
Odette Alonso con la boca abierta. Algunas notas sobre el ruido y el silencio
No sé por qué me cuesta tanto hablar de este libro. No sé por qué le pregunto a él, mientras le saco la lengua para desequilibrarlo, desequilibrándome de paso, descubriendo a esa entidad superior a quien cada día, con Rótterdam doy más crédito. Saco la lengua al libro del que no puedo hablar, con la esperanza de una respuesta. He pasado meses de intento para nada, siempre encuentro algo menos importante que hacer y me desvío… la llegada del cartero con los previstos anuncios de cada día me saca sin que yo haga resistencias de su lado (no de su lectura que he hecho innumerables veces, sino de mi tendencia anacrónica, pero empecinada a hacer crítica literaria).
Demasiado cerca de la autora, me digo… demasiada proyección de mi propia vida en estas historias a las que he tenido el privilegio de leer a veces sólo dos horas después de que fueran terminadas… es tu culpa, Odette, digo en voz alta y busco las fotos que nos hemos tomado juntas en la Habana, Tegucigalpa, Ciudad México o New Jersey; las busco, con el único objetivo de sacarle la lengua a mi amiga, casualmente autora del cuaderno; autora, personaje, referente que se distorsiona a través de la misma persona, que son sus “ella”, que son mis “yo” (superior, inferior, vacilante ante la duda o el miedo que casi todo a las dos juntas nos provoca).
Leo el cuaderno de relatos con la invalidez anticipada de saber que no puedo decir mucho, que no quiero ser la intermediaria entre ese publico que me espía y la confabulación de almas que vive con la boca abierta, trayendo de vuelta a tantas otras que ya no son sino un eléctrico circuito de mujeres formando unas figuras en el espacio que Beauvoir y Cortázar de seguro envidiarían. Y me entrego sin más a mi propia incapacidad, intentando sacar del revés una victoria.
Y digo que uno de los elementos deslumbrantes de la colección es su discreto modo de burlar todas y cada una de las nociones de identidad con las que solemos trabajar, esperar de manera definitiva. Y empiezo por la más complicada de todas, si cubanos somos y en cualquier tierra del mundo andamos.
La condición como sujeto cubano de la diáspora ha colocado en la autora una doble posición frente a la realidad de la isla físicamente delimitada por sus costas y la que traspasa lindes geográficos... la isla imaginada es uno de los espacios más visitados por ella, pero nunca de manera obsesiva, nunca como un todo cerrado, acabado, definido con el totalitarismo discursivo al que nos hemos resignado. Producir estas narraciones, desde la ciudad de México (no La Habana o Santiago, no Miami o New Jersey) ha dado a Alonso el infinito encanto de la bipolaridad, no como síntoma de esquizofrenia, sino de universalidad.
Estos personajes hablan y piensan en cubano y/o mexicano, con la misma soltura con que imaginamos al Orlando de Woolf traspasando tiempos, ciudades y vestuarios en el delirante afán de escribir el poema. Dar al fin con el corazón de la encina y marcharse después de haber tatuado al árbol.
Relatos unidos por la casi absoluta pérdida de la noción de censura o autocensura que suele nacer de la “autoridad del autor(a)”, y que nos descubren un doble acto de descubrimiento del amor lesbiano. Doble porque a la par que reconocen, afirman.
La desautorizada voz que bajo distintos nombres o supuestos rostros, suele contar, también compara, contrasta y paladea las emociones tremendas que el repetido personaje de la “amada” provoca. Asistimos a la configuración general de un sujeto femenino, que aún cuando no aparece de golpe sino seccionado en todas y cada una de las mujeres con la boca abierta, saben hacia dónde enfocar su deseo. Y desde allí, desde ese conocimiento esencial del yo, conquistan su libertad.
Una cierta tendencia al uso del realismo sucio, en algunas de las historias es otro indicio desestabilizador de identidades. Por momentos pareciera que algunas anécdotas están estructuradas en torno al elemento orgiástico y libidinal o en su defecto a ese sublime mundo de la insinuación donde reina lo sexual; pero solo enfocado en la figura de la desideratio. Sin embargo, leyendo con atención, caemos en cuenta de que no es más que una nueva escaramuza de la autora para regodearse en la creación (a través de la descripción) de ambientes sofocantes y opresivos que podrían encontrar su emancipación mayor en el encuentro físico. De esta manera, el realismo sucio transita de su estado genésico (aparencial) de motivación estética a la de instrumento de cierto matiz contestatario.
Me distraigo otra vez mientras escribo estas notas para Odette… alguien me envía un correo electrónico con una entrevista a Manuel Puig, sin dudas abro el documento para leer, me torturo en la conciencia de mi indisciplina, pero sigo la lectura sin remedio y salto a una línea inocente o tal vez muy pervertida donde el autor anuncia que necesita un grado muy profundo de concentración para llegar a una esencia, una verdad que no admite a la voz de la primera persona porque esta le trae solo influencia y conformismo. Establezco de inmediato un paralelo, descubro el por qué del silencio de mi amiga, autora, personaje; la veo ir y venir entre estas mujeres pidiéndoles de rodillas que la dejen escribir sin el bullicio de la primera persona, no escribirse a sí misma, escribiendo a la vez esa verdad, esa esencia distanciada de la que Puig habla.
Descubro de paso el por qué de mi esterilidad crítica ante el cuaderno, la trampa que me ha tendido, la proyección en dónde yo creí que ella estaba hablando sobre nuestras vidas, pero en realidad estuve perdida en medio de la primera persona a quien quería desterrar, dando parto al fin, a una esencia cósmica a la que tal vez no alcanzo con mi ruido… quedo pues, con la boca abierta ante su hallazgo.
mabel cuesta
New Jersey, verano de 2007