| CAMINANDO EN EL
HIELO
Por Werner
Herzog
Presentación y
traducción de Diego Oscar Ramos
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Caminar
sobre el hielo, la expresión metafórica para un especial
y espiritual caminar que Herzog, el gran director de
cine, consumó en 1974 y del que nació un texto
olvidado, algunos de cuyos fragmentos aquí le ofrecemos. |
Werner
Herzog caminante
"A
fines de noviembre de 1974, un amigo de París me telefoneó,
diciendo que Lotte Eisner estaba muy enferma, a la vera de
la muerte. No puede ser, dije. No ahora. El cine alemán todavía
no puede quedar sin ella, no debemos dejarla morir. Tomé una
casaca, una brújula y un saco con lo indispensable. Mis botas
estaban tan sólidas y nuevas que me inspiraban confianza. Me puse
a camino de París por la ruta más corta, con la certeza de que
ella viviría si fuese a encontrarla a pie. Más allá de eso,
tenía la voluntad de estar solo".
Werner Herzog escribe sus cuadernos de su viaje a pie entre Munich
y París, como un pintor impresionista en estado de hipnosis. Las
imágenes flotan en su andar obsesivo, apasionado. Se somete
gustoso a los desafíos del espacio helado del invierno europeo,
proponiendo su estabilidad corporal, psíquica y espiritual como
ofrenda andante de su acto de magia. Sufre del frío de la
temperatura y el de la soledad extremas, siente su transformación
humana en el transcurrir de la caminata, incluso en su aspecto,
para algunos temible. Con voluntad de capturar todo, el paisaje
geográfico y el mental, Herzog no escapa a esas intersecciones
inevitables entre lo que se percibe y se recuerda, haciendo de sus
palabras una continuidad brumosa y embriagadora de imágenes, como
si estuviera filmando con sus ojos y su cuerpo entero uno de sus
films, pero sin alter ego para la gesta que quiere vivir. El es -
cruzando ríos, bosques, ciudades, descubriendo cosas que sólo el
caminar permite ver - apenas un hombre que busca su naturaleza
más grande. Por momentos duda, pero es obstinado y llega a su
destino, su amiga estaba viva y los relojes marcarían unos
cuantos años más de vida que los señalados por el fatal
diagnóstico.
Cuatro
años después del viaje, Herzog publicó como "Caminando
en el hielo" estas notas personales - donde describe en
que inicialmente pensó que nunca saldrían de su intimidad,
pero que en ese pasaje dan pistas para espiar el funcionamiento de
su sensibilidad.
Algunas
huellas del camino
Pregunté
el camino a un hombre, camponés bien humorado, que me mandó
montar en su tractor, porque él iba a subir un trecho. Prosigo a
pie en el bosque nevado, hasta el pico de Huhnersedel. Podría ver
de allí toda la redondez, si no fuese por el patético montón de
nubes. Descendí por el bosque solitario, con piñas derrumbadas
cortando todo el camino y agua goteando de los gajos. De repente,
abajo, en la frontera de las nubes, un descampado, un valle. Las
colinas se van aplanando y percibo que, de un modo general, la
Floresta Negra quedó atrás. Nubes oscuras vienen del oeste, pero
conmigo todo va a las mil maravillas, excepto la boca, que ya
está harinosa de sed otra vez. Alrededor, la soledad del bosque
en negro profundo, silencio de muerte, solo el viento se agita.
Debajo, al oeste, el cielo está naranja miel, como si preparase
una explosión de granizo, pero en lo alto, el ceniza y negro de
la neblina. De repente, una enorme pedrera roja. Vista de encima,
es una cantera, en el fondo de la cual una excavadora inútil
oxida el agua colorada. Al lado, un camión oxidado. Nadie,
ninguna alma, silencio opresor. Mas siniestra aún es la luz de
querosén brilla en el medio de todo aquello. Flamea, el fuego
fantasma, viento. Debajo, en la planicie naranja, veo las estrías
de la lluvia, mientras el cielo anuncia en un relámpago el
desmoronamiento del mundo. Un tren recorre la tierra y atraviesa
las montañas. Las ruedas arden. Un vagón se incendia. El tren
para, intentan apagar el fuego, pero ya es tarde. Deciden tocar en
frente, deprisa y siempre de frente. El tren arranca y prosigue en
línea recta en la oscuridad del cosmos. En el negro profundo del
universo, flamean las ruedas y flamea un solo vagón. Comienza una
increíble precipitación de estrellas, mundos enteros se abaten
sobre un mismo punto. La luz no puede escapar más, mismo la total
oscuridad aquí actuaría como luz y el silencio como un
estruendo. Nada más sostiene el universo, es el bostezo del más
negro vacío. Vías lácteas se condensan en no estrellas. Una
bienaventuranza se esparce, y de la bienaventuranza no nace ahora
cosa alguna. La situación es esta. Una nube de moscas e otros
bichos quedan zumbando alrededor de mi cabeza y no vale la pena
espantarlos con una mano que ellos continúan siguiéndome,
sedientos de sangre.
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Mañana
inmaculada, clara y fresca. La planicie está toda esfumada, pero
en ella la vida se hace oír. Delante de mí, las montañas,
enteras y claras, y la nevada leve dejan entrever la luna fría de
la mañana, cara a cara con el sol. Camino en línea recta, en el
sol de un lado y la luna del otro, es sublime! Viñedos,
gorriones, todo tan fresco! La noche fue bastante mala, después
de las tres no pude dormir más, por lo menos, en la mañana, las
botas no me estaban incomodando y las piernas estaban bien. La
fría fumaza de la fábrica sube calma en vertical. ¿Estaré
escuchando cuervos? Sí y también perros. Mittelbergheim, Andlau.
A mi alrededor, paz total, nieve, trabajo. En Andlau, hay una
feria pequeña. Un pozo de piedra, igual a ninguno otro de mi
existencia, me ofrece posada. La vitivinicultura sustenta todo
aquí, es la base económica del lugar. En la iglesia de Andlau,
el padre canta la misa con un coro de niños agrupado bien cerca
de él, sólo algunas señoras asisten al servicio. En el
exterior, un friso con las más grotescas esculturas romanas. En
la salida de la aldea, casas de veraneo cerradas y vedadas a causa
del invierno. Mismo así, sería bastante simple derribarlas.
Allí, una hilera de viveros secos de peces, que no resistieron la
invasión del pasto y el mato. Una subida siguiendo al riacho.
Mañana perfecta.
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El
día entero, la más perfecta soledad. Un viento claro hace
fanfarronear a las copas de los árboles, el mirar alcanza bien
lejos. Esta estación ya no tiene nada que ver con las cosas
terrestres. Sin hacer ruido, grandes pterosauros dejan sobre mí
su fumaza condensada, apuntando exactamente al oeste. Están
volando para París, mi pensamiento va con ellos. Tantos perros,
en auto las personas no reparan en eso, ni en olor de las fogatas,
ni en los gemidos de los árboles. Los troncos descascarados
transpiran.
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Delante
de mí, un arco iris me llena de repente de una loca esperanza.
Que maravillosa señal al frente y encima de quien camina. Todo el
mundo debería caminar.
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Hoy,
principalmente en camino a Senones, estaba muy deprimido. Largos
diálogos conmigo mismo y con personas imaginarias.
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En
el bar, las sillas todavía estaban sobre las mesas, mismo así me
sirvieron el desayuno de buen grado. El salón está vacío, sólo
en el frente hay dos lavadoras, a mi lado la propia moza tomando
café. Los dos mirábamos en la misma dirección, para la calle.
Me gustaría mirarla, pero no osábamos encararnos, alguna razón
secreta e imperiosa no lo permitía. Ella se encontraba - de eso
tengo certeza - dominada por la misma fuerza.
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En
Chassey, un camión chupa la leche del depósito para llenar su
tanque. Brota en mí una grande y clara determinación en cuanto a
mi destino. Voy a alcanzar el Marne hoy.
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Cuando
llegué a Brienne, todo el mundo se escondió a la misma hora,
solo la mercería quedó abierta, por inadvertencia. En seguida se
cerró también y el lugar quedó mortalmente desierto. Sobre la
ciudad se asienta, pesado y voluminoso, el castillo, cercado de
gradas de hierro forjado. Allá funciona el manicomio. Hoy, en
todo momento yo decía conmigo: bosque. La verdad camina por sí a
través de los bosques.
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Fui
a ver a Eisnerin, que todavía estaba cansada e marcada por la
enfermedad. Alguien le había dicho por teléfono que yo venía a
pie, yo no quería contar. Quedé embarazado y apoyé mis piernas
doloridas sobre una segunda silla que ella empujó. En aquel
embarazo, una palabra me atravesó el espíritu y como la
situación de por sí era extraña yo le hablé. Juntos, dije,
vamos a cocinar un fuego y detener los peces. Entonces ella me
miró con una sonrisa fina y como sabía que yo era un hombre a
pie y, por lo tanto, sin defensa, me comprendió. Por un instante
fino y breve, algo suave atravesó mi cuerpo exhausto. Yo dije:
abra la ventana, hace algunos días aprendí a volar. (*)
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El
vidente de "El corazón de cristal", un singular
film de Herzog donde los actores actuaron semihipnotizados.
Acaso la obra maestra de Herzog.
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(*)
Fuente: Werner Herzog, Caminhando no gelo,
Munique- Paris 23-11 a 14-12-1974, Rio de Janeiro, Paz e Terra,
1982, Colecao Literatura e Teoría Literaria.
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