
LA
BIBLIOTECA DE BABEL
Jorge
Luis Borges
Como
todos los hombres de la Biblioteca, he viajado en mi juventud; he peregrinado en
busca de un libro, acaso del catálogo de catálogos; ahora que mis ojos casi no
pueden descifrar lo que escribo, me preparo a morir a unas pocas leguas del hexágono
en que nací. Muerto, no faltarán manos piadosas que me tiren por la baranda;
mi sepultura será el aire insondable; mi cuerpo se hundirá largamente y se
corromperá y disolverá en el viento engendrado por la caída, que es infinita.
Yo afirmo que la Biblioteca es interminable. Los idealistas arguyen que las
salas hexagonales son una forma necesaria del espacio absoluto o, por lo menos,
de nuestra intuición del espacio. Razonan que es inconcebible una sala
triangular o pentagonal. (Los místicos pretenden que el éxtasis les revela una
cámara circular con un gran libro circular de lomo continuo, que da toda la
vuelta de las paredes; pero su testimonio es sospechoso; sus palabras, oscuras.
Ese libro cíclico es Dios.) Básteme, por ahora, repetir el dictamen clásico:
La Biblioteca es una esfera cuyo centro cabal es cualquier hexágono, cuya
circunferencia es inaccesible.
A
cada uno de los muros de cada hexágono corresponden cinco anaqueles; cada
anaquel encierra treinta y dos libros de formato uniforme; cada libro es de
cuatrocientas diez páginas; cada página, de cuarenta renglones; cada renglón,
de unas ochenta letras de color negro. También hay letras en el dorso de cada
libro; esas letras no indican o prefiguran lo que dirán las páginas. Sé que
esa inconexión, alguna vez, pareció misteriosa. Antes de resumir la solución
(cuyo descubrimiento, a pesar de sus trágicas proyecciones, es quizá el hecho
capital de la historia) quiero rememorar algunos axiomas.
El
primero: La Biblioteca existe ab aeterno. De esa verdad cuyo colorario inmediato
es la eternidad futura del mundo, ninguna mente razonable puede dudar. El
hombre, el imperfecto bibliotecario, puede ser obra del azar o de los demiurgos
malévolos; el universo, con su elegante dotación de anaqueles, de tomos enigmáticos,
de infatigables escaleras para el viajero y de letrinas para el bibliotecario
sentado, sólo puede ser obra de un dios. Para percibir la distancia que hay
entre lo divino y lo humano, basta comparar estos rudos símbolos trémulos que
mi falible mano garabatea en la tapa de un libro, con las letras orgánicas del
interior: puntuales, delicadas, negrísimas, inimitablemente simétricas.
El
segundo: El número de símbolos ortográficos es veinticinco. Esa comprobación
permitió, hace trescientos años, formular una teoría general de la Biblioteca
y resolver satisfactoriamente el problema que ninguna conjetura había
descifrado: la naturaleza informe y caótica de casi todos los libros. Uno, que
mi padre vio en un hexágono del circuito quince noventa y cuatro, constaba de
las letras MCV perversamente repetidas desde el renglón primero hasta el último.
Otro (muy consultado en esta zona) es un mero laberinto de letras, pero la página
penúltima dice «Oh tiempo tus pirámides». Ya se sabe: por una línea
razonable o una recta noticia hay leguas de insensatas cacofonías, de fárragos
verbales y de incoherencias. (Yo sé de una región cerril cuyos bibliotecarios
repudian la supersticiosa y vana costumbre de buscar sentido en los libros y la
equiparan a la de buscarlo en los sueños o en las líneas caóticas de la
mano... Admiten que los inventores de la escritura imitaron los veinticinco símbolos
naturales, pero sostienen que esa aplicación es casual y que los libros nada
significan en sí. Ese dictamen, ya veremos no es del todo falaz.)
Durante
mucho tiempo se creyó que esos libros impenetrables correspondían a lenguas
pretéritas o remotas. Es verdad que los hombres más antiguos, los primeros
bibliotecarios, usaban un lenguaje asaz diferente del que hablamos ahora; es
verdad que unas millas a la derecha la lengua es dialectal y que noventa pisos más
arriba, es incomprensible. Todo eso, lo repito, es verdad, pero cuatrocientas
diez páginas de inalterables MCV no pueden corresponder a ningún idioma, por
dialectal o rudimentario que sea. Algunos insinuaron que cada letra podía
influir en la subsiguiente y que el valor de MCV en la tercera línea de la página
71 no era el que puede tener la misma serie en otra posición de otra página,
pero esa vaga tesis no prosperó. Otros pensaron en criptografías;
universalmente esa conjetura ha sido aceptada, aunque no en el sentido en que la
formularon sus inventores.
Hace
quinientos años, el jefe de un hexágono superior dio con un libro tan confuso
como los otros, pero que tenía casi dos hojas de líneas homogéneas. Mostró
su hallazgo a un descifrador ambulante, que le dijo que estaban redactadas en
portugués; otros le dijeron que en yiddish. Antes de un siglo pudo establecerse
el idioma: un dialecto samoyedo-lituano del guaraní, con inflexiones de árabe
clásico. También se descifró el contenido: nociones de análisis
combinatorio, ilustradas por ejemplos de variaciones con repetición ilimitada.
Esos ejemplos permitieron que un bibliotecario de genio descubriera la ley
fundamental de la Biblioteca. Este pensador observó que todos los libros, por
diversos que sean, constan de elementos iguales: el espacio, el punto, la coma,
las veintidós letras del alfabeto. También alegó un hecho que todos los
viajeros han confirmado: No hay en la vasta Biblioteca, dos libros idénticos.
De esas premisas incontrovertibles dedujo que la Biblioteca es total y que sus
anaqueles registran todas las posibles combinaciones de los veintitantos símbolos
ortográficos (número, aunque vastísimo, no infinito) o sea todo lo que es
dable expresar: en todos los idiomas. Todo: la historia minuciosa del porvenir,
las autobiografías de los arcángeles, el catálogo fiel de la Biblioteca,
miles y miles de catálogos falsos, la demostración de la falacia de esos catálogos,
la demostración de la falacia del catálogo verdadero, el evangelio gnóstico
de Basilides, el comentario de ese evangelio, el comentario del comentario de
ese evangelio, la relación verídica de tu muerte, la versión de cada libro a
todas las lenguas, las interpolaciones de cada libro en todos los libros, el
tratado que Beda pudo escribir (y no escribió) sobre la mitología de los
sajones, los libros perdidos de Tácito.
Cuando
se proclamó que la Biblioteca abarcaba todos los libros, la primera impresión
fue de extravagante felicidad. Todos los hombres se sintieron señores de un
tesoro intacto y secreto. No había problema personal o mundial cuya elocuente
solución no existiera: en algún hexágono. El universo estaba justificado, el
universo bruscamente usurpó las dimensiones ilimitadas de la esperanza. En
aquel tiempo se habló mucho de las Vindicaciones: libros de apología y de
profecía, que para siempre vindicaban los actos de cada hombre del universo y
guardaban arcanos prodigiosos para su porvenir. Miles de codiciosos abandonaron
el dulce hexágono natal y se lanzaron escaleras arriba, urgidos por el vano
propósito de encontrar su Vindicación. Esos peregrinos disputaban en los
corredores estrechos, proferían oscuras maldiciones, se estrangulaban en las
escaleras divinas, arrojaban los libros engañosos al fondo de los túneles, morían
despeñados por los hombres de regiones remotas. Otros se enloquecieron... Las
Vindicaciones existen (yo he visto dos que se refieren a personas del porvenir,
a personas acaso no imaginarias) pero los buscadores no recordaban que la
posibilidad de que un hombre encuentre la suya, o alguna pérfida variación de
la suya, es computable en cero.
También
se esperó entonces la aclaración de los misterios básicos de la humanidad: el
origen de la Biblioteca y del tiempo. Es verosímil que esos graves misterios
puedan explicarse en palabras: si no basta el lenguaje de los filósofos, la
multiforme Biblioteca habrá producido el idioma inaudito que se requiere y los
vocabularios y gramáticas de ese idioma. Hace ya cuatro siglos que los hombres
fatigan los hexágonos... Hay buscadores oficiales, inquisidores. Yo los he
visto en el desempeño de su función: llegan siempre rendidos; hablan de una
escalera sin peldaños que casi los mató; hablan de galerías y de escaleras
con el bibliotecario; alguna vez, toman el libro más cercano y lo hojean, en
busca de palabras infames. Visiblemente, nadie espera descubrir nada.
A
la desaforada esperanza, sucedió, como es natural, una depresión excesiva. La
certidumbre de que algún anaquel en algún hexágono encerraba libros preciosos
y de que esos libros preciosos eran inaccesibles, pareció casi intolerable. Una
secta blasfema sugirió que cesaran las buscas y que todos los hombres barajaran
letras y símbolos, hasta construir, mediante un improbable don del azar, esos
libros canónicos. Las autoridades se vieron obligadas a promulgar órdenes
severas. La secta desapareció, pero en mi niñez he visto hombres viejos que
largamente se ocultaban en las letrinas, con unos discos de metal en un cubilete
prohibido, y débilmente remedaban el divino desorden.
Otros,
inversamente, creyeron que lo primordial era eliminar las obras inútiles. Invadían
los hexágonos, exhibían credenciales no siempre falsas, hojeaban con fastidio
un volumen y condenaban anaqueles enteros: a su furor higiénico, ascético, se
debe la insensata perdición de millones de libros. Su nombre es execrado, pero
quienes deploran los «tesoros» que su frenesí destruyó, negligen dos hechos
notorios. Uno: la Biblioteca es tan enorme que toda reducción de origen humano
resulta infinitesimal. Otro: cada ejemplar es único, irreemplazable, pero (como
la Biblioteca es total) hay siempre varios centenares de miles de facsímiles
imperfectos: de obras que no difieren sino por una letra o por una coma. Contra
la opinión general, me atrevo a suponer que las consecuencias de las
depredaciones cometidas por los Purificadores, han sido exageradas por el horror
que esos fanáticos provocaron. Los urgía el delirio de conquistar los libros
del Hexágono Carmesí: libros de formato menor que los naturales; omnipotentes,
ilustrados y mágicos.
También
sabemos de otra superstición de aquel tiempo: la del Hombre del Libro. En algún
anaquel de algún hexágono (razonaron los hombres) debe existir un libro que
sea la cifra y el compendio perfecto de todos los demás: algún bibliotecario
lo ha recorrido y es análogo a un dios. En el lenguaje de esta zona persisten aún
vestigios del culto de ese funcionario remoto. Muchos peregrinaron en busca de
Él. Durante un siglo fatigaron en vano los más diversos rumbos. ¿Cómo
localizar el venerado hexágono secreto que lo hospedaba? Alguien propuso un método
regresivo: Para localizar el libro A, consultar previamente un libro B que
indique el sitio de A; para localizar el libro B, consultar previamente un libro
C, y así hasta lo infinito... En aventuras de ésas, he prodigado y consumido
mis años. No me parece inverosímil que en algún anaquel del universo haya un
libro total; ruego a los dioses ignorados que un hombre - ¡uno solo, aunque
sea, hace miles de años! - lo haya examinado y leído. Si el honor y la sabiduría
y la felicidad no son para mí, que sean para otros. Que el cielo exista, aunque
mi lugar sea el infierno. Que yo sea ultrajado y aniquilado, pero que en un
instante, en un ser, Tu enorme Biblioteca se justifique.
Afirman
los impíos que el disparate es normal en la Biblioteca y que lo razonable (y
aun la humilde y pura coherencia) es una casi milagrosa excepción. Hablan (lo sé)
de «la Biblioteca febril, cuyos azarosos volúmenes corren el incesante albur
de cambiarse en otros y que todo lo afirman, lo niegan y lo confunden como una
divinidad que delira». Esas palabras que no sólo denuncian el desorden sino
que lo ejemplifican también, notoriamente prueban su gusto pésimo y su
desesperada ignorancia. En efecto, la Biblioteca incluye todas las estructuras
verbales, todas las variaciones que permiten los veinticinco símbolos ortográficos,
pero no un solo disparate absoluto. Inútil observar que el mejor volumen de los
muchos hexágonos que administro se titula «Trueno peinado», y otro «El
calambre de yeso» y otro «Axaxaxas mlo». Esas proposiciones, a primera vista
incoherentes, sin duda son capaces de una justificación criptográfica o alegórica;
esa justificación es verbal y, ex hypothesi, ya figura en la Biblioteca. No
puedo combinar unos caracteres dhcmrlchtdj que la divina Biblioteca no haya
previsto y que en alguna de sus lenguas secretas no encierren un terrible
sentido. Nadie puede articular una sílaba que no esté llena de ternuras y de
temores; que no sea en alguno de esos lenguajes el nombre poderoso de un dios.
Hablar es incurrir en tautologías. Esta epístola inútil y palabrera ya existe
en uno de los treinta volúmenes de los cinco anaqueles de uno de los
incontables hexágonos, y también su refutación. (Un número n de lenguajes
posibles usa el mismo vocabulario; en algunos, el símbolo biblioteca admite la
correcta definición ubicuo y perdurable sistema de galerías hexagonales, pero
biblioteca es pan o pirámide o cualquier otra cosa, y las siete palabras que la
definen tienen otro valor. Tú, que me lees, ¿estás seguro de entender mi
lenguaje?).
La
escritura metódica me distrae de la presente condición de los hombres. La
certidumbre de que todo está escrito nos anula o nos afantasma. Yo conozco
distritos en que los jóvenes se prosternan ante los libros y besan con barbarie
las páginas, pero no saben descifrar una sola letra. Las epidemias, las
discordias heréticas, las peregrinaciones que inevitablemente degeneran en
bandolerismo, han diezmado la población. Creo haber mencionado los suicidios,
cada año más frecuentes. Quizá me engañen la vejez y el temor, pero sospecho
que la especie humana - la única - está por extinguirse y que la Biblioteca
perdurará: iluminada, solitaria, infinita, perfectamente inmóvil, armada de
volúmenes preciosos, inútil, incorruptible, secreta.
Acabo
de escribir infinita. No he interpolado ese adjetivo por una costumbre retórica;
digo que no es ilógico pensar que el mundo es infinito. Quienes lo juzgan
limitado, postulan que en lugares remotos los corredores y escaleras y hexágonos
pueden inconcebiblemente cesar, lo cual es absurdo. Quienes la imaginan sin límites,
olvidan que los tiene el número posible de libros. Yo me atrevo a insinuar esta
solución del antiguo problema: La biblioteca es ilimitada y periódica. Si un
eterno viajero la atravesara en cualquier dirección, comprobaría al cabo de
los siglos que los mismos volúmenes se repiten en el mismo desorden (que,
repetido, sería un orden: el Orden). Mi soledad se alegra con esa elegante
esperanza.
FIN