La Ciudad Letrada 
La supremacía de Uruguay
[Cuento. Texto completo]
Elwyn B. White
El inventor del dispositivo era un recepcionista de un hotel de Montevideo
llamado Martín Casablanca. Había tenido la idea en cuestión durante la campaña
de mayorazgo de 1933 en la ciudad de Nueva York, donde se encontraba atendiendo
una convención realizada en un hotel.
Un atardecer de noviembre, poco antes de la elección, vagando por el distrito
de Broadway llegó a toparse con un evento público. Una plataforma había sido
erigida en la marquesina de uno de los teatros, y en un intervalo entre
discursos un joven frío, envuelto en un abrigo, cantaba frente a un micrófono.
"Gracias", cantaba sentimentalmente, "por todas las bellas
delicias que he encontrado en tu abrazo..." La inflexión de las palabras
de amor era la de una voz que murmura, pero el volumen del sonido amplificado
era enorme; se transmitía por cuadras, en lo profundo de las filas del
electorado.
El uruguayo hizo una pausa. No le eran desconocidas las delicias de un abrazo
amoroso, pero en su experiencia habían sido de una intensidad menor, más
íntima, concentrada. Este sonido relajado, público, tuvo un curioso efecto en
él. "Y gracias por las inolvidables noches que nunca podré
reemplazar..." El público se balanceaba junto a él.
En el resplandeciente rincón de la apiñada prensa de cuerpos, el retumbar
dominante del cantante melódico lo chocó repentinamente y se tornó por unos
segundos, como luego se diera cuenta, en un hombre loco. Las caras, las
máscaras, el aire frío, las luces de los anuncios publicitarios, el ascendente
vapor de la colosal taza de café A & P sobre
De todos modos, al partir y alejarse de Times Square y de los viscosos sonidos
de ese gran abrazo de amor, éste era el pensamiento que habitaba su cabeza:
''Si me sacó de mis cabales oír un canturreo suave apenas amplificado, ¿qué no
me podría hacer, escuchar un sonido mucho más alto y amplificado?''
El Sr. Casablanca se detuvo. "¡Buen Cristo!", se susurró a sí mismo;
y su propio susurro lo aterrorizó, como si también hubiera sido amplificado.
Abandonando su convención, partió hacia Uruguay a la tarde siguiente. Diez
meses después había perfeccionado y entregado a su gobierno una máquina de
guerra única en la historia: un avión radio-controlado llevando un fonógrafo
eléctrico con una bocina aerodinámica retractable.
Casablanca había encontrado al tenor más potente de Uruguay
y grabado la estrofa que había oído en Times Square. "Gracias",
gritaba el tenor, "por inolvidables noches que nunca podré
reemplazar...". Casablanca se encargó de aumentarlo ciento cincuenta veces
y manipuló la grabación de tal manera que repitiera la frase eternamente. Su
teoría era que un escuadrón de aviones sin pilotar, esparciendo estos sonidos
interminables sobre territorios extranjeros reduciría inmediatamente a la
población a la locura. Luego Uruguay, sin prisa, podía enviar su armada,
dominar a los idiotizados y anexionar las tierras. Era una perspectiva más que
atractiva.
El mundo estaba siendo arrastrado en esos momentos a una fase nacionalista. Los
increíbles cánceres de
Uruguay aguardó hasta que creyó que el momento era justo, luego atacó. Sobre
los plácidos hemisferios, a la noche, se apresuraron veloces y fulgurantes
aeroplanos, y así cayó sobre todo el planeta, excepto Uruguay, un sonido cuyo
igual no había sido oído jamás en tierra o mar.
El efecto fue tal cual había sido predicho por Casablanca. En cuarenta y ocho
horas los pueblos estaban perdidamente locos, destrozados por un ruido
inerradicable, oídos deshechos, mentes errantes. Ninguna defensa había sido
posible, ya que al minuto en que alguien se ponía al alcance del sonido, perdía
su cordura y, al estar ido, demostraba ser inútil militarmente.
Luego de haber pasado los aviones, la vida continuó en gran parte como antes,
excepto por el hecho de que era más segura al haber desaparecido la cordura. Nadie
podía oír nada, salvo el ruido en su propia cabeza.
En el momento preciso en que la población había sido alcanzada por el ruido, se
habían sucedido algunos incidentes bastante divertidos. Una señora de West
Philadelphia resultó estar hablando con su carnicero por teléfono.
"Gracias", acababa de decir, "por aceptar la devolución de ese
filete en mal estado ayer. Y gracias", agregó mientras el avión
sobrevolaba, "por inolvidables noches que nunca podré reemplazar".
Operadores de linotipo en sus talleres cortaron en medio de las oraciones, como
el que se hallaba armando una historia sobre un almirante en San Pedro:
"Estoy tremendamente agradecido a todas las damas de San Pedro por la
maravillosa hospitalidad que demostraron con los hombres de la flota durante
nuestras recientes maniobras, y gracias por inolvidables noches que nunca podré
reemplazar y gracias por inolvidables noches que nun..."
A toda apariencia la conquista de
La ocupación resultó ser singularmente incruenta y poco vistosa. Por ejemplo,
un destacamento de sus tropas aterrizó en Nueva York y se estableció en el
edificio RKO, que se hallaba bastante vacío entonces, y no fueron más notorios en
el pueblo que los Caballeros de Pythias (1). Uno de sus acorazados avanzó hacia
Inglaterra y el oficial a cargo se enfureció tanto cuando ningún barco hostil
salió a enfrentarlo que envió un radio-mensaje (que por supuesto nadie en
Inglaterra escuchó): "¡Salgan, ratas cobardes!"
Fue la misma historia en todos lados. La supremacía de Uruguay nunca fue
desafiada por sus tontos súbditos, y no fue casi advertida. Territorialmente su
conquista fue magnífica; políticamente fue un fiasco. Los pueblos del mundo
prestaron muy poca atención a los uruguayos y los uruguayos, por su parte, se
hastiaron con muchos de sus dominados, en especial con los lituanos, a quienes
no podían soportar. En todos lados seres locos vivían felizmente como niños, en
sus cabezas el viejo refrán: "Y gracias por inolvidables noches...".
Billones vivían satisfechos en un paraíso de tontos.
No fue hasta años después, cuando los descendientes de algunos de los primeros
americanos idiotizados crecieron y recuperaron sus sentidos, que hubo un
retorno generalizado de la cordura en el mundo; las fuerzas aéreas y terrestres
restablecieron su poderío bélico, y se dio inicio a la vengativa lucha que con
el tiempo involucró a todas las razas de
(1) - Orden fundada en 1864 para promover la amistad y la benevolencia entre los hombres (N. De T.)