos acentos amenazantes percibimos desde
la obertura? ¿No lo describió acaso desde lo alto de la conciencia
misma que exigía la muerte de la polimorfía ciega? Don Juan fue
para él la fuerza elemental e informe que, detenida fortuitamente
en su movimiento y en el punto de individualizarse al contacto con
el objeto reencontrado, vuelve a caer en su informidad primera para
retomar su ritmo infinito. Es entonces, como Dioniso, la expresión
de la melodía infinita donde el alma de Nietzsche quería fundirse
en el supremo grado de la voluntad: es la melodía infinita de lo
posible que el alma de Kierkegaard escuchaba con una nostalgia
angustiada por el sentimiento de culpabilidad, pero con nostalgia a
pesar de todo: ¿la sonoridad gozosa del héroe mozartiano no le
ofrecía el espectáculo dorado de una irresponsabilidad provisoria?
"(...)
arrojado en la posición más escarpada de la vida, perseguido por
el rencor del mundo entero, este Don Juan victorioso no tiene más
refugio que un pequeño cuarto trasero. Sentado en el extremo de la
báscula de la vida, a falta de una alegre compañía, despierta en
sí mismo a golpes de látigo todo su placer de vivir. Y la música
brama con tanto más furor cuanto que resuena en el abismo por sobre
el cual maniobra Don Juan".
Kierkegaard
había conocido él mismo esta posición escarpada: a medida que se
decidía en el sentido de la individuación, del "movimiento en
el lugar" que es el "convertirse en uno mismo",
suprimía de sí mismo por medio de esta decisión todas las
posibilidades de vida estéticas y poéticas. Ahora bien, ocurría
que su unión con Regina Olsen no hubiera podido jamás separarse
del carácter de lo interesante por haber sido contraída en el seno
mismo de las frivolidades intelectuales. Para poseer a Regina en y
según lo eterno, era preciso renunciar a ella en el tiempo y romper
el vínculo: maniobra que no podía efectuarse sin ironía.
Kierkegaard tomaba la máscara de la infidelidad y el elemento
temporal que es la música, expresión más inmediata de la
infidelidad fiel a sí misma, que iba entonces una vez más a
convertirse en su propia máscara. Es entonces cuando al salir de
una pasión "feliz, infeliz, cómica, trágica",
Kierkegaard aparece en la actitud escandalosa de un Don Juan de la
Fe. A través de la negación a comprometerse en el mundo existente,
y consagrar allí su amor por medio de la institución cristiana del
matrimonio, el yo, llegado a la posición "frente a Dios",
había convertido la infidelidad fiel a ella misma en la fidelidad a
lo eterno: salido a la deriva en el océano de su propia eternidad,
¿experimenta el yo kierkegaardiano entonces, como Don Juan cantando
"la melodía de Champagne",
tal "vitalidad interior que los más diversos goces de la
realidad son débiles en comparación con el que extrae de sí
mismo"? Ocurre que en La Repetición el yo devuelto a sí
mismo entona un himno de acción de gracias como si lo posible
sacrificado le fuera restituido en su eternidad:
"Soy
de nuevo yo mismo... mi barca está a flote... en un minuto estaré
de nuevo en donde permanecía el violento deseo de mi alma, allí en
donde todas las ideas rugen con el furor de los elementos, en donde
los pensamientos se desencadenan en el tumulto como los pueblos en
la época de las migraciones, allí en donde reina en otros tiempos
una calma profunda como la del Océano Pacífico, una calma tal que
uno se escucha a uno mismo hablar, con tal de que haya movimiento en
el fondo del alma: allí, por fin, en donde uno pone su vida en
juego a cada instante... Pertenezco a la idea. La soy cuando ella me
da la señal y cuando me da cita día y noche: nadie me espera para
el desayuno, nadie para la cena. Al llamado de la idea, dejo todo, o
más bien no tengo nada que dejar... De nuevo se me tiende la copa
de la ebriedad: aspiro su perfume, percibo ya como una música su
efervescencia; sin embargo, antes que nada, una libación para aquélla
que ha liberado un alma que yacía en la soledad de la desesperación.
¡Gloria a la magnanimidad de la mujer! ¡Viva el vuelo del
pensamiento, viva el peligro de muerte al servicio de la idea, viva
el peligro de la lucha, viva el solemne júbilo del triunfo, viva la
danza en el torbellino del infinito, viva la ola que me arrastra al
abismo, viva la ola que me arrastra hasta las estrellas!".
Klossowski, "Don Juan según Kierkegaard", en Acéphale.
Religión, sociología, filosofía, 1936-39,
Caja Negra Editora, Ciudad de Buenos Aires, 2005, pp.137-150.
LAS
VIRTUDES DIONISÍACAS
Por
Roger Caillois
Parece
que en la medida precisa en que el espíritu se impone una
disciplina muy estrecha y leyes al menos muy severas, debe llevar
una cuenta equivalente de los excesos, y perturbarse por su
existencia misma, porque nunca tiene certeza de no experimentar por
ellos tentación o remordimiento. Puede, en privado, mantenerse
constantemente en el límite y conservar siempre el control más
exacto de sus anticipaciones instintivas o, en público, restringir
el ejercicio de sus facultades a la formulación de evidencias y no
propagar más que lo expresable y lo definido, no avanzar más que
en el terreno completamente conquistado, asimilado, y no proponer
nada que no se pueda justificar y que no sea parte inalienable del
sistema. El poder que dicha austeridad procura al espíritu que la
adopta es propiamente, por derecho, sin medida. En efecto, este espíritu
adquiere para sí gracias a ella una cohesión tal que se convierte
en inexpugnable, a la manera de un ejército en el que cada elemento
táctico, en cada punto, se beneficia de la fuerza indivisa de la
totalidad de los efectivos. No deja por ello de sentir la constante
solicitación de los excesos. Todavía más, un espíritu tan
maniatado debe ser con seguridad para ellos una presa peor
defendida, porque es de las que se arrebatan en su totalidad. Lo que
ocurre es que dicho espíritu está demasiado unificado como para
dividirse y encenderse en parte en el momento del vértigo: es
inconcebible que no permanezca igual de entero en el espasmo que en
el cálculo. En el espíritu, tan dispuesto a uno como entregado al
otro, es como si la distensión fuera tan explosiva sólo para
proseguir una tensión demasiado severa.
La
ebriedad, por lo demás, se manifiesta como estado total y se
extiende, virtualmente al menos, sobre toda la gama de las
actividades del ser, puesto que todas consienten y callan en el
momento en el que se excita sólo una. Al agregar la semi-ebriedad
de la lucidez superior, de la que hablaba Baudelaire, a las que
distingue Nietzsche, es decir, a las tres ebriedades de los licores
fuertes, del amor y la crueldad, se percibe fácilmente que no
existe punto alguno en el que el éxtasis no pueda
asentarse sin que, sin embargo, la sensación extrema de poder que
lo caracteriza deje de permanecer idéntica a sí misma.
Cualesquiera sean los efectos íntimos, sea cual fuere el valor con
que se los juzgue, es seguro que transportan a los individuos
(salvo, en cierto sentido, algunos tóxicos paralizantes que les
procuran por otra parte un sentimiento de superioridad intensa y
calma, aunque de orden contemplativo) y les comunican una impresión
de máximo de ser que les hace preferir esos extraños instantes que
están muy pronto impacientes por repetir para el resto de sus
vidas.
De este
modo, y además de que interesen al individuo en lo más
imprescriptible de sí mismo, los diversos excesos parecen
constituir para él naturalmente un estado violento en relación con
la sociedad, y quizás parecen ser testimonio de una cierta
dificultad por su parte para adaptarse a la vida colectiva. He aquí
incluso una oposición, y quizás no sea la menor, entre los excesos
y la inteligencia: el destino imperialista de esta última y la
desdeñosa resignación de las primeras para exaltarse marginalmente
y para sí mismas.
Sin
embargo, la historia da a pensar que esta oposición no conlleva
ningún carácter absoluto: en la medida en que la sociedad no sabe
hacer lugar a las fuerzas dionisíacas, en la medida en que desconfía
de ellas y las persigue en lugar de integrarlas, el ser se encuentra
reducido a tomar, a pesar de la sociedad, las satisfacciones que
debería recibir de ella solamente. El valor esencial del dionisismo
residía, en efecto, en ese punto preciso en el que reunía al ser
socializándolo por medio de aquello que lo separaba cuando su goce
era individual. Mejor todavía, hacía de la participación en el éxtasis
y de la aprehensión en común de lo sagrado el único cemento de la
colectividad que fundaba, pues en oposición a los cultos locales
cerrados de las ciudades, los misterios de Dioniso eran abiertos y
universales. De este modo colocaban en el centro del organismo
social las turbulencias soberanas que, descompuestas, serán luego
acorraladas por la sociedad en los
vagos terrenos de la periferia de su estructura, donde arroja todo
aquello que la pone en riesgo de disgregarse. Este movimiento
representa nada menos que la más profunda de las revoluciones y no
es indiferente que el dionisismo haya coincidido con la presión de
los elementos rurales contra el patriciado urbano, y que la difusión
de los cultos infernales a expensas de la religión urania haya sido
impulsada por la victoria de las capas populares sobre las
aristocracias tradicionales. Al mismo tiempo, los valores cambian de
signo; los polos de lo sagrado, lo innoble y lo santo se permutan.
Lo que era marginal --con el descrédito tan interesante del término--
se convierte en constitutivo del orden, y en cierto sentido nodal:
lo asocial (lo que parecía asocial) reúne las energías
colectivas, las cristaliza, las conmociona, y se revela como fuerza
de sobresocialización.
Es
suficiente con este vistazo para poder valerse de la expresión
virtudes dionisíacas, entendiendo por virtud lo que une, y por
vicio, lo que disuelve. Porque basta con que una colectividad haya
podido encontrar en ellas su clivaje afectivo y haya podido fundar
la solidaridad de sus miembros solamente sobre ellas, a exclusión
de toda predeterminación local, histórica, racial o lingüística,
para asegurar, entre aquellos a quienes ellas solicitan, la convicción
de que dichas virtudes se ven vejadas injustamente en una sociedad
que quiere ignorarlas y que no sabe reducirlas, para darles el gusto
y mostrarles la posibilidad de agruparse en una formación orgánica
inasimilable e irreductible, para hacer más firme por fin su
resolución de recurrir a esta estrategia que siempre se ofrece.
De
hecho, en Roma las Bacanales fueron prohibidas a la vez por ser
contrarias a las costumbres y por atentar contra la seguridad del
Estado. En Grecia, Las Bacantes de Eurípides, documento cuyo uso,
por otra parte, es extremadamente delicado, muestra suficientemente
que la difusión del culto dionisíaco no se llevó a cabo sin lucha
contra los poderes establecidos.
Sería
preciso remitirnos en relación con este punto a toda una sociología
de las cofradías, desgraciadamente poco desarrollada todavía. Es
necesario señalar dos caracteres: las cofradías existen como
estructura fuerte en un medio social laxo. Se forman sustituyendo
las determinaciones de hecho sobre las que reposa la cohesión de
ese medio (nacimiento, etcétera), por la libre elección consagrada
por medio de una suerte de iniciación y de agregación solemne al
grupo, y tienden a considerar este parentesco adquirido como
equivalente al parentesco de sangre (de allí la constante apelación
de hermano entre los adeptos), lo que convierte al lazo así creado
en más fuerte que cualquier otro, y le asegura la preferencia en
caso de conflicto.
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