Los siquiatras especialistas en la
infancia utilizan un test llamado "El país del miedo", elaborado en
base a frases breves y dibujos, gracias al cual miden el grado de
angustia de los niños. El test está agrupado en cuatro categorías:
agresión, inseguridad, abandono y muerte. Los símbolos que encarnan ese
"país del miedo" son de carácter cósmico (cataclismos naturales, como
terremotos, incendios, inundaciones y erupciones volcánicas),
representan un bestiario temible (dragones, monstruos, lobos y otros
animales malignos) y a seres agresivos o perversos (verdugos, diablos,
brujas, esqueletos, fantasmas y espectros). El paisaje de ese país está
hecho de bosques tenebrosos, cementerios y castillos inaccesibles con
lóbregas mazmorras y un variado arsenal de instrumentos de tortura.
Ataúdes y máscaras son objetos de la vida cotidiana. Sin dificultad los
niños se identifican con ese "país" donde, más allá de su angustia
personal, reconocen los símbolos y las imágenes que representan lo que
se ha entendido tradicionalmente como la iconografía del miedo.
Este país del miedo de la infancia, puede ser —sin embargo— el pálido
reflejo o el dramático anticipo de un país real donde el temor
individual se ha transformado en pánico colectivo. Un país cubierto por
solapados silencios, con miedos latentes y soterrados, envuelto en
cobardías cómplices, sometido a paródicos autócratas; regido por un
sistema que se legitima en el propio terror instaurado, con
torturadores capaces de enamorarse y llorar sobre los cuerpos de sus
víctimas (1), con la violencia represiva estallando a la vuelta de
cualquier esquina y con hogares transformados en auténticas prisiones.
Un país —en triste resumen— donde las fronteras de la ansiedad o de la
angustia se esfuman en un inseguro paisaje urbano.
Este pasaje sutil del temor individual elaborado a partir de los
arquetipos de la infancia, al terror colectivo, vivido como una
pesadilla, es tal vez una de las claves que mejor resume la alegoría
contemporánea del miedo en un país como la Argentina. Un país que
hereda los tópicos del coraje de los "guapos" que había forjado la
narrativa y la poética gauchesca del siglo XIX, donde el miedo era cosa
de "maulas" y de cobardes, para consagrar en pleno siglo XX el "derecho
al miedo". De esta legitimación de un miedo que hasta un pasado
reciente sólo era objeto de befa, sino de desprecio, trata lo esencial
de la obra de Luisa Valenzuela. Al cambio y permanencia de este
leit-motiv he consagrado las páginas que siguen.
La larga lucha contra el miedo
El miedo —bueno es recordarlo— es una de las emociones fundamentales
del ser humano. Omnipresente, sutil, sus variadas expresiones han
atravesado los siglos, manifestándose tanto en temores a lo desconocido
como en reacciones frente al peligro, tanto en visiones individuales
como en miedos, cuando no pánicos, colectivos. Toda civilización es el
producto de "una larga lucha contra el miedo" (G. Ferrero), ya que el
miedo nace con el hombre en la más oscura de las edades de su historia.
En todo caso, el miedo "está en nosotros" (G. Delpierre), porque "todos
los hombres tienen miedo" (J.P. Sartre).
Mientras el temor o la ansiedad pueden ser difusos o sin claro motivo,
el miedo, por el contrario, está siempre determinado por una causa,
obedece o refleja una situación concreta e inmediata. El miedo tiene un
objeto preciso que le confiere su especificidad y se identifica a una
situación a la que se debe de hacer frente. El miedo se manifiesta en
esos "momentos de máximo asombro", sorpresa o coincidencia, ese de
"golpe se asusta" (APCR, 12), esa "cobardía pura" o esa sensación de
que "a Pedro le tiemblan las piernas por demasiada coincidencia" (APCR,
p. 9) a los que hace alusión Luisa Valenzuela en sus relatos. Se tiene
siempre "miedo de algo". Cuando alguien tiene miedo cree saber de qué
tiene miedo y actúa en función de esa causa, generalmente ocultándola,
tanta vergüenza provoca confesar que se "tiene miedo". No es extraño,
entonces, que haya tantos miedos como "objetos" de miedo, incluido el
miedo a tener miedo.
En todos los casos, el miedo a la oscuridad, a las profundidades, a las
alturas, a la velocidad o a la inestabilidad, los temores infantiles
que resurgen ante cualquier sobresalto con el que se asocian (miedo a
quedarse solo, a perderse, temores nocturnos) y el inevitable miedo "a
la muerte", se aceptan como miedos naturales. Todos traducen emociones
arquetípicas sedimentadas en el fondo de los seres a través de
generaciones, son fabulaciones colectivas arcaicas particularmente
receptivas a las interpretaciones supersticiosas o mágicas. Todos ellos
son sentimientos vitales y emociones vinculadas con situaciones
imaginarias intensas: miedo de ser violada, temor al castigo, temor o
deseo angustioso de un acto violento. Miedo agudo y profundo a la
muerte, ese miedo a algo —morir— que nadie puede evitar —como recuerda
J.C. Barker (2)— ya que nadie escapa a la muerte, aunque esta
experiencia "desconocida tan especial, particularmente inexplicable,
ese miedo de algo que no será nunca conocido", no pueda nunca contarse
a otros (Paul Tillich). Sin embargo, el miedo puede también disfrazarse
de "prudencia": "No fue miedo, fue prudencia como dice la gente:
precisamente demasiado hoscos, nunca imaginados, imposibles de
enfrentar en un descenso" (DVLA, p. 19).
Del miedo natural al miedo "imaginativo"
Si en la narrativa de Valenzuela el miedo se matiza y se gradúa desde
el temor a la angustia, desde la sensación difusa del miedo al miedo
objetivo a "algo", al punto de legitimar el sentimiento que lo provoca,
tradicionalmente ha sido ridiculizado, sino despreciado. Hasta no hace
mucho el hombre —y digo bien el hombre y no la mujer— no tenía derecho
a tener miedo.
Basta pensar en la "soberbia del valor" de Juan Moreira de Eduardo
Gutiérrez, cuyo protagonista es un auténtico paradigma del "hombre
corajudo", del "guapo" en la acepción rioplatense de valentía. Su
consigna tácita es de siempre "tirar para adelante". El miedo es
descrito con cierta ironía o desde el ángulo del ridículo, porque no se
puede nunca "tirar para atrás". Cuando Juan Moreira se presenta en el
pueblo de Navarro para desafiar a quienes dicen "andar buscándolo", los
pacíficos habitantes lo miran pasar por la calle "con terror". El
soldado que lo recibe "tiembla de miedo" y el sargento se queda "helado
de espanto". En este esquema, el que tiene miedo es un "maula", lo que
puede ser un verdadero insulto. "¡No se asuste, maula!", le grita el
"guapo" Juan Blanco al desesperado Rico Romero en el duelo que los
enfrenta.
Del mismo modo al "maula" le "tiemblan las carnes", tiene "jabón" y "se
afloja como un blandito", como afirma Martín Fierro al narrar el
comportamiento de los soldados frente a los indios en la frontera. Más
provocativamente, el "gaucho" Martín Fierro desprecia a los "gringos"
que se dicen "papolitanos" y son como "delicaos" y "parecen hijos de
ricos" y a los que "cuando llueve se acoquinan/ como el perro que oye
truenos". Gente así "sólo son güenos/ pa vivir entre maricas",
sentencia en forma lapidaria el arquetípico personaje de una literatura
que encontrará similares imágenes de "compadrazgo" en la narrativa
suburbana y "orillera" de principio de siglo. Pero también en la
histórica de Manuel Gálvez, donde pueden leerse expresiones como que el
General Osorio, "era el coraje hecho hombre" (Jornadas de agonía con la
que cierra el ciclo de las Escenas de la Guerra del Paraguay). Un
elogio del valor de un militar capaz de conducir a sus tropas a "la
línea negra", donde se paga tributo a "la diaria ración de pánico".
Un elogio del "hombre de coraje" que se hace emblemático cuando
Francisco Real, al que le dicen "el Corralero", en el Hombre de la
esquina rosada de Jorge Luis Borges, desafía a Rosendo y éste huye
cobardemente. El narrador siente que "nosotros, gritones pero blandos
para el castigo, boca y atropellada no más" somos pura "basura" y que
tienen la "obligación de ser guapos". Frente al "coraje insufrible del
forastero" llama "como desesperado" al Corralero a pelear, aunque
alguno de "los nuestros había rajado". En definitiva, frente a la
muerte, es posible decirse: "Tanta soberbia el hombre, y no sirve más
que pa juntar moscas".
Este relato de Borges esquematiza dos sentimientos antagónicos posibles
frente al peligro. O se lo enfrenta para defenderse, transformando el
miedo en cólera y agresividad; o se evita hacer frente al peligro,
sometiéndose a su dictado o simplemente huyendo. De ahí tanta
ambigüedad envolviendo el signo del miedo. Con cierta razón, Valenzuela
observa en "El gato eficaz" que:
Huir no siempre es cobardía, a veces se requiere un gran coraje para
apoyar un pie después del otro e ir hacia adelante. Nadie huye de
espaldas como debiera huirse, por lo tanto nadie sabe lo qué es la
retirada, el innoble placer del retroceso; disparar hacia atrás en el
tiempo para no tener que enfrentar lo que se ignora (EGE, p. 37).
En realidad, si en algunos casos
los peligros objetivos pueden justificar el miedo, es el proceso de
"subjetivación del riesgo" el que lleva a transformar su naturaleza y a
variar su intensidad, según los grados de ansiedad o de emotividad del
sujeto. Es ese pasaje sutil del miedo en la oscuridad al miedo a la
oscuridad —del que habla Jean Delumeau (3)— el que marca una diferencia
cualitativa entre el miedo ante el peligro del mundo animal y esa
capacidad de "imaginar", de "soñar" el miedo que tiene el hombre.
Como lo ha subrayado Bachelard, "el sueño puede ser mas intenso que la
experiencia", por lo cual el soñador queda atrapado en la trampa de su
propio sueño y de los fantasmas de los cuales ha sido el artesano. Esa
misma imaginación que está en el origen de la actividad creadora,
artística y científica, acelera, exagera y favorece lo que poéticamente
resume Víctor Hugo cuando escribe: "Voici le moment où flottent dans
l'air/tous ces bruits confus que l'ombre exagère".
El miedo cualitativamente elaborado gracias a su complemento
imaginativo es un miedo que se vive como "una situación", un estado que
se prolonga desde una insinuación inicial a una evolución más lenta y
una duración más importante, arrastrando no sólo la reacción emocional
fisiológica del miedo sorpresivo inicial, sino configurando verdaderas
representaciones mentales, desencadenando provocaciones aceleradas de
la imaginación. Y como la imaginación tiene horror del vacío, inventa
lo que no conoce, aunque se pierda en las consecuencias de esa
representación. Son las "solicitaciones de lo misterioso" y de lo
enigmático, de que habla Roger Caillois las que provocan la desmesura
creativa a la que el miedo a lo sobrenatural invita.
Luisa Valenzuela juega con ambos resortes. Un miedo "imaginativo" se
instala "objetivamente" en ciudades como Buenos Aires en “Aquí pasan
cosas raras” (1975) y “Realidad nacional desde la cama” (1993). En
Buenos Aires, donde tantas "cosas raras están pasando", tener miedo
puede suponer que no se sabe "si algo es cierto o es mentira" (APCR,
p.14) y sentirse rodeado de trampas "indefinibles" (APCR/11) y de
"oscuros designios" (APCR, p. 10). Todo miedo, incluso el miedo a
fenómenos naturales, aunque sea catastrófico, como terremotos,
incendios e inundaciones, se agota en si mismo, es decir en la duración
de la emoción inesperada que lo provoca y en general no deja otra traza
que la del instante del estímulo: la aceleración cardiaca, los sudores
fríos, la "carne de gallina" que lo tipifican hasta los límites del
estereotipo. Sin embargo, si el miedo tiene un objeto y una causa, la
ansiedad es, por el contrario, un sentimiento de inseguridad
indefinido, inquietud permanente que desorganiza el comportamiento.
Pero hay más. Más allá de la ansiedad está la angustia. La angustia
nace de la perspectiva y de la espera del peligro, aún cuando éste sea
desconocido. En esa disposición latente del individuo, la amenaza se
siente como indefinida, no controlable, como una forma vacía esperando
un contenido. La espera indefinida ante un peligro indeterminado
condena a un agotador, sino doloroso, estado que desorganiza el
comportamiento individual y lo somete a un permanente sentimiento de
ahogo.
La angustia como variante difusa del miedo aparece en la narrativa
argentina en el relato que lleva ese nombre en La ciudad junto al río
inmóvil de Eduardo Mallea. Ana Borel siente ese difuso temor que la va
invadiendo hasta llevarla a la locura cuando descubre "su inutilidad
tremenda" y se hace la pregunta que abre las puertas de la angustia:
"¿Qué significa todo esto?".
Nada más sutilmente dramático que el sobresalto de la protagonista Ana
Borel cuando "repara la mueca de su propia sonrisa", cuando siente "en
su boca el frío de una mueca". Es ese ver crecer el tiempo dentro de sí
en "la forma de un solícito y horroroso fantasma que iba cerrando todas
las puertas para quedarse a solas con ella", ese ver crecer el tiempo
en las casas, los jardines y los árboles, apresurándose "en su terrible
huida de los hombres" el que marca el ritmo de esas horas que traen su
"cúpula resonante" para la angustia y que hacen ver la perspectiva de
una nueva jornada "con terror" para instalar finalmente el estado de
"desesperación subterránea" que la embarga. Angustia premonitoria que
no abandonará desde entonces a la literatura argentina, pasando de los
temores difusos del individuo al terror colectivo del país entero.
Miedo colectivo y terror ejercido desde el poder
En efecto, más allá del miedo que está en el corazón y en el espíritu
de los hombres, donde ejerce la plenitud de sus poderes y produce
alteraciones afectivas y perturbaciones fisiológicas, hay un miedo que
se instala en el espacio colectivo. Cuando el miedo deja de ser
individual y da curso libre a su naturaleza insinuante se hace
epidémico, se extiende y penetra el cuerpo social y provoca el vértigo
del grupo o de un pueblo entero, ya que "todo se degrada bajo la
influencia del miedo" (4). Son los "tiempos del miedo" en el cual se
centra la narrativa de Luisa Valenzuela y que resume:
Bella sobre la cama acariciando una sensación inesperada: el miedo
(...) Un tiempo de miedo arqueado sobre la superficie consciente, un
tiempo de miedo subacuático (CDA, 13).
Son esos tiempos violentos en que se instala "la furia de la
destrucción" de que habla Hegel. Ya se sabe, pero bueno es recordarlo:
una de las fuentes del miedo es la inseguridad. Los signos que afectan
la necesidad de seguridad que tiene el hombre contemporáneo conducen a
considerar toda conducta marginal o heterodoxa como potencialmente
peligrosa, temible, cuando no delictiva. "Sedicioso", "subversivo", han
sido apelativos en cuyo nombre se han justificado todo tipo de excesos
represivos y la aprobación de normas y procedimientos practicados
impunemente para garantizar la "estabilidad" de la sociedad.
Lo saben todos los teóricos del poder y quienes han reflexionado sobre
la violencia como teoría y como práctica: el poder se auto-legitima en
el ejercicio de la violencia que sistematiza el Estado omnipresente,
agobiando con sutil perversión la vida cotidiana de ciudadanos
sometidos a sus reglas. El Estado reclama para sí la violencia física
de dispositivos como policía, ejército y cárceles para justificar el
orden instaurado. Con esa delegación de la violencia individual a un
aparato administrativo represivo se ratifican los sentimientos de
seguridad básicos del hombre "unidimensional", amenazado por la
agresividad y la tensión reinante. Buena parte de la modernidad se
edifica sobre esa violencia soterrada de los sistemas productivos
industriales y burocráticos aplastando toda expresión individualista.
La violencia así legitimada controla racionalmente el mundo
contemporáneo, evitando sus desbordes y sus posibles "efervescencias
colectivas" y lo hace "enfriando" las expresiones de la violencia
espontánea y ocasional. De los actos individuales de la violencia
tradicional que siempre ha existido, se pasa a constantes, coordenadas,
estructuras y verdaderos "sistemas" de violencia. Si en el pasado el
miedo fue el explicable reflejo directo de todo acto de violencia, la
violencia actual proyectada como sistema, como expresión difusa de un
poder tecnocrático, genera un miedo también difuso, una "red de miedos"
y no un miedo identificado por una causa concreta. Lo dice la narradora
de "Cola de lagartija" (1983):
Esta red de miedos, este diseño tan geométrico también yo lo voy
tejiendo sin querer, sin darme cuenta, pero no logro comprenderlo...una
telaraña que me atrapa...algo tejido por montones de arañas negras,
agazapadas a la espera de su presa, extensísima, kilométrica red y
nosotros las presas y también las arañas (CDL, 217)
Así profetiza para su país "un río de sangre", imagen que el lector
recoge como una certidumbre desde la perspectiva histórica en que
inevitablemente lee la novela, tanta sangre ha corrido en la Argentina
entre 1976 y 1983. Alguien anda por ahí, nos dirá Cortázar desde el
título del cuento que da título a uno de los libros que publica durante
el período de la dictadura argentina. En otro de sus relatos, Escuela
de noche, se vive una forma secreta de la institucionalización del
terror.
Sin embargo, lo que parece una metáfora directa, no lo es tanto. Si el
miedo se conjura por la palabra escrita y el texto es capaz de
denunciar y socavar el discurso del poder que lo hace posible, no puede
olvidarse que la literatura —por su parte— "es un miedo, un lento miedo
que se desplaza secretamente en el cuerpo meticuloso de la lengua y
desde allí comienza a hablar", como señala Juan Carlos Santaella en su
ensayo La literatura y el miedo. La restitución de las imágenes
perdidas para siempre en la memoria necesitan del miedo para hacer de
"atropellantes palabras" una tensa escritura que contenga al mismo
tiempo "la vida y la muerte", porque "escribir desde el miedo, con
miedo, implica estatuir una condición ética de la escritura"(5).
Entonces, si la literatura necesita del miedo es porque no es posible
escribir sin miedo o porque toda memoria está hecha siempre de esos
fragmentos que no se resignan al silencio definitivo. Es con esta
contradictoria tensión que podemos finalizar este primer viaje que nos
hemos propuesto al "país del miedo" que Luisa Valenzuela define, pero
cuyos indicios ya podían adivinarse en las páginas que tradicionalmente
lo han despreciado para ensalzar las virtudes primarias de la valentía
y del coraje. De lo que podemos estar seguros es que su obra, escrita
con fragmentos recuperados de una memoria que no se resigna al olvido,
ya no podrá ser silenciada por ningún poder, lo que sí supone un gran
coraje, "otro" tipo de coraje, el único que tal vez importe.
Notas
(1) En el relato "Cambio de armas" de Luisa Valenzuela el militar
torturador termina casándose con su víctima, aunque la siga humillando.
Por otra parte en Donde viven las águilas se afirma: "Pozo seco de
lágrimas se nos vuelve inhumano. Si hasta el torturador llora sobre el
cuerpo atormentado de su víctima. Le moja las heridas y el cuerpo en
carne viva sufre el ardor salino de las lágrimas y la víctima sabe —a
pesar de que sus ojos están vendados, si es que le han dejado ojos— que
el torturador llora." (DVLA, p. 33).
(2) J.C. BARKER, La peur et la mort , Paris, Stock, 1969.
(3) Jean DELUMEAU, La Peur en Occident, Paris, Fayard, 1978.
(4) George DELPIERRE, La peur et l'être, Toulousse, Privat, 1974, p. 55.
(5) Juan Carlos SANTAELLA, La literatura y el miedo y otros ensayos, Fundarte, Caracas, 1990; p. 7 y 8.
BIBLIOGRAFIA
OBRAS DE LUISA VALENZUELA CITADAS
LH Los heréticos, Buenos Aires, Paidós, 1967
EGE El gato eficaz, México, Joaquín Mortiz, 1972 (2a.edición, BA, La Flor, 1991)
APCR Aquí pasan cosas raras, Buenos Aires, Ediciones de la Flor, 1975
CDA Cambio de armas, Hannover, Ediciones del Norte, 1982
DVLA Donde viven las águilas, Buenos Aires, Celtia, 1983
NNCA Novela negra con argentinos, Barcelona, Plaza y Janés, 1990.
RNDLC Realidad nacional desde la cama, Buenos Aires, Grupo Editor Latinoamericano, 1993.