
El teatro alquímico
Antonin
Artaud
Hay entre el principio del
teatro y el de la alquimia una misteriosa identidad de esencia. Obedece
ello a que, como la alquimia, el teatro, cuando se le considera en su
principio y subterráneamente, aparece ligado a un cierto número de
bases que son las mismas para todas las artes, y que tienen por
finalidad, en el terreno espiritual e imaginario, el logro de una
eficacia análoga a la que permite, en el terreno físico, fabricar realmente
oro. Pero existe, además, entre el teatro y la alquimia una semejanza más
preclara y que nos lleva metafísicamente mucho más lejos: la de que el
teatro y la alquimia son artes virtuales, por decirlo así, y
que no encierran en sí mismas ni sus fines ni su realidad. De igual modo que la
alquimia es, mediante sus símbolos, como el Doble espiritual de una
operación que no tiene eficacia más que en el plano de la materia
real, el teatro debe también ser considerado como el Doble, no de esa
realidad cotidiana y directa, de la que ha ido reduciéndose poco a poco
a no representar más que la copia inerte, tan vana como edulcorada,
sino de otra realidad peligrosa y típica en la que los principios, como
los delfines tras de asomar la cabeza, se apresuran a hundirse de nuevo
en la obscuridad de las aguas. Y ocurre que esa realidad no es humana,
sino inhumana, y
que el hombre, con sus
costumbres o con su carácter, entra por muy poco, hay que confesarlo,
en ella. Apenas si en esa realidad queda todavía la cabeza del hombre,
y algo así como una cabeza absolutamente descarnada, maleable y orgánica,
que conservara exactamente la materia formal indispensable para que los
principios pudieran desarrollar en ella sus consecuencias en términos
sensibles y acabados. Hay, por otra parte, y
antes de seguir adelante, que observar el extraño afecto que todos los
libros que tratan de la materia alquímica sienten por la terminología
de teatro, cual si sus autores hubiesen advertido desde el origen todo
lo que hay de representativo, esto es, de teatral, en la serie
completa de los símbolos por medio de los cuales se realiza
espiritualmente la gran obra en espera de realizarse real y
materialmente, y también en las desviaciones y los errores del espíritu
mal informado en torno de esas operaciones, y en la enumeración, que
pudiera calificarse de «dialéctica», de todas las aberraciones,
fantasmas, mirajes y alucinaciones por los que tienen forzosamente que
pasar los que intentan esas operaciones CON MEDIOS PURAMENTE HUMANOS. Todos los alquimistas
verdaderos saben que el símbolo alquímico es un miraje de igual manera
que el teatro es un miraje. Y esta alusión perpetua a las cosas y al
principio del teatro que se encuentra en casi todos los libros de
alquimia debe ser considerado como el sentimiento (del que los
alquimistas tenían la conciencia más escrupulosa) de la identidad que
existe entre el plano en el que evolucionan los personajes, los objetos,
las imágenes y, en términos generales, todo cuanto constituye la realidad
virtual del teatro, y el plano puramente supuesto e ilusorio en el
que evolucionan los símbolos de la alquimia.
Estos símbolos, que
indican lo que pudiera llamarse unos estados filosóficos de la materia,
encauzan ya al espíritu en la vía de esa purificación ardorosa, de
esa unificación y de esa demacración, en un sentido horriblemente
simplificado y puro, de las moléculas naturales; en la vía de esa
operación que permite, a fuerza de despojo, repensar y reconstituir los
sólidos siguiendo esa línea espiritual de equilibrio en la que han
vuelto, por fin, a convertirse en oro. No se hace bastante hincapié en
subrayar hasta qué punto el simbolismo material que sirve para designar
ese trabajo misterioso responde en el espíritu a un simbolismo
paralelo, a una «mise en oeuvre»
de ideas y de apariencias mediante la cual todo lo que en el teatro es
teatral se designa y puede distinguirse filosóficamente. Creo explicarme. Y es, por
lo demás, harto probable que se haya comprendido ya que el género de
teatro a que aludimos no tiene nada que ver con esa clase de teatro
social o de actualidad que cambia con las épocas, y en el que las ideas
que animaban originalmente al teatro no aparecen ya más que en las
caricaturas de los gestos, desfiguradas a fuerza de haber cambiado de
sentido. Ocurre con las ideas del teatro típico y primitivo lo que con
las palabras que al cabo del tiempo han cesado de llenar ya su misión
de imágenes y que en lugar de ser un medio de expansión no son ya más
una «impasse»
y un cementerio para el espíritu. Tal vez antes de
profundizar más sobre el particular se nos pida que definamos lo que
entendemos por teatro típico y primitivo. Y abordaremos por ahí la
entraña misma del problema. Si se plantea, en efecto, la cuestión de
los orígenes y de la razón de ser (o de la necesidad primordial) del
teatro, se tendrá, de un lado y metafísicamente, la materialización
o, mejor aún, la
exteriorización de algo así
como un drama que contuviese, en forma a un tiempo múltiple y única,
los principios esenciales de todo drama, ya orientados, por su
parte, y divididos, no lo suficiente para que pierdan su carácter
de principios, pero sí lo bastante para contener en términos
substanciales y activos, es decir, llenos de «décharges»,
perspectivas infinitas de conflictos. Analizar filosóficamente un drama
tal, es imposible; y así, sólo poéticamente y arrancando a los
principios de todas las artes lo que puedan tener de comunicativo y de
magnético, es viable, por medio de formas, de sonidos, de músicas y de
volúmenes, evocar a través de todas las similitudes naturales de las
imágenes y de los parecidos, no unas direcciones primordiales del espíritu,
a las que nuestro intelectualismo lógico y abusivo reduciría a no ser
otra cosa que inútiles esquemas, sino esos como estados de una acuidad
tan intensa, de un filo tan absoluto, que a través de los
estremecimientos de la música y de la forma se sienten las amenazas
subterráneas de un caos tan decisivo como peligroso. Y ese drama esencial, así
se advierte perfectamente, existe, y existe a imagen de un algo más
sutil que la creación misma, de un algo que tendremos que
representarnos como el resultado de una voluntad única y sin
conflicto. Deberemos creer que el
drama esencial, el que figuraba en la base de todos los grandes
misterios, se desposa con el segundo tiempo de la creación, el de la
dificultad y del Doble, el de la materia y de la condensación de la
idea. Parece, en efecto, que allí donde reinan
la simplicidad y el orden no puede haber teatro ni drama, y que el
verdadero teatro nace, como la poesía, por lo demás, pero por otros
caminos, de una anarquía
que se organiza luego de
luchas filosóficas que son el aspecto apasionante de esas unificaciones
primitivas. Y ocurre que esos
conflictos que el cosmos en ebullición nos ofrece en una forma filosóficamente
alterada e impura, nos son propuestos por la alquimia en toda su
intelectualidad rigurosa, pues que la alquimia nos permite realcanzar lo
sublime, pero con drama, luego del machacar minucioso y
exacerbado de toda forma no suficientemente afinada, no suficientemente
madura, por cuanto en el principio mismo de la alquimia está el no
permitir al espíritu que tome impulso más que después de haber pasado
por todas las canalizaciones, por todas las cimentaciones de la materia
existencia, y de haber realizado de nuevo este trabajo en los limbos
incandescentes del futuro. Porque dijérase que para merecer el oro
material, el espíritu hubiera tenido que empezar por demostrarse que
era capaz del otro, y que no hubiese logrado éste, que no lo hubiese
alcanzado, más que condescendiendo a él, más que considerándolo como
un segundo símbolo de la caída que tuvo que dar para captar en forma sólida
y opaca la expresión de la luz misma, de la rareza y de la
irreductibilidad. La operación teatral de
fabricar oro, por la inmensidad de los conflictos que provoca, por el número
prodigioso de fuerzas a las que empuja unas contra otras y a las que
induce, mediante ese apremio, a una especie de recogimiento esencial
pletórico de consecuencias y supercargado de espiritualidad, evoca
finalmente al espíritu una pureza absoluta y abstracta, después de la
cual no hay ya nada más, y que podría ser concebida como una nota única,
algo así como una nota límite atrapada al vuelo y que fuese como la
parte orgánica de una vibración indescriptible. Los misterios orfeicos que subyugaban a
Platón debieron tener
en el plano moral y psicológico
un poco de ese aspecto transcendente y definitivo del teatro alquímico
y, por medio de elementos de una extraordinaria densidad psicológica,
debieron evocar, en sentido inverso, símbolos de la alquimia que
facilitan la manera espiritual de decantar y de transfundir la materia;
debieron evocar la transfusión ardiente y decisiva de la materia por el
espíritu. Se nos dice que los
Misterios de Eleusis se limitaban a llevar a la escena un cierto número
de ventas morales. Creo yo más bien que llevarían a la escena
proyecciones y precipitaciones de conflictos, luchas indescriptibles de
principios, enfocadas desde ese ángulo vertiginoso y resbaladizo en el
que toda verdad se pierde al realizar la fusión inextricable y única
de lo abstracto y de lo concreto; y entiendo que mediante músicas de
instrumentos, notas, combinaciones de colores y de formas de las que
hemos perdido hasta la idea, lograrían satisfacer, por una parte, esa
nostalgia de la belleza pura de la que Platón tuvo por fuerza que
hallar en este mundo, cuando menos una vez, la realización completa,
sonora, fluente y estricta, y por otra parte lograrían resolver, a
favor de conjunciones extrañas e inimaginables para nuestros cerebros
de gentes en vela, resolver, digo, o incluso aniquilar, todos los
conflictos producidos por el antagonismo de la materia y del espíritu,
de la idea y de la forma, de lo concreto y de lo abstracto, y fundir
todas las apariencias en una expresión única que debía ser semejante
al oro espiritualizado. París, septiembre de 1932. |